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Vamos directo al tema: las "praxis"[1] siempre fueron un ejercicio de imposición de la autoridad. En este caso, de los veteranos sobre los novatos. El objetivo de integración de los novatos a la comunidad universitaria es, en realidad, un argumento legitimador de la praxis, pero no su esencia.


Si así fuese, ella tendría rituales diferentes de los que tiene, que pasan, invariablemente, por la sumisión de los novatos a las órdenes de los praxistas, sean ellas más “inocentes”, como mendigar en las calles con el rostro pintado o con trajes ridículos; arrastrarse por la Alameda D. Afonso Henriques (como presencié), como si fuese un animal; cantar músicas machistas, racistas, xenófobas u homofóbicas; o más violentas, como regularmente es denunciado por la prensa.

Cuando ingresé por primera vez en la universidad, en los años ’70, en mi curso –Comunicación Social de la Universidad Federal Fluminense, en el Brasil– no había praxis. El Directorio Académico (equivalente a las Asociaciones de Estudiantes) organizaba una recepción a los novatos, compuesta por un juego –un veterano cualquiera fingía ser un profesor y daba una clase completamente estrambótica ironizando con el propio curso, seguida de una presentación y debate con los novatos, y de una convocatoria para que organizaran, junto con los demás colegas veteranos, una semana cultural compuesta de música, poesía y debates sobre cuestiones relativas al curso y a la sociedad. Había integración pero no humillación.

Es claro que no todo era así, ni en los años ’70 ni en el Brasil. Había –aún hay– praxis más o menos violentas, en muchas universidades. Pero había también, en aquel período, una gran politización de la sociedad, y los estudiantes estaban a la vanguardia de la lucha contra la dictadura militar, al lado de los metalúrgicos de la región del ABC paulista, la zona más industrializada del país. Al ser coprotagonistas de una revolución democrática, los estudiantes imponían una agenda dentro de las universidades: la lucha por la democracia, por los derechos humanos y por la libertad. El espacio para la praxis se redujo, se tornó residual, porque fue ocupado por su opuesto: la lucha contra el autoritarismo.

Aquí en Portugal, en los años de 1960, un fenómeno semejante se dio en la Universidad de Coimbra, cuando la praxis fue barrida por la lucha estudiantil contra la dictadura del Estado Nuevo. Las ropas negras dieron lugar al colorido de la contestación, la juventud portuguesa entraba en sintonía con el Mayo del 68, con la alegría del rock y la protesta de Zeca Afonso. El 25 de Abril[2] se instaló en las universidades.

Poco a poco, junto con el retroceso de la Revolución de los Claveles, la praxis ganó terreno, cubriendo de negro territorios hasta entonces intocables. Acabó por reflejar la domesticación de la universidad, desde la dirección hasta la base. La derrota de la lucha contra las coimas, en los años ’90, fue un marco importante de esa involución política y cultural.

¿Significa eso que debemos esperar un nuevo 25 de Abril para combatir las praxis? No, especialmente cuando estas adquieren contornos tan macabros y criminales como los revelados por la tragedia que mató a seis estudiantes de la Universidad Lusófona del Meco[3]. Es cierto que no todas las praxis son así; es cierto que existen reglamentos para intentar encuadrarlas en el límite de lo legal; es cierto también que existe apoyo o resignación en sectores de estudiantes y de la sociedad para que continúen existiendo. Todo eso es cierto, pero la praxis puede matar; las leyes no impidieron esas muertes; y las universidades y el Estado son responsables para impedir que eso ocurra.

Es intolerable que, frente a la tragedia del Meco, el secretario de Estado de la Juventud, Emídio Guerreiro, concluya que lo que ocurrió allí “no es praxis académica”; que el presidente del consejo de administración de la Universidad Lusófona [Lisboa] declare a la prensa que la institución no va a prohibir las praxis y califique lo ocurrido como una “accidente”; y que 14 organizaciones estudiantiles, entre las cuales se encuentra la Federación Académica de Porto y las asociaciones académicas de Coimbra, Lisboa, Algarve, Aveiro y Minho, defiendan las praxis como “un ejercicio de libertad”.

La verdad no es esa: la praxis no es un ejercicio de libertad sino de autoritarismo, muchas veces muy próxima de prácticas fascistas.

Por eso, todo mi apoyo a todas las iniciativas contra las praxis: “Vigilia en la Lusófona por el principio del fin de las praxis académicas”, marcada para el 22 de febrero (https://www.facebook.com/events/420916431344517/?fref=ts), “No a la praxis” (https://www.facebook.com/debaterpraxe), y todas cuantas haya.


Traducción: Natalia Estrada


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[1] Se entiende por praxis (en el campo académico general) el conjunto de reglas y costumbres que gobiernan las relaciones académicas en una Universidad, basadas en una relación jerárquica. En este caso, se refiere a las "iniciaciones" que los estudiantes veteranos imponen a los "novatos".
[2] 25 de Abril de 1974 y/o Revolución de los Claveles, fecha del levantamiento que derrocó a la dictadura de Salazar, que gobernaba Portugal desde 1926.
[3] La playa del Meco, en el sur de Lisboa, es el lugar donde se ahogaron seis estudiantes el pasado mes de diciembre. Se considera que la tragedia se debió a una cruel “broma” o “praxis” impuesta por el jefe del grupo a sus compañeros.