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Luego de la derrota de las Jornadas de Julio (ver Especial Revolución Rusa), se lanzó una gran campaña de calumnias contra los bolcheviques y sus dirigentes. Periódicos de la burguesía, intelectuales y, naturalmente, jefes del gobierno provisorio orquestaron una campaña en la que decían que los bolcheviques estarían al servicio del Imperio alemán –enemigo de Rusia en la Primera Guerra Mundial– y que Lenin sería un agente de Alemania que tendría como objetivo preparar la derrota rusa [en la Guerra].

Por: Jeferson Choma

Dirigentes bolcheviques como Kamenev y Zinoviev, fueron presos. León Trotsky, que hasta aquel momento aún no era miembro del Partido Bolchevique, también fue preso. Lenin, sabiendo que podría ser asesinado, pasó a la clandestinidad, de la que saldría solamente luego de la toma del poder.

Los que conciliaban con la burguesía, mencheviques y socialistas revolucionarios (SRs), no cuestionaron tales mentiras ni las prisiones. Permanecieron en un silencio que, en la práctica, se tronó una aprobación a la campaña de difamación.

Incluso dieron un paso más en dirección a la conciliación con la burguesía cuando aprobaron, en el Soviet de Diputados de Obreros y Soldados de toda Rusia, que el gobierno provisorio sería un gobierno de salvación de la revolución. En la opinión de ellos, la revolución estaría en peligro debido a la acción de los bolcheviques y de los alemanes.

Como si no bastase, concedieron al gobierno poderes ilimitados. Perplejos, los bolcheviques votaron contra esas resoluciones.

Congreso Bolchevique: la preparación para la futura insurrección

En medio de esta difícil coyuntura, entre los días 26 de julio y 3 de agosto, se reunió el VI Congreso del Partido Bolchevique. Los bolcheviques eran ya una fuerza política con 200.000 militantes distribuidos en 162 organismos partidarios.

Hay dos acontecimientos históricos que marcaron este Congreso. El primero es que el partido definió la estrategia de la insurrección. El segundo fue la entrada del grupo de Trotsky (la Interdistrital) en el partido. Así, se conformaría la organización que dirigiría la toma del poder.

Hasta la derrota de las Jornadas de Julio había cierta ilusión de que la revolución podría avanzar de forma pacífica, con alguna transformación política que permitiese la entrega del poder a los soviets conforme exigían los bolcheviques en su principal consigna. No obstante, la derrota de las Jornadas de Julio, la represión a los bolcheviques, y el explícito compromiso de los mencheviques y SRs con la contrarrevolución –la burguesía y su gobierno– exigían una nueva definición estratégica.

Al final, ¿cómo exigir “Todo el poder a los Soviets” cuando estos están bajo la dirección de esos partidos conciliadores que no quieren que los soviets tomen el poder? Esa es la reflexión hecha por Lenin en el artículo “La situación política”, escrito el 10 de julio de 1917.

Lenin explica que los mencheviques y SRs “traicionaron definitivamente la causa de la revolución al ponerla en las manos de los contrarrevolucionarios (…). Todas las esperanzas de un desarrollo pacífico de la revolución rusa se desvaneció para siempre. La situación objetiva ahora es esta: o la victoria completa de la dictadura militar o el triunfo de la insurrección armada de los obreros”.

Para Lenin, la consigna “Todo el poder a los Soviets” expresaba el desarrollo pacífico de la revolución que era posible hasta la derrota del 4 de julio. Para él: “cada consigna debe emanar siempre del conjunto de las peculiaridades de una determinada situación política. Y hoy, después del 4 de julio, la situación política de Rusia es radicalmente distinta de la que imperó desde el 27 de febrero hasta la fecha”.

En el artículo “A propósito de las consignas”, Lenin desarrolla con nitidez su razonamiento: “Durante el período ya concluido de la revolución [hasta julio], predominaba la llamada ‘dualidad de poderes’ (…) durante ese período, el poder se mantenía en estado de desequilibrio. Era compartido en un acuerdo voluntario por el gobierno provisorio y por los soviets. Las armas estaban en manos del pueblo (…) tal era el fondo de la cuestión. La consigna “Todo el poder a los Soviets” significaba el pasaje inmediato y realizable directamente por la vía pacífica. Era la vía del desarrollo pacífico de la revolución que, desde el 27 de febrero hasta el 4 de julio, fue posible, y, como es natural, la más deseable de todas, pero hoy es absolutamente imposible. (…) Y al decir pacífico no nos referimos solamente a que nadie, ninguna clase, ninguna fuerza importante, podría (desde el 27 de febrero hasta el 4 de julio) oponerse e impedir el pasaje del poder a los soviets. Pero eso no es todo. El desarrollo pacífico podría realizarse también en el sentido de la lucha de clases y de los partidos dentro de los soviets si estos hubiesen asumido oportunamente el poder del Estado (…).

La cuestión del 4 de julio consiste precisamente en que, a partir de ese momento, hubo un cambio brusco en la situación objetiva. El equilibrio inestable del poder cesó; el poder pasó a manos de la contrarrevolución. Mantener ahora la consigna [“Todo el poder a los Soviets”] equivale, objetivamente, a engañar al pueblo (…) El problema fundamental de la revolución es el problema del poder. A eso debemos agregar: precisamente, las revoluciones nos muestran a cada paso cómo se revela la cuestión de saber dónde está el verdadero poder formal y efectivo”.

Lenin aún concluiría afirmando que “la verdad: tenemos que decir que el poder está en manos de una camarilla de militares”.

Lo que Lenin destaca es que los bolcheviques deberían prepararse para una insurrección en el futuro. ¿Pero ella se daría con cuál consigna? ¿Los soviets dirigirían esa lucha? El objetivo de los bolcheviques era que el poder fuese tomado por los obreros y los campesinos pobres. Sin embargo, en medio de los acontecimientos de aquellos días, aún no era posible identificar si los soviets u otros organismos de lucha de la clase obrera servirían para obtenerlo. Ese problema no podía ser resuelto por el partido, sino sí por la clase obrera. Cabía a los bolcheviques esperar que las masas obreras revolucionarias mostrasen cuál sería su órgano de poder.

Mientras tanto, la camarilla de militares, que efectivamente detentaban el poder, se preparaba para aplastar la revolución y barrer los soviets de la faz de la Tierra. La contrarrevolución levantaría su cabeza hacia el final de agosto, con el general Kornilov, comandante en jefe del ejército ruso.

Trotsky entra en el partido de Lenin

Entre los días 26 de julio y 3 de agosto de 1917, la Organización Interdistrital de Socialdemócratas Unidos de Petersburgo, dirigida por León Trotsky, entró en el Partido Bolchevique. Esa corriente política, que poseía entre tres y cuatro mil militantes, se destacaría durante la revolución.

La fusión con los bolcheviques fue el resultado natural de la aproximación de dos organizaciones desde la caída del zar. Particularmente, de la aproximación de los dos mayores dirigentes de esas organizaciones: Lenin y Trotsky.

Por muchos años, los dos revolucionarios estuvieron en organizaciones separadas. Muchas veces tuvieron duras polémicas entre sí. Veamos algunas de las razones para esa separación.

Desde 1905, Trotsky defendía la tesis de que solo el proletariado ruso podría asumir el papel dirigente en una futura revolución. La burguesía del país, sostenía Trotsky, era extremadamente cobarde y ya poseía vínculos de dependencia con el imperialismo europeo. Para él, esa revolución asumiría tareas inmediatamente socialistas, o sea, no resultaría en una democracia parlamentaria como defendían los mencheviques. Lenin, desde antes de 1917, sugería que la revolución rusa sería dirigida, aunque temporariamente, por un gobierno obrero y campesino en los marcos de una República.
para Lenin, sin embargo, el proletariado precisaba de un partido revolucionario, fundado en el centralismo democrático, que no asumiese ningún compromiso con la burguesía. Ese era el Partido Bolchevique.

Trotsky, desde la ruptura entre mencheviques y bolcheviques en 1903, batalló por la unidad entre esas dos organizaciones, o sea, entre revolucionarios y reformistas. También se oponía al centralismo democrático de los bolcheviques diciendo que la organización preconizada por Lenin llevaría “la organización del partido a dejarse sustituir por el Comité Central y, finalmente, al dictador a sustituir el Comité Central”.

La revolución de 1917 marcó la aproximación política entre Lenin y Trotsky. El primero comprendió que el proletariado debería liderar la revolución y que asumiría tareas inmediatamente socialistas. El segundo entendió que la victoria de la revolución no estaría escrita en las estrellas. El Trotsky de antes de 1917 pensaba que la política correcta podría ser dictada en pleno curso de los acontecimientos de una revolución. Pero, frente a la revolución y con la conciliación de mencheviques y SRs con la burguesía, percibió que sin un partido revolucionario no sería posible que el proletariado tomase el poder.

No se puede improvisar una dirección revolucionaria del proletariado en el curso de una revolución. Es necesario heredar, del período anterior, sólidos cuadros revolucionarios. En realidad, la divergencia real que separó a Lenin y Trotsky fueron las relaciones con el menchevismo. “Después que Trotsky se hubo convencido de la imposibilidad de una alianza con los mencheviques, no existe mejor bolchevique que él”, dijo Lenin en una reunión de la dirección de los bolcheviques en noviembre de 1917.

Artículo publicado originalmente en Opinião Socialista n.° 540, 10 de agosto de 2017.-

Lea más en: Especial Revolución Rusa, https://litci.org

Traducción: Natalia Estrada.