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Este artículo coloca las elecciones presidenciales en Francia en una perspectiva un poco más amplia que el cotidiano «análisis» de la prensa y la televisión. Ha sido escrito antes de la primera vuelta, para la cual proponíamos votar por Philippe Poutou, pero los resultados de esta primera vuelta de la elección no nos dan ningún motivo para cambiar en el siguiente texto, escrito desde el punto de vista de nuestra clase.

Por: LCT – Bélgica

El contexto: una crisis persistente

Las elecciones en Francia se celebran en las condiciones de una crisis persistente económica y política. Esta crisis va a la par con las huelgas, por cierto puntuales pero recurrentes, en diferentes sectores y en diferentes regiones, hasta el masivo movimiento en la colonia de la Guayana.

El descontento generalizado provocado por la situación presente, claramente adquiere el carácter de un proceso de fermentación política como reacción a la descomposición creciente del sistema político, que contribuye a acelerarla. Es una forma de fermentación política muy francesa, que proviene, desde luego, de problemas sociales, pero que se eleva y flota por encima de ellos. Forma parte de la cultura popular política francesa, y ya se manifestó más de una vez en la historia de manera fascinante cuando desarrolla todas sus fuerzas. Se manifiesta hoy bajo la forma de discursos invariablemente hostiles hacia los patrones y los políticos, que ya forman parte del cotidiano; pero también bajo la forma de protestas políticas, todavía limitadas y dispersas, pero que entran a veces en consonancia entre ellas contra problemas sensibles, como lo muestra el caso de Théo, el joven chico negro agredido gratuitamente por la policía en Aulnay-sous-Bois, en el suburbio parisino, que suscitó una reacción nerviosa en la sociedad.

La victoria del gobierno, con la ayuda inestimable de la burocracia sindical y de los políticos reformistas contra el movimiento social en la guerra de posición contra la ley del trabajo no doblegó la contestación: más bien la reenvió a la sociedad, de donde venía, provocando una baja rápida y coyuntural en el espíritu combativo, pero catalizando así la futura fermentación social y que se politiza todavía más.

La crisis de la democracia burguesa y la descomposición del campo político tradicional aparecen abiertamente acumulando unos tras otros los síntomas. Primero, con la quiebra política del dirigente del PS, minado por el fraccionalismo interno, cuyo aparato de partido viene de allí para sostener al apenas escondido «sin partido» Macron contra su propio candidato oficial Hamon; este ha cosechado, para sorpresa general, las voces que dentro del PS representan el «ala izquierda» en el momento de las primarias, pero, como candidato del PS, no puede ocupar el mismo sitio por fuera del partido, y está arruinado en los sondeos.

Se suceden los escándalos de corrupción en el partido tradicional de derecha de los Republicanos (ex UMP), que consolida su reputación de partido de estafadores y ladrones. También se dan pronósticos de la ausencia, inédita en la segunda vuelta, de los candidatos de los dos principales partidos. Y la dominación en los sondeos de dos populismos: de un lado, el populismo socio-liberal representado por Macron, que se declara «ni de izquierda, ni de derecha» (como se llaman en Francia ambos partidos tradicionales) y que efectivamente intenta atraer las fuerzas de unos y otros; del otro lado, el populismo de extrema-derecha de Marine Le Pen.

Pero los franceses, ¿a quién quieren ver?

Independientemente del resultado de las elecciones, ya es posible dar con certeza una respuesta clara: a ninguno de ellos. Lo demuestran los sondeos de marzo, según los cuales la suma de los que todavía no escogieron a un candidato y de los que no tienen la intención de ir a votar está alrededor de 70 %, casi igual para cada respuesta.

En primer lugar, los franceses no quieren ver al candidato del partido actualmente al poder, Benoît Hamon, cualesquiera que sean sus esfuerzos para presentarse como ala izquierda y para distanciarse del gobierno de su partido. Hamon trata de seducir a los electores con la propuesta de una renta universal de alrededor de 700 euros, que juega de hecho el papel de compensación por los despidos y el paro, fruto de la línea neoliberal del PS. Pero a este punto estas tentativas parecen infructuosas, tanto que incluso François Fillon, candidato de los Republicanos, no llega a estar por debajo de Hamon en los sondeos, a pesar de sus escandalosos asuntos de nepotismo, de su política abiertamente orientada hacia los intereses de las grandes empresas, y de sus elogios a Thatcher.

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La candidata de extrema-derecha, Marine Le Pen (FN), tratando de arrojar los problemas de los trabajadores franceses sobre las espaldas de otros trabajadores (los inmigrantes), debe resolver el problema de la cuadratura del círculo. Por un lado, la burguesía francesa todavía no parece apostar en Le Pen, aunque haya moderado fuertemente su retórica respecto de la Unión Europea, tan cara para los capitalistas franceses, y declarado que respetaría las reglas existentes en caso de victoria en las elecciones; posiciones tomadas para atraer el apoyo de la gran burguesía, al mismo tiempo que atrae a la gente por la crítica demagógica del «sistema». Por el otro lado, ya que se apoya electoralmente sobre la parte más marginal de la pequeña burguesía blanca y del proletariado, Le Pen suscita la aversión de la inmensa mayoría de la gente y, en el contexto de una agitación social y política, puede ganar solo en un caso: si esta efervescencia se traduce en una masiva negativa de los franceses de ir a votar por otros candidatos, inclusive en el marco del tramposo «frente republicano contra el FN», utilizado en las últimas elecciones regionales. Es decir, la victoria de Le Pen solo puede ser el resultado de la gran derrota del sistema político existente, del cual forma parte y del que debería ponerse a la cabeza. Su victoria solo puede ser una victoria a lo Pirro.

Jean-Luc Mélenchon, que sobrepasa a Hamon en los sondeos, se esfuerza por suplantar al PS en tren de hundirse, recogiendo una parte de las voces de los decepcionados. Pero Mélenchon se bañó por mucho tiempo del mismo sistema político del que los franceses están cansados, por lo que es difícil convencerlos de su «novedad», ya que no propone nada verdaderamente nuevo en lo esencial. Su consigna principal es llamar a «sacar» «pacíficamente» y «democráticamente» a los que administran el capitalismo francés en la actualidad. Pero, de hecho, su propuesta más avanzada es cambiar las instituciones del Estado y pasar a la república parlamentaria. En términos de plan de cambio del sistema, el proyecto de Mélenchon no se distingue fundamentalmente del ala izquierda del PS, si no es sobre todo por sus dotes de tribuno y por sus fórmulas lanzadas en voz alta pero no obligando a nada. En una tentativa de distanciarse del PS proeuropeo, critica a la UE. Es evidentemente indispensable luchar contra esta estructura imperialista que representa la Unión Europea, pero Mélenchon la critica en nombre de la defensa de la «soberanía» de Francia –la segunda potencia imperialista de la Unión Europea– contra la dominación alemana, y así se asemeja a Le Pen. Además, como Le Pen, denigrando la UE, Mélenchon no critica en realidad la UE como estructura, como bloque de la burguesía contra los trabajadores, sino solamente los «malos acuerdos», proponiendo revisarlos y reformar la UE. Así, aunque eventualmente pueda atraer el «voto útil» de la izquierda, Mélenchon tendrá dificultades para ganar la verdadera confianza y las esperanzas de la gente.

Emmanuel Macron está totalmente ocupado en intentar materializar el vacío político y la ausencia de confianza hacia otros partidos. Además de un programa claramente liberal, hace unas reverencias sociales-liberales destinadas a los trabajadores menos oprimidos y más calificados (por ejemplo, los profesores), prometiendo de hecho a todos la libertad, la igualdad y la fraternidad ultraliberales. Si Le Pen ya ganó por el populismo el apoyo de algunas capas de la población y trata de atraerse una parte de la gran burguesía, Macron hace lo contrario: a partir del apoyo ampliamente adquirido por la gran burguesía, intenta acercarse a otros sectores de la población.

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Los candidatos más a la izquierda, Philippe Poutou, del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) y Nathalie Arthaud, de Lutte Ouvrière, tienen solo algún porcentaje en el marco del margen de error estadístico. A partir de allí, la razón principal es, por supuesto, que los programas que de una manera o de otra vuelven a discutir el sistema burgués son marginados por el mismo sistema por medio de las instituciones y los medios de comunicación burgueses y por medio del «sentido común» impuesto por ellos a la población, incluida la clase obrera –un «sentido común» cuya esencia es la aceptación del mundo «tal, como es», es decir, de dominación de la burguesía. Es por eso que las elecciones burguesas, hasta las muy demócratas-radicales, en la sociedad contemporánea de dominación de la burguesía, son ya un engaño en sí mismas. Pero el problema no está ni siquiera allí. En un sentido, hasta es lo contrario: por que no critican claramente las instituciones burguesas, estos partidos constituyen solo difícilmente referencias hasta para los que son decepcionados por las instituciones burguesas.

Mientras que las capas más oprimidas y hasta una parte de las capas medias comienzan a darse cuenta o a sentir la podredumbre generalizada del sistema, y la necesidad de cambios radicales, el programa del NPA no pasa los límites de su «democratización radical». Es por cierto susceptible de atraer capas relativamente privilegiadas de trabajadores, sobre todo entre las capas medias de la pequeña burguesía, pero estos últimos preferirán rápidamente dar su «voto útil» a Mélenchon. Al mismo tiempo, esto no puede inspirar a los simples trabajadores y a las capas medias en curso de marginación, que caerán más bien en las trampas de Le Pen, que se presenta como portadora de cambios.

LO, a diferencia del NPA, no vende la ilusión sobre la radicalización del sistema democrático-burgués y es el único partido en estas elecciones que habla claramente de la expresión de la posición de la clase trabajadora, y está allí, indudablemente, su mérito. Pero la agitación y la propaganda de LO responden a todos los problemas políticos remitiéndolos universal y generalmente a la división de la sociedad en burguesía y proletariado, lo que es verdad, pero constituye solamente el marco general de todos los procesos, y cada uno reclama respuestas políticas particulares, que no se resumen en el enunciado del «marco general». Esto corresponde de hecho a un tipo de política. Además de eso, LO, como todas las organizaciones francesas de izquierda, está cerrada sobre Francia, tanto en cuanto a la visión de los procesos como a la construcción de la organización. A causa de esto, LO ignora de hecho procesos y cuestiones políticas muy importantes, tales como la naturaleza de la UE; la revolución siria; el imperialismo –incluido el francés– y su papel en el pillaje imperialista del mundo y el carácter imperialista de su democracia; la cuestión nacional. Este enfoque, por una parte, no puede dejar de suscitar una impresión de dogmatismo, ya que muchas de las cuestiones mencionadas flotan en el aire francés y piden una respuesta más firme; y por otra parte, LO no es capaz de desovillar hasta el final toda la bola de la política burguesa y de sus mentiras.

Su República en peligro…

Asistimos durante las elecciones en Francia a una crisis fuerte del sistema político, debido en gran parte al descontento profundo de los franceses. En estas condiciones, cualquiera que sea el candidato que se llevará la votación, se encontrará debilitado, privado de confianza efectiva y forzado por oponerse a la resistencia de las masas indignadas en las condiciones de un sistema político en descomposición. Precisamente son el humor y la acción de las masas, y no el espectáculo de las elecciones o tal o cual combinación de papeles en las urnas, los que determinarán la situación real de la relación de fuerzas entre las clases. Todos los cuentos sobre la posibilidad de los resultados «catastróficos» de las elecciones son solo llamados al «sentido común» –que está compuesto más de miedo que de pensamiento– para empujar hacia atrás la conciencia de la gente, sobre el lecho de Procusto de la falsa lógica parlamentaria hacia la fe en la fuerza milagrosa de la boleta de votación y del «voto útil» para uno u otro candidato.

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Los ideólogos burgueses «responsables» no esconden sus temores por la «República» e intentan inocularle este sentido de la «responsabilidad» a los franceses. Si se ve en el sistema político parlamentario «republicano» el instrumento de la resolución de los problemas de los trabajadores, entonces, efectivamente, hay razones para temer el hundimiento de la «República». Ya que probablemente no hay ningún otro país en el mundo donde la noción de «República» haya sido sacralizada tanto como en Francia, donde se sabe desde temprana edad que es el bien común. Por la misma razón, no hay que subestimar su crisis política, que tiene en Francia un significado particular.

Pero si se comprende que toda esta República no es la «República» sino la República burguesa, y que su sistema político, con todas sus instituciones «democráticas» y «republicanas», es el mecanismo político de los capitalistas para asegurar su poder sobre los trabajadores, obligándolos a trabajar siempre más y en condiciones siempre peores, entonces los síntomas de dislocación de este mecanismo no deben suscitar en el humano común ni la menor compasión ni la menor inquietud. Más todavía, mientras los trabajadores no derriben este mecanismo, su vida continuará degradándose, cualesquiera sean las bellas promesas del vencedor de las elecciones. Los últimos años confirman dos veces –no solo una– y ni siquiera solamente en Francia, este imperativo.

Y desde este punto de vista, el propio proletariado francés tiene ya una razón importante para inquietarse. El hecho es que, en estas condiciones de crisis política, no tiene hoy su instrumento político, su partido revolucionario, con cual podría oponerse a los pequeños juegos de los partidos burgueses y proburgueses. Sin construcción de tal partido político alrededor de un programa revolucionario y que no se limite a un solo país, sino que actúe en nivel internacional, la clase trabajadora no podrá destruir el Estado burgués y sus instituciones que cuidan el capitalismo. No podrá tomar el poder en sus manos, vencer a la burguesía y acabar con capitalismo imperialista, ni con la caída de la mayoría de la población en nuevos niveles de miseria. Por supuesto, la construcción de tal partido se enfrenta cada día con numerosos obstáculos, erigidos por la burguesía. Pero no es tarea imposible, si los partidarios de la revolución ponen manos a la obra con seriedad, conciencia y voluntad, apoyándose en la combatividad de la que la clase obrera francesa es capaz, y ya lo probó, y aportando a la descomposición de la democracia burguesa y a la crisis económica sus propias soluciones.

Ni patrie ni patron
Ni Marine ni Macron

Traducción: Natalia Estrada.