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Una corriente revisionista asumió la dirección y fue el mayor obstáculo para la construcción de la IV

La IV Internacional, tiempo después de fundada tuvo que enfrentar presiones violentas contra su programa y su existencia. Aún en vida de Trotsky, la lucha contra los antidefensistas polarizó la ida de la Internacional. Mal había sido fundada y ya se daba una lucha contra el revisionismo, que amenazaba la existencia de la IV. Pero, terminada la polémica dentro del SWP con la victoria de la posición marxista, los problemas no terminaron. Enseguida después del fin de la Segunda Guerra, surgieron posiciones con consecuencias desastrosas para el desarrollo de la IV, que llevaron a su dispersión y aún hoy trabajan contra ella.

Por: José Welmowicki

Los nuevos procesos de la pos Segunda Guerra y la IV Internacional

La posguerra se abrió con victorias espectaculares del movimiento de masas mundial: por un lado, la derrota completa del nazi-fascismo, y con un ascenso obrero y popular, que solo no fue hasta la expropiación de la burguesía en países centrales como Francia e Italia debido a las traiciones de Stalin, que impuso a todos los PCs que pactasen con sus burguesías y les entregasen el poder. Esas traiciones impidieron la toma del poder que habría cambiado el mundo.

El imperialismo mantuvo el control de Europa occidental gracias a los pactos de Yalta y Potsdam, entre Stalin, Roosevelt y Churchill, pero nuevos Estados obreros burocráticos surgen en Europa oriental, y en 1949 en China y Corea, a pesar de la política traidora de los PCs. La disolución de la III Internacional había sido decretada por Stalin en 1943, dejando el movimiento obrero sin referencia internacional.

El asesinato de Trotsky en 1940 había descabezado a la recién fundada IV, poco antes del momento en que se abría una situación revolucionaria que dejaba atrás los 20 años de derrotas desde 1924, en que el ascenso del nazismo y del estalinismo imponían una situación de retroceso general. No había ningún dirigente que se aproximase siquiera a la experiencia de su fundador. Y al contrario del pronóstico de Trotsky, la IV no se había masificado. La joven dirección de la IV, después de tener una postura sectaria de no reconocer esa realidad de los nuevos Estados, hace un giro hacia el reconocimiento no solo de ese fenómeno sino para establecer una política que era completamente contradictoria con la propia razón de ser de la IV: enfrentar los aparatos burocráticos como está dicho en la introducción del Programa de Transición.

En ese periodo, la victoria sobre el nazi-fascismo llevó a un fortalecimiento del estalinismo. Debido al papel de las masas soviéticas en la resistencia al nazismo y del Ejército Rojo para derrotar a Hitler, el prestigio de los PCs creció enormemente, a pesar de que el estalinismo lo usó para traicionar la revolución obrera en Francia, Italia y Grecia.

El surgimiento del pablismo

El nombre pablismo viene del dirigente principal de esa corriente, el griego Michel Pablo. Esa dirección de la IV, débil y sin experiencia en la lucha de clases, fue incapaz de responder a la nueva situación, peor aún, cedió a la presión tremenda de la posguerra. Pasó a abandonar la principal base fundacional de la IV: combatir el estalinismo y avanzar en la construcción de la dirección revolucionaria nacional e internacional. En 1951, en el periodo de la “guerra fría”, todos los comentaristas internacionales afirmaban que era inevitable el choque armado entre Estados Unidos y la URSS. Pablo y Mandel, impresionados por los análisis de la prensa burguesa, llegaron a una conclusión funesta para la Internacional: para ellos, la Tercera Guerra Mundial era inevitable. Y sostenían que, ante el ataque imperialista, los partidos comunistas, en su afán de defender a la URSS, adoptarían métodos violentos para enfrentar a los Estados Unidos, y que eso los llevaría a luchar por el poder en diferentes partes del mundo. Lo mismo ocurriría con los movimientos nacionalistas burgueses en los países dependientes.

Basados en este análisis, Pablo y Mandel propusieron el “entrismo sui generis” en los partidos comunistas y nacionalistas burgueses, a los cuales había que acompañar sin críticas hasta después de la toma del poder. Veían un proceso revolucionario irreversible, encabezado por las direcciones burocráticas y pequeñoburguesas del movimiento de masas y no se proponían construir nuevas direcciones que derrotasen en el movimiento a las direcciones tradicionales, lo que es la verdadera razón de ser de la IV Internacional. Esa posición abandonaba la definición de la burocracia estalinista como contrarrevolucionaria, y abandonaba la lucha contra ella. Era una revisión completa de uno de los puntos esenciales del programa trotskista, que parte de la definición de que la humanidad está en crisis en función de la crisis de dirección del movimiento de masas. O sea, que el principal obstáculo para el avance de la humanidad al socialismo es que las masas están bajo la dirección de organizaciones contrarias a la revolución, como el estalinismo, la socialdemocracia, el nacionalismo burgués.

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Esas definiciones tendrían graves consecuencia para la IV Internacional en la revuelta de Berlín oriental y en la revolución boliviana.

Con esa caracterización, Pablo se opuso a exigir el retiro de los tanques rusos que enfrentaron el levantamiento de los trabajadores de Berlín en 1953, o sea, apoyó de hecho a la burocracia soviética.

Sin embargo, la consecuencia más trágica de esa política fue la traición a la revolución boliviana. En 1952, en Bolivia se da una típica revolución obrera. Los trabajadores organizan milicias, derrotan militarmente a la policía y al ejército, y surge la COB (Central Obrera Boliviana) como organismo de poder dual. Las minas son nacionalizadas y estalla la revolución campesina, que invade los latifundios y ocupa las tierras. Hasta 1954, la principal fuerza armada de Bolivia eran las milicias obreras dirigidas por la COB.

Desde la década del ’40 la organización trotskista boliviana (POR) venía ganando enorme influencia en el movimiento obrero. Tenía en sus filas a importantes dirigentes mineros, fabriles y campesinos. Su principal dirigente, Guillermo Lora, fue el redactor de las Tesis de Pulacayo, una adaptación del Programa de Transición a la realidad boliviana, adoptadas por la Federación de Mineros. Lora fue electo senador por un frente dirigido por la Federación de Mineros en las elecciones de 1946. En la revolución del ’52, el POR codirigió las milicias y fue cofundador de la COB. Tenía peso de masas en Bolivia.

Lamentablemente, el POR, siguiendo la orientación del Secretariado Internacional de la IV, encabezado por Pablo, no levantó la política de que la COB tomase el poder. Al contrario, dio su apoyo crítico al gobierno burgués del MNR (movimiento nacionalista burgués). Sin la orientación revolucionaria, el movimiento de masas fue siendo desarmado y desmovilizado, y la revolución fue desmontada en pocos años. Como consecuencia de esa traición a la revolución se dio un gran deterioro del trotskismo boliviano, que entró en un proceso de sucesivas divisiones.

Junto con esa política, la dirección internacional dirigida por Pablo, aplicó un método nefasto. Intervino en el partido francés, destituyó a su dirección –que no coincidía con su política–, e intentó formar una fracción secreta en el SWP norteamericano.

Repudiando la línea del “entrismo sui generis” y los métodos burocráticos y desleales de Pablo, la mayoría de los trotskistas franceses (dirigidos por Lambert) e ingleses (dirigidos por Healy), el SWP (EEUU) y los trotskistas sudamericanos (con excepción del POR boliviano y del grupo de Posadas en la Argentina), rompieron con el Secretariado Internacional (SI) dirigido por Pablo y crearon en 1953 el Comité Internacional (CI).

Siguieron años de dispersión, pues a pesar de que una minoría se quedó con Pablo y Mandel, la mayoría no se organizó en forma centralizada para dar respuesta, por responsabilidad del SWP particularmente, que no tomó como tarea central dedicarse a reorganizar y reconstruir la IV. Eso hizo que, de hecho, desde 1953 la crisis no haya sido superada, y por eso está planteada la tarea de reconstrucción de la IV Internacional.

La revolución cubana impulsa la reunificación: nace el SU

En 1959, un nuevo proceso revolucionario sacudía el mundo. La insurrección armada dirigida por el Movimiento 26 de Julio derroca la dictadura de Batista en Cuba; se abre un proceso que a pesar de su dirección pequeñoburguesa va a llevar a la expropiación de la burguesía. El reconocimiento y apoyo a la revolución cubana fue la base de la reunificación de la IV Internacional en 1963. Así nacía el SU (Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional), encabezado por Mandel y el SWP (Pablo había salido de la IV y se había hecho asesor del gobierno burgués de Ben Bella en Argelia). En el SU ingresaron todas las fuerzas trotskistas que caracterizaban a Cuba como un nuevo Estado obrero. Quedaron afuera los ingleses y los franceses que no reconocieron ese significado de la revolución cubana. Era un punto de avance para reagrupar a los grupos que se reivindicaban trotskistas y estaban dispersos. Pero esa unificación ya nació con graves problemas, como se expresó en el hecho de que no aceptaran cualquier balance de la división ni de los graves errores del periodo anterior del SI de Pablo y Mandel.

Eso fue aún más grave por el hecho de que esa reunificación tuvo una dirección encabezada por Mandel. Luego se vería que esa dirección, en lugar de reverla y superarla, era una continuidad de la metodología del seguidismo a las direcciones burocráticas del movimiento de masas. Esta dirección no hizo el balance de los graves errores del periodo anterior y continuó con la misma línea impresionista y capituló a cuanto fenómeno “progresivo” apareciese e impactase a la “vanguardia”. Eso comenzó a manifestarse enseguida con relación a la dirección cubana. Una vez más se confundía el movimiento de masas y las revoluciones con su dirección, vista como revolucionaria.

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Fue entonces la vez de capitular a la dirección castrista y a los movimientos guerrilleros, nuevamente con resultados desastrosos para el trotskismo, que alimentó ilusiones y después perdió preciosos militantes para el aventurerismo guerrillerista. Pero la lógica era la misma: frente a una dirección prestigiada como la cubana, el SU adhirió a la línea foquista, y proponía hacer “focos” guerrilleros en toda América Latina junto a los guevaristas, y si fuese necesario, solos. Eso llevó a sus grupos a meterse en aventuras desligadas del movimiento obrero y de masas, como el PRT-ERP argentino y el POR(C) de Bolivia, y de los que sobrevivieron muchos se alejaron del trotskismo o se relocalizaron como parte del aparato castrista.

La adaptación a las direcciones del movimiento de masas en la revolución portuguesa y en relación con el eurocomunismo

Una revolución destruyó el imperio portugués en 1974. Como expresión de la profunda crisis en la FFAA, obligadas a mantener la guerra en las colonias del África, el 25 de abril fue deflagrado por un levante de oficiales del ejército cansados de la guerra colonial sin fin y de la dictadura que los obligaba a luchar una guerra sin futuro. De ahí surgieron sectores rebeldes de la oficialidad, incluso de la alta, que formaron el MFA, y organizaron un levante que expulsó del poder al dictador Caetano. Pero la caída de la dictadura generó un proceso revolucionario obrero y popular muy profundo, que generó formas de poder dual. Era un proceso semejante al de la revolución rusa. Las sucesivas olas de luchas llevaron a gobiernos burgueses con cada vez más peso del MFA y del partido comunista y con un discurso radical. En ese proceso, el activismo y las tendencias maoísta y ultraizquierdistas apoyaban el Movimiento de las Fuerzas Armadas, una organización de la pequeña burguesía proimperialista pero que se decía de izquierda. El MFA era en realidad el pilar que sostenía el Estado burgués frente a la revolución. La organización que seguía a Mandel, la LCI, tomó las posiciones de los maoístas y ultraizquierdistas, apoyando incluso al MFA que gobernaba o cogobernaba el imperio portugués. Una vez más, capitulaban a las direcciones del movimiento de masas.

Más adelante, el seguidismo del SU tuvo otro bies, acompañando el llamado “Eurocomunismo”. Surgido en los partidos comunistas de Europa occidental, en especial el italiano y el español, en los años ’70 el eurocomunismo era la expresión, en los partidos comunistas occidentales, de su integración cada vez mayor en las instituciones de la democracia burguesa sea a nivel parlamentario, sea en la administración de municipios. De esa forma, pasaban a depender, incluso económicamente, de la burguesía de su país, lo que debilitaba su dependencia tradicional de la URSS. Eso era positivo solamente en el sentido de profundizar la crisis del estalinismo como aparato mundial. El hecho era que transformaban esos partidos comunistas “de sirvientes del Kremlin en sirvientes de su burguesía imperialista” (declaración de la Fracción Bolchevique, de 1979). Por esa razón, no podían originar ninguna tendencia progresiva ni mucho menos revolucionaria. Pero Mandel le atribuyó un carácter progresivo o casi progresivo.

En su proceso de adaptación a la democracia burguesa, el eurocomunismo renegó de la expresión “dictadura del proletariado”. Exaltaba la “democracia como valor universal” y, en realidad, defendía la democracia burguesa, la democracia imperialista, con argumentos semejantes a los de Kautsky contra los bolcheviques en 1918-1920.

Mandel salió en defensa de la expresión ‘dictadura del proletariado’ en un texto titulado “Democracia socialista y dictadura del proletariado”, más tarde aprobado por el congreso del SU, en el que alegando defenderla, cedía totalmente a las presiones de los eurocomunistas. Acababa por presentar un modelo de dictadura del proletariado que era una capitulación al eurocomunismo y a la socialdemocracia. Una vez más, se adaptaba al fenómeno político de la hora. Contra ese texto, Moreno escribió el texto “Dictadura revolucionaria del proletariado”.

Aquí cabe destacar que en ese momento el SU comenzaba a cambiar el bies de a quien capitulaba. Como se vería más tarde en forma plena y abierta, las presiones más sentidas comenzaban a ser las de la democracia burguesa europea.

Nicaragua: la adaptación de un salto y divide el SU

Un proceso revolucionario se abrió hacia finales de los años ’70 en Nicaragua y América Central. En Nicaragua, en 1979, el proceso de lucha se extendió por el interior del país y en las ciudades, la dictadura de Somoza acabó no consiguiendo resistir a la guerrilla sandinista, las Fuerzas Armadas fueron destruidas y el FSLN entró en Managua y tomó el poder. Pero, a pesar de tener el poder en las manos, los sandinistas formaron un gobierno de “unidad nacional” con la burguesía opositora, con Violeta Chamorro, Alfonso Robelo, entre otros. La corriente morenista, entonces organizada como Fracción Bolchevique (FB) en el interior del SU, organiza la Brigada Simón Bolívar para combatir en Nicaragua, llamada públicamente por el PST colombiano, y llega a tener más de mil inscriptos. Esa brigada se dirige a Nicaragua y tiene una participación en la lucha armada, y luego de la derrota de la dictadura se establece en la capital y pasa a defender la formación de sindicatos independientes. La FB hacía críticas a la participación de la burguesía en el gobierno. El SU apoyó ese gobierno, defendiéndolo como “gobierno obrero y campesino”. Ahí se da el hecho cualitativo: el FSLN detiene y expulsa a los integrantes de la Brigada Simón Bolívar, y los entrega a la policía panameña, que los tortura. El SU manda una delegación a Nicaragua, que apoya la decisión del gobierno y no defiende a los integrantes de la BSB. Una vez más era el apoyo a las direcciones pequeñoburguesas, calificándolas como revolucionarias, pero esta vez con dos agravantes, en el terreno de los principios y en el terreno moral: en Nicaragua ellos votan como resolución no construir una organización trotskista en el país y en Cuba y en El Salvador, pues según ellos ya existía una dirección revolucionaria, y en el terreno moral, porque se niegan a defender a los revolucionarios perseguidos y apoyan su expulsión. Hasta ese punto llevó su apoyo vergonzoso al FSLN.

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Además de esa falta de moral y de principios, entraban en contradicción con la propia tesis sobre “democracia socialista y dictadura del proletariado”. En poco menos de un año renegaban de sus tesis de la “democracia socialista” y apoyaban la decisión del FSLN de expulsar a los revolucionarios brigadistas por el simple hecho de querer intervenir con una política distinta en la revolución nicaragüense. En ese momento, la FB decide romper con el SU.

Había un trazo permanente en toda esa trayectoria de capitulación. Las Tesis de fundación de la LIT lo definieron bien: En el curso de esta larga marcha, cada gran acontecimiento de la lucha de clases (sobre todo cada gran triunfo revolucionario de dimensiones mundiales) causó en algún sector de nuestro movimiento una tendencia a la adaptación a la dirección burocrática o nacionalista de ese triunfo.

La lucha por la construcción de una dirección revolucionaria internacional implica la lucha por la destrucción de todas las direcciones burocráticas o nacionalistas que nos hacen competencia en el seno de las masas. El proceso de construcción de una dirección revolucionaria significa al mismo tiempo una ‘guerra implacable’ (como dice con justeza el Programa de Transición) contra toda corriente burocrática y/o pequeñoburguesa del movimiento de masas”.

El apoyo a Gorbachov

Entre las adaptaciones a la direcciones ya no de procesos revolucionarios sino de procesos reaccionarios, como la restauración en la Unión Soviética, se destacó la posición de Mandel y el SU sobre la perestroika y la glasnost de Gorbachov. Partiendo de un presupuesto de que la burocracia nunca podría restaurar el capitalismo, el SU embarcó en el apoyo al ala restauracionista, declarándola como progresiva, porque serían democratizantes. Una vez más apoyaban a sectores reaccionarios en nombre de ser una supuesta ala progresiva. Esta vez, llevaba a una adaptación a la nueva dirección del Kremlin que encabezó la restauración en el Este europeo utilizando la reacción democrática y atrayendo a la vieja izquierda de origen estalinista, que se reconvirtió en escala mundial.

De ahí en adelante y luego de la caída del muro de Berlín, la adaptación del SU aumentaría cada vez más y ya no más en relación con las direcciones de procesos revolucionarios sino siguiendo lo que pasaba en la izquierda; el centro fue la adaptación a los fenómenos electorales.

Traducción: Natalia Estrada.