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En la primera semana de agosto, un accidente en la mina San José, ubicada cerca de la ciudad de Copiapó, región de Atacama, Chile, dejó 33 trabajadores mineros atrapados y aislados dentro de los túneles de la mina. Durante varios días, no se supo si había sobrevivientes, pero luego se pudo tomar contacto con ellos y saber que estaban bien, ya que habían podido alcanzar un refugio con oxígeno y cierta cantidad de agua y alimentos.
 
 

A partir de allí, comenzaron a planificarse las tareas concretas de rescate, que demandarán no menos de 90 días ya que debe perforarse un túnel de 688 m de profundidad, con muchísimo cuidado, para evitar el derrumbe de las paredes de la mina. Mientras tanto, los trabajadores reciben alimentos y otros elementos a través de una sonda, por la que, incluso, pueden comunicarse con el exterior. El saber que los mineros estaban con vida y el poder tomar contacto con ellos trajo una gran alegría a sus familiares, amigos y colegas, algo totalmente comprensible.
Una cortina de humo televisiva
 
Pero al mismo tiempo, dio inicio a una especie de siniestro reality show televisivo, sobre la vida de los mineros en el pequeño lugar donde están refugiados, los contactos con sus familiares, la marcha de la perforación del túnel de rescate, etc. Un “espectáculo mediático” que incluye desde notas sobre la vida sentimental de algunos trabajadores hasta el asesoramiento de expertos de la NASA (la agencia aeroespacial estadounidense) sobre cómo organizar la vida de grupos de personas que deben convivir largos períodos en espacios reducidos.
 
Un reality show que, además, está siendo utilizado como una cortina de humo que intenta ocultar las verdaderas causas de fondo de esta situación: la negligencia empresaria y la complicidad gubernamental que provocaron el accidente.
 
Una tragedia anunciada
        
El accidente claramente pudo haberse evitado. En julio pasado, ante el Ministerio de Minería, el sindicato de los trabajadores de San José denunció las “malas condiciones laborales”, “los continuos accidentes de trabajo”, que “no existían las necesarias vías de escape” y que el refugio en el que ahora están no contaba con todos los elementos necesarios.
 
El sindicato llegó a pedir al organismo encargado de definir si la mina podía funcionar o no que la cerrase de modo provisorio, hasta que estos problemas fuesen resueltos, considerando que muchos de ellos venían de varios años atrás (ver declaración del FRIC en este site). Pero el Ministerio no cerró la mina, sólo se limitó a imponerle una multa equivalente a menos de 60.000 dólares (poco más de 1.800 dólares promedio por cada trabajador cuya vida se puso en riesgo).
 
Después del accidente, con total hipocresía, los dueños de la mina pidieron “perdón” a través de la prensa. Mientras el gobierno de Piñera trataba de salvar la ropa denunciando la “responsabilidad de la empresa” y diciendo (¡ahora!) que sería “investigada y castigada”.  
 
Una combinación letal
 
En el caso de la mina chilena, por suerte, el accidente no terminó con muerte de los trabajadores. Pero no ocurre lo mismo en muchos otros, en todo el mundo. Un informe conjunto de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y la OMS (Organización Mundial de la Salud) señala que, anualmente, se producen alrededor de 270 millones de accidentes de trabajo que dejan unos 500.000 muertos. Sumados al 1.700.000 provocados por enfermedades profesionales totalizan más de 2.200.00o de fallecidos anualmente por causas laborales. El informe concluye que el número anual de accidentes, heridas y muertes está aumentando.     
 
La negligencia patronal que, para abaratar costos y aumentar sus ganancias, deja de hacer las obras y tomar medidas de seguridad necesarias, se junta con la complicidad gubernamental, una legislación cada vez permisiva y jornadas de trabajo cada vez más extenuantes. Es una combinación letal que provoca no sólo numerosos accidentes sino crecientes enfermedades laborales. En los costos empresarios, la variable de ajuste es la vida de los trabajadores (“la más barata de las herramientas”, según un viejo dicho de la patronal).
 
Como decían los carteles en las marchas antiglobalización: “el capitalismo mata”: Para salvar la vida de los trabajadores, hay que eliminar al capitalismo.
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Alejandro Iturbe es editor de la revista de la LIT-CI Correo Internacional .

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