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Desde hace algún tiempo, el término “revolución” volvió a ser parte del vocabulario político cotidiano.

Cuando ya casi todos consideraban las revoluciones como reliquias del pasado y las reformas como el único medio posible de progreso social, ocurrió algo inesperado: las reformas progresivas dejaron de ser implementadas en prácticamente todos los países del mundo y las revoluciones, por el contrario, explotaron por todos lados. Estas revoluciones, en lugar de “unir a la izquierda”, como gustarían muchos militantes sinceros, hicieron en realidad lo que siempre hacen (y que es inevitable): aguzaron aún más las diferencias entre los partidos y organizaciones del campo de los trabajadores. Entre las diferencias surgidas hay una que es decisiva: ¿reforma o revolución?


A primera vista, la oposición entre reformistas y revolucionarios no parece tener mucho sentido. Reformas son pequeñas mejoras. Ahora, ¿quién en su sana conciencia podría estar en contra de reformas sociales, políticas o económicas? Nosotros, marxistas revolucionarios, sin duda estamos a favor. Así, en primer lugar, es necesario destacar que los revolucionarios no contraponen, en principio, reforma y revolución. Para el marxismo, reforma y revolución son diferentes formas de progreso social. Los revolucionarios reivindican y defienden tanto las pequeñas reformas como las grandes revoluciones. Por ejemplo, no es posible ser un revolucionario marxista consecuente sin defender con todas las fuerzas una legislación más dura contra las agresiones machistas, racistas y homofóbicas; o sin luchar por un aumento salarial, aun pequeño, siempre que una categoría de trabajadores tenga disposición y esté organizada para hacerlo. En caso de que esas luchas salariales o contra la opresión sean victoriosas, estaremos frente a pequeñas reformas que serán conmemoradas intensamente por todos los revolucionarios. Pero, ¿qué es entonces el reformismo y en qué se diferencia del marxismo?

El reformismo clásico
 
Al contrario de lo que puede parecer, el reformismo no surgió con la lucha de la clase trabajadora por reformas. Esa lucha existe desde el inicio del movimiento obrero. El reformismo es un fenómeno relativamente reciente, de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Surgió como una teoría muy específica, que afirmaba que las reformas sociales y políticas no eran apenas justas y necesarias. Eran mucho más que eso: eran el propio medio a través del cual la sociedad capitalista se transformaría, lenta y gradualmente, en sociedad socialista.

Según el reformismo, los trabajadores, en su lucha cotidiana, acumularían una victoria tras otra, una conquista tras otra, ocuparían un espacio tras otro, hasta que la propia sociedad, de manera pacífica y casi imperceptiblemente, dejaría de ser capitalista y se tornaría socialista.

Para el reformismo, la sociedad capitalista presentaba una tendencia a la ampliación de las conquistas económicas, políticas y sociales. Esta tendencia precisaba apenas ser impulsada, alentada. Todas las organizaciones y líderes (no importa de qué clases) que luchasen por reformas eran, según el reformismo, aliados naturales de la clase trabajadora y todos caminarían juntos en la implementación de las reformas, enfrentando la resistencia sólo de las fuerzas conservadoras, que son siempre minúsculas, y por eso mismo serían anuladas pacíficamente por la amplia alianza de las fuerzas progresivas, como en una simple ecuación matemática.

El camino para el socialismo se presentaba así (siempre según el reformismo) como una avenida abierta, por donde todas las fuerzas progresivas desfilarían en una gran marcha triunfal. Eso tornaba la propia lucha por el poder político de la clase trabajadora –o sea, la revolución socialista– algo innecesario. Así, los marxistas nunca negaron la necesidad de reformas. Fueron los reformistas los que negaron la necesidad de una revolución.

Reforma y revolución: ¿diferentes medios para un mismo fin?
 
De lo que dijimos hasta aquí, podría parecer que reformistas y revolucionarios tienen objetivos comunes (el socialismo), y que se diferencian en cuanto a los medios para llegar a este fin. Desgraciadamente, esto no es así. Si fuese tan simple, los reformistas tendrían razón y sería mucho mejor llegar al socialismo por medio de reformas, ya que las revoluciones implican siempre grandes colapsos, crisis económicas, etc.

En realidad, reforma y revolución no son términos equivalentes; muchas reformas sumadas no son iguales a una revolución. Reforma y revolución expresan contenidos completamente distintos. Una reforma es una mejora en algo ya existente, un avance, un progreso dentro de un determinado camino. Pero la cosa “reformada” continúa existiendo, aunque ligeramente modificada. Ya una revolución presupone no sólo un cambio, sino también la destrucción de lo que existía antes. Es justamente por eso que no se puede llegar al socialismo por medio de reformas: porque el socialismo es una nueva sociedad, opuesta al capitalismo. Para que el socialismo exista, el capitalismo debe desaparecer. No mejorar, ¡desaparecer!

Es por eso que los reformistas y los revolucionarios no se diferencian sólo por los “medios para llegar al mismo fin”. Eso es lo que dicen los reformistas para engañar a los trabajadores, que, obviamente, preferirían llegar al socialismo por la vía pacífica, sin sobresaltos o crisis. Pero no es verdad. Al proponer un camino “lento y gradual” hasta el socialismo, los reformistas no hacen más que abandonar la lucha por el socialismo y perpetuar el propio capitalismo, que hasta puede, bajo ciertas condiciones (¡muy excepcionales!), ofrecer una pequeña y temporaria mejora en las condiciones de vida de la clase trabajadora. Lo que el capitalismo no podrá hacer nunca es dejar de ser capitalismo, o sea, eliminar de sí mismo la explotación y la opresión. Estas son realidades inherentes al propio sistema. Para que estas realidades desaparezcan, es necesario que desaparezca el propio capitalismo, esto es, que sea destruido por una revolución socialista.

La relación entre reforma y revolución
 
Si una serie de reformas no equivale a una revolución, ¿cuál es, entonces, la verdadera relación entre estos dos términos? Es la siguiente: las revoluciones, o sea, la destrucción radical de las viejas formas económicas, políticas o sociales, son un hecho innegable de la historia, nos guste o no. Ellas ocurren independientemente de la voluntad y hasta de la existencia de los partidos y organizaciones revolucionarias. Las reformas, también. Reforma y revolución se suceden y se combinan a lo largo de la historia. En general, cuando una revolución triunfa, ella inaugura, en la sociedad en cuestión, una etapa de reformas pacíficas. En esta etapa “reformista” que se abre, la sociedad seguirá el camino abierto por la revolución que acaba de triunfar, hará innumerables pequeñas reformas o mejoras parciales en su estructura, hasta que el camino del desarrollo social sea nuevamente obstruido por la descomposición de la sociedad y una nueva revolución sea necesaria para abrir un nuevo camino (aquí, se debe entender revolución no como la simple toma del poder por la clase revolucionaria, sino como todo el trabajo de destrucción radical de la vieja sociedad).

Así, siempre vimos y siempre veremos reformas en cualquier sociedad, pero estas reformas se dan siempre dentro de marcos muy limitados: un país que realizó una gran revolución burguesa podrá hacer muchas reformas, pero serán todas ellas reformas burguesas, o sea, reformas dentro del sistema capitalista. Es justamente por eso que querer llegar al socialismo por medio de reformas parciales no pasa de una utopía.

¿Revoluciones sangrientas y reformas pacíficas?
 
Los reformistas siempre exaltan los medios “pacíficos”, “constituciones” o “legales” de lucha. Quieren siempre evitar la violencia y el derramamiento de sangre. Muy bien. Pero, ¿qué son las leyes y el orden de hoy sino el resultado de las grandes revoluciones del pasado? Los políticos tradicionales dicen que la democracia burguesa es una “ley” que debe ser “respetada”. ¿Pero esta democracia acaso fue fruto de una reforma? No, fue fruto de una revolución violentísima que destruyó a la monarquía francesa a finales del siglo XVIII y cambió el mundo. La independencia de los países latinoamericanos de lengua española es un hecho de derecho internacional. ¿Pero, acaso esa independencia fue conquistada en negociaciones con España? No, fue conquistada en una guerra de liberación de dimensiones continentales que derrotó al poderoso ejército español a inicios del siglo XIX. El fin de la esclavitud en los Estados Unidos es un hecho jurídico incuestionable, un “punto pacífico” de la sociedad americana. ¿Pero acaso los esclavistas del sur les regalaron a sus esclavos la libertad? No, fueron derrotados en una guerra civil que duró varios años y transformó el país de arriba a abajo.

O sea, todo orden establecido, sea bueno o malo, es fruto de un desarrollo que combina siempre reforma y revolución, pero donde el factor determinante es siempre la revolución, pues es la que permite el pasaje a niveles realmente superiores de desarrollo. La revolución es la partera de todo lo que hay de verdaderamente nuevo. Lo “nuevo” en la historia puede hasta desarrollarse dentro de lo viejo, pero solamente hasta ciertos límites, de la misma forma que los cocodrilos gigantes de Australia pueden desarrollarse dentro de pequeños huevos, pero solamente hasta cierto punto. En algún momento, el huevo precisa ser destruido para que el minúsculo lagarto se transforme en un enorme monstruo que dominará pantanos y ríos.

Así, la llamada “economía solidaria” y el cooperativismo defendidos por el MST pueden ser una buena idea, pero jamás superarán la gran industria capitalista. Los programas de distribución de renta aplicados por el gobierno Dilma pueden evitar que una parte de las familias brasileñas muera de hambre, pero no acabará con la miseria en el país. La “radicalización de la democracia” y las consultas populares por plebiscito, defendidas por el PSOL, pueden ser una óptima cosa, pero no llevarán jamás a un sistema político distinto del que tenemos hoy. Y si ninguna de esas propuestas puede llevar a algo verdaderamente nuevo, ¿por qué deberían estar en el centro de nuestro programa? ¿Por qué deberían ser nuestros objetivos principales? ¿Por qué deberíamos presentarlas como la solución mágica y definitiva para todos nuestros problemas? Esto sería, simplemente, engañar al pueblo y crear ilusiones. He aquí una diferencia profunda con el reformismo.

Ser revolucionario hoy
 
Como vimos, la diferencias entre reformistas y revolucionarios no está en los medios para llegar “a un mismo fin” ni en que los revolucionarios “desean” una revolución, mientras los reformistas “desean” reformas. La diferencia está en que los revolucionarios reconocen las revoluciones como hechos del desarrollo humano, como la única posibilidad que la historia ofrece de pasar a formas sociales, políticas y económicas realmente superiores. Los revolucionarios no “desean” la revolución en el sentido usual del término. Se preparan para ella, pues saben que toda revolución, además de grandes posibilidades, contiene también grandes riesgos. Una revolución victoriosa puede acelerar el progreso histórico y hacer a un país saltar décadas en algunos pocos años, como fue el caso de Rusia luego de la Revolución Socialista de 1917. Una revolución derrotada, una chance desperdiciada, puede hacer a una nación relativamente avanzada, retroceder a estadios pre-civilizatorios de desarrollo, como ocurrió con la Alemania nazista de Hitler.

No se puede evitar el peligro histórico evitando las revoluciones, pues ellas ocurren independientemente de nuestra voluntad; no se puede contornear el riesgo exigiendo de las masas revoluciones perfectas, como hacen las sectas psicótico-izquierdistas del tipo LER y PCO. Lo que se puede hacer es, frente a cada revolución concreta, buscar las salidas que lleven a la única solución realmente viable para los problemas que afligen a la humanidad: la derrota de la burguesía y sus aliados reformistas y la instauración del poder político de la clase trabajadora y sus organizaciones democráticas, precondición necesaria para cualquier proyecto realmente nuevo, realmente socialista.


Artículo publicado en Opinión Socialista N.° 479, 2 de mayo de 2014.
Traducción: Natalia Estrada.