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En Marcos Paz, como en todas las cárceles del país, los reclusos viven una mala situación. Hacinamiento, carencias, problemas de infraestructura, como ventanas sin vidrios, camas sin colchones, calor extremo, mosquitos, entre muchos otros problemas.

Por PSTU-Argentina

A tal punto se viene agravando, que el propio Ministerio de Justicia y ¡¡Derechos Humanos!! de la Nación se ha visto obligado a declarar la “emergencia en materia penitenciaria” por tres años, y nombrar una “comisión” para elaborar políticas para resolver el “déficit habitacional”, “mejorar las condiciones de privación de la libertad”, etc. Reconoce que hay una sobrepoblación del 12% (más reclusos de los que las cárceles están preparadas para alojar), y que el 57% de los internos se encuentra preso sin condena (Diario Crónica – 26/3/19).

Con la excepción de sus propias familias y de algunas organizaciones que velan por  la situación humana de los presos, esa realidad es invisible para el conjunto de la sociedad.

Esto agudiza los problemas internos, a veces fogoneados por la propia jerarquía penitenciaria.

Sin embargo, en  un pabellón de Marcos Paz, algo comenzó a cambiar. De a poco, está entrando la unidad, la acción y decisión colectiva. Algunos métodos propios de la clase obrera están haciéndose patrimonio de los reclusos.

Se ha desarrollado un petitorio que reclama por las condiciones carcelarias, y que ha comenzado a circular entre organizaciones de  DDHH. Ante los problemas, se han realizado ya dos asambleas generales del pabellón, en las cuales los internos expresan sus opiniones ante los problemas que viven, y la búsqueda de soluciones. En ellas, luego de proponerse medidas y cursos de acción se vota y se aplica lo que la mayoría defiende.

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De ese modo, han logrado llevar adelante una serie de reclamos, y defenderse ante situaciones que, en otras ocasiones, podían desencadenar peleas y violencia entre los compañeros de pabellón.

No es casual, pero ese es el Pabellón que aloja, entre otros reclusos, a nuestro compañero Daniel Ruiz. Lo aprendido en los yacimientos en la dura lucha contra la patronal y la burocracia, pero también contra la dureza del clima y de los elementos de trabajo ha comenzado a trasmitirse a los demás reclusos, sobre todo entre los más jóvenes. Algunos de ellos lo llaman “el petrolero”.