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La Revolución Rusa fue un impacto mundial. Por primera vez en la historia la clase obrera era capaz de tomar el poder y comenzar a transformar radicalmente la sociedad para acabar con la explotación y la opresión. Cientos de organizaciones en todo el mundo miraban aquel ejemplo con simpatía. Valga como ejemplo que incluso la CNT española aprobó en su Congreso de diciembre de 1919 “unirse incondicionalmente a la Revolución Rusa, apoyándola por tanto medios morales y materiales como estén a su alcance”.

Por Juan P.

En ese contexto, el impulso de los bolcheviques hace nacer en un Congreso celebrado en marzo de 1919 con la presencia de delegaciones de 30 países la III Internacional. Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, celebrados en años consecutivos, establecieron los principios fundamentales de lo que aspiraba a ser el Partido Mundial de la Revolución Socialista. Sin embargo, la degeneración de la URSS destruyó la III Internacional convirtiéndola en un mero apéndice de la política exterior de Stalin.

Stalin abandonó la perspectiva de la Revolución Internacional y mediante la teoría “del socialismo en un solo país” firmó la paz con el capitalismo, comprometiéndose no sólo a no impulsar nuevas revoluciones, sino a combatir con ferocidad las que ocurrieran. Un buen ejemplo es la Revolución Española de 1936, donde al PCE no le tembló el pulso para asesinar a cientos de revolucionarios/as, como Andreu Nin. La Komintern fue purgada para que fuera controlada férreamente por adeptos estalinistas.

Trotsky encabezó la oposición a esa degeneración, primero tratando de recuperar la III Internacional. Pero pasados unos años, se hacía evidente que ya no quedaba nada de vida allí. La política de Stalin había permitido la victoria del fascismo (Hitler, Franco…) y los Partidos Comunistas del mundo habían digerido una de las grandes tragedias de la historia sin rechistar. En esas condiciones, los bolchevique-leninistas, a la postre conocidos como “trotskistas”, decidieron impulsar una nueva Internacional.

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El hilo rojo de la Revolución

Si la III Internacional nació de la mayor victoria (Revolución Rusa), la IV Internacional por el contrario nació de las mayores derrotas (degeneración de la Revolución Rusa – ascenso del fascismo). La IV Internacional fue marcada a fuego por esa situación, y un buen ejemplo fue su misma fundación. Se celebró clandestinamente en un único día de 1938 en una pequeña Conferencia de apenas 30 delegados, en la casa particular de Alfred Rosmer a las afueras de París. Trotsky ni siquiera pudo participar por razones de seguridad (Rudolf Klement, organizador de la Conferencia, acababa de ser asesinado).

En ese momento, apenas había 6.000 trotskistas repartidos en todo el mundo, que morían a puñados por igual en campos de concentración nazis y en gulags estalinistas. En ese momento, el mayor partido trotskista era el SWP estadounidense, que se había fundado gracias a… una increíble casualidad. ¡A James Cannon le llegó por error en pleno Congreso de la Komintern un documento de Trotsky!

A pesar de esa extrema debilidad, Trotsky siempre consideró la IV Internacional como la gran obra de su vida. Lo decía quien había sido el gran dirigente de la Revolución Rusa tras Lenin y el máximo dirigente del Ejército Rojo de obreros y campesinos que había sido capaz de derrotar la invasión de 14 ejércitos imperialistas. ¿Cómo podía ser?

Trotsky era consciente de que la Revolución Rusa hubiera triunfado en su ausencia, a condición de que Lenin permaneciera en pie. Pero en ese momento, la IV Internacional era la única que en los momentos más difíciles garantizaba la continuidad histórica del bolchevismo. Tras varios intentos, Stalin por fin consiguió asesinar al último de los dirigentes bolcheviques en 1940. Pero para entonces, la IV Internacional y el trotskismo ya eran una realidad.