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Cuando la LIT-CI comenzó su proceso de reconstrucción en 1995, lo hizo retomando la estrategia planteada en su fundación: la reconstrucción de la IV Internacional. En ese momento, al igual que en el Congreso de Fundación de 1982, dijimos que era una tarea que nos proponíamos realizar no solo con los “trotskistas” ni tampoco con todos los que se autodefinían seguidores de Trotsky. Esa definición, que hoy mantenemos, está íntimamente relacionada al objetivo que se dio Trotsky con la fundación de la IV, así como a la actual situación del denominado “movimiento trotskista”.

Por: Alicia Sagra

La construcción de la IV no fue una decisión improvisada

Trotsky pasó 10 años desarrollando un fuerte combate por la recuperación del partido bolchevique y la Tercera Internacional del proceso degenerativo encabezado por Stalin. Esa batalla la dio dentro de la URSS, y fuera de ella después de su expulsión del país.

El creciente avance del proceso de degeneración burocrática se asentaba sobre bases objetivas: el alejamiento de la clase obrera de las funciones de poder, producto del agotamiento de la guerra civil y la desmoralización por la derrota de la revolución alemana de 1923; el exterminio de gran parte de la vanguardia en la guerra civil; el atraso ruso, que no pudo ser compensado al no darse el esperado triunfo de la revolución alemana; la muerte de Lenin, el dirigente indiscutido.

Eso hizo que a pesar de ser el único dirigente que tenía una popularidad dentro del partido que se acercaba a la de Lenin y a pesar de ser reconocido como el gran artífice político-militar del triunfo en la guerra civil, Trotsky saliese derrotado de esa batalla.

Él fue ganando para sus posiciones a grandes dirigentes del partido[1]. Como dice el trotskista estadounidense David Frankel “si el factor principal en la contienda hubiese sido la habilidad política y los éxitos alcanzados por la gente que componía las dos fracciones, los oposicionistas hubiesen ganado fácilmente”.[2]

Pero el peso se definió por el peso del aparato. A medida que se acercaba la fecha del XIII congreso del partido, ese peso se hacía sentir. Se hacían listas de los oradores que hablaban en nombre de la oposición y eran amenazados con la pérdida del trabajo o el traslado a regiones muy alejadas.

A pesar de eso, en las conferencias distritales de Moscú, la Oposición de Izquierda, encabezada por Trotsky, tuvo 36% de los delegados. Pero, el aparato se hizo sentir con fuerza en las regiones más alejadas. El resultado fue que, en el momento del Congreso, en enero de 1924, la oposición solo tuvo 3 delegados sobre 218.

La derrota fue contundente y dio origen a profundos cambios en el régimen. S.I. Gusiev, nuevo miembro de la Comisión de Control, explica esos cambios: “La autoridad se adquiere no solo por el trabajo sino por el miedo. Y ahora la Comisión de Control y la Inspección de Obreros y Campesinos han tenido éxito en imponer el miedo. En este aspecto su autoridad está creciendo.”

A partir de esa derrota, Trotsky apuesta a que un triunfo de la revolución mundial permita cambiar esa realidad. Y se dio la grandiosa segunda revolución china de 1925. Pero esta, producto de la desastrosa política de capitulación a la burguesía, impulsada por Stalin desde la Tercera Internacional, terminó en un terrible aplastamiento en 1927.

Una de sus consecuencias fue el fortalecimiento de la burocracia soviética y el inicio de las persecuciones físicas. Trotsky no solo es expulsado de todos sus cargos en el Estado y en el partido sino que, además, es desterrado. Pero no abandona la batalla, ahora centralmente por la recuperación de la Tercera, a partir de la Oposición de Izquierda Internacional.

Más tarde, por mediación de la Kruspkaia (la compañera de Lenin) se incorporan a esa batalla Zinoviev y Kamenev, los dos viejos bolcheviques que hasta ese momento habían gobernado junto a Stalin. Pero, después de la derrota de la revolución china, la situación objetiva no ayuda a los revolucionarios. Y Trotsky da por perdida definitivamente la batalla cuando en 1933 la Tercera Internacional apoya la política del partido alemán que había llevado al triunfo de Hitler y a la peor de las derrotas de la clase obrera alemana.

A partir de ese momento, el gran objetivo de su vida pasa a ser la construcción de la IV Internacional, para así preservar los principios y el programa leninistas; para poder tener una Internacional basada en el modelo de la Tercera –la Internacional Comunista dirigida por Lenin– para responder al próximo ascenso revolucionario encabezando la lucha por la revolución socialista mundial.

La batalla por la construcción de la IV Internacional

Fue una lucha muy difícil. El primer problema lo tuvo Trotsky con sus amigos, sus seguidores políticos. La gran mayoría opinaba que no era el momento adecuado, que la situación objetiva era muy mala, que lo que predominaba eran las derrotas: el fascismo en Italia, el nazismo en Alemania, el terror estalinista imponiéndose en la URSS. Por eso, a pesar de que en 1933 Trotsky llega a la conclusión de que hay que construir la Cuarta, ella solo se funda en 1938.

Hay una gran cantidad de cartas en las que Trotsky responde a estos sectores, y en el Programa de Transición sintetiza esas respuestas: “Los escépticos preguntan: pero, ¿ha llegado el momento de crear una nueva internacional? Es imposible, dicen, crear una Internacional ‘artificialmente’, ‘solo grandes acontecimientos pueden hacerla surgir’ etc. (…) La Cuarta Internacional ya surgió de grandes acontecimientos: las mayores derrotas del proletariado en la historia.

“La causa de esas derrotas está en la degeneración y la traición de la antigua dirección. La lucha de clases no admite interrupción. Para la revolución, la Tercera Internacional, después de la Segunda, ha muerto. ¡Viva la IV Internacional!
“Pero, ¿ha llegado el momento de proclamar su creación? –Los escépticos no se callan–. La IV Internacional, respondemos, no necesita ‘proclamarse’, ella existe y lucha. ¿Qué es débil? Sí, sus filas no son numerosas porque todavía es joven. Por ahora hay principalmente cuadros. Pero estos cuadros son prenda del futuro.
“Fuera de esos cuadros, no hay en el planeta una sola corriente revolucionaria digna de ese nombre. Si nuestra Internacional es débil numéricamente, es fuerte por su doctrina, su programa, su tradición, el temple incomparable de sus cuadros”.

Trotsky no hacía el llamado para construir una nueva Internacional solo a sus seguidores. Llamaba a los que rompían por la izquierda con Stalin y también a los que rompían con la Socialdemocracia, como fue el caso de Pivert, el dirigente francés, el SAP de Alemania (Partido de los Trabajadores Socialistas), el OSP (Partido Socialista Independiente de Holanda), el RSP (Partido Socialista Revolucionario de Holanda).

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Sin embargo, su propuesta no era juntar automáticamente a los opositores; el llamado se hacía en torno a un programa. En 1933 escribe: “Es evidente que no se puede pensar en construir una nueva Internacional en base a organizaciones que parten de principios profundamente distintos y a veces opuestos. La Oposición de Izquierda llevó a la Conferencia su propio programa con el objetivo de ayudar a la separación principista de los reformistas y los centristas, y nuclear a las organizaciones revolucionarias”.[3]

Pero el combate no era solo de ideas. Sobre las ideas actuaban el terror fascista y estalinista y las políticas reaccionarias de la Tercera dirigida por Stalin.

Así, en medio de esa batalla se perdió mucha gente. Muchos murieron en los campos de concentración de la URSS. Otros, como Zinoviev, Kamenev, Rakovski, no aguantaron la presión, capitularon, y terminaron fusilados en los siniestros procesos de Moscú. Los más cercanos a Trotsky fueron secuestrados y asesinados por los esbirros de Stalin en el exterior. Y se perdieron políticamente los que fueron ganados por la política de Frente Popular como medio de enfrentar al fascismo: Pivert, los dirigentes del SAP, Víctor Serge, Nin…

Todo eso llevó a que la IV fuese fundada solo por los “trotskistas” y en condiciones de extrema fragilidad. Tal es así que al Congreso de Fundación, realizado el 3 de setiembre de 1938, Trotsky no pudo asistir porque peligraba su vida, y se tuvieron que improvisar los estatutos porque el encargado de prepararlos (Rudolph Klement) había sido secuestrado días antes.

De cualquier forma, el hecho fue considerado como “un gran logro” por Trotsky, quien el 30 de agosto de 1938 escribía: “La tendencia irreconciliablemente revolucionaria, sujeta a persecuciones que ninguna otra tendencia política en la historia del mundo ha sufrido en forma parecida, ha dado de nuevo una prueba de su poder.

Sobreponiéndose a todos los obstáculos que tuvo por los golpes de sus poderosos enemigos, convocó a su Conferencia Internacional. Este hecho constituye una evidencia irrefutable de la profunda viabilidad y de la firme perseverancia de la internacional bolchevique leninista”.[4]

Qué gran diferencia entre esta forma de reaccionar de Trotsky frente a una situación objetiva extremadamente negativa con la de esos “trotskistas” de hoy, quienes en nombre de un imaginario “cambio de época” o de una pretendida “onda reaccionaria” abandonan la construcción del partido revolucionario internacional y se lanzan a construir partidos comunes con los reformistas.

La continuidad de la Tercera

La Tercera Internacional fue, junto al partido bolchevique, la mayor conquista organizativa del proletariado mundial. Y no se puede explicar su existencia sin analizar la dialéctica de triunfos y derrotas, ya que fue gestada a partir de la gran traición de la socialdemocracia en 1914, y del mayor de los logros: la revolución rusa de octubre de 1917.

Tampoco le resultó fácil a Lenin concretar su fundación. Desde 1915 insistía en la necesidad de la nueva Internacional, pero, al igual que Trotsky con la Cuarta, enfrentó mucha resistencia.

La traición de los dirigentes de la Segunda Internacional al votar los créditos de guerra fue monumental, provocó la muerte de la Segunda como Internacional revolucionaria, y planteó la necesidad de la Tercera, como insistía Lenin.

Pero la masa obrera no fue consciente de esta traición y siguió, en los diferentes países, a su vieja dirección. De los dirigentes, solo una minoría heterogénea se manifiestó en contra de la política asumida.

Dentro de esa minoría, el sector mayoritario consideraba que no se podía abandonar la “vieja casa”, que había que esperar y recuperarla cuando cambiara la situación. Muchos, sobre todo en los partidos más grandes, tenían miedo de quedar aislados si rompían con la II Internacional.

Por otro lado estaban los claramente revolucionarios, entre los que se destacaban en Rusia, Lenin y Trotsky; en Alemania, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht; en Rumania, Kristian Rakovski; en Gran Bretaña, el escocés John Maclean.

Trotsky hace una muy buena pintura de la disposición de este sector:

“Si la guerra escapa al control de la Segunda Internacional, sus consecuencias inmediatas se saldrán del control de la burguesía del mundo entero. Nosotros los revolucionarios socialistas, no quisimos la guerra. Pero no le tememos. No nos hemos entregado a la desesperación por el hecho de que la guerra rompió la Internacional. La historia ya se ha encargado de ello. La época revolucionaria creará nuevas formas de organización surgidas de los recursos inagotables del socialismo proletario, nuevas formas que estarán a la altura de la grandeza de las nuevas tareas. Nos dedicaremos a este trabajo de inmediato, entre el rugir de las ametralladoras, el derrumbe de las catedrales, y el patriótico aullido de los chacales capitalistas”.1

Todos ellos estaban absolutamente convencidos de la bancarrota de la Segunda Internacional y de la necesidad de reemplazarla por otra que cumpliese con la tarea de dirigir la revolución mundial. Pero, a partir de ahí aparecían las diferencias.

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Lenin, el 1 de noviembre de 1914 escribe: “La Segunda Internacional está muerta, vencida por el oportunismo. Abajo el oportunismo y viva la Tercera Internacional, desembarazada de los renegados y del oportunismo”.

 Pero es consciente de las dificultades. En Socialismo y Guerra, explica que, para construir una Internacional es necesario que haya partidos que quieran hacerlo. Si la situación avanza en ese sentido, los bolcheviques tomarán su lugar en esa tarea. Si la maduración es más lenta, continuarán en la vieja Internacional hasta que en diversos países se creen las bases para una nueva organización obrera internacional marxista revolucionaria. Es en el recién formado grupo Espartaco en quien centralmente piensa.

Rosa Luxemburgo, principal dirigente de ese grupo, tiene grandes diferencias con Lenin. Para ella, lo central no pasa por pensar en nuevos programas ni en una nueva Internacional construida por “docenas de personas”, sino por “acciones de millones de hombres”. Nada de “derrotismo revolucionario, como propone Lenin”, sino lucha contra la guerra. Ahí se desarrollará, en la acción, la “voluntad consciente de las masas”.[5]

Fue necesario el triunfo de la revolución de Octubre para que en 1919 se pudiese concretar la Fundación de la Terrera Internacional, la Internacional Comunista. El primer gran partido revolucionario mundial. Y su propia fundación fue difícil. Se dio en plena guerra civil. Muchos de los delegados no consiguieron llegar. Por fuera del partido ruso y el alemán, la representatividad del resto era muy pequeña. Y la delegación alemana, influenciada por la posición de su gran dirigente recientemente asesinada, no votó a favor de la fundación de la nueva internacional sino que se abstuvo.

Desde su nacimiento, nada fue simple para esta grandiosa criatura, que muere antes de llegar a la madurez. Tuvo vida muy corta. Fue disuelta por Stalin en 1943, aunque como organización revolucionaria solo se manifiesta plenamente hasta 1922. Pero nos dejó, con sus cuatro primeros congresos, una armazón programática, principista y metodológica que conserva toda su actualidad.

En cuanto al proceso que llevó a la degeneración del Estado soviético y a la destrucción del partido bolchevique y de la Tercera Internacional, Trotsky lo explicaba de la siguiente manera:

“Recordemos el pronóstico que habían hecho los bolcheviques no solamente en vísperas de la Revolución de Octubre sino también un buen número de años antes. La agrupación fundamental de las fuerzas, a escala nacional e internacional, abre, por primera vez, para el proletariado de un país tan atrasado como Rusia, la posibilidad de llegar a la conquista del poder.
“Pero ese mismo agrupamiento de fuerzas permite asegurar de antemano, que sin la victoria más o menos rápida del proletariado de los países adelantados el Estado obrero no podrá mantenerse en Rusia. El régimen soviético, abandonado a sus propias fuerzas, caerá o degenerará. Más exactamente: primero degenerará y luego caerá rápidamente. He tenido oportunidad de escribir sobre esto más de una vez desde 1905”.[6]

Y a los que sostenían que el estalinismo era la continuidad del leninismo les respondía diciendo: “La exterminación de toda la vieja generación bolchevique, de una gran parte de la generación intermedia que había participado en la guerra civil, y también de una parte de la juventud que había tomado más en serio las tradiciones bolcheviques, demuestra la incompatibilidad no solamente política si no también directamente física, entre el bolchevismo y el estalinismo. ¿Cómo es posible que no se vea esto?”

Consecuente con eso, él siempre vio la Cuarta como la continuidad de la Tercera dirigida por Lenin. No casualmente, en la carta de saludo al Congreso de Fundación, habla de “la internacional bolchevique leninista” y, en agosto de 1933, afirma con total claridad:

“No puede haber política revolucionaria sin teoría revolucionaria. Aquí es donde tenemos menos necesidad de partir de cero. Nos basamos en Marx y Engels. Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista nos legaron una herencia programática invalorable: el carácter de la era moderna como época del imperialismo, es decir, de decadencia del capitalismo; el reformismo moderno y los métodos de lucha contra el mismo, la relación entre la democracia y la dictadura proletaria, el papel del partido en la revolución proletaria; la relación entre el proletariado y la pequeña burguesía, especialmente el campesinado (cuestión agraria); el problema de las nacionalidades y la lucha de los pueblos coloniales por la liberación; el trabajo en los sindicatos; la política del frente único; la relación con el parlamentarismo. Los cuatro primeros congresos sometieron todas estas cuestiones a un análisis principista que todavía no ha sido superado. Una de las tareas primarias, más urgentes, de las organizaciones que levantan la bandera de la regeneración del movimiento revolucionario consiste en separar las decisiones de los cuatro primeros congresos, ponerlas en orden y dedicarles una discusión seria a la luz de las tareas futuras del proletariado”.[7]

A partir de ese estudio y a la luz de las tareas futuras surge el Programa de Transición, el programa de la Cuarta, que incorpora la nueva gran tarea, la de Revolución Política contra la burocracia soviética, y define que la crisis de la humanidad es la crisis de su dirección revolucionaria y, por lo tanto, la necesidad de avanzar en la superación de la misma.

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Y esa continuidad no es solo con relación a las definiciones programáticas sino también en relación al régimen de la Tercera, tal como categóricamente se afirma en el Programa de Transición:

“Sin democracia interna no hay educación revolucionaria. Sin disciplina no hay acción revolucionaria. La estructura interna de la Cuarta Internacional se basa en los principios del centralismo democrático: plena libertad de discusión, unidad completa en la acción”.[8]

Pasaron 80 años…

En estos años se obtuvieron grandes triunfos: se derrotó el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, se expropió el capitalismo en China, Cuba, el Este europeo, se derrotó el imperialismo yanqui en Vietnam… Pero esos triunfos fueron tácticos, porque no se consiguió superar la gran derrota estratégica: la pérdida de la dirección revolucionaria. La Tercera fue destruida por Stalin, y la Cuarta no cumplió con las expectativas de Trotsky de ganar peso de masas en el ascenso de posguerra. Por el contrario, extremadamente fragilizada después del asesinato de su gran dirigente, no consiguió superar la difícil situación de la Segunda Guerra Mundial, no logró funcionar como una verdadera Internacional centralizada, y acabó dispersándose.

Mientras el estalinismo, que salió fortalecido de la Segunda Guerra, se convirtió en el gran obstáculo para el desarrollo de la revolución mundial y, finalmente, acabó restaurando el capitalismo en todo el mundo.

No hay dudas de que la historia le dio la razón al pronóstico alternativo de Trotsky. La burocracia estalinista no fue derrotada y acabó restaurando el capitalismo, mostrando la falsedad de la teoría del “socialismo en un solo país”.

Pero pagó caro esa gran traición: los procesos revolucionarios del Este europeo y la URSS, liquidando el aparato estalinista central. Hoy, ese gran obstáculo ya no existe.

La clase obrera y las masas del mundo enfrentan los ataques del capital con un heroísmo a toda prueba. Sin embargo, como decía Trotsky en 1938, la crisis de la humanidad continúa siendo la crisis de dirección revolucionaria. Por lo tanto, la tarea de reconstruir esa dirección revolucionaria es más urgente que nunca.

Al igual que cuando en su fundación, consideramos que la reconstrucción de la Cuarta no es una tarea solo de los trotskistas. Al mismo tiempo, decimos que no llamamos a todos los que se autodefinen como trotskistas, para realizar esa tarea.

Como decía Trotsky, no se puede construir una Internacional con quienes defienden principios opuestos. Y, para nosotros, la reconstrucción de la Cuarta solo tiene sentido si se sigue el criterio de su fundador, es decir, en cuanto a continuidad programática, metodológica y moral de la Tercera Internacional dirigida por Lenin y Trotsky. Esa Tercera Internacional, la de los cuatro primeros congresos, es sinónimo de la lucha implacable por la independencia de clase, no solo para enfrentar y derrotar al imperialismo y las burguesías nacionales, sino también al gran enemigo interno de la clase obrera: el reformismo.

Y no tienen nada que ver con esos principios, programa, método y moral los “trotskistas” que, aunque se reclamen de la reconstrucción de la Cuarta, participan o apoyan a gobiernos y/o dirigentes de la burguesía y construyen partidos comunes con el reformismo.

Notas:

[1] Como Eugenie Preobrazhenski, el principal economista bolchevique, figura clave en la elaboración de la economía planificada. Bolchevique desde 1903, dirigió la lucha clandestina y, después, durante la revolución y la guerra civil en los Urales. Christian Rakovski encabezó el primer gobierno soviético en Ucrania. Embajador soviético en Francia e Inglaterra. Nikolai Muralov, bolchevique desde 1903, dirigió a los Guardias Rojos en el asalto al Kremlin en 0ctubre de 1917. Comandó del distrito militar de Moscú durante la guerra civil. Miembro de la Comisión de Control del partido. Lev Sosnovski, uno de los más destacados periodistas bolcheviques y jefe del departamento de agitación y propaganda. Yuri Piatakov, Lenin dice de él, en su testamento, que era uno de los más destacado líderes de la joven generación.

[2] FRANKEL, David. “Historia de la Oposición de Izquierda”.

[3] Trotsky, León. Escritos, tomo V, volumen 1. Se refiere a la política con que fueron a la Conferencia de Organizaciones Socialistas y Comunistas, realizada en Francia.

[4] Un gran logro, título de la carta de saludo al Congreso de Fundación. Publicada en New International, octubre de 1938.

[5] Citado Por Pierre Broué en Historia del Partido Bolchevique.

[6] Trotsky, León. Bolchevismo y estalinismo.

[7] Trotsky, León. Escritos, tomo 3.

[8] Programa de Transición, “¡Bajo la bandera de la Cuarta Internacional!”.