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“Mi dirección: una aldea abandonada… olvidada. De calles sin nombre. Todos sus hombres están en el campo y en las canteras. Aman el comunismo”. Así el poeta palestino Mahmoud Darwish (1942-2008) describía en su “Documento de identidad” el exilio forzado vivido por su pueblo y la resistencia a la opresión nacional.

Por: Soraya Misleh

El derecho a la autodeterminación de los pueblos frente a esta situación integra históricamente el programa de los bolcheviques. Garantizada, enseguida la Revolución Rusa del 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre en el calendario gregoriano) resultó en la liberación de lo que Trotsky denominaba “cárcel de los pueblos”, parte de sus muchas conquistas.

Cien años después, las lecciones de ese proceso siguen actuales y necesarias ante la situación de los palestinos y de otros pueblos, como los kurdos y los catalanes. En el caso de los primeros, la opresión nacional es resultado del proyecto sionista que culminó en la creación del Estado de Israel el 15 de mayo de 1948 –la nakba (catástrofe)–, cuando mediante la limpieza étnica fueron expulsados 800.000 palestinos de sus tierras y destruidas más de 500 aldeas, entre ellas la del poeta Darwisk, desterrado con solo seis años de edad. Actualmente, son cinco millones de refugiados en campos en el mundo árabe, millares en la diáspora y otros millares sometidos al régimen institucionalizado de apartheid, a una ocupación y colonización deshumanas, y a leyes racistas.

En los tiempos del zar

La opresión nacional era un tema de gran importancia en Rusia bajo el dominio zarista. Como describe Trotsky en Historia de la Revolución Rusa, “la nacionalidad dominante no representaba más que 43% de la población, mientras el otro 57% (de los cuales 17% eran ucranianos, 6% polacos, 4,5% rusos blancos) correspondía a nacionalidades diversas, tanto por el grado de cultura como por la desigualdad de derechos”.

Frente a esa realidad, en el cambio del siglo XIX para el XX se constituyó el partido bolchevique y son numerosos los escritos de Lenin sobre cómo lidiar con la cuestión de las nacionalidades oprimidas (como abordado en diversos artículos disponibles en los sites del PSTU y de la Liga Internacional de los Trabajadores – LIT-CI). Entre los revolucionarios con quien Lenin polemizó en relación con este tema estaba Rosa Luxemburgo. Para ella, la era de las luchas nacionales quedaría atrás y cualquier propuesta de independencia (en el caso se refería a Polonia, su país natal) sería una capitulación al nacionalismo burgués; la cuestión de la opresión solo sería resuelta a través de la revolución proletaria en los países que la dominaban (Alemania, Austria y Rusia).

Lenin escribe en “El derecho de las naciones a la autodeterminación”, de mayo de 1914, sobre el carácter progresivo de ese nacionalismo de contenido democrático general contra la opresión, al cual “prestamos apoyo incondicional, separando rigurosamente la tendencia al exclusivismo nacional”. En el mismo texto describe que, al lado del reconocimiento del pleno derecho a la autodeterminación, la resolución de la Internacional “exhorta de forma no menos explícita a los obreros a la unidad internacional de su lucha de clase”.

De la misma forma, en “El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación”, Lenin entabla debate contra la posición de Karl Radek (cuyo seudónimo era Parabellum), expresada en el periódico del Partido Socialdemócrata de Suiza, de que el imperialismo dejaría en el pasado la lucha por los Estados nacionales. Para Lenin, la posición ignora la distinción entre colonias y lugares en que hubo movimientos de liberación nacional. Resalta: “El imperialismo significa que el capital sobrepasó el marco de los Estados nacionales, significa la prolongación y agudización de la opresión nacional sobre una nueva base histórica. De ahí se desprende, precisamente, lo contrario de lo que dice Parabellum, sobre que nosotros debemos ligar la lucha revolucionaria por el socialismo a un programa revolucionario en la cuestión nacional”. Más adelante, en el mismo texto, Lenin explica: “Un punto central en el programa de la socialdemocracia debe ser precisamente la división de las naciones en opresoras y oprimidas… Esa división no es esencial desde el punto de vista del pacifismo burgués o de la utopía pequeñoburguesa de la competencia pacífica entre naciones independientes en el capitalismo, pero es esencial desde el punto de vista de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. Y de esa división debe derivar nuestra definición del ‘derecho de las naciones a la autodeterminación’, definición consecuentemente democrática, revolucionaria y conforme con la tarea general de la lucha inmediata por el socialismo. En nombre de ese derecho, defendiendo su reconocimiento sin hipocresías, los socialdemócratas de las naciones opresoras deben reivindicar la libertad de separación de las naciones oprimidas –pues, de lo contrario, el reconocimiento de la igualdad de derechos de las naciones y la solidaridad internacional de los obreros sería en la práctica solo una palabra hueca, solo una hipocresía. En tanto, los socialdemócratas de las naciones oprimidas deben resaltar la unidad y la fusión de los obreros de las naciones oprimidas con los obreros de las naciones opresoras– pues de lo contrario esos socialdemócratas se vuelven involuntariamente aliados de una u otra burguesía nacional, que traiciona siempre los intereses del pueblo y la democracia, siempre pronta, por su parte, a anexar y oprimir otras naciones”.

Sionismo y contrarrevolución

La opresión nacional no pasó inadvertida por los contrarrevolucionarios en la Rusia de finales del siglo XIX y comienzos del XX, obviamente con intereses completamente opuestos a los planteados por Lenin y aprobados en la Internacional. Entre los que actuaron conscientemente para mejorar la organización revolucionaria valiéndose de la opresión existente –y, en el caso, también del antisemitismo vigente– estaban los sionistas.

Fundado a finales del siglo XIX bajo la falsa égida de que para los judíos no era posible la asimilación y de que la única forma de librarse de las persecuciones era mediante la creación de un Estado hebrero, homogéneo étnicamente (Israel), el sionismo se abstuvo hasta incluso de luchar contra los pogromos (masacres) que los judíos enfrentaban en Rusia.

Para intentar contener la revuelta contra esa situación, según describe el escritor trotskista Lenni Brenner en La muralla de hierro – Revisionismo sionista de Jabotinsky a Shamir, el “padre” del sionismo político, el austro-húngaro Theodor Herzl, se dirigió a San Petersburgo en agosto de 1904, y se reunió con el jefe de la policía secreta del zar y organizador de los pogromos, von Plehve. Allí inauguraba la tradición política sionista de converger su programa con el antisemitismo, según escribe el marxista francés Maxime Rodinson en Israel: ¿A Colonial-Settler State? (en la traducción libre: “Israel: ¿Un Estado Colonial?”).

En el encuentro con von Plehve, el compromiso fue que, a cambio de apoyo, el sionismo no antagonizaría con la monarquía absolutista rusa. “Ayúdeme a alcanzar la tierra más temprano y la revuelta acabará. Y entonces, la defección de los socialistas”, declaró Herzl en la oportunidad. Él y Plehve cambiaron cartas, avalando tal acuerdo. Más: el sionismo tenía el compromiso de intentar apartar judíos de la organización y la ideas revolucionarias. Estos eran alrededor de 4,5% de la población en Rusia y, frente a las persecuciones, naturalmente se aproximaban a la lucha general.

Para intentar convencerlos de abandonar el movimiento, el sionismo utilizaría incluso la falacia de que el socialismo estaría reservado al futuro Estado judío. Conforme Brenner, en realidad, “el antisocialismo era parte integrante de su estrategia diplomática”, la cual se centraba en buscar alianzas con las potencias dominantes para alcanzar su intento no declarado de creación de un Estado judío mediante la colonización y la limpieza étnica de Palestina.

Como describe Brenner en su libro, un joven revolucionario de nombre Chitlovsky relató tiempo después que Herzl intentó cooptarlo, sin éxito. Dijo que había negociado con von Plehve que en 15 años Rusia avalaría la constitución del Estado judío. “Pero eso está vinculado a una condición: los revolucionarios judíos cesarán su lucha contra el gobierno ruso”. Chitlovsky respondió: “Nosotros, revolucionarios judíos, hasta los más nacionales entre nosotros, no somos sionistas y no creemos que el sionismo sea capaz de resolver nuestro problema. Transferir el pueblo judío de Rusia para Eretz-Israel es, a nuestros ojos, una utopía y, por una utopía, no renunciaremos a los caminos que nos trazamos, el de la lucha revolucionaria contra el gobierno ruso, lo que también debe llevar a la liberación de los judíos”. Él dijo a su interlocutor: “La situación del sionismo ya es bastante dudosa por el hecho de estar distante de la revolución”.

De hecho, incluso los bundistas que defendían que los judíos, por tener demandas específicas, se organizasen separadamente dentro del partido bolchevique –con lo que Trotsky y Lenin no concordaban–, mantenían la concepción marxista de que el sionismo no era más que una “utopía reaccionaria”. Trotsky fue más lejos: llamaba a Herzl de aventurero sinvergüenza y hacía duras críticas al sionismo.

El carácter contrarrevolucionario [del sionismo] no dejó margen para la duda en 1905, con negociaciones entre bastidores y abstención en la lucha contra el zar –así como en febrero de 1917, cuando Nicolás II fue derrocado y asumió el gobierno provisional de Kerensky.

La Declaración Balfour

El sionismo se aprovechó del antisemitismo por un lado y del anticomunismo por otro. En negociaciones con Gran Bretaña –que pasó a ser mandataria de Palestina luego de la caída del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial (1914-1918)–, obtuvo el compromiso oficial del imperialismo para alcanzar su intento. El ministro de Asuntos Extranjeros de Gran Bretaña, Lord Balfour, garantizó el apoyo inglés a la constitución de un hogar nacional judío en Palestina, en la que sería conocía como Declaración Balfour, en correspondencia enviada al capitalista Rotschield, uno de los grandes financiadores del proyecto sionista. La carta data del 2 de noviembre de 1917 –solo cinco días antes de la Revolución Rusa de 1917. Según escribió Maxime Rodinson, no en vano: en medio de la Primera Guerra Mundial, judíos alemanes habían sido conquistados para el esfuerzo de guerra porque envolvía la lucha contra el zarismo ruso.

“La revolución rusa reforzaba tendencias derrotistas dentro de Rusia. Un importante papel en el movimiento era atribuido a los judíos. Era crucial darles razones para apoyar la causa aliada. (…) Uno de los objetivos de la declaración era apoyar a Kerensky”, escribe Rodinson. En otras palabras, la revolución no dejaba ilusiones a los que servirían de carne de cañón, y los imperios precisaban combatir esa tendencia. De hecho, como resultado de la Revolución de Octubre, Rusia saldría de la Guerra.

Si el sionismo por sí no sería capaz de derrotar o contener la necesaria expansión de la revolución socialista mundial al resto de Europa, los hechos históricos demuestran su papel nefasto. Su naturaleza como polo militar avanzado del imperialismo en la región y su carácter de clase lo llevaron al uso de la opresión y el antisemitismo para alcanzar sus objetivos coloniales. Sin escrúpulos, mediante pragmatismo diplomático insidioso.

La posterior traición de Stalin también sirvió al movimiento sionista: no solo retomó los pogromos sino que suministró armas a bandas sionistas, vía Checoslovaquia. Después de la nakba en 1948, la Unión Soviética bajo el mando de Stalin fue la primera en reconocer de hecho y de derecho el Estado racista de Israel.

La caída del aparato estalinista ofrece mejores perspectivas. Las lecciones de Octubre son el legado y el fermento para los que luchan y resisten, como los palestinos. Que nos inspiren, rumbo a la derrota del sionismo y el imperialismo. Así como las palabras expresadas en el testamento de Trotsky: “La vida es bella, que las generaciones futuras la limpien de todo mal, de toda opresión, de toda violencia, y puedan gozarla plenamente”.

Traducción: Natalia Estrada.