Compartir

La historia de la Tendencia Marxista Internacional (TMI) se confunde con la historia de su fundador, Ted Grant, considerado por sus simpatizantes uno de los mayores teóricos marxistas, y por trotskistas ingleses que no siguieron su trayectoria, como objetivista y políticamente centrista.

Por: Marcos Margarido

Edward “Ted” Grant nació en África del Sur pero pasó la mayor parte de su vida militante en Inglaterra. Murió el 20 de julio de 2006, con 93 años. Fue fundador de la Tendencia Militant interna al Labour Party (LP- Partido Laborista inglés), y del Socialist Appeal, en 1992. En el plano internacional, fundó la TMI.

La mejor manera de conocer la TMI es seguir los pasos de Ted Grant y del principal partido donde él militó, el Militant. Él es parte de las primeras generaciones de trotskistas ingleses, como Gerry Healy, Bill Hunter, Dave Finch, Rachel Ryan, Millie Lee, Jock Haston, y otros. Luego de una decisión del RCP (Partido Comunista Revolucionario) de hacer entrismo en el LP, en 1949 Grant, contrario a aquella política, deja el partido[1].

Después de la división de la IV Internacional, en 1953, debido a la política revisionista de Michel Pablo y Mandel, de practicar el llamado entrismo sui generis en los partidos comunistas[2], el trotskismo inglés se junta al SWP norteamericano en el Comité Internacional. Sin embargo, Ted Grant y Sam Bornstein fundan la Revolutionary Socialist League (RSL – Liga Socialista Revolucionaria) en 1956, que se torna la sección de la IV Internacional pablista en Gran Bretaña.

Grant, que en 1949 había sido contrario al entrismo táctico en el LP, para poner el partido en contacto con la clase obrera y construir la dirección revolucionaria, ahora concordaba con el entrismo estratégico de Pablo, que preveía fuerzas irresistibles que forzarían al estalinismo a tomar el poder. En función de eso, los partidos trotskistas deberían entrar en los partidos comunistas para acompañar esta evolución, que haría al estalinismo transformarse en una corriente revolucionaria.

Según el documento Ascenso y caída del estalinismo, aprobado por el IV Congreso de la IV Internacional (1953):

“En países donde los PCs son mayoritarios en la clase obrera, ellos pueden, bajo condiciones excepcionales (desintegración avanzada de las clases propietarias) y bajo la presión de un poderoso levante revolucionario de las masas, ser llevadas a proyectar una orientación revolucionaria contra las orientaciones del Kremlin, sin abandonar su bagaje teórico y político heredado del estalinismo. En estas condiciones, la desintegración del estalinismo no debe ser entendida en el estadio inmediatamente posterior como una desintegración organizativa de esos partidos o como una ruptura pública con el Kremlin, sino como una transformación interna gradual, acompañada por una diferenciación política en su seno”.

Todo lo que los partidos trotskistas deberían hacer era esperar el momento de esa transformación interna y ganar a todo el partido estalinista para el trotskismo.

Para Ted Grant, el mismo razonamiento debería ser aplicado en relación con el Partido Laborista, que era mayoritario en la clase obrera inglesa. En el documento La situación y nuestras tareas, publicado en 1957, la RSL afirma que situaciones de crisis en la industria y de reacción de la clase obrera alcanzarían al LP, abriendo la posibilidad de una ruptura “si su ala derecha mantuviese el control del aparato partidario. Es, no obstante, más probable que la izquierda gane la mayoría y transforme el LP en una organización centrista de masas. En cualquier caso, el trabajo de los marxistas revolucionarios en el período por delante precisa ser el de preparación y formación de los cuadros teniendo en vista esta perspectiva”[3].

Como el documento alertaba que esta situación de crisis aún no estaba dada, la RSL debería limitarse a hacer propaganda y esperar que llegara el día de la transformación del LP. Luego de 61 años la política continúa siendo la misma.

Haciendo una retrospectiva, se puede decir que la política de Ted Grant es una continuación de la táctica de entrismo sui generis de Pablo, no obstante transformada en estrategia permanente de construcción, válida para todos los países y partidos y en cualquier situación política. Tenía razón Bill Hunter cuando decía que la creación de la LSR se basaba en “una concordancia con las concepciones más importantes del pablismo. Había un acuerdo sobre la naturaleza del entrismo en Gran Bretaña. Para nosotros, era una táctica, dentro de la estrategia de salir del aislamiento y construir una dirección trotskista para llevar a la clase obrera al poder. Para Pablo [y Grant], era la participación en fuerzas irresistibles que empujarían al estalinismo y el centrismo para tomar el poder por la clase obrera”[4].

El desarrollo de The Militant

Para explicar como mantiene esa perspectiva a pesar de la trayectoria del LP que, al contrario de sus previsiones, se mantuvo un partido de sustentación del capitalismo imperialista inglés cada vez más a la derecha, la TMI desarrolló una explicación: el día de la transformación había llegado, pero fue desperdiciado por la política sectaria de la mayoría de la dirección de Militant. Veamos.

La RSL[5] inició su entrismo sui generis en la organización de juventud del LP, la Labour Party Young Socialists (LPYS), en 1960 y llegó a ganar la mayoría de su dirección en 1972, aprovechándose del descontento de la base del LP con el gobierno laborista ultraliberal de Harold Wilson (1964-1970). Fueron fundamental para su crecimiento los años 1968-1969, cuando en toda Europa –y particularmente en París, en mayo de 1968– la juventud se rebelaba contra el sistema capitalista, que comenzaba a dar las primeras señales de agotamiento del boom de posguerra. En ese período, la RSL lanzó el periódico The Militant, nombre por el cual el partido se tornó conocido en todo el mundo.

Por dirigir la juventud del partido, The Militant tuvo un puesto en el Comité Ejecutivo Nacional del LP, y al tener la orientación acertada de ir a la clase trabajadora a partir de la juventud, consiguieron tener cierta influencia en el movimiento sindical. En el congreso de 1982 de la Asociación de Servidores Públicos (CPSA), uno de sus miembros fue electo presidente y otros formaron parte de su ejecutivo nacional. También tenían miembros en las direcciones nacionales del Transport and General Workers Union (trabajadores del sector de transporte), Fire Brigades Union (bomberos), National Local Government Workers Union (empleados públicos municipales). También eligieron tres miembros del Parlamento inglés, los primeros de la historia del trotskismo de aquel país.

Sin embargo, esa influencia política –incluso en las conferencias anuales del LP– tenía su precio. Evitaban cualquier enfrentamiento directo con la dirección del partido para no correr el riesgo de ser expulsados. Por ejemplo, aceptaban que los documentos sometidos a las conferencias de los Jóvenes Socialistas fuesen escritos por el Departamento de Investigaciones del LP y no por la dirección de la juventud[6]. Lo mismo ocurría en los sindicatos con relación a la fortísima burocracia sindical del TUC (Trades Union Congress, la central sindical británica) que, en la práctica, daba las cartas en el Labour Party.

En 1982, The Militant decía tener entre 4.000 y 5.000 miembros, con fuerte presencia en Liverpool. Fue en esa ciudad que la política de entrismo sui generis mostró su limitación. En la elección municipal de 1983, The Militant eligió 15 de los 51 consejeros municipales del LP[7], atrayendo la atención nacional. Fue una victoria electoral inédita para un partido trotskista, pero debido a su estrategia, The Militant pasó a participar del gobierno de la ciudad como miembros leales del LP, buscando dar respuestas administrativas y hacer maniobras jurídicas para enfrentar los ataques del gobierno Thatcher. Se negaron a hacer cortes en el presupuesto social y a aumentar los impuestos municipales, pero no ofrecieron una alternativa revolucionaria, que solo podría ser la de recurrir a los trabajadores en una lucha nacional contra el gobierno conservador.

Un ejemplo muy ilustrativo fue la política de despedir a todos los empleados públicos ante el bloqueo financiero promovido por el gobierno central. La idea era “simple”: los trabajadores pasarían a recibir un salario-desempleo por algunas semanas debido al despido colectivo. Terminado ese período, ellos serían recontratados y pagos con el dinero economizado en aquellas semanas. Fueron emitidas 31.000 cartas de despido, pero el sindicato del gremio se negó a aceptar esa medida, que no pudo ser efectivizada[8]. En lugar de llamar a los empleados públicos y a todos los trabajadores a luchar contra el gobierno nacional, prefirieron una maniobra jurídica que solo sirvió para arrojar confusión en la clase y bloquear su movilización.

Quedaba claro que gobernar una ciudad como parte de un partido reformista, aceptando defender su política, incluso con una política de “izquierda”, solo podría llevar al reformismo y no a una política revolucionaria.

Esa política tenía un hilo conductor, el mismo seguido por Ted Grant en toda su vida militante: esperar por la transformación del LP y por la expulsión de su ala derecha procapitalista. Pero el ala izquierda era igualmente procapitalista, como la burocracia sindical de Gran Bretaña, en la cual The Militant identificaba un aliado.

En 1968, Grant preveía que una nueva crisis económica llevaría a los sindicatos –es decir, a la burocracia sindical– y al LP a un giro a la izquierda y que el sector parlamentario se dividiría, con el ala derecha juntándose a los Tories (el Partido Conservador). Por eso, era necesario permanecer en el LP a toda costa.

En 1985, enseguida después de una conferencia nacional del LP que aprobó la expulsión de ocho militantes y abrió el período de “caza de brujas” contra The Militant –medida que recibió el decisivo apoyo de la burocracia sindical– un encuentro nacional de la organización aprobó la consigna “Después de Kinnock, nuestra vez”, estampada como campaña central de la organización en la edición siguiente de su periódico. Neil Kinnock era el dirigente nacional del LP. El motivo era que en aquella misma conferencia nacional fue aprobada la llamada “reselección” de los candidatos del partido al Parlamento. Esto es, los actuales parlamentarios deberían ser refrendados en encuentros locales de su jurisdicción electoral (en Gran Bretaña está vigente el sistema de elección distrital), sin poder candidatearse automáticamente a la reelección. Según The Militant, esto significa que el dominio de la derecha del partido, ejercido por Kinnonck, estaba con los días contados y bastaba esperar por la reselección que la vez de ellos llegaría.

Como se ve, el entrismo permanente en un partido reformista o –como decía Lenin refiriéndose al LP– en un partido burgués obrero, solo podría resultar en una enorme ilusión parlamentaria. Incluso después de la experiencia frustrada en Liverpool, esa ilusión continuó. Para Grant, todos los partidos trotskistas que actuaban fuera del LP estaban alejados del movimiento de masas y eran sectas. Él escribiría que “la plaga de las pequeñas sectas, resultantes de rupturas de sectas mayores, como el IMG, el SWP y el WRP, se desarrolló como consecuencia de sus errores… Conforme el marxismo se torna una fuerza importante en la clase obrera y gana su apoyo, las sectas harán menos daños del que hicieron en el pasado”[9]. El problema de ese razonamiento es que el único marxismo, para Ted Grant, es el suyo propio, y la única política marxista es el entrismo permanente en partidos reformistas y nacionalistas burgueses.

La ruptura de The Militant

The Militant sufrió una ruptura importante en 1992, que tuvo como resultado la expulsión de Ted Grant de la organización. Él no estuvo de acuerdo con la decisión de terminar el entrismo en el Labour Party, pero fue seguido por una pequeña minoría en nivel nacional, aun cuando haya llevado a la mayoría de los militantes en países como España o Pakistán.

La ruptura fue precedida por uno de los más rápidos crecimientos de un partido de tradición trotskista en la historia, durante la campaña contra el Poll Tax, que llevó el partido a tener entre siete y ocho mil militantes según sus dirigentes, y, con una política correcta, podría haber avanzado más.

Margaret Thatcher resolvió implementar un Community Charge (impuesto sobre la comunidad), conocido como Poll Tax, que establecía un valor igual para cada adulto del país. Evidentemente, ese impuesto pesaba más sobre las familias más numerosas y más pobres. El impuesto comenzaría a ser cobrado en Escocia y, después de un año, sería implantado en el resto del Reino Unido.

The Militant lanzó una campaña de desobediencia civil, que tuvo una adhesión de masas. El día de la introducción del Poll Tax en Inglaterra y en el País de Gales, 31 de marzo de 1990, la Federación Nacional Contra el Poll Tax, dirigida por The Militant, organizó un acto en Londres, del cual participaron 250.000 personas, y otro en Glasgow, con 50.000[10]. Hacia finales de 1990, cerca de 18 millones de personas boicoteaban el impuesto, que finalmente fue cancelado debido a la reacción del movimiento de masas.

Sin embargo, The Militant, preso en su propia armadilla de asociar la crisis del capitalismo con la “transformación” de los partidos reformistas, no percibió que la lucha contra el Poll Tax estaba sobrepasando los muros de la legalidad burguesa y amenazaba los diez años de represión al movimiento de masas bajo el comando de Thatcher. Así, jugaron todas sus fichas exclusivamente en la lucha por el fin del impuesto, sin ofrecer una perspectiva estratégica de continuidad de la lucha contra el sistema capitalista, y no solo contra uno de sus males.

El acto de Londres fue un marco de esa armadilla de mantenimiento de la legalidad, que ponía en juego su permanencia en el LP. The Militant preveía la presencia de 20.000 personas en el acto de Londres en sus documentos internos[11], pero había centenas de grupos independientes organizados por la juventud pobre de los barrios de periferia que fueron al acto, conformando un frente único contra el Poll Tax que pasaba por fuera del control de The Militant. Esos grupos enfrentaron la represión policial, que intentaba mantener a 250.000 personas en una plaza –Trafalgar Square– donde solo cabían 60.000. La resistencia transformó el acto en una rebelión, conocida como la Batalla de Trafalgar, que resultó en más de 500 presos y un número no calculado de heridos, entre ellos 77 policías.

Lea también  Los trabajadores podemos gobernar

La respuesta de The Militant no podía haber sido peor. Desde el micrófono, Tommy Sheridam, el principal dirigente de la campaña en Escocia, atacaba a los activistas que luchaban contra la policía y la tropa de choque, reclamando que era un acto pacífico. El día siguiente, Steve Nally, secretario de la Federación Nacional Contra el Poll Tax, afirmó en un programa de televisión que “haría una investigación y daría los nombres” de los supuestos agitadores. Ambos eran miembros de la dirección de The Militant.

Cuando un partido pone su legalidad por encima de la lucha de clases, llegando al punto de atacar y amenazar denunciar a los activistas que luchaban contra la policía –en actitud de autodefensa– porque había hecho un acuerdo previo con las autoridades para realizar un acto pacífico, solo una conclusión es posible. Los años de militancia en el Labour Party, y la elección de parlamentarios y de consejeros en Liverpool, hicieron de The Militant una organización defensora y adaptada al régimen democrático burgués.

Luego de la Batalla de Trafalgar, The Militant, ya en crisis, perdió su papel de dirección de la campaña y esta quedó fragmentada, resultando en el reflujo del movimiento.

Rob Sewell, un ardoroso defensor de Ted Grant y actual dirigente de la TMI, hizo un balance de la ruptura de The Militant[12], en el cual afirma que la campaña contra el Poll Tax fue una gran victoria, pero “había serios problemas comenzando a desarrollarse en la tendencia. Nuestro trabajo en la campaña contra el Poll Tax ponía una enorme presión sobre los camaradas, principalmente en las regionales, y la carga, que aumentaba, caía sobre cada vez menos hombros. Nosotros estábamos comenzando a ser víctimas de las limitaciones de la política de ‘eje único’ y el trabajo estaba cada vez más desequilibrado. Esto tuvo consecuencias muy negativas”.

Esto es, The Militant caía víctima de una política economicista, cuyo eje único era la lucha contra el Poll Tax. Para Sewell, “era necesario explicar a los camaradas las limitaciones de la campaña y la necesidad de una perspectiva planificada de cómo la Tendencia se desarrollaría, no solo hoy, sino también mañana y después de mañana”.

Sn embargo, Sewell falla completamente al buscar las causas de ese problema. Su única respuesta fue la necesidad de educación teórica de los nuevos cuadros dirigentes. Pero la educación teórica no puede ser abstracta, principalmente en medio de la tromba de una campaña que arrastraba el partido y exigía respuestas políticas y programáticas para enfrentar los nuevos desafíos.

En lugar de intentar entender los errores políticos eventualmente cometidos por su partido y las limitaciones impuestas por su estrategia de entrismo, para entonces desarrollar un programa que superase los errores y limitaciones, Sewell prefirió acusar a algunos militantes de caer en una embriaguez por el éxito alcanzado: “El problema fue que nuestras victorias en la campaña contra el Poll Tax subieron a las cabezas de algunos camaradas. Para usar una frase de Stalin, ellos quedaron ‘tontos con el éxito’”.

El principal blanco de sus críticas fue Peter Taaffe, el secretario general de la organización y actualmente el principal dirigente del Socialist Party (sección del CIO en Inglaterra). Para Sewell, “quedó obcecado con su propia importancia. Él hasta reveló privadamente que ¡el destino de la revolución británica estaba enteramente sobre sus hombros!”. Frases de este tipo son desarrolladas en varios párrafos, para explicar que la crisis de The Militant sería resultado de una disputa por el poder y no de las enormes presiones sufridas –y de las respuestas políticas equivocadas contra esa presión– por estar haciendo entrismo en un partido reformista, capitulando a su dirección, en un momento en que ella y la gran mayoría de su banca parlamentaria eran contrarias a la campaña contra el Poll Tax.

Sin embargo, el propio Rob Sewell admite que la única estrategia de su sector era mantenerse en el LP, al afirmar:

“Esto alineó de forma creciente a otros sectores de la izquierda y trabajadores comunes fieles al LP. Esto no era preocupante para el grupo alrededor de Peter Taaffe. Ellos creían seriamente que nosotros podríamos de alguna forma ignorar el Labour Party. Que nosotros podríamos hacer todo eso por cuenta propia”[13].

Ante un proceso intenso de movilizaciones que podría llevar a la caída de Thatcher por el movimiento de masas y abrir el camino a una situación revolucionaria en el país, la política de los precursores de la TMI era de no enfrentar a la dirección del LP, mientras esta trabajaba para derrotar la campaña. El gobierno conservador tuvo que ceder, pero nueve meses después la situación fue canalizada para la vía electoral con la renuncia de Thatcher, presionada por su propio partido, en un proceso que fue al final controlado por la burguesía, con la colaboración plena del LP.

La TMI

El fin de The Militant fue provocado por la derrota de su política frente a las oportunidades abiertas por el movimiento de masas en la campaña del Poll Tax. Al negar sus errores y explicar todo como una disputa personal por el poder en el partido, que sin duda existió, los dirigentes de la minoría[14] basaron su nueva organización internacional, la Tendencia Marxista Internacional, con las mismas concepciones y, por lo tanto, con los mismos errores que llevaron a la destrucción de The Militant.

No obstante, la mayoría de The Militant decidió salir del Labour Party por cuestiones tácticas, sin cambiar su estrategia política. La sección brasileña del CIO, la LSR, por ejemplo, está en el PSOL desde hace varios años. En Inglaterra, el Socialist Party (Partido Socialista), aunque fuera del Labour Party, afirma que el “camino para el socialismo está abierto con la elección del reformista Jeremy Corbyn para la dirección del LP. Su estrategia es apoyar los candidatos del LP en las próximas elecciones generales, en 2020, o en elecciones anticipadas, para que Jeremy Corbyn se torne primer ministro. Un futuro artículo sobre la trayectoria del CIO será publicado en el especial de conmemoración de los 80 años de la IV Internacional.

El programa de la TMI[15], escrito por Ted Grant en 2004, se propone la siguiente pregunta: “¿Cómo entonces la Internacional será construida?”.

“Nosotros dijimos muchas veces que en Gran Bretaña el movimiento solamente será construido con base en la realidad. Esto se explica con por los menos la misma fuerza para la cuestión de la Internacional”.

Y continúa explicando, en detalle, como es de su naturaleza, el futuro de la construcción de la Internacional. Tomemos un párrafo de su largo texto:

“Bajo los martillazos de la realidad, el desarrollo de agrupamientos centristas de masas en los partidos socialdemócratas y estalinistas es inevitable. Rupturas de masas de esas corrientes estarán a la orden del día en las próximas dos décadas. De forma similar, en los Estados Unidos y en otros países industriales del occidente. El desarrollo de los agrupamientos centristas de masas con muchos trabajadores buscando por una dirección revolucionaria será un medio favorable o una estufa para la recepción de ideas marxistas. Nosotros precisamos intentar y alcanzar estas personas internacionalmente con las ideas y métodos de Trotsky”[16].

El inicio de este texto afirma que muchos caracterizaban a Ted Grant como objetivista. El párrafo arriba muestra por qué. Es una repetición de sus ideas sobre el desarrollo del Labour Party, bajo los martillazos de la realidad, ahora elevadas en escala internacional.

La realidad va a encargarse de todo, incluso de la construcción del partido revolucionario. Sus martillazos van a generar las masas “desarrolladas dentro de esas organizaciones”, que acudirán al partido revolucionario para oír sus ideas marxistas. La tarea del partido revolucionario es “adobar” estas masas, como en una estufa, esperando que ellas crezcan.

Pero, para cuidar de la estufa, según Grant es preciso estar dentro de las organizaciones estalinistas y socialdemócratas, desarrollando buenas relaciones con estos traidores abyectos y comportándose lealmente frente a todas las traiciones que esos partidos cometen, para no correr el riesgo de ser expulsados.

Es verdad que en situaciones revolucionarias siempre hay un desprendimiento de masas de sus direcciones tradicionales, pues sin eso ninguna revolución sería posible. También es verdad que es preciso aprovechar las oportunidades que los martillazos de la realidad nos ofrecen. La cuestión, no obstante, es con qué política nos aproximamos de las masas, pues sin la denuncia permanente –combinada con exigencias– de las direcciones reformistas es imposible construir el partido revolucionario. En general, apenas una minoría de las masas está organizada en los partidos reformistas. Ellas siguen su política por la influencia que estas organizaciones adquirieron, y votan en esos partidos, pero en general están fuera de ellos. Están en sindicatos, en asociaciones de barrios, en ocupaciones de tierras y de casas, etc. Es una obligación del partido revolucionario militar en esas organizaciones de masas, para estar junto a ellas y disputarlas permanentemente presentando nuestra política revolucionaria contra la política de los dirigentes traidores. Pero no se puede confundir esas organizaciones sindicales y democráticas de frente único, donde actúan diferentes corrientes políticas, con los partidos reformistas, controlados con mano de hierro por la burocracia sindical o por la banca parlamentaria y, en el caso de partidos nacionalistas de masas, por la burguesía. Es un crimen político no estar en las organizaciones de masas de frente único, pero es una cuestión táctica, y siempre de corta duración, como nos enseñaron Lenin y Trotsky, entrar en partidos reformistas para ganar una parte de su vanguardia más activa.

Pero cualquier táctica de entrismo solo puede ser victoriosa a partir de la existencia de un partido revolucionario consolidado, incluso que pequeño, con total independencia y conspirativo. El entrismo es una conspiración de los revolucionarios contra la dirección de los partidos reformistas., visando sacar de ellos su sector más avanzado, y destruirlos. No es un acuerdo de caballeros de convivencia pacífica en el interior del partido reformista.

La TMI hace lo contrario de esto. Y, para justificar su posición, afirma[17] que Lenin aconsejó a los comunistas ingleses entrar en el Labour Party. Lo que no se dice es que aquel consejo era para un corto período, durante las elecciones generales en Inglaterra, en 1920. Y, encima de todo, que había una condición de principio de la cual Lenin no abría mano: “El Partido Comunista solo puede afiliarse al LP bajo la condición de mantener toda su libertad de criticar aquel partido y de conducir su propia propaganda”[18].

En cuanto a esto, Lenin es enfático:

“Se debe tener en cuenta que el LP inglés está en una posición especial: es un tipo de partido bien original o, por lo menos, no es un partido en el sentido común del término. Está compuesto por los miembros de todos los sindicatos, con cuatro millones de afiliados, y permite una libertad relativa a todos los partidos políticos afiliados. Incluye, entonces, la inmensa mayoría de los trabajadores ingleses que siguen la dirección de los peores elementos burgueses, los social-traidores, que son aún peores que Scheidemann, Noske y gente de ese tipo. Al mismo tiempo, no obstante, el LP permite que el Partido Socialista británico se quede en sus filas, tenga sus propios periódicos, en los cuales miembros del propio LP pueden libremente y abiertamente declarar que los dirigentes del partido son social-traidores”[19].

Pero la TMI recordó solo el consejo de entrar en el LP, y de forma permanente…

La confrontación de la TMI con la realidad

En el párrafo citado más arriba, Ted Grant afirma que “rupturas de masas de esas corrientes [estalinistas y socialdemócratas] estarán a la orden del día en las próximas dos décadas. Acontecimientos en Rusia pueden transformar la situación internacionalmente”.

A pesar de que la fecha de publicación del texto en internet es de 2004, queda claro que fue escrito –al menos esta parte– antes de los grandes acontecimientos sintetizados por la caída del Muro de Berlín en 1989. Esto es, antes de los procesos revolucionarios que se dieron luego de la restauración capitalista de la ex URSS y el Este europeo, que culminaron con la caída de los gobiernos de los partidos comunistas que estuvieron al frente de estas restauraciones y con el fin del estalinismo como aparato contrarrevolucionario mundial centralizado por el Kremlin.

Los acontecimientos en Rusia realmente transformaron la situación internacionalmente. Ocurrió una ruptura espectacular de las masas con el aparato estalinista. Los partidos comunistas europeos fueron prácticamente barridos del mapa político. Algunos dejaron de existir, como el PC italiano, el mayor partido comunista de la Europa occidental.

Sin embargo, no se desarrollaron “agrupamientos centristas de masas” a partir de la destrucción de los partidos comunistas. Las masas obreras lucharon como nunca, pero la crisis de dirección revolucionaria cobró su precio. Fueron luchas descoordinadas, sin una dirección que pudiese centralizar los millones de trabajadores que rompían políticamente con el estalinismo. La falta de una Internacional, de la IV Internacional reconstruida como continuidad de la III Internacional, fue fatal desde el punto de vista de la reorganización revolucionaria de las masas. Pero estas no tenían más un aparato mundial contrarrevolucionario que, en nombre de la convivencia pacífica con el imperialismo, traicionase y derrotase sus luchas.

Lea también  Nicaragua: “dar munición al enemigo”, una gran mentira

Al adoptar la estrategia de acompañar las direcciones reformistas, la TMI fue parte de aquellos que, aun cuando se reivindicasen trotskistas, contribuyeron (como el SU) para que no hubiese una IV Internacional ni partidos revolucionarios con una fuerza mayor para poder intervenir en esos procesos y aprovechar la colosal crisis del estalinismo y de la socialdemocracia.

La crisis económica mundial iniciada en 2008 mostró eso con claridad. Surgieron procesos revolucionarios en varias partes del mundo, además de movilizaciones de masas contra la guerra social promovida por el capitalismo contra la clase trabajadora. En este proceso, las masas europeas también se desprendieron de las organizaciones socialdemócratas, pero no en la forma de agrupaciones centristas de masas oriundas de la transformación de las viejas organizaciones reformistas.

Existen hoy más y mejores condiciones de construir el partido mundial de la revolución. Pero no dentro de las organizaciones tradicionales, que son cáscaras vacías de contenido. Tampoco dentro de los partidos neorreformistas, que surgieron en el vacío dejado por el fin del poderío electoral de la socialdemocracia. El neorreformismo no surgió como corriente centrista de trabajadores salidos de los aparatos reformistas, sino como nuevos aparatos electorales reformistas, sin base obrera, defensores del capitalismo y de la Unión Europea, que rápidamente pierden el prestigio adquirido frente a las masas por sus traiciones descaradas cuando son electos. El ejemplo más acabado es Syriza, pero todo el “Partido de la Izquierda Europea”, esa reunión de pequeños aparatos neorreformistas europeos, sigue por el mismo camino. Basta ver lo que hace el Bloque de Izquierda en Portugal, con su apoyo al gobierno de la “Geringonça” que, según una diputada del Bloque, es geringonça, pero funciona…

A pesar de no haber surgido corrientes centristas de masas trabajadoras en ninguno de estos procesos recientes, los partidos de la TMI mantienen, no obstante, la misma política de entrismo permanente en las organizaciones reformistas esperando por los martillazos de la realidad. Cabe recordar, una vez más, que el entrismo, como táctica de corta duración, continúa enteramente válido, pero con la condición imprescindible de que existan sectores centristas girando a la izquierda en las organizaciones reformistas.

Las secciones de la TMI

Una breve pesquisa en la internet[20] revela este hecho. Entre las treinta y cuatro organizaciones declaradas como secciones de la TMI, veinte hacen entrismo en algún partido de masas. Entre estos, llaman la atención en América Latina el MAS boliviano, el FMLN de El Salvador, el PSUV venezolano. En el Brasil, su pequeña sección se quedó por años en el PT y recientemente pasó a formar parte del PSOL, un partido electoral neorreformista.

Es decir, en América Latina la TMI estaba, en el caso del Brasil, y continúa, como en los otros casos, militando en partidos actualmente en el poder. El MAS, de Evo Morales, en Bolivia; el FMLN, con Salvador Sánchez Cerén, en El Salvador; el PSUV, con Maduro, en Venezuela. Todos ellos aplican los planes neoliberales y las políticas antiobreras recetadas por el imperialismo a través de sus agencias, como el Banco Mundial, el FMI, la ONU, para hacer que los trabajadores paguen por la crisis económica que atraviesa el mundo. Y la TMI se comporta como un aliado fiel, dando consejos sobre cómo estos gobiernos burgueses podrían adoptar políticas “socialistas”, como es el caso de Venezuela. O sea, repite la política traidora de Millerand en la Francia de 1899, de los socialdemócratas desde la Primera Guerra Mundial, y de los estalinistas pos 1935 con la orientación de Frente Popular.

El entrismo en partidos nacionalistas o populistas burgueses se torna, en algunos países, una política delirante. En el Canadá, la sección de la TMI hace entrismo en el New Democratic Party (Nuevo Partido Democrático), un partido proimperialista que ya apoyó al primer ministro Pierre Trudeau (padre del actual primer ministro). En Pakistán, militaba en el Partido Popular del Pakistán (PPP), comandado por la familia Bhutto, hasta que perdió la mayoría de su sección en 2015. Pero en Pakistán esa política tuvo consecuencias prácticas mucho más graves.

En 2007, en Pakistán, la TMI no apoyó la lucha por el derrocamiento de la dictadura de Pervez Musharraf, que había dado un golpe en 1999, y pretendía continuar en el poder contando con la anuencia de la Suprema Corte. El 9 de marzo de 2007, Musharraf destituyó al Jefe de Justicia Muhammad Chaudhry, bajo la alegación de corrupción, para garantizar su continuidad. Eso llevó a un movimiento de abogados, que lanzaron una campaña llamada Activismo Judicial, por la mantención del Jefe de Justicia. Pero el movimiento luego sobrepasó el objetivo inicial y enormes manifestaciones contra el dictador se extendieron por el país.

No obstante, la TMI, a través de Alan Woods, argumentó que el movimiento estaba sin dirección, pues los abogados eran parte de la clase media, y criticó a los partidos de oposición burguesa por afirmar que, si el dictador no renunciase, sería derrocado del poder. Según Woods, estas eran apenas palabras al viento y el movimiento acabaría en un callejón sin salida.

Al criticar la dirección de la campaña sin ver la dinámica que el movimiento estaba adquiriendo, Woods capituló completamente a esta dirección y en lugar de presentar un programa dirigido a los trabajadores para superarla y poner el movimiento bajo la dirección de la clase, defendió generalidades como la necesidad del socialismo y de la nacionalización de la industria sin ligarlas a la situación concreta. Para la TMI, el movimiento de los abogados, sin los trabajadores, estaba destinado al fracaso, pero no hizo nada para llevar adelante aquel movimiento muy progresista de derrocamiento de la dictadura a la victoria. Por el contrario, su política apuntaba hacia la derrota.

La sección pakistaní de la TMI, que hacía entrismo desde varios años en el PPP, decía que el desenlace del movimiento podría ser la victoria electoral de aquel partido burgués y caracterizaba eso como positivo, pues profundizaría la crisis y llevaría a la revolución. Para la TMI, la canalización de un movimiento por la caída de la dictadura para la vía muerta de la democracia burguesa era una gran victoria. La adaptación a la democracia burguesa no se restringía a Inglaterra, ya se había extendido a todas las secciones de aquella corriente. En febrero de 2008, ocurrieron las elecciones generales que resultaron, de hecho, en la victoria del PPP, solo para que este se tornase el nuevo verdugo del pueblo pakistaní.

El abandono de la defensa de la dictadura del proletariado

El caso de entrismo en el PSUV de Venezuela es emblemático, pues la TMI, a través de Alan Woods –hoy su principal dirigente– alcanzó un papel político importante de “consejero informal” de Chávez y es una de las mayores defensores del “socialismo del siglo 21”. En su último documento mundial[21] la TMI afirma que no puede “apoyar las políticas del gobierno [Maduro], que llevan directamente al desastre y a la derrota de la revolución bolivariana”. Esta declaración contra la política de Maduro se da en el marco de mantener el régimen bolivariano inaugurado por Chávez, esto es, mantener un régimen burgués. Además, aun cuando diga no concordar con la política desarrollada por Maduro, apoyó la represión al pueblo venezolano bajo el pretexto de lucha contra la oposición burguesa. Tanto es así que, en seguida, juega sus esperanzas en Eduardo Saman, “un ex ministro que se mostró un gran defensor del control obrero y oponente del gran capital y de las multinacionales”.

En pocas líneas, Woods comete un enorme número de errores graves. Incluso en los tiempos del “gobierno revolucionario” de Chávez nunca hubo control obrero, sino sí control de la burocracia sindical chavista sobre los obreros que, de alguna forma, resistían las imposiciones del gobierno. Por ejemplo, hace varios años que no hay elecciones sindicales en el sindicato de los trabajadores de la PDVSA, la estatal de petróleo de Venezuela, pues la burocracia chavista corre el riesgo de perder. Lo mismo ocurre en la empresa metalúrgica estatizada Sidor. Además, no hay control obrero sin la autoorganización de los obreros en sus consejos, construidos por ellos mismos, y no otorgados por el ministro de un Estado capitalista.

Por fin, es necesario cuestionar lo que la TMI entiende por revolución, cuando habla de la revolución bolivariana. En un largo artículo[22], Alan Woods afirma que: “una transformación pacífica de la sociedad sería enteramente posible si los dirigentes reformistas y sindicales usasen el poder colosal en sus manos para cambiar la sociedad… Nosotros nunca negamos la posibilidad de violencia y guerra civil [en] ciertas condiciones… Nosotros dejamos bien claro que somos favorables a una transformación pacífica de la sociedad, que estamos prontos para luchar por tal transformación, pero, al mismo tiempo, nosotros avisamos que la clase dominante luchará para defender su poder y privilegios”.

Convengamos que esta es una forma bastante ambigua de defender la necesidad de una revolución socialista, o una transformación de la sociedad, como dicen. En primer lugar, porque el reformismo y la burocracia sindical nunca van a usar el poder que tienen en las manos para dirigir una revolución. Lo contrario es verdadero: van a usar ese poder para desviar –o destruir, si es necesario, como en la revolución alemana de 1918– cualquier acción revolucionaria de la clase obrera y sus aliados[23]. El “reformismo del siglo 21” es, como fue en el siglo pasado, contrarrevolucionario. Crear ilusiones en reformistas y en la burocracia sindical usando un “si” no es una actitud marxista. En segundo lugar, si la burguesía “luchará” –una manera muy suave de designar la guerra civil que la burguesía es capaz de hacer– por su poder, ¿por qué colocar esta cuestión de una forma condicional?

Alan Woods cita a Marx, Engels, Lenin, Trotsky para defender su tesis de revolución pacífica. Lenin planteó la posibilidad, por un cortísimo período, entre febrero y julio de 1917, de la transferencia del poder del gobierno provisorio a los soviets. Pero se trataba exactamente de eso: transferencia del poder, no de la revolución socialista.

La discusión no es sobre esas posibilidades tácticas que la lucha de clase ofreció y siempre va a ofrecer a los revolucionarios, sino sobre el abordaje teórico del problema. Así, los mismos que Woods clama para defenderse siempre analizaron teóricamente la revolución como un episodio violento, pues ninguna clase social abandona su poder sin una resistencia feroz. Y, en todas las revoluciones reales que acontecieron –no las imaginadas por la TMI– la violencia siempre estuvo presente, tanto del lado revolucionario como del contrarrevolucionario. Como decía Engels:

“Esos caballeros, ¿ya vieron una revolución en su vida? Una revolución es ciertamente la cosa más autoritaria que existe; es el acto por el cual una parte de la población impone su voluntad sobre la otra parte por medio de rifles, bayonetas y cañones –medios autoritarios, como ningún otro; y si el lado victorioso no quisiera haber luchado en vano, precisa mantener esta regla por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios”[24].

Volviendo a Venezuela, podemos entender que, cuando Woods afirma que “… Chávez, de manera confusa, buscaba y era empujado en dirección a un cambio revolucionario”[25] se está refiriendo a la transformación pacífica de la sociedad en dirección al socialismo. ¿Cómo se daría eso?

Sin embargo, es necesario profundizar un poco más este razonamiento de transformación pacífica de la sociedad, por lo menos para entender de qué se trata este tipo de transformación. En su texto “¿Adónde va al revolución venezolana?”[26], Woods afirma que es necesario nacionalizar las grandes empresas, los bancos y los latifundios para profundizar la revolución, e iguala las nacionalizaciones con la “democracia del pueblo trabajador, basada en la propiedad colectiva de la tierra, de los bancos y de la industria”.

Esto es, la transferencia de la propiedad burguesa para las manos del Estado burgués (las nacionalizaciones) es identificada, desde el punto de vista económico, con un sistema socialista (propiedad colectiva de los medios de producción). Esta interpretación es corroborada por el historiados Robert J. Alexander, cuando comenta sobre The Militant, Según él, “ellos confían en que, una vez que todos los medios de producción y distribución sean nacionalizados, no habría más riesgo de que partidos como los Tories [el Partido Conservador de Inglaterra] sean capaces de convencer a los trabajadores de que el capitalismo debería ser restablecido”[27].

Si el capitalismo no puede ser restablecido por causa de la nacionalización de los medios de producción y distribución, entonces Gran Bretaña, por caso, ya estaría en un sistema socialista, ¡pero en un Estado capitalista!

Solo hay una conclusión posible. Es posible llegar al socialismo por la vía pacífica a través de la nacionalización de los medios de producción y de distribución, sin que sea necesaria una revolución social que expropie a la burguesía y sin destruir el Estado capitalista. Todo eso de manera democrática y, quien sabe, a través de elecciones, como en Gran Bretaña, cuando el Labour Party sea “transformado” y su ala izquierda esté en el comando. Para la TMI, esta hora ya tiene fecha marcada. Al final, la “revolución de Jeremy Corbyn”, el actual líder del LP que es tenido como socialista, está a todo vapor y en 2020 habrá elecciones generales en el país…

Lea también  Inmigración: el nuevo (sucio) juego de la política

En un país como Venezuela, que tenía a su frente a un socialista confuso, pero revolucionario, bastaba darle buenos consejos sobre la nacionalización de la industria, de los bancos y de la tierra para profundizar la revolución y, así, llegar al socialismo. Maduro destruyó esta utopía, pero es posible volver a los orígenes del chavismo apoyando a Eduardo Saman.

Como vemos, este es un abandono total de la teoría marxista del Estado, aunque la TMI nunca admita ese abandono. No obstante, es franca en relación con cambiar la teoría.

En el texto “El papel del Estado y la Socialdemocracia”, escrito para el prefacio de una edición de El Estado y la Revolución de Lenin, Alan Woods afirma que:

“Al describir el Estado transicional entre capitalismo y socialismo, Marx habló de la ‘dictadura del proletariado’. Este término lleva a una gran confusión. Hoy en día, la palabra dictadura tiene una connotación desconocida para Marx… Para Marx, la palabra dictadura vino de la república romana, donde significaba una situación que, en tiempo de guerra, las reglas normales eran dejadas de lado por un período temporario. La idea de una dictadura totalitaria como la de Stalin en Rusia, donde el Estado oprimía a la clase obrera para defender los intereses de una casta privilegiada de burócratas, habría horrorizado a Marx. En realidad, la ‘dictadura del proletariado’ de Marx es meramente otro término para el dominio político de la clase obrera o una democracia obrera”[28].

Alan Woods precisa realizar un juego de palabras para renegar, de forma elegante, de la dictadura del proletariado. Es evidente que Marx no podría imaginar que un Estado obrero (una dictadura del proletariado), como Rusia bajo el comando de Stalin, podría degenerar al punto de transformarse en una Estado totalitario, y que se habría opuesto a tal monstruosidad. Pero, no era a eso que Marx, cuando analizó la Comuna de París, o Engels, en varios de sus escritos, y Lenin en El Estado y la Revolución se referían. Ellos defendían el establecimiento de una dictadura del proletariado en los moldes de la Comuna de París (Lenin hablaba de un Estado-Comuna) contra la dictadura de la burguesía, cuya connotación Marx conocía muy bien. El problema de Alan Woods es que la dictadura del proletariado solo puede ser instalada después de la destrucción del Estado burgués a través de una revolución violenta[29].

Y defendían la democracia obrera, pero sin ninguna democracia para la burguesía. La dictadura del proletariado es un Estado mil veces más democrático que la más democrática de las democracia electorales burguesas, porque es la democracia de la enorme mayoría de la población trabajadora contra la enorme minoría de la ex clase dominante. Parafraseando a Marx, solo come quien trabaja. La dictadura del proletariado es una fuerza armada de la mayoría de la población trabajadora para destruir la reacción burguesa. Pero dictadura del proletariado y democracia obrera no son sinónimos, como Alan Woods no quiere hacer creer.

Si Marx, Engels y Lenin no vivieron el período de la degeneración del Estado obrero por la burocracia estalinista, Trotsky sí lo vivió. Pero la conclusión a la que llegó es la opuesta a la de la TMI. Él no arrojó el bebé junto con el agua sucia del baño. Trotsky defendió hasta su muerte –violenta– la dictadura del proletariado, incluso viendo a toda su familia y compañeros de la Oposición de Izquierda asesinados por los agentes de Stalin. Trotsky, como también Marx o Engels, no quedaron horrorizados con la violencia. Contra el Estado obrero degenerado, él defendía una revolución política para derribar su superestructura burocrática y sustituirla por una superestructura basada en los soviets regenerados luego de la expulsión de la burocracia.

Conclusión

El abandono de la defensa de la dictadura del proletariado tiene una importancia concreta para los partidos marxistas revolucionarios. No se trata de una discusión académica, sino de la propia naturaleza de tales organizaciones.

La primera lección del materialismo histórico es que los martillazos de la realidad –para usar una expresión de Ted Grant– transforman la conciencia, y no lo contrario. La segunda es que esas transformaciones ocurren a través del tiempo, esto es, son una función de la actividad concreta del partido, o del individuo, en la lucha de clases.

Y, como esas transformaciones son objetivas, es decir, independientes de la voluntad del sujeto involucrado, no importa el grado de conocimiento marxista que ese sujeto, individual o colectivo, tenga. Eso no quiere decir que el conocimiento marxista sea inútil en el enfrentamiento con la realidad. Por el contrario, es fundamental para su transformación. Sin embargo, no es el conocimiento en sí que la transforma, sino sí su aplicación práctica a través de la clase social objetivamente revolucionaria, el proletariado, y de su sector conscientemente revolucionario, el partido marxista.

Es la práctica política de adaptación a los aparatos reformistas y a la democracia burguesa que lleva a la TMI al abandono de la defensa de la dictadura del proletariado. El conocimiento, ahora dudosamente marxista, solo sirve para justificar este abandono.

Tomemos como ejemplo el Secretariado Unificado de la IV Internacional (SU), que siempre fue blanco de una crítica avasalladora por parte de Ted Grant.

Tanto el SU como la TMI tienen como concepción de construcción partidaria el entrismo sui generis pablista. El SU con su entrismo profundo en los partidos estalinistas europeos. La TMI con el entrismo permanente en partidos reformistas de masas, como el Labour Party inglés. Seamos justos, la TMI fue mucho más coherente en el pasar de los años, mientras el SU vivió en zigzags, presionado por el impresionismo pequeñoburgués de Mandel.

Hacia finales de la década del ’70 el SU comenzó su adaptación a la democracia burguesa, al capitular al eurocomunismo[30], es decir, a los partidos estalinistas europeos ya completamente integrados a los procesos electorales y con bancas enormes en los parlamentos europeos. Sin embargo, aún defendía la dictadura del proletariado, aunque con una visión “pacifista”, viendo solo las virtudes de la democracia obrera y olvidándose de la necesidad de implantar “el terror que las armas inspiran en los reaccionarios”.

Luego del fin del estalinismo como aparato mundial de la contrarrevolución, simbolizado por la caída del Muro de Berlín, el SU comienza a dedicarse a construir partidos anticapitalistas, esta reunión de revolucionarios y reformistas “honestos”. Comienzan a militar y a disolverse en esos partidos, como el NPA francés, el Bloque de Izquierda de Portugal, o Podemos de España, o el Die Link alemán. En Grecia, aunque su sección se negase a entrar en Syriza, la dirección del SU apoyó el DEA, que hacía entrismo en Syriza.

En 2006, su principal dirigente, Daniel Bensaïd, escribió:

“La cuestión del gobierno de los trabajadores inevitablemente nos trajo de vuelta la cuestión de la dictadura del proletariado. Una conferencia de la LCR decidió por una mayoría de más de dos tercios remover la mención a la dictadura del proletariado de sus estatutos. Eso fue correcto. Hoy, el término dictadura recuerda mucho más las dictaduras militares o burocráticas del siglo XX que la venerable institución romana de poderes temporarios de emergencia debidamente mandatada por el Senado. Como Marx vio la Comuna de París como ‘la forma política finalmente descubierta’ de la dictadura del proletariado, seríamos mejor comprendidos si invocásemos la Comuna, los Soviets, consejos de autogestión, en lugar de agarrarnos a un fetiche verbal que la historia tornó una fuente de confusión”[31].

La semejanza con la justificativa de Alan Woods es total. Bensaïd también recurre a un juego de palabras para deshacerse de la dictadura del proletariado. No se trata de la forma con que vamos a denominarla en nuestros textos. Podemos utilizar los términos gobierno de los Soviets, gobierno de los trabajadores, consejos populares en nuestros textos públicos, pero para explicar el contenido del concepto dictadura del proletariado, no para removerlo de nuestros estatutos y programas.

Como vemos, la trayectoria del SU de adaptación a la democracia burguesa llevó a la construcción de partidos neorreformistas y al abandono de la dictadura del proletariado. Las secciones de la TMI militan en esos mismos partidos. En el Podemos, en el Die Linke, en Syriza (hasta la traición de Tsipras, y con la ruptura de la sección), en La France Insoumise, de Mélenchon, donde también milita un sector del SU que rompió con el NPA, etc.

Por lo tanto, no es sorpresa que estas dos corrientes, con concepciones políticas tan diferentes, pero con prácticas tan parecidas, abandonen la defensa de la dictadura del proletariado, y, como dijimos al inicio, eso tiene consecuencias concretas. Tal como el SU, la TMI es hoy una corriente totalmente adaptada a la democracia burguesa y de prácticas reformistas.

Como decía Trotsky, “al abandonar la idea de una dictadura del proletariado, Kautsky transforma la cuestión de la conquista del poder por el proletariado en una cuestión de ganar la mayoría de votos por el partido socialdemócrata en una de las campañas electorales del futuro”[32]. Es exactamente esta la concepción de conquista del poder de la TMI actualmente, como pudimos ver en el caso de Gran Bretaña, con Corbyn, y de Venezuela, con Chávez.

La LIT-CI, por el contrario, continúa creyendo que “el hombre que repudia la dictadura del proletariado repudia la revolución socialista, y cava la sepultura del socialismo”[33].

Notas:

[1] Según Bill Hunter, en Lifelong Apprenticeship, él fue expulsado por su núcleo por inactividad. La dirección nacional del RCP revocó la expulsión, pero él nunca volvería al partido.

[2] Ver José Welmowicki, “La lucha por la reconstrucción de la IV Internacional y el papel del SU – Parte I”, disponible en: https://litci.org/es/menu/especial/80-anos-de-la-cuarta/la-lucha-la-reconstruccion-la-iv-internacional-papel-del-parte-i/

[3] Bill Hunter, Lifelong Apprenticeship, Porcupine Press, p. 322.

[4] Ídem, p. 321.

[5] Ocurrió una ruptura en la RSL en este período, que sería la predecesora del IMG, sección del SU en Inglaterra.

[6] Robert J. Alexander, International Trotskysm, 1929-1985, Duke University Press, p. 489.

[7] Según Jon Nordheimer, periodista del New York Times, el consejero municipal es similar a un concejal, pero, las ciudades donde no existe la figura del alcalde (la mayoría de las ciudades menores), el Consejo Municipal asume las funciones ejecutivas. Era el caso de Liverpool en la época.

[8] Bill Hunter, 1985: The Chickens Came Home to Roost, The Workers Press, 6 de setiembre de 1986, p. 5.

[9] Conforme John Callaghan, British Trotskyism; Theory and Practice, Basil Blackwell, London, 1984, page 185

[10] Rob Sewell, How The militant Was Built – And How It Was Destroyed, acceso 27/06/2018.

[11] Entrevista con Martin Ralph.

[12] Rob Sewell, How The militant Was Built – And How It Was Destroyed, acceso 27/06/2018. Todas las citaciones relativas al balance de Militant hecho por Rob Sewell pertenecen a este documento.

[13] Ídem.

[14] Entre ellos estaban Ted Grant, Alan Woods y Rob Sewell.

[15] Ted Grant, Program of the International, acceso 28/06/2018.

[16] Ídem.

[17] A Brief History of the International Marxist Tendency, acceso 28/06/2018.

[18] Lenin, Discurso en el II Congreso de la III Internacional, 1920, en Lenin and Britain, p. 70.

[19] Ídem, p. 74.

[20] Wikipedia, International Marxist Tendency, acceso 29/06/2018.

[21] World Perspectives: 2018 – A Year of Capitalist Crisis, acceso 30/06/2018.

[22] Alan Woods, Marxism and the State, acceso 30/06/2018.

[23] Aquí no tomamos en cuenta la posibilidad excepcional levantada por Trotsky en el Programa de Transición, pues no es de eso que el texto de Alan Woods trata.

[24] Engels, On Authority, acceso 02/07/2018.

[25] World Perspectives: 2018 – A Year of Capitalist Crisis, acceso 30/06/2018.

[26] Alan Woods, Where Is the Venezuelan Revolution Going?, acceso 30/06/2018.

[27] Robert J. Alexander, International Trotskyism, 1929-1985, Duke University Press, p. 491.

[28] Alan Woods, The Role of The State and Social Democracy, accesado el 30/06/2018.

[29] Para los marxistas, el concepto de revolución violenta significa la toma revolucionaria del poder contra el poder de la clase dominante explotadora por el uso de la fuerza y contra su voluntad, incluso enfrentándola en una guerra civil, si fuera necesario. La TMI pinta la violencia como una caricature de “sangre chorreando” y de “guerra civil” para justificar su capitulación.

[30] Ver José Welmowicki, “La lucha por la reconstrucción de la IV Internacional y el papel del SU [Parte 2]”, disponible en: https://litci.org/es/menu/especial/80-anos-de-la-cuarta/la-lucha-la-reconstruccion-la-iv-internacional-papel-del-parte-ii/

[31] Daniel Bensaïd, On the return of the politic-strategic question, acceso 30/06/2018.

[32] Trotsky, Terrorism and Communism, capítulo 2.

[33] Ídem.

Traducción: Natalia Estrada.