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La enfermedad y la muerte de Hugo Chávez, sin duda uno de los dirigentes más destacados de la política latinoamericana e internacional del siglo XXI, volvió a poner sobre la mesa el debate sobre el significado que tienen en la realidad su figura, su movimiento y sus gobiernos en Venezuela. Un debate que se actualiza también por el resultado de las recientes elecciones presidenciales (las primeras sin Chávez), en las que el candidato oficialista, Nicolás Maduro, obtuvo un ajustadísimo triunfo sobre el opositor de derecha, Henrique Capriles.

Por Alejandro Iturbe, escrito en 2013[1]

Chávez y el chavismo surgen en un momento especial de la realidad mundial. La caída de la URSS, en 1991, y la restauración capitalista en el Este europeo y en China, provocaron en la gran mayoría de la izquierda mundial un profundo giro a la derecha en sus programas, concepciones y propuestas políticas. En lo que hemos denominado “vendaval oportunista”, no sólo la mayoría de las organizaciones y corrientes comunistas sino también muchas de las que se reivindicaban “revolucionarias” y hasta “trotskistas” abandonaron las propuestas de cambio social por la vía de la revolución socialista y pasaron a defender una política y un accionar reformistas dentro del sistema capitalista.

Parte importante de esas corrientes impulsó un nuevo “posibilismo” (se podía cambiar el mundo sin derrotar el capitalismo), el de los FSMs (Foros Sociales Mundiales), expresado en la consigna: “Otro mundo es posible”. Otras, adoptaron la ideología de “cambiar el mundo sin tomar el poder” del británico John Holloway, como el Ejército Zapatista mexicano que postulaba luchas de resistencia y la construcción de “contrapoder popular” sin destruir el poder central vigente.

Quedaba así un vacío; miles de activistas, que intuían que sin lucha de clases a muerte y sin toma del poder no podrían cambiarse las raíces de las injusticias del capitalismo, quedaron sin ninguna referencia internacional clara.

En ese momento surgen Chávez y el chavismo, que habían llegado al poder en Venezuela, que hablaban de “revolución bolivariana” y la vestían de rojo, que lanzaban la propuesta de Socialismo del Siglo XXI y que, en sus discursos, atacaban violentamente al imperialismo. Chávez incluso llegó a reivindicar a Trotsky y su concepción de “revolución permanente”. Comenzaron así a ocupar ese espacio ya llenar ese vacío, y muchos activistas y organizaciones vieron en ellos una referencia. Aunque nunca tuvo forma organizativa centralizada, en los hechos se formó una corriente chavista internacional, de gran peso en Latinoamérica y en los países semicoloniales, posiblemente una de las más importantes de los últimos años.

El chavismo reprodujo el modelo de “revolución de arriba hacia abajo” postulada por muchos movimientos nacionalistas burgueses y por el estalinismo: el “líder indiscutido” (el “comandante”) orienta la revolución a través de instrucciones u órdenes. Las masas acompañan y juegan, en última instancia, un papel secundario. Desde este punto de vista, Chávez era la personificación de la revolución.

La vuelta de las masas a escena

Nuestra opinión es que la influencia internacional del chavismo está en decadencia, en los últimos años. No es que haya desaparecido ni mucho menos. Por el contrario, sigue siendo muy fuerte, pero está en retroceso tanto por razones objetivas como por las actitudes y posiciones internacionales adoptadas por el propio Chávez.

En la realidad objetiva, dos grandes procesos pasaron a ocupar el centro de la escena. El primero son las revoluciones de masas en el Norte de África y Medio Oriente contra diversos dictadores (Ben Alí, en Túnez; Mubarak, en Egipto; Kadafi, en Libia, al Assad, en Siria). El segundo, la resistencia y las luchas de masas de los trabajadores y la juventud en Europa contra la crisis y los planes de ajuste de los gobiernos, especialmente en Grecia, España y Portugal.

En ambos casos, son procesos que surgen de “abajo hacia arriba”. El protagonismo ahora es de las grandes movilizaciones de masas que se contraponen, o como mínimo desbordan, el control y las trabas de las viejas organizaciones políticas y sindicales. A partir de los procesos del Norte de África y Medio Oriente vuelve a hablarse de “revolución” en el sentido más clásico del término: la movilización autodeterminada y permanente de las masas, capaz de poner “cabeza abajo” el orden vigente, y transformarlo. Se trata de una nueva referencia objetiva, mucho más atractiva que la propuesta burocrática de “seguir las órdenes del comandante”, algo que, sumado a las posiciones de Chávez sobre los procesos de los países árabes, desgasta la influencia del chavismo.

Chávez se acerca a Obama

Otro elemento que ha contribuido a ese desgaste ha sido el descenso al mínimo de los decibeles del discurso antiimperialista. Gran parte del prestigio y la influencia de Chávez surgieron de estas posiciones.

En realidad, en su punto más alto, este discurso estaba dirigido básicamente contra Bush y los Estados Unidos, pero no contra el imperialismo europeo, con el que Chávez siempre se mostró bastante más amable. En la XVIII Conferencia Iberoamericana realizada en Santiago de Chile, en 2007, estuvo, es cierto, el recordado “¿Por qué no te callas?” del rey Juan Carlos, enojado porque Chávez acusaba al gobierno español de haber apoyado, en 2002, el golpe de estado en Venezuela. Pero fue sólo una pelea mediática y circunstancial. No debemos olvidar que, en 2005, en la Conferencia realizada en Salamanca, Chávez, junto con otros presidentes, le había regalado al rey una bandeja de plata, y se había fotografiado sonriente con él. Ahora, Maduro acaba de agradecer a Rajoy y al rey Juan Carlos la rapidez con que el gobierno y el Estado español reconocieron su triunfo electoral.

A partir de la asunción de Obama como presidente de los Estados Unidos, incluso esta retórica contra el imperialismo yanqui desapareció y el discurso chavista pasó a ser mucho más “amistoso”, casi de “camaradería”. Recordemos las declaraciones de Chávez ante las recientes elecciones presidenciales estadounidenses: “Si yo fuera estadounidense, votaría por Obama. Y yo creo que si Obama fuese de Barlovento o de un barrio de Caracas, votaría por Chávez. Estoy seguro”. En otras palabras, pasó de enemigo de Bush a aproximarse a Obama.

Chávez apoya a Kadafi y al Assad

Tan importante y grave como su apoyo a Obama ha sido la posición de Chávez sobre los procesos revolucionarios del Norte de África y Medio Oriente. Desde el inicio, su gobierno declaró el apoyo incondicional a sanguinarios dictadores como Kadafi y al Assad, en momentos en que los pueblos libio y sirio se levantaron en armas contra esos regímenes. Y lo hizo presentándolos como “luchadores antiimperialistas”, cuando hacía mucho tiempo que no hacían otra cosa que postrarse ante el imperialismo. Llegó, incluso, a llamar a al Assad como “mi amigo”.

Eso ha causado un gran desconcierto en muchos activistas latinoamericanos y, especialmente, en los luchadores revolucionarios del Norte de África y Medio Oriente, entre los que tenía gran prestigio por su actitud frente a Israel (recordemos que había expulsado al embajador de este país luego de una invasión a Gaza). Hoy, esos luchadores tienen una gran confusión y, gracias al apoyo de Chávez y de los hermanos Castro, identifican a  la “izquierda” como aliados de las dictaduras asesinas que oprimen a sus pueblos. No es casual que hoy al Assad le rinda gratitud.

Para muchas organizaciones de la izquierda mundial, como el MES brasileño o el MST argentino, este hecho les presenta una gravísima contradicción; por un lado apoyan las revoluciones contra los dictadores; por el otro reivindican a Chávez, que los defendía y se solidarizaba con ellos. Ante esa terrible contradicción, guardan silencio en sus declaraciones o se limitan a decir que fue un “pequeño error” de Chávez.

Una respuesta claramente insuficiente, que elude la discusión principal. El proceso revolucionario del Norte de África y Medio Oriente es, posiblemente, el más importante de los últimos años en el mundo. Allí hubo y hay violentas guerras civiles, y existen campos militares enfrentados. Los revolucionarios tenemos la obligación de definir una posición clara frente a ellos. Si se apoyan las revoluciones y el campo militar de los “rebeldes”, Chávez era, y el chavismo sigue siendo, parte del “campo enemigo” (esa es nuestra posición). No se trata de un “pequeño error” sino de una posición contrarrevolucionaria ante el principal proceso actual de la lucha de clase en el mundo. La contradicción en que están metidas estas organizaciones no tiene salida. Lo cierto es que, por esta posición, miles de activistas en Medio Oriente y en el mundo han abandonado sus simpatías por Chávez.

Chávez se aproxima a Santos

El panorama sobre sus posiciones internacionales queda incompleto si no nos referimos a otro hecho repudiable de su política: la vergonzosa colaboración con el gobierno colombiano, reaccionario y lacayo de los Estados Unidos, de Juan Manuel Santos. Chávez estuvo muy enfrentado con el ex presidente colombiano Álvaro Uribe, a quien acusó, con justa razón, de ser el “hombre de Bush” en la región.

Pero esta actitud cambió a partir de la asunción de Santos, en 2010, con quien el líder venezolano pasó a tener excelentes relaciones. Como una expresión de ello, por un pedido expreso de Santos, Chávez entregó activistas ligados a las FARC (como fue el caso del periodista Joaquín Pérez Becerra y otros luchadores sociales) al gobierno colombiano, violando no sólo elementales principios de solidaridad sino incluso las normas judiciales vigentes en Venezuela para esos casos.

Esto provocó la ruptura de toda una franja de activistas simpatizantes de las FARC en Latinoamérica que, hasta entonces, se reivindicaba parte del movimiento chavista, como así también de muchos otros, horrorizados con la actitud de Chávez. Era lógico, el presidente venezolano había dejado de ser el “líder de la revolución” y pasaba a transformarse en un entregador de luchadores a un gobierno burgués reaccionario y represor.

El debate continúa

Pero el debate sobre Chávez y el chavismo continúa, y retoma su intensidad a partir de las numerosas declaraciones de la inmensa mayoría de la izquierda mundial que reivindica  su figura y el proceso que encabeza.

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Los ejes del debate son básicamente los mismos que señalamos en la serie de artículos agrupados como “¿La Venezuela de Chávez marcha hacia el socialismo?” (publicados originalmente en la revista Marxismo Vivo N.o10, noviembre de 2004, e incluidos en este libro):

“En sus consideraciones sobre Chávez, este amplio espectro de la izquierda elabora, de modo esquemático, tres caracterizaciones diferentes. Los PCs y las corrientes castro-guevaristas sostienen que Venezuela, tal como afirma Chávez, ya está marchando hacia el socialismo. Por su parte, algunos sectores provenientes del trotskismo expresan que este camino aún no se ha iniciado, pero que está planteado como una posibilidad real. Finalmente, otras organizaciones trotskistas analizan que, por el carácter burgués del chavismo, es imposible que encabece un proceso de revolución socialista pero que, bajo sus gobiernos, Venezuela se transformó de una semicolonia yanqui en un país independiente del imperialismo.”

En otras palabras, el debate se concentra en la respuesta a las preguntas: ¿Qué es Venezuela hoy? y ¿cuál es el carácter (político y de clase) del chavismo?

Si bien algunos sectores continúan haciéndolo, la realidad socioeconómica del país hace que hoy sea casi imposible sostener que en Venezuela se construyó el “socialismo del siglo XXI” o que el país está en una transición hacia él. Para este aspecto del debate, incluyendo porqué consideramos teórica y prácticamente imposible esta posibilidad, remitimos entonces al material citado.

Un falso análisis de la relación entre caracazo y chavismo

Queremos concentrarnos, en cambio, en la tercera de las caracterizaciones: bajo los gobiernos de Chávez, Venezuela dejó ser una semicolonia yanqui y se transformó en un país independiente, sostenida por muchas organizaciones que provienen del trotskismo e, incluso, del morenismo.

Además, se basa en dos análisis falsos. El primero de ellos es cuál es la relación entre el surgimiento del chavismo y el “caracazo” (1989). Recordemos que este último fue un estallido insurreccional en la capital venezolana, contra el “paquetazo” económico aplicado por el entonces presidente Carlos Andrés Pérez (ADECO). La represión militar y policial ocasionó miles de muertos (la cifra real nunca se conoció).

El contexto del “caracazo” fue el final de la gran bonanza petrolera de la década de 1970, cuando los precios el petróleo llegaron a cuadriplicarse, un período en que se habló de la “Venezuela saudita” por los altos ingresos del país y del Estado, y de un gran aumento de las importaciones y de los gastos estatales. En la década de 1980, los precios del barril de crudo comenzaron a bajar y se produjo una fuerte crisis que derivó en el paquetazo de Pérez y en la fuerte reacción popular.

El “caracazo” dejó en ruinas el llamado régimen político de Punto Fijo, acuerdo entre los dos tradicionales partidos burgueses del país (ADECO Y COPEI) para alternarse en el poder y así administrar alternativamente la parte de la renta petrolera que quedaba en el Estado. El régimen de Punto Fijo existía desde 1958 y había asegurado gran estabilidad política en el país por más de tres décadas. Nada fue igual en Venezuela después del “caracazo”. No solo el viejo régimen estaba agonizando (y la burguesía tradicional no tenía posibilidad de reconstruirlo ni un plan para reemplazarlo) sino que se había abierto un peligrosísima grieta en el propio Estado burgués, al fracturarse las FFAA ante la represión en el “caracazo”.

Muchos soldados y suboficiales, que vivían en los mismos barrios a los que ordenaban disparar, se negaban a hacerlo. Según informes no oficiales, cerca de 3.000 efectivos debieron ser detenidos por “insubordinación”. Esta situación (la fractura y crisis de las FFAA) fue reconocida por las propias autoridades militares. El general Alliegro, haciendo un balance de la actuación de las FFAA en el Caracazo decía: “Sobre la base de un balance estricto y serio de los acontecimientos y de la actuación de nuestras fuerzas armadas y policiales, se nos plantea la necesidad de revisar nuestras estructuras internas, hablo de la composición, calificación y disciplina; inclusive se hace necesario un estudio de la situación territorial de nuestras tropas porque, como ustedes mismos pudieron ver, hubo dificultades para el cumplimiento del deber”[2].

A esta crisis originada por el Caracazo, debe sumarse la situación económica de la tropa y sus familias, que reflejaban el empobrecimiento y la miseria general de las masas. Esta crisis era un problema central que la burguesía venezolana necesitaba resolver.

En general, en la izquierda, hay acuerdo en la importancia del “Caracazo” y en el hecho de el régimen del Punto Fijo quedó mortalmente herido y agonizando. También en el hecho de que no se puede entender el surgimiento de Hugo Chávez y del chavismo sin el “Caracazo”.

Nuestra profunda diferencia, antagónica diríamos, con la mayoría de las corrientes de izquierda que reivindican al chavismo radica en que, para ellas, el chavismo, su triunfo electoral y su posterior gobierno son el producto directo del caracazo y del ascenso que lo continuó, es decir, su genuina y progresiva expresión política.

Para nosotros, en cambio, siendo un subproducto del “Caracazo” y del ascenso, el chavismo es un movimiento de la segunda línea de la oficialidad militar, que se monta sobre el ascenso para frenarlo o, por lo menos, controlarlo para que no desbordase hacia la revolución socialista y, esencialmente, para cerrar la fractura de las FFAA y así reconstruir plenamente el estado burgués.

Es cierto que el chavismo crea un nuevo régimen (que analizaremos más adelante), pero, con respecto a la revolución obrera y socialista, este régimen no cumple un papel progresivo de impulsarla sino un papel regresivo de defender lo esencial del estado burgués, reconstruyendo las FFAA y defendiendo la propiedad capitalista, en el marco de la lucha de clases abierto por el Caracazo.

Esto era expresado con bastante claridad por Chávez, quien por un lado denunciaba al régimen y a sus gobiernos y, por el otro, hablaba de la “Nación” y “sus FFAA”. En febrero de 1992 Chávez, que estaba detenido en la prisión de San Carlos luego de ser derrotado su intento de golpe, en una entrevista realizada por la periodista Judith Martorelli y publicada en el periódico El Globo, declaraba: “Nuestra lucha no es contra EEUU, nuestra lucha es contra la corrupción y contra este gobierno… No somos nacionalistas a ultranza ni chovinistas. Somos militares progresistas que rescatan el derecho de la Nación de ser ella misma… Simplemente pedimos un techo de defensa de nuestra soberanía, el derecho a organizar nuestras Fuerzas Armadas como Venezuela las necesita…[3].

El centro de las profundas diferencias concretas sobre la valoración del rol de Chávez y del chavismo en la realidad venezolana parte entonces de las diferentes caracterizaciones sobre su papel después de la crisis abierta por el Caracazo.

Otro análisis falso: la caracterización social del chavismo

Otra profunda diferencia que tenemos con la mayoría de la izquierda es otro falso análisis sobre la caracterización social del chavismo.

Para la mayoría de las organizaciones, el chavismo es un movimiento pequeñoburgués que expresa la radicalización de este sector social, similar al de Fidel Castro en Cuba, en 1959, o a Mao en China.

Tal como señalamos en trabajos de este libro, este análisis comete un doble error. El primero de ellos es utilizar un método no marxista para definir un movimiento político o un gobierno por el origen de clase de sus miembros y no por el programa que defienden o por el carácter de clase del Estado que dirigen. Si lo aplicáramos a otros países del continente, tendríamos que decir, por ejemplo, que en el Brasil hubo un “gobierno obrero” con Lula; y que en la Argentina o en el Uruguay serían “pequeñoburgueses”.

El segundo es que si bien la dirección chavista tuvo un origen pequeñoburgués, se basa en la cúpula de las FF.AA. de la burguesía y, por otro lado, sus cuadros se están transformado en un sector burgués más: la “burguesía bolivariana”. Repitieron, en este sentido, procesos ya sucedidos en otras épocas de la historia venezolana, en que la segunda línea de oficialidad desplazó a la primera para acceder a la administración del Estado y así enriquecerse. Tal como la anterior, esta es otra diferencia concreta muy importante para valorar el papel del chavismo.

Pero incluso si se aceptase que el chavismo es una corriente pequeñoburguesa, hay una profunda diferencia con la situación de Yugoslavia, en 1948, China en 1949 y Cuba en 1959, antes de que las direcciones de Tito, Mao y Fidel definieran avanzar en la expropiación de la burguesía nacional y el imperialismo y así iniciar la construcción de nuevos estados obreros. Como analizamos en otro material de este libro, las fuerzas dirigidas por Tito, Mao y Fidel ya habían destruido las FFAA de la burguesía y, con ello, las bases del estado burgués. Podían avanzar hacia la dirección que definieran sin que la burguesía pudiese impedirlo. Chávez, por el contrario, no sólo no destruyó a la FFAA venezolanas, sino que se dedicó a reconstruirlas y fortalecerlas. Por ejemplo, perdonó a los oficiales golpistas de 2002, otorgó fuertes aumentos de salarios, provee a las FF.AA. de nuevas armas y recursos técnicos, etc.

¿Qué tipo de país es Venezuela hoy?

Definidas las diferencias teóricas y de análisis, veamos ahora la prueba de fuego para ver lo correcto o equivocado de cada una de las posiciones: el contraste con la realidad.  ¿Con Chávez, Venezuela dejó de ser una semicolonia y avanzó a ser un país independiente? Este punto puede ser rebatido en diversos aspectos.

El primero es el de las relaciones económicas de Venezuela con los capitales y organismos financieros del imperialismo. La deuda venezolana alcanzó recientemente 105.000 millones de dólares (30% del PIB) y los gobiernos de Chávez han sido puntuales pagadores de intereses y cuotas de capital, incluso anticipándose a su vencimiento, en el marco de la pertenencia del país al FMI.

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En el caso de la producción y exportación petroleras, eje de la economía del país, las grandes empresas imperialistas, como Chevron o Exxon-Mobil, controlan, a través de concesiones, asociaciones y empresas mixtas, cerca de 40% del total. En otros rubros, como la industria automotriz, este dominio de terminales y autopartistas supera el 90%.

Incluso las nacionalizaciones de empresas en manos extranjeras (como Sidor o Electricidad de Caracas) se dieron, en todos los casos, a través de negociaciones, con la compra a valores de mercado de sus acciones, con fuertes indemnizaciones a los anteriores propietarios, según las normales reglas de juego del capitalismo.

Modelo económico rentista petrolero parasitario

El segundo aspecto es que, con Chávez, el país mantuvo (e incluso acentuó) su carácter de semicolonia capitalista basada en la exportación petrolera, con una economía de carácter rentista y parasitaria (vive de la renta petrolera e importa parte importante de los alimentos y productos industriales que consume).

Veamos algunos datos: el petróleo pasó de representar 64% de las exportaciones, en 1998, a 92%, en 2012. Al mismo tiempo, el país se desindustrializó: este sector representaba 18% del PIB, en 1998, mientras que en 2012 cayó a 14%. Los gobiernos de Chávez, incluso, desaprovecharon las nacionalizaciones para impulsar un desarrollo industrial. La producción de Sidor (acero) cayó 30% desde su estatización y ALCASA (aluminios) sólo produce 70.000 toneladas con una capacidad instalada para 210.000.

Como dijimos, es una economía de carácter rentista y especulativo: gran parte de la burguesía (oficialista u opositora) se dedica a los negociados con la diferencia de cotización entre el dólar oficial (6,25 bolívares) y el paralelo (triplica ese valor) o con los bonos del gobierno. Este carácter, con un altísimo volumen de importaciones de los productos que consume, produce una inflación anual de más de 21%, una de las más altas del mundo, y un desabastecimiento de productos estimado en 16,3% (productos que sólo se consiguen en el mercado negro, a precios mucho más altos). Ambos hechos que golpean duramente el poder adquisitivo y el nivel de vida de la población.

Es en este contexto que ha surgido la llamada “boliburguesía” o “burguesía bolivariana”, proveniente de los cuadros militares y políticos del chavismo que se enriquecieron en estos años. Algunos analistas señalan que existen tres sectores: uno es el ejemplificado por Diosdado Cabello (presidente de la cámara legislativa), quien es dueño de tres bancos y otras empresas; el segundo, alrededor del grupo que controla la poderosa PDVSA, que lucra con las contrataciones de la empresa (como barcos para transporte y seguros), y el tercero es el que se beneficia con las compras e importaciones de las Misiones.

La situación del movimiento obrero 

Si los sectores más pobres recibieron algunos beneficios durante los gobiernos chavistas, no sucedió lo mismo con el movimiento obrero: los salarios y las condiciones laborales continúan siendo muy malas y, por eso Chávez, a diferencia del peronismo argentino, nunca pudo realmente ser fuerte en la clase obrera (aunque la mayoría votara por él).

El salario mínimo en Venezuela (cobrado por gran parte de los trabajadores empleados) es de alrededor de 3.200 bolívares, poco menos de 500 dólares al cambio oficial. No cubre la canasta alimentaria básica, estimada en 3.816 bolívares. Ni hablar ya de una canasta completa que incluya vivienda, transporte, etc.  Ni siquiera los trabajadores petroleros escapan a esta realidad (datos extraídos de http://www.laverdad.com/economia/7439-tea-petrolera-solo-cubre-70-de-la-canasta-alimentaria.html). Consideremos además, la alta inflación y el desabastecimiento que erosionan permanentemente el poder adquisitivo[4].

Al tiempo que la situación de los trabajadores no ha mejorado, Chávez siempre intentó controlar y maniatar al movimiento obrero. Para eso, estimuló y fortaleció una burocracia política y sindical de características gansteriles.

En 2006, la conformación del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela), con la intención de “enchalecar” al movimiento obrero y a la izquierda venezolana en un “partido único”, fue un salto en este sentido.

Todos los sectores (muchos de ellos obreros) que salieron a luchar fueron víctimas de brutales represiones, asesinatos selectivos y persecuciones políticas o sindicales. Entre otros, podemos citar la represión a Petrocasa, en Carabobo, a los obreros de Sanitarios Maracay; a los obreros de la Mitsubishi, en Barcelona, y a varios pueblos originarios y sectores campesinos que ocuparon tierras de latifundistas. Esas represiones ocasionaron varios muertos. Todos los que lucharon contra las medidas del gobierno o los abusos de la patronal fueron acusados de “desestabilizadores” o “contrarrevolucionarios”. O se estaba “con Chávez” o se estaba “contra él”.

Las Misiones y el apoyo a Chávez

Si todo esto que hemos señalado es cierto, ¿cómo puede ser que Chávez haya logrado y mantenido tanto apoyo popular hasta su muerte? La respuesta a esta pregunta tiene dos explicaciones. La primera es que Chávez representaba, a los ojos de las masas venezolanas, la continuidad del proceso del “caracazo” y el odio a los viejos partidos, a la burguesía escuálida y al imperialismo. Para mantener las cosas bajo control, Chávez explotó y utilizó ese sentimiento, “tiñéndolo de rojo”.

Al mismo tiempo, destinó una parte de la renta petrolera que quedaba en el Estado para dar algunas concesiones a las masas empobrecidas, especialmente a través de las Misiones, una especie de “ministerios paralelos” destinados a llevar servicios de salud, educación, alimentos subsidiados, créditos para pequeños emprendimientos, etc. a los sectores más empobrecidos de la población. Por ejemplo, de las Misiones participan varios miles de médicos y maestros cubanos.

Las Misiones hicieron que, quizás por primera vez en sus vidas, muchos venezolanos pudieran acceder a un médico y un dentista, o tener un maestro en su barrio. Nosotros decimos que se trató de medidas compensatorias, tal como propone el Banco Mundial, y que se aplican en muchos países, como Argentina o Brasil (Bolsa Família), para amortiguar las situaciones más desesperantes y evitar estallidos sociales. Es decir, están muy lejos de avanzar en una transformación profunda de la sociedad. Por el contrario, eternizan la situación existente.

Pero para el bajísimo nivel de vida de las masas más pobres representan una gran diferencia. En el caso de Venezuela, por ejemplo, la pobreza cayó de 50,4% de la población, en 1998, a 31,9% y, en el mismo lapso, la miseria bajó de 23% a 8% (estimaciones del INE y la Cepal). Esta es, en última instancia, la base de la fuerza electoral del chavismo y la razón del profundo dolor popular por la muerte de Chávez.

Una vez más: ¿qué es el chavismo?

A partir de estos análisis podemos retomar la definición sobre qué es el chavismo. Desde su inicio, la LIT-CI ha sostenido que los gobiernos de Hugo Chávez nunca fueron “socialistas”. Sus gobiernos fueron burgueses, es decir, al servicio de mantener y defender el sistema y el Estado capitalistas en el país. En este sentido, su movimiento político puede ser definido como “nacionalista burgués”, similar a los que construyeron el general Perón en la Argentina, a partir de 1945, y el general Nasser en Egipto, desde 1952.

Es decir, movimientos que expresaban sectores de la burguesía nacional que tenían roces con el imperialismo y querían mejorar su participación en la renta nacional. Para tener más peso frente al imperialismo se apoyaron en las masas –a las que dieron ciertas concesiones económicas– al mismo tiempo que construían mecanismos políticos y sindicales de férreo control de su movilización, para evitar que estas “desbordasen” y quisiesen avanzar hacia un cambio mucho más profundo de la sociedad. Por eso, fueron regímenes que reprimieron con dureza las luchas y a las direcciones obreras independientes.

Los gobiernos de Chávez no fueron iguales a los anteriores del régimen del “Punto Fijo” (formado por los partidos AD y COPEI, hoy odiados por las masas venezolanas),  o a otros gobiernos capitalistas actuales, completa y abiertamente sumisos al imperialismo. Sus gobiernos surgen como una doble consecuencia del “Caracazo” –la insurrección popular en la capital venezolana que dejó en ruinas al “Punto Fijo”, en 1989–. Por un lado, Chávez ganó prestigio, primero, cuando intentó un golpe contra ellos, apareciendo así con una imagen de opositor radical a los viejos partidos. Luego ganó la presidencia. Por otro lado, expresó a un sector de la joven oficialidad de las FF.AA. que se rebeló contra la cúpula y que, más que todo, quería salvar la unidad de esta institución, el “pilar fundamental” del estado burgués, profundamente dividida luego del caracazo.

Chávez tuvo en común con Perón y Nasser el hecho de que, por su carácter de clase, le era imposible ir hasta el fin en sus enfrentamientos con el imperialismo yen la transformación de Venezuela. Tanto el peronismo como el nasserismo acabaron capitulando al imperialismo. Baste recordar que el último gobierno heredero del nasserismo fue el del dictador Mubarak, odiado por las masas.  Chávez, como hemos visto, comenzaba a recorrer ese mismo camino de capitulación, como lo muestra su política hacia el gobierno colombiano de Santos o su acercamiento a Obama.

Las diferencias con el peronismo argentino

Pero, es necesario señalar que las condiciones internacionales, políticas y económicas, en que se desarrollaron sus gobiernos daban mucho menos espacio a experiencias capitalistas “autónomas”. El contexto del desarrollo del peronismo y el nasserismo es la segunda posguerra del siglo XX, en el que, por un lado, la política económica keynesiana desarrollada en los países imperialistas daba espacio para el desarrollo de estas experiencias. Por el otro, la “guerra fría” y la existencia de la URSS, incluso burocratizada, daban “espacios huecos” con márgenes para la existencia de este “camino tercermundista”.

Hoy estamos en tiempos de globalización y ese margen, económico político, es muy estrecho Por eso, más allá de su retórica y de algunas medidas “progresistas” muy parciales, como la estatización de algunas industrias o empresas, no avanzó en ninguna transformación real de Venezuela. Incluso ha retrocedido. Por ejemplo, aunque suene “raro”, el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, en la década de 1970, fue más nacionalista” que el de Chávez porque nacionalizó el petróleo y creó PDVSA, y también las grandes empresas industriales estatales de la región de Guayana.

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Como analizamos en este mismo material, las bases materiales del desarrollo del fenómeno peronista en las décadas de 1940 y 1950 (o del mexicano con el PRI) eran mucho más sólidas que las del chavismo. Argentina tenía una base productiva mucho más amplia y desarrolló un modelo económico llamado de “sustitución de importación”. Grandes ramas de la economía como el transporte, las comunicaciones, el petróleo y la energía fueron estatizadas. Al mismo tiempo, a diferencia de Chávez, pudo hacer grandes concesiones al movimiento obrero: aumentos de salarios, sistema jubilatorio, vacaciones pagas, etc. Por eso, el movimiento obrero consideraba al peronismo como “su” partido y fue su sólida base de apoyo político, Aún hoy vivimos los efectos de ello.

El chavismo, en cambio, mantiene el modelo rentista petrolero y, como hemos visto, tiene mucho menos margen de dar concesiones a los trabajadores. Su base social son los sectores populares más empobrecidos. Al mismo tiempo, este modelo económico está hoy llegando a su límite, en el marco de la crisis económica internacional, y se expresa en el deterioro de la situación socioeconómica del país y las condiciones de vida de las masas.

Las perspectivas

Nicolás Maduro, sucesor designado por Chávez, acaba de ganar por muy estrecho margen las recientes elecciones presidenciales venezolanas: menos de 240.000 votos de diferencia en casi quince millones de votantes. Es decir, un poco más de 1,5%. Es la menor diferencia del chavismo sobre la oposición en un proceso electoral (salvo la derrota en el referendo constitucional de 2007).

Este resultado, en la primera elección sin Chávez, representa, en realidad, una dura derrota política para el chavismo. En octubre de 2012, Chávez alcanzó 8.191.132 votos y Capriles quedó con 6.591.304 sufragios. La diferencia fue de más de 10%. Ahora, Maduro perdió más de 600.000 votos que fueron directamente a Capriles. Recordemos que entre 2006 (cuando el chavismo la había superado por más del 20%) y 2012, la oposición ya había crecido cerca de dos millones de votos. En otras palabras, el chavismo se desgasta electoralmente y pierde votos, y hay una dinámica de fortalecimiento importante de la oposición de derecha.

¿Qué refleja esto? ¿La menor atracción política de Maduro con respecto a Chávez? ¿Un “giro a la derecha” de un sector de las masas?  Es evidente que Maduro no es Chávez ni tiene su prestigio e influencia entre las masas, y eso ya comienza a pesar.

Lo que es totalmente falso es que haya habido un “giro a la derecha”. A nuestro modo de ver, hay un proceso objetivo de cansancio de un sector de la clase trabajadora y de sectores populares que están rompiendo políticamente con el chavismo por todo lo que hemos descrito antes: inflación, desempleo en aumento, escasez de productos básicos, niveles de inseguridad altísimos, represión sistemática contra las luchas obreras, y control férreo del gobierno sobre los sindicatos, por un lado, y cuadros y dirigentes chavistas que se enriquecen y andan en lujosas camionetas 4×4, por el otro.

No es un giro a la derecha, es toda la política económica y bonapartista del chavismo la que acabó abriendo espacio y facilitando los avances de la derecha. Es el cansancio popular con el gobierno y el régimen el que crea las condiciones para que un amplio sector de las masas apoye electoralmente a la oposición de derecha, la única alternativa electoral de peso que aparece enfrentando al chavismo. Una derecha que busca quitarse la imagen de “golpista” e intenta aparecer con un discurso de reivindicación de las necesidades populares. Y, así, Capriles –y los sectores burgueses que expresa– se fortalecen y se preparan para derrotar electoralmente al chavismo, en el futuro. La muerte de Chávez acelera el proceso, pero no es lo que crea las bases objetivas del retroceso electoral del chavismo.

Decimos que en estas últimas elecciones no hubo ninguna alternativa para los trabajadores sino votar por Maduro o Capriles. Era necesario presentar un tercer espacio político, con independencia de clase y en oposición tanto a Maduro y al chavismo como a Capriles y a la derecha tradicional neoliberal. Aunque sacase pocos votos por la polarización, se imponía levantar una alternativa obrera y socialista. Esa alternativa no existió porque un sector de la izquierda, el Partido Socialismo y Libertad (ligado a la corriente internacional UIT), el único que estaba en condiciones legales de hacerlo, renunció a dar esa pelea. Fue un grave error. Independientemente del número de votos que se pudiera obtener, los trabajadores no tuvieron ninguna opción por la positiva a los dos grandes bloques burgueses.

No hay golpe en curso

En este punto es necesario ser categóricos: no existe ningún golpe de Estado, ni siquiera una dinámica en ese sentido, en Venezuela. Si existiera un intento de golpe de la derecha, como fue en 2002, seríamos los primeros en enfrentarlo en las calles, incluso en unidad de acción con el chavismo. Pero eso no está planteado en la realidad, ni por parte de la burguesía de derecha ni por parte del imperialismo, sus gobiernos aliados o la OEA.

En este marco, Maduro y todo el castro-chavismo utilizan el recurso de la agitación de un supuesto golpe como un chantaje en el sentido de forzar un apoyo político frente a “ataques fascistas”. Esto es grave, pues como está la situación en Venezuela es altamente probable que las movilizaciones continúen desarrollándose, debido a la situación económica. El gobierno de Maduro nace frágil, por el resultado electoral y los evidentes elementos de crisis en el aparato chavista entre su sector y el de Diosdado Cabello. Además, tiene una imprescindible necesidad de aplicar planes de ajuste de la economía, como las fuertes devaluaciones del bolívar, el aumento del precio de la gasolina, etc.

Por eso, algunas de estas movilizaciones podrán ser inspiradas o impulsadas por la derecha. Pero muchas otras serán genuinas movilizaciones obreras, populares y estudiantiles, que el gobierno de Maduro, como antes lo hizo Chávez, acusará y reprimirá como “golpistas” o “funcionales a la derecha y el imperialismo”. Es este el peligro que enfrentan los trabajadores y las masas, y no un supuesto golpe de la derecha. Las corrientes de izquierda que apoyan al chavismo y al nuevo gobierno de Maduro, y aceptan la caracterización de que hay un golpe en preparación, tienen ante sí una nueva y muy profunda contradicción: si apoyan estas luchas deberán necesariamente enfrentar al gobierno de Maduro; si, por el contrario, mantienen su apoyo a Maduro, se verán obligados a apoyar la represión contra las luchas obreras y populares.

Es necesario construir una salida obrera y socialista

Respetando el dolor y el pesar por la muerte de Chávez creemos que, en estos momentos, se impone una profunda reflexión en todo el activismo social, y especialmente en toda la izquierda revolucionaria y socialista, sobre el balance de lo que significaron sus catorce años de gobierno. Especialmente, en aquellas corrientes que autodefiniéndose como “revolucionarias” continúan reivindicando su figura, desde distintos ángulos.

Es un debate estratégico para todos aquellos que anhelan una verdadera salida obrera y socialista. Creemos que la tarea urgente es construir un tercer espacio político, con independencia de clase, en oposición tanto al chavismo como a la derecha tradicional neoliberal. Para nosotros, la única salida para solucionar definitivamente los problemas de la clase trabajadora y el pueblo venezolano continúa pasando por su organización y movilización independientes.

Necesitamos una alternativa política que levante la bandera de un gobierno obrero, campesino y popular, que expropie a la burguesía y al imperialismo, que nacionalice totalmente el petróleo, la industria, la banca y el comercio exterior, y que, por esa vía, inicie la construcción de una sociedad sin clases. Es decir, necesitamos construir una verdadera dirección política socialista, revolucionaria e internacionalista.

Para esto, es fundamental que la clase obrera venezolana confíe única y exclusivamente en sus propias fuerzas y se adueñe de su destino. Este es el único camino hacia un verdadero socialismo.

Notas:

[1] Introducción del libro Venezuela después de Chávez: un balance necesario, publicado por Ediciones Marxismo Vivo, São Pablo, 2013.

[2] COLMENARES, Elio: La insurrección de febrero.

[3] Citado en Venezuela, una revolución en curso; Modesto Guerrero, revista Correo Internacional, 1992.

[4] Es posible que, por la alta inflación, estos valores estén desactualizados en el momento en que este libro haya sido impreso.