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La crisis política de Venezuela, iniciada en el gobierno de Chávez, y hoy profundizada con Maduro; las marchas y huelgas de los trabajadores en Bolivia contra el gobierno de Evo Morales; las huelgas y movilizaciones cotidianas en Argentina contra el gobierno de Cristina Kirchner, y ahora las multitudinarias movilizaciones en Brasil contra el Partido de los Trabajadores de Lula y el gobierno de Dilma Rouseff, indican que los gobiernos llamados alternativos no llenaron las expectativas de las masas trabajadoras y populares, y que no eran alternativos a los gobiernos tradicionales de los capitalistas.

 
Esos gobiernos continuaron aplicando los planes neoliberales de sus predecesores, como las privatizaciones y las contrarreformas laborales y sociales, aunque combinando con asistencialismo y eantregando algunas reivindicaciones exigidas por las masas cuando los eligieron.

Tuvo que pasar más de una década para que las masas descubrieran que esos gobiernos no los representaban. Que eran ajenos a sus intereses y que se habían acomodado e integrado al sistema político de corrupción y explotación, abrazando la política de entrega de los recursos económicos y naturales a las  transnacionales y al imperialismo, de varios de los gobiernos  derrocados por las masas.

Esos gobiernos no mejoraron la prestación de los servicios públicos, la educación y la salud, por el contrario, los entregaron a los capitalistas para que los explotaran como negocio privado. En esencia, no se diferenciaron con gobiernos tradicionales como los colombianos de Uribe y Santos, o con los que derrumbaron las masas y ellos los reemplazaron, como Carlos Andrés Pérez, Fernando De la Rua, Carlos Mesa y Collor de Melo, siguieron aplicando planes contra los trabajadores y gobernando para los ricos.

Todo pareciera indicar que en América Latina se está abriendo un nuevo ciclo, una nueva situación política de lucha por cambios sociales. Pero a diferencia del proceso que se dio a comienzos de la década pasada, que fue un ascenso sólo en continente latinoamericano, hoy el proceso está empalmando con las luchas de los trabajadores de Europa y la lucha revolucionaria de los pueblos del Norte de África y el Medio Oriente.

Las tarifas cero
 
Las masas brasileñas han logrado un primer triunfo al obligar a revocar el aumento de las tarifas de transporte, pero se abre la discusión sobre la tarifa cero. Esto es, sin costo para los usuarios, lo que no significa que sea gratis, porque si el transporte pasa a ser un servicio estatal se financia con los impuestos de la población, a cambio de que ese dinero se lo apoderen los políticos y gobiernos mediante la corrupción, también eliminando los subsidios que reciben los empresarios y aumentándoles los impuestos.

Estas movilizaciones también colocan en discusión el carácter del transporte en los grandes centros urbanos de América Latina. La dictadura de las ensambladoras del automóvil imponen un transporte de carácter individual que sólo puede ser garantizado por no más del 30% de la población más acomodada, la clase media, copando las vías y formando bloqueos que obligan a los trabajadores a gastar dos y tres horas diarias para el desplazamiento a los lugares de trabajo en condiciones degradantes, completamente apretujados y con largas esperas debido las largas frecuencias que impone la ganancia. Junto con la estatización se debe dar prioridad al transporte colectivo, de carácter masivo como los trenes, para que se pueda prestar un servicio digno, de calidad y sin costo para los usuarios.

La izquierda reformista no sabe cómo salir del embrollo

Las organizaciones de la izquierda reformista que apoyaron y sostuvieron a los llamados gobiernos alternativos hoy no saben cómo justificar y explicar las luchas que libran los trabajadores bolivianos, organizados en la Central Obrera Boliviana (COB), contra el gobierno de Evo Morales; ni el descontento de la población venezolana que termina siendo canalizado, electoralmente, por la derecha que con nostalgia revindica la democracia del derrocado neoliberal Carlos Andrés Pérez; tampoco el desprestigio del gobierno de Cristina Kichner, y menos las movilizaciones presentes en Brasil contra el partido de Lula que para esa izquierda fue un modelo de gobierno para América
Latina, aunque gobernaran para los ricos.

Frente a las luchas revolucionarias de las masas en el Norte de África y Medio Oriente, la izquierda reformista, que ha apoyado a los llamados gobiernos alternativos de América Latina, terminó atrapada en una contradicción: aplaudió las movilizaciones que derrocaron los dictadores Ben Ali en Túnez y Hosni Mubarack en Egipto, pero terminaron justificando la represión y el genocidio, contra las masas, ejercida por los dictadores Gadafi en Libia y Al Assad en Siria, pese a que esas luchas de conjunto han hecho parte del mismo proceso.

La razón es que sus gobiernos “alternativos” tenían alianzas económicas y políticas con esos dictadores, y por la misma razón han terminado apoyando a la burocracia cubana de los Castro y sus medidas de restauración del capitalismo.

Esa izquierda ha argumentado que las revoluciones en Libia y Siria han sido obra del imperialismo. Pero si la misma presidenta de Brasil, Dilma Rouseff, se ha visto obligada a reconocer la justeza de esas movilizaciones, así como el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, los argumentos de la izquierda reformista terminan desmoronándose. Esta izquierda cada vez tendrá más dificultad para salir del embrollo en que ha quedado sometida por la lucha de clases.
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