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Desde junio, con las enormes movilizaciones que tomaron cuenta del país, la bandera negra de la anarquía volvió a ondular en las calles y plazas de las grandes ciudades. Al lado de las banderas rojas de las organizaciones socialistas, anarquistas de innumerables vertientes cerraron filas, enfrentaron al enemigo común, fueron presos y agredidos, y también conquistaron victorias. El anarquismo volvió a ser una referencia para muchos jóvenes que, desilusionados con la podredumbre de los partidos oficiales, encuentran en las ideas libertarias un nuevo horizonte por el cual –piensan ellos– valdría la pena luchar.

 

No es para admirarse. La mayoría de los partidos que se dicen socialistas tienen sus banderas manchadas por las traiciones que cometieron contra las luchas de los trabajadores. Y no sólo eso: desde el 21 de octubre –cuando el martillo cayó en el Hotel Windsor, en Barra de Tijuca, Rio de janeiro, y el Campo de Libra fue entregado a las multinacionales– algunas de esas banderas rojas, como las del PT y las del PCdoB, quedaron manchadas también con la sangre de la juventud y de los trabajadores, masacrados y perseguidos por el Ejército, en una de las cazadas más violentas contra una manifestación desde junio; todo eso con el mando de Dilma y de Cabral.

Pero la justa desilusión con algunas organizaciones que se dicen socialistas y el compromiso sincero de estos jóvenes con la lucha del pueblo no puede eximirnos de un debate serio respecto de la estrategia anarquista. No nos referimos aquí al debate político sobre las acciones de grupos como los Black Blocs, que aun cuando tengan inspiración anarquista no pueden ser igualados al propio movimiento anarquista. Con esas organizaciones, entablamos y continuaremos entablando polémicas políticas públicas siempre que su práctica contradiga los intereses del movimiento. Nos referimos aquí al anarquismo en sí, a la teoría política, social y económica que sirve de inspiración a esas organizaciones y a muchas otras.

Si el enemigo está armado hasta los dientes con bombas y fusiles, nuestra mejor y más importante arma es la justa comprensión de los acontecimientos, ideas y fenómenos que nos rodean. Eso incluye comprender el anarquismo.

Qué es el anarquismo

Para comenzar, evitemos las caricaturas. El término anarquía proviene del griego (an + arkhos) y quiere decir “ausencia de gobierno” o “ausencia de poder”. O sea, anarquía no quiere decir “ausencia de orden” o “desorden”, como en general se piensa. Al contrario, los anarquistas apuntan a establecer el más completo y perfecto orden social. Sin embargo, creen que este orden sólo puede ser establecido si todo gobierno y todo poder fuesen abolidos.

Como doctrina política, el anarquismo se caracteriza por la lucha contra el Estado. Los anarquistas creen que el Estado –esta institución política que concentra todas las funciones de gobierno, administración y represión en nuestra sociedad– es el responsable por la falta de libertad del hombre. Pregonan que el Estado, con sus fuerzas armadas, sus escuelas, sus leyes, sus impuestos, su religión oficial, etc., es la fuente de toda injusticia, desigualdad y miseria espiritual en que vivimos. La tarea consistiría, entonces, en acabar con esta institución, abolirla inmediatamente y por completo, e instaurar el auto-gobierno de la población en general y de cada individuo en particular.

Según los anarquistas, en lugar de Estados nacionales centralizados, como existen hoy, la sociedad debería organizarse en “comunas libres”, o sea, pequeñas comunidades de carácter local, auto-gobernadas, independientes unas de otras, no sometidas a ningún comando o ley general. Esas comunas (la denominación puede variar entre un autor y otro) serían unidades políticas y económicas totalmente autónomas, cada una con su propio sistema de producción y distribución de riquezas, y que vivirían del libre intercambio de bienes y servicios unas con otras.

Los anarquistas piensan que lo que torna al hombre mezquino, violento y egoísta es el propio Estado y que, una vez que este sea abolido, las personas vivirán en armonía, resolviendo ellas mismas sus problemas, viviendo una vida de manera pacífica y autosuficiente, sin la necesidad de cualquier ley escrita, institución especial, control, represión, etc.

Sobre los enemigos de la libertad y del pueblo, los anarquistas afirman que si el Estado fuera abolido nada más quedará a estos señores, una vez que ellos son una ínfima minoría en la sociedad y su dominación se basa exclusivamente en el poder del Estado.

De la misma forma que reniegan de todo y cualquier Estado (incluso de la hipótesis de un Estado controlado por los trabajadores), los anarquistas, en general, reniegan también de los partidos políticos de la clase trabajadora. Según ellos (repetimos: hay distintas vertientes y puede haber matices entre ellas), todo partido es una estructura jerárquica, vertical, organizada nacionalmente, y por lo tanto, opuesta al ideal de libertad y auto-gobierno inherente al anarquismo. Así, toda acción del pueblo debe darse de manera auto-organizada, sin una dirección específica.

Estos son, en líneas generales, los principios más importantes del anarquismo. Como dijimos arriba, no hay sólo un anarquismo sino varios, y por eso toda generalización puede contener imprecisiones. Esperamos no haber distorsionado cualquiera de las ideas aquí presentadas, pues el objetivo de esta parte del texto era solamente una exposición sintética del anarquismo, y no su crítica. La crítica marxista al anarquismo es la que sigue.

La cuestión del Estado

El marxismo reconoce el Estado como una de las más crueles y sanguinarias instituciones. Ciertamente, el Estado oprime y aplasta, y junto con los anarquistas, los marxistas declaran que su objetivo último es el fin del Estado y la construcción de una sociedad de productores libres auto-organizados. Pero desgraciadamente, ahí terminan nuestras coincidencias.

A diferencia del anarquismo, el marxismo no ve el Estado como creador de la miseria y la desigualdad ni como el origen de la opresión o de la falta de libertad humana. Para los marxistas, el Estado es apenas elproducto de una determinada realidad social.

Según el marxismo, el mal fundamental de la sociedad es la propiedad privada de los medios de producción(fábricas, bancos, tierras, empresas, etc.), o sea, el hecho de que la sociedad se encuentra dividida en clases sociales opuestas: explotados y explotadores. El Estado existe porque la dominación económica de una clase sobre la otra precisa ser fijada en forma de leyes, instituciones, ideas. Y después, si es necesario, defendida con armas. Si no hubiese esta organización especial llamada Estado, las clases sociales se enfrentarían en una lucha sin fin y la sociedad entraría en colapso. La explotación económica, para que sea estable, precisa de su complemento: la dominación política, militar, ideológica: el Estado. Por eso el estado es siempre el Estado de la clase dominante.

O sea, el Estado es la herramienta de que se valen los explotadores para perpetuar su dominación. Pero no son ellos la propia dominación. Lejos de ser una realidad autónoma, con vida propia, el Estado no pasa de uninstrumento en las manos de una clase.

Así, el marxismo cree que no es posible abolir el Estado en tanto no sean abolidas las condiciones materiales(sociales y económicas) que llevaron a la aparición de este Estado. Al abolirse el Estado por simple decreto, permanecerán las condiciones que lo crearon (propiedad privada, desigualdad) y, por lo tanto, su renacimiento, en un plazo más o menos corto, es simplemente inevitable.

El Estado de los trabajadores

Marx afirmó que el Estado era siempre el Estado de la clase dominante. Esa definición fundamental determina también la visión del marxismo sobre la revolución socialista y las tareas del proletariado después de la caída de la burguesía.

Para el creador del socialismo científico, la clase trabajadora, al expulsar a los capitalistas del poder, no podría simplemente “ocupar” el antiguo Estado burgués y usarlo en su interés. Ella precisaría destruir el antiguo Estado, con todas sus instituciones, leyes, jerarquías, etc. Pero una vez destruido ese Estado, el proletariado sería obligado, por la propia realidad, a construir otro, completamente distinto del anterior, basado en las organizaciones de la clase trabajadora y controlado por esta, pero aún así un Estado. Según Marx, la máquina estatal era necesaria al proletariado para: 1) vencer la resistencia de los antiguos explotadores que, no aceptando pacíficamente la derrota, se organizarían para retornar al poder y restablecer su dominio; 2) reconstruir la sociedad sobre nuevas bases igualitarias,  o sea, la transición económica socialista. Estas dos complejas tareas ocuparían todo un período histórico. Fue lo que Marx llamó dictadura del proletariado.

Los trabajadores, aun cuando sean la mayoría de la sociedad, son una clase explotada, oprimida y alienada, que después de derrotar a una minoría extremadamente activa, culta, violenta y poderosa precisa realizar una gigantesca obra histórica. Por eso, el proletariado cometería un suicidio histórico si abriese mano del poder del Estado. 

La disolución del Estado para el marxismo

Pero los trabajadores, según Marx, no toman el poder del Estado para eternizar su dominación. Al contrario, una vez vencida la resistencia de la burguesía, el proletariado comienza a trabajar para aumentar la riqueza producida, distribuirla equitativamente, y con eso acabar con toda y cualquier diferenciación social. Con el fin de las diferenciaciones sociales y después de un largo período histórico de reeducación del hombre, la sociedad podrá abolir el Estado como instrumento de dominación y control, manteniendo apenas las funciones técnicas de administración económica, contabilidad, asistencia, etc. La disolución del Estado en la comunidad de productores libres auto-organizados corresponde al inicio de la fase comunista de desarrollo de la sociedad.

León Trotsky, el gran dirigente de la Revolución Rusa de 1917, combatía a aquellos que calificaban de “utopía” la estrategia de disolución del Estado, y explicaba de manera simple el contenido científico del marxismo: “La base material del comunismo debe consistir en un desarrollo del poder económico del hombre de tal modo que el trabajo productivo, dejando de ser una carga y una incomodidad, no tenga la necesidad de ninguna coacción; ni existan otros controles sobre la distribución, además de los de la educación, del hábito y de la opinión pública; exactamente como es hoy en una familia abastecida. Es necesario, para hablar francamente, una gran dosis de estupidez para considerar como utópica una perspectiva, en definitiva, tan modesta.” (La revolución traicionada)

Como se ve, diferente del anarquismo, que imagina una revolución y hombres ideales, el marxismo tiene conciencia de las enormes dificultades que el proletariado (heredero de toda la miseria y pudrición capitalistas) enfrentará en la lucha por su liberación. Consecuentemente, el marxismo reconoce la necesidad de un largo período de lucha y desarrollo social, hasta que las bases materiales que dieron origen al Estado hayan desaparecido, y este pueda ser abolido. Aún así, la abolición del Estado (que corresponde a la liberación definitiva de toda la humanidad) será lenta y gradual, asemejándose mucho más a una “desaparición progresiva”, que ocurrirá con la misma velocidad con que la sociedad vaya asumiendo en sus propias manos las funciones de administración y control.

Con solo analizar la cuestión del Estado, salta ya a la vista el carácter utópico de la teoría anarquista. Pero esta es apenas la punta del iceberg. Al abordar otras cuestiones, como la economía del período pos-revolucionario, la relación individuo-sociedad y otras, el anarquismo revela no sólo su naturaleza romántica sino, peor (es preciso decirlo con todas las letras): el enorme retroceso que su implementación significaría para todo el desarrollo humano y social. Pero estos son aspectos que trataremos en la segunda parte de este artículo. Esperamos que el lector nos acompañe con interés. 

En el próximo número:

La economía anarquista: marcha atrás en el desarrollo histórico

La negación de la política por los anarquistas: ¿cómo vencer a la burguesía?

La relación individuo-sociedad

El carácter del clase de la teoría anarquista

Henrique Canary, por la Secretaría Nacional de Formación del PSTU (Brasil)Traducción: Natalia Estrada