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Egipto vive un momento especial de su historia, la historia de un país que aprendimos a admirar desde los tiempos de la niñez, en el colegio. Incluso cubiertas por velos, comparecen en masa a las calles, gritando y enfrentando a la policía. Esto imprime una cualidad superior a los movimientos porque, como sector más oprimido y explotado, las mujeres amplían las causas de la lucha: no apenas derribar al presidente, sino transformar toda la sociedad. Su presencia muestra que la egipcia es una revolución que vino para quedarse e, incluso con la formación del nuevo gobierno, dispuesta a seguir hasta el fin.

Avance y atraso se encuentran en la Plaza Tahrir
En un país donde 80% de las mujeres ya sufrieron algún tipo de abuso sexual y 60% de los hombres admite haber cometido alguno, según datos del Centro Egipcio de los Derechos de las Mujeres (ECWR), sería una esperanza que, en las inmensas manifestaciones de las calles, contra el gobierno, las mujeres serían protegidas por los manifestantes. También sería ingenuo creer que las fuerzas armadas y el gobierno no irían a utilizar el preconcepto contra las mujeres, para debilitar las luchas y tratar de utilizar a los medios y al mundo entero contra ellas. Como acostumbra ocurrir en las guerras, la violación resulta un arma de guerra en las manos de las clases dominantes, que lo usan para descalificar a los adversarios y humillar a los combatientes. En Egipto, las violaciones ya se convirtieron en un arma tan o más poderosa que las bombas de la policía.

Uno de los casos más espantosos fue el de Yasmine El Baramawy, violada por un grupo de hombres, en noviembre del año pasado, en la Plaza Tahrir. "Desde el primer minuto que estuve en la plaza, me encontré en medio de 200 hombres, desnuda e indefensa. Me agarraron por todos lados, como si yo fuese un objeto", cuenta Yasmine. Pensó que iría a morir, y perdió la cuenta de los hombres que la violaban. Un carro paró a algunos centímetros de su cabeza, aprisionando sus cabellos. "Eso los ayudó a levantar mis piernas y penetrarme, en tanto me mantenían tirada en el suelo. No tenía la menor idea de cómo continuar luchando. Hasta que, sin parar de agredirme, metieron una capucha en mi cabeza y me metieron dentro de un carro, desnuda. Me llevaron a otro barrio, donde más hombres me rodearon, portando cuchillos, pedazos de palos y correas”. Allí, la violación continuó por más de una hora.

Dos meses después, Yasmine encontró fuerzas para ir a la televisión y denunciar todo lo que sufrió y la aterradora realidad del Egipto de hoy. Fue un acto de coraje de Yasmine, ir a la TV para denunciar a los agresores, pero el gobierno no movió un sólo dedo para defenderla y, así, su acto no consiguió evitar el estupro de otras centenas de mujeres en las manifestaciones, que continúan ocupando las calles y plazas egipcias. 

Pero, en Egipto, la revolución está en las calles, y todas las fuerzas están utilizando su arsenal. La gran participación de las mujeres en las manifestaciones que derrocaron al dictador Mubarak encendió la luz roja y llevó al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas a adoptar una política deliberada, para tratar de mantener el control de la situación. Esa política consiste en utilizar la violencia sexual contra las mujeres, para tratar de dividir a las masas y debilitar las manifestaciones.

Ahora, en las luchas más recientes que derrocaron a Morsi, resucitó  una de las tácticas más oscuras de la era Mubarak, el uso de la violencia contra las mujeres, como herramienta política e ideológica. "El gobierno está dando dinero para que algunas bandas organizadas invadan las manifestaciones y agredan sexualmente a las mujeres, como forma de silenciarlas", dijo Magda Adly, directora del Centro Nadeem de Derechos Humanos. Diversos informes de la prensa y videos hechos por organizaciones de mujeres, demuestran que eso es verdad; los propios agresores confirman que, por apenas 30 dólares, violan a las mujeres, con el objetivo de que abandonen las manifestaciones. Todo esto fue confirmado al periódico The Times y, también, en un documental titulado Sex, Mobs and Revolution (Sexo, multitudes y revolución).

Tanto es así que los ataques siguen más o menos un patrón definido: los hombres cercan a sus presas diciendo que están haciendo eso para protegerlas. "Forman un anillo a tu alrededor y que los otros vean lo que está sucediendo allí", cuenta Yasmine. "Nadie te está defendiendo. Después comienzan a difundir rumores entre el resto de los manifestantes, de que tú eres una criminal, que estaba cargando una bomba. Si alguien trata de defenderte, es atacado". (El video, con el testimonio de Yasmine está en http://es.sott.net/article/21859-El-infierno-de-ser-mujer-en-Egipto?)

La repetición de patrones sugiere que están organizados. Además, los asaltos sexuales en la Plaza Tahrir y sus proximidades son distintos de aquellos que suceden en las calles, en los hogares, en los transportes colectivos. Por eso, están siendo considerados como "terrorismo sexual" por la Human Rights Watchs. El 25 de enero, cuando se cumplían dos años de la revolución, más de veinte mujeres fueron violadas en la Plaza Tahrir, según el Consejo Nacional de la Mujer. A dos de ellas les mutilaron sus genitales con navajas. 

La violencia sexual como táctica política

La violencia sexual como táctica política, fue ampliamente utilizada por el gobierno de Mubarak. En las prisiones y delegaciones policiales, la violencia sexual contra los prisioneros era moneda corriente. Cuando comenzaron las movilizaciones pidiendo la cabeza del dictador, él se enfureció y comenzó a usar esa misma táctica contra las mujeres, como forma de debilitar las protestas. En 2005, se produce un ataque sexual colectivo contra mujeres, cuando un grupo de baltageya (mercenarios pagados por el Ministerio del Interior, para destruir las manifestaciones) atacó a diversas mujeres en una protesta en El Cairo. Después de eso, se convirtió en una táctica de la dictadura, usada diariamente.

Los militares que asumieron el poder después de la caída de Mubarak perfeccionaron esa táctica. En marzo de 2011, la policía militar apresó a 18 mujeres en una operación, para desocupar la plaza Tahrir. Ellas estuvieron presas durante cuatro días y sometidas a abusos sexuales por los militares. Después, fueron sometidas al llamado “test de virginidad” que, milagrosamente, comprobaba que eran vírgenes y, por lo tanto, no podrían alegar que habían sido violadas.

La Agencia de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y Empoderamiento de las Mujeres  hizo la vista gorda. Actualiza los datos de la barbarie y dice que, el año pasado, prácticamente la totalidad de las mujeres egipcias (99.3%) sufrieron asedio sexual, pero no toma ninguna actitud. La ONU no usa su poder para exigir medidas de protección a las mujeres de las autoridades egipcias y, con eso, dejan a las mujeres sin mecanismos de defensa, con excepción de ellas mismas y de la solidaridad que reciben de los propios manifestantes, que se organizan para protegerlas.
 
¿Las víctimas son las culpables?

En una revolución, las armas ideológicas no pueden ser despreciadas, porque tienen un poder de fuego altamente destructivo. En Egipto, los militares y los clérigos atacan en dos frentes distintos pero con el mismo objetivo. En cuanto a las Fuerzas Armadas, organizan grupos de violadores, como política de Estado, los clérigos tratan de convencer a la opinión pública que las mujeres, que van a la plaza, están “pidiendo” ser violadas. "Las mujeres que van a protestar, en la Plaza Tahrir, son prostitutas, que buscan ser violadas", dijo el clérigo Abú Islam, a la televisión. “Piden que Morsi y la Hermandad Musulmana abandonen el poder (…) Claro, 90% son cristianas cooptadas y el restante 10% son viudas que perdieron el control sobre sí mismas".

Para la religión musulmana, la mujer tiene prohibido expresar sus opiniones; sólo le es permitido reproducir, como un papagayo, las opiniones del marido. Eso cuando tiene la suerte de conocer las opiniones del marido, porque la mayoría de los hombres cree que la mujer no tiene inteligencia suficiente para entender al mundo y sólo tiene habilidad para obedecer.

Por eso, las mujeres que se están uniendo en las plazas para luchar, están, de hecho, expresando una opinión propia, incluso aunque su marido también esté allí. Esa mujer, gritando y agitando como todos los manifestantes, es vista por el clero como una persona que perdió el control sobre sí misma, es una mujer perdida, por lo tanto, una “prostituta”.

Esa idea medieval es la misma que llevó a innumerables mujeres a las hogueras de la Santa Inquisición, consideradas “brujas” porque tenían algún conocimiento científico, sobre todo de química. Al saber que eso estaba prohibido para las mujeres, las brujas, que practicaban “magias” y fabricaban pociones curativas, estarían conscientes de que serían quemadas en la hoguera.

Fue la misma argumentación que llevó al gobierno de Morsi a crear un cuerpo legislativo llamado Consejo de la Shuria, cuyos jueces son instruidos para hacer que la responsabilidad por los abusos sexuales en las manifestaciones recaiga enteramente sobre las mujeres. Recientemente, el general Adel Afifi, uno de los más altos jefes de las Fuerzas Armadas egipcias, declaró que "las mujeres saben que están entre hombres violentos, por lo tanto, tienen que protegerse a sí mismas, antes de pedir al Ministerio del Interior que lo haga. Si se encuentran en esas circunstancias, las mujeres tienen el 100% de responsabilidad". 

La predica religiosa es tan fuerte y la impunidad de los agresores tan descarada que  poquísimos casos llegan a los tribunales. Según datos del Ministerio del Interior, en 2008 fueron violadas 55 mujeres por día, la mayoría de ellas dentro de  su casa.

El problema de la violencia contra las mujeres, profundamente arraigado en la sociedad hace décadas, era muy grave durante el gobierno de Mubarak y se agravó aún más en el gobierno de Morsi y en el gobierno de transición de las Fuerzas Armadas.
 
"¿Cómo pueden pedir, al ministro del Interior, que proteja a las mujeres, si ellas están rodeadas de hombres?", pregunta Saleh al Hefnawi, de la Hermandad Musulmana, en el Parlamento. Esa pregunta, hecha por un clérigo, introduce una visión terrible de que la sociedad, comandada por las Fuerzas Armadas, está formando animales y no hombres. Por el contrario, ¿cuál es el sentido de esa pregunta? ¿Por qué una mujer, no podría estar rodeada de hombres sin ser molestada? En la visión del clero, por lo tanto, si las mujeres se quedaran en la casa y cumplieran los preceptos de la Shuria no despertarían los instintos sexuales en los hombres. En ningún momento, se cuestiona sobre lo que está ante su nariz: ¿por qué los hombres no son capaces de controlar sus instintos sexuales?

El hecho es que, en una sociedad construida sobre una ideología machista, en que los hombres no admiten que su poder sea cuestionado, en que las mujeres de la clase trabajadora no pasan de esclavas, que garantizan todo el trabajo doméstico y el cuidado de los niños, además de entrar en la producción social fuera de la casa, cuando son confiscadas por el mercado de trabajo, esa argumentación del clero no se sostiene. Acusar a la mujer de despertar el instinto masculino es una forma de acusarla de querer romper los lazos de propiedad que la mantienen presa del marido, de querer romper las cadenas que sostienen sus piernas.

Ese argumento es tan atravesado que se derrumba ante las estadísticas del propio gobierno. Ellas muestran que el asedio sexual y las violaciones contra las mujeres tienen muy poco que ver con la ropa o la  religiosidad de las víctimas. "En realidad, la mayor parte de las mujeres que sufren asedio, están usando el nijab" (velo que cubre la cabeza, el rostro y, prácticamente, todo el cuerpo), dice Yasmine, con datos que confirman la investigación hecha por el ECWR. 

En Egipto no habrá revolución sin las mujeres

En las últimas movilizaciones, la violencia contra las mujeres fue una respuesta de las autoridades a la fuerza de las luchas. Esa fuerza se demostró también en las formas organizativas creadas por voluntarios y voluntarias contra el asedio sexual; ellos se comunicaban vía internet, intercambiaban instrucciones de cómo actuar y denunciaban a los agresores. Su lema era “En Egipto no habrá revolución sin las mujeres”. También se expandieron los grupos de autodefensa, que patrullaban las calles vistiendo chalecos con tinta reflectante y cascos, para enfrentar a las pandillas organizadas. Por otro lado, miles de mujeres vienen tratando de hacer cursos de autodefensa, para aprender a protegerse de los ataques y a manejar armas.

Durante los meses en que la Junta Militar tomó el poder, la situación de las mujeres se agravó, principalmente por dos motivos. El primero de ellos es que las autoridades dejaron correr, no tomaron ninguna medida, para cohibir los abusos y castigar a los hombres que atacaban a las mujeres en las manifestaciones, desencadenando así un efecto multiplicador. Al no existir ningún tipo de medida para proteger a las mujeres y tampoco ningún tipo de castigo a los hombres agresores, la situación tiende a empeorar. “Tanto es así que muchas mujeres ya piensan en salir armadas con cuchillos o navajas, como forma de autodefensa”, dice Yasmine.

No se puede descartar que, en grandes manifestaciones como esas, ocurran ataques machistas, sobretodo en un país donde las masas hace siglos que están sometidas a todo tipo de ideología reaccionaria, de que el hombre vale más que la mujer, y los preceptos religiosos atrasados, según los cuales las mujeres son propiedad de los hombres y deben esconderse detrás de velos para no ejercer su “maléfico poder tentador sobre la masculinidad”.

Todas esas concepciones, que encarcelan a las masas en las prisiones del atraso más nefasto, asentadas sobre mentiras veneradas como verdades durante siglos por las clases dominantes, no serán vencidas de forma automática en el proceso revolucionario que sacude Egipto. Esa es justamente una de las innumerables tareas de la revolución: superar en la conciencia de las masas trabajadoras todo tipo de preconcepto, sobre todo el mito de la superioridad masculina. Sin embargo, no se puede esperar de brazos cruzados; la situación se torna cada día más grave y es preciso tomar medidas concretas para proteger a las mujeres, por medio de organismos de autodefensa, integrados por trabajadores y trabajadoras.

El argumento clerical sobre la sumisión femenina está siendo sepultado por la propia revolución egipcia. Si sus argumentos fuesen consistentes, estarían consiguiendo convencer a las mujeres que se quedaran en casa y, con eso, las manifestaciones perderían la mitad de sus participantes, lo que habría sido una victoria del gobierno y del clero.

Pero no es lo que viene sucediendo, por lo menos hasta ahora. Las egipcias no están intimidándose y han participado en masa de las manifestaciones, dando una verdadera lección a las mujeres de todo el mundo: que, incluso la opresión más atroz no debe impedirlas de luchar por un mundo mejor; están demostrando que los mecanismos que las clases dominantes crean para mantenerlas en la ignorancia, en la marginalidad y en el esclavismo, podrán ser destruidos por la revolución en las calles, lugar donde nada permanece de pie cuando son tomadas por las masas. Así, aunque las manifestaciones en Egipto se enfríen momentáneamente con la conformación del nuevo gobierno, ya habrá sido un paso muy progresivo para el cambio de mentalidad en las nuevas generaciones.

No depositar ninguna  confianza en el nuevo gobierno y seguir luchando. Esta tiene que ser la bandera de las masas en Egipto hoy, porque sólo con la clase trabajadora en el poder (hombres y mujeres) se podrá conquistar una vida mejor y el fin de toda forma de opresión.

Traducción Laura Sánchez