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El masivo movimiento estudiantil universitario de rechazo a la política privatizadora de Santos, lo obligó a retirar el proyecto de reforma de la Ley 30 del Congreso de República. 

Tres factores explican esta primera victoria: la fuerza del propio movimiento, el respaldo que ganó en la opinión pública y la protesta juvenil en otros países, en particular la lucha de los estudiantes chilenos. Suspendido el paro, ahora se pasa a una fase mucho más difícil: consolidar la organización nacional estudiantil, lograr las garantías para que la comunidad universitaria, con la participación de otros sectores sociales, pueda elaborar un modelo de educación superior verdaderamente democrático y, sobre todo, dar continuidad a la movilización para imponérselo al gobierno.
La fuerza de la movilización…
 
Sucesivas y crecientes movilizaciones fueron obligando al gobierno a recular. Anunciado en marzo el proyecto de ley, el 7 de abril miles de estudiantes se volcaron a las calles. Esto llevó a la Ministra de Educación, María Fernanda Campo, a promover foros nacionales e internacionales, tratando de mostrar las bondades del modelo y su supuesto éxito en otros países. No logró engañar a los estudiantes, que participaron masivamente en las marchas del Primero de Mayo y volverían a tomar las calles el 7 de septiembre, advirtiendo que habría paro indefinido en todas las universidades si se presentaba el proyecto al Congreso. Estas fechas coincidieron con convocatorias de la Federación Colombiana de Educadores que enfrenta también el ataque a los derechos de los maestros.
 
Después de su viaje a Chile, donde la protesta estudiantil ha desgastado al gobierno de Piñera, Santos era consciente de lo que estaba en juego y anunció que retiraba del proyecto la creación de instituciones con ánimo de lucro y la promoción de inversión privada en las universidades públicas. La influencia del proceso chileno en Colombia ha sido directa; en muchas universidades se han informado sobre su movimiento y se ha estado en contacto con sus dirigentes. A pesar de eso, Santos trató de seguir adelante con su política, llamando a los rectores a la concertación y ofreciendo pírricos incrementos presupuestales a cambio del apoyo a su proyecto de ley.
 
Las limitaciones de la organización
 
Antes de las primeras movilizaciones nacionales se había iniciado el proceso de constitución de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) con un primer encuentro en marzo que congregó a centenares de activistas. Las organizaciones estudiantiles tradicionales (Feu, Oce, Aceu, Fun, Comuna, y otras) promovieron la coordinación de actividades a nivel nacional y un amplio sector de estudiantes independientes se sumaron a la tarea. La crisis universitaria acumulada a lo largo de dos décadas, como efecto de la Ley 30, ha llevado a luchas recurrentes y parciales que no logran conquistar soluciones de fondo, generando un malestar permanente. El proyecto privatizador del gobierno estaba sirviendo de catalizador y detonador de un conflicto de envergadura nacional.
 
No obstante eso, la dirección mayoritaria de la Mane consideraba que aún no había condiciones para fijar la fecha del paro nacional. Esto llevó a que en varias universidades los estudiantes se vieran obligados a lanzarse por su cuenta al cese de actividades. Fue así en las universidades de Antioquia, Tecnológica de Pereira, Tolima y Pamplona. En otras, hubo enfrentamientos violentos con la policía o allanamiento de los campus.
 
Eventos nacionales de otros sectores sociales como el encuentro campesino en Barranca, promovido por la Marcha Patriótica y el encuentro indígena y campesino en Cali, organizado por el Congreso de los Pueblos, contaron con la participación de numerosos activistas estudiantiles. Las propias organizaciones estudiantiles tradicionales continuaron con su labor de fortalecerse organizativamente. La Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) realizó su Tercer Congreso Nacional, con la presencia de más de 1.500 activistas; la Asociación Colombiana de Estudiantes Universitarios (ACEU), por su parte, adelantó su Escuela de Dirigentes Estudiantiles, con varios centenares de participantes. El éxito de estas convocatorias reflejaba el movimiento en curso pero hacía más difícil su centralización, en la medida que se privilegiaban sus propios objetivos políticos y organizativos por encima de las necesidades del movimiento nacional. Por ejemplo, muchos activistas estudiantiles, pertenecientes al Polo Democrático Alternativo, dedicaban una buena parte de su labor a la campaña electoral en curso y no a las tareas del movimiento. Esta actitud explica las contradicciones que se han presentado al interior del movimiento en el transcurso del paro nacional y en la definición de su suspensión.
 
El paro nacional
 
Para medir la capacidad de respuesta del movimiento, y urgido por avanzar en las transformaciones que le impone el TLC con Estados Unidos, Santos se jugó los restos radicando sin más consultas el proyecto de ley al Congreso. A partir de allí se desencadenó el paro nacional. El 12 de octubre una nueva jornada de protesta mostró la fortaleza del movimiento estudiantil, que aprovechó la ya tradicional convocatoria del movimiento indígena respaldada por la Coordinadora de Movimientos Sociales de Colombia. A esta jornada acudieron de nuevo franjas importantes del magisterio y otros sectores sociales como los trabajadores de la salud, que protestan por el deterioro acelerado en sus condiciones laborales y la quiebra de los hospitales públicos como consecuencia de la Ley 100. Una tras otra, las universidades públicas fueron haciendo efectivo el cese de actividades, hasta paralizar 31 claustros. La universidad del Tolima se había puesto a la vanguardia, cuando estudiantes, profesores y trabajadores se declararon en Constituyente Universitaria e iniciaron deliberaciones sobre un nuevo modelo de educación superior y los problemas particulares que los aquejan.
 
El pulso entre el gobierno y los estudiantes estuvo mediado por la actitud de las directivas universitarias. En Pamplona, por ejemplo, el campus había sido allanado por la policía y los estudiantes fueron respaldados por la población en sus reclamos. En Pereira se clausuró la universidad y la rectoría procedió a suspender los contratos de los profesores ocasionales. En la Universidad Nacional el rector Moisés Wasserman clamaba por la normalidad académica y planteaba que el escenario de discusión debía ser el Congreso. Pero el buque insignia de la educación superior colombiana arrastra ya una crisis galopante: los estudiantes de Medicina de la UN se encontraban en paro desde hacía dos meses reclamando el Hospital Universitario y los de Veterinaria llevaban un mes de suspensión de actividades académicas exigiendo garantías mínimas para poder estudiar.
 
La conquista de la solidaridad
 
Ni la represión gubernamental ni los cantos de sirena de las directivas hicieron retroceder a los estudiantes. Cada semana una nueva jornada de protesta dio continuidad a la anterior. La imagen negativa que el estéril “tropel” de pequeños grupos de vanguardia ha creado durante años, fue modificada por la creatividad de esta generación: “besatones”, “abrazatones”, carnavales, tomas de centros comerciales, fueron nuevas modalidades de protesta. Muchos han confundido esta actitud con posturas pacifistas. Desconocen así que la toma masiva de las calles y el bloqueo vehicular que provoca, son una medida de fuerza superior al enfrentamiento de un pequeño grupo de encapuchados con el Esmad. El colapso urbano que ello provoca ha causado fuertes pérdidas a la burguesía, sin contar el desgaste político del gobierno. Adicionalmente estos métodos masivos permiten mostrar claramente que, cuando se desata una situación de violencia es porque ella es ocasionada por el gobierno y sus fuerzas de represión que impiden la protesta y lucha por los justos derechos.
 
Paulatinamente, el movimiento empezó a ganar el respaldo de la opinión pública, comenzando por los propios profesores, los empleados de las universidades y los padres de familia. Pero más allá de ese entorno natural, la protesta universitaria empezó a reflejar el descontento general de la población frente al gobierno. Este fue el factor determinante en la decisión del gobierno de retirar el proyecto de ley. Pero, para no acusar el golpe, Santos intentó una última jugada: anunciar el retiro del proyecto antes de la jornada del 10 noviembre tratando de reducir la participación. El tiro le salió por la culata, pues esta movilización fue la más amplia y combativa de todas. La toma de Bogotá fue un hecho y lo único que logró Santos con el amague fue evitar que los estudiantes acamparan en la Plaza de Bolívar, como habían anunciado, emulando a los indignados españoles. Frente a la fuerza de la movilización intentó un último chantaje: condicionar el retiro del proyecto de ley a que la MANE, en el Encuentro de Emergencia que se realizó el 12 de noviembre, levantara el paro. Efectivamente, con la presencia de más de 2.000 estudiantes y, después de más de un día de acalorada discusión, la declaración de la MANE anunció su disposición a suspender el paro si se hacía efectivo el retiro del proyecto de reforma y se daban garantías a la comunidad universitaria para construir democráticamente una nueva propuesta (ver declaración en esta Separata).
 
Consciente de la explosividad social latente en el país, expresada recientemente en el paro de los trabajadores petroleros de la Pacific Rubiales en Puerto Gaitán y la forma como se ligó la población a sus exigencias, Santos no podía permitir que convergieran los conflictos estudiantiles, sindicales y populares. De hecho, esta unidad de acción ya se estaba materializando en las calles. Que el proceso no haya sido más dinámico, profundo y extenso sólo se explica por la indolencia burocrática de la dirección sindical que, a pesar de afirmar que coordina sus actividades en el flamante Frente por la Defensa de la Educación Pública, no ha convocado un solo encuentro para respaldar la lucha universitaria y definir un plan de acción común. Respecto de otros sectores sociales, es diciente el aislamiento de procesos como la Marcha Patriótica o el Congreso de los Pueblos, que después de realizar eventos con miles de asistentes no definieron ni una sola jornada de movilización, fuera de un hipotético Paro Cívico Nacional para el año entrante. O como la dirección de Fecode, que en lugar de aprovechar la coyuntura para potenciar su propia lucha uniendo sus exigencias a las estudiantiles vegeta en mesas de negociación con la ministra sin hacer de la movilización masiva su principal arma de defensa.
 
Volver a las aulas, seguir en las calles
 
Suspendido el paro, el movimiento estudiantil enfrenta el reto de consolidar su organización nacional, potenciando la MANE y propiciando su democratización, y haciendo efectivas las garantías que el gobierno ha prometido para construir colectivamente el modelo de educación superior que reclama la población. Pero sobre todo, dar continuidad a la movilización de protesta, como la jornada continental del 24 de noviembre.
 
En este proceso será indispensable contar con los demás estamentos universitarios y las organizaciones sociales de los trabajadores y sectores populares. Un proyecto común de universidad pública bajo los principios de autonomía, libre acceso, gratuidad y calidad con bienestar sólo puede ser conquistado fortaleciendo la movilización sumando a otros sectores sociales. Por eso es necesario que el Frente por la Defensa de la Educación Pública que agrupa a los gremios relacionados con el sector educativo –como Fecode, Aspu, Sindesena y las propias organizaciones integrantes de la MANE– convoque de inmediato un gran evento con amplia participación de base, donde se coloque al centro de la discusión política el futuro de la educación pública en Colombia, amenazada por las contrarreformas de Santos y el Tratado de Libre Comercio.
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Por la Unidad Estudiantil
 
Hoy día en las universidades públicas se multiplican los grupos de activistas que buscan organizarse gremial y políticamente. Es un proceso de inquietud general, similar al vivido en la década del ’70, reflejo del malestar de la juventud frente a una sociedad que no les ofrece ningún futuro: ni educación, ni bienestar, ni empleo.
 
Esta necesidad de expresarse democráticamente y organizarse políticamente está haciendo florecer las publicaciones estudiantiles. Un grupo de estudiantes socialistas ha promovido la difusión del periódico Unidad Estudiantil poniéndolo al servicio de los estudiantes independientes de diversas universidades. En él se ha informado de la crítica situación en los claustros y sobre el acontecer del movimiento. Desde sus páginas se fomenta la unidad gremial nacional que empieza a concretarse en la MANE, planteando la necesidad de constituir una sola organización nacional estudiantil democrática, basada en consejos estudiantiles y la genuina participación de la base en la toma de decisiones. Se plantean el método de la movilización de masas como el fundamental para la conquista de una educación gratuita y de calidad. Saludamos este tipo de iniciativas que propiciarán la construcción de una gran organización estudiantil nacional.
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La Red independiente
 
El movimiento estudiantil en curso ha contado con la participación activa de miles de estudiantes. Es inevitable, y deseable, que haya diversos puntos de vista sobre la situación política del movimiento, sus orientaciones y los medios para conquistar los objetivos que se propone.
 
Esta es la razón por la que muchos estudiantes no se sienten representados en las organizaciones tradicionales que, positivamente, han promovido el actual proceso. La constitución de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) contó con la presencia de un numeroso sector de estudiantes de universidades regionales que son, tal vez, las que padecen de manera más cruda los efectos nefastos de la Ley 30. En algunas de estas universidades el paro se inició antes de que la MANE hiciera efectiva la hora cero de inicio del cese de actividades y, de hecho, fueron un factor fundamental para la fortaleza del mismo.
 
Tanto en las reuniones del Comité Operativo de la MANE, como en el Encuentro de Emergencia en que se definió la suspensión del paro, los sectores independientes actuaron como bloque, discrepando, no tanto con los objetivos del movimiento –pues comparten en general el Programa Mínimo propuesto al conjunto del movimiento estudiantil– como con el método de toma de decisiones y la delegación de vocerías monopolizadas por los grupos tradicionales. Dentro de ese heterogéneo sector independiente se ha venido articulando una “Red” en la que participan estudiantes de varias universidades regionales, grupos políticos o estudiantes de base sin organización.
 
Este sector ha hecho énfasis en respetar la democracia asamblearia que ha predominado en las universidades. Desde el inicio del movimiento presionaron por la definición de la fecha del paro y, ante la decisión de Santos de retirar el proyecto de ley, plantearon la posibilidad de continuar con el paro indefinido hasta conquistar objetivos adicionales, como el compromiso explícito del gobierno de cubrir el voluminoso déficit presupuestal que arrastran las universidades. En buena medida reflejan una profunda desconfianza en las promesas del gobierno y se resisten a delegar en la dirección de la MANE la toma decisiones que consideran trascendentales, como ocurrió con la suspensión del paro.
 
El gobierno, las administraciones de las universidades y algunos grupos políticos estudiantiles han querido señalarlos equivocada, o interesadamente, como divisionistas, pues en el Encuentro de Emergencia emitieron una declaración de disenso donde exigían que la suspensión del paro fuera una determinación de las asambleas de base. La propia dinámica del movimiento les ha dado la razón: en varias universidades las asambleas se han dividido frente a la suspensión del paro, exigiendo que primero se den plenas garantías para la finalización adecuada del semestre o se resuelvan problemas específicos. De esta manera la Red Independiente se ha convertido en un sector que influye de manera importante en las decisiones de la MANE como se evidenció en las condiciones que se le plantearon al gobierno en la Declaración de la MANE que publicamos en esta Separata. De todos modos su vocación unitaria se ha expresado en su consigna: ¡Todos somos MANE!
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La Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE), embrión de organización estudiantil nacional
 
Tal vez el hecho más importante del movimiento estudiantil en curso –además de su masividad, movilización permanente, democracia asamblearia– ha sido la constitución de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE). De hecho, sus voceros y dirigentes, han conquistado personería política frente al gobierno y los medios masivos de comunicación y, por esa vía, el respaldo de la opinión pública, que ve en ellos una nueva generación de estudiantes que actúa como legítima contraparte en este enfrentamiento con el gobierno.
 
En la MANE han confluido la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), la Asociación Colombiana de Estudiantes (ACEU), la Organización Colombiana de Estudiantes (OCE), la Federación Universitaria Nacional (FUN), COMUNA, y otras organizaciones. Todas estas organizaciones se han construido en las luchas de resistencia de la última década, pero más que organizaciones gremiales, han sido siempre la expresión estudiantil de partidos políticos de izquierda. Sin desconocer el importante rol que han jugado es necesario señalar que, en muchos casos, no han estado a la altura de las expectativas que muchos estudiantes han depositado en ellas, por su actitud burocrática o su “anarcosindicalismo” (esa confusión entre partido político y organización de masas que impide la participación democrática amplia de las bases en la toma de decisiones).
 
La MANE, en cambio, empieza a convertirse en un posible embrión de una organización estudiantil universitaria nacional que incluso puede aspirar en el futuro inmediato a vincular también al activo sector de estudiantes secundarios y a los jóvenes aprendices del Sena. La discusión en torno al Programa Mínimo de los Estudiantes empieza a dotarla de una plataforma política unificada. La lucha en curso, de ser exitosa, le permitirá adquirir experiencia en la negociación con el gobierno en torno a objetivos inmediatos y estratégicos para el movimiento estudiantil.
 
Pero que la MANE se consolide dependerá en gran medida de la actitud política responsable que asuman las organizaciones tradicionales que iniciaron este positivo proceso de convergencia. Está en juego algo que no se ha podido construir en más de cuatro décadas de luchas del movimiento estudiantil cuya experiencia más profunda data de la década del ’70. Por eso es tan importante velar por el proceso de unidad, al tiempo que se atienden los justos reclamos de la base estudiantil que, como es inevitable en la juventud, es rebelde por vocación generacional. Más aún cuando, como ocurre a nivel mundial, es el sector más afectado por la profunda crisis económica, social, cultural y moral en que se hunde el capitalismo.
 
La clave de la unidad será reconocer que una organización nacional estudiantil unificada debe ser democrática, permitir la más amplia participación de sus afiliados con plena libertad en la discusión y toma de decisiones y basarse en formas organizativas como los consejos estudiantiles y las asambleas deliberativas y decisorias que representen realmente toda la heterogeneidad social, regional, cultural, política e ideológica de los estudiantes. Ello incluye, incluso, brindar la posibilidad a que las fuerzas y organizaciones políticas que, impulsando el movimiento y respaldándolo, expresen en ella sus posiciones si como tales lo quieren hacer. En síntesis, la organización estudiantil debe reivindicar la tradición histórica de movimiento obrero y tener como método la movilización de masas. Así podrá sortear las inevitables vicisitudes que impone la lucha de clases y permanecer como una conquista del movimiento estudiantil.

 

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