Compartir

Los debates entre la LIT y la FT llevan ya tres décadas. Sin embargo, como señalamos en la Parte I de este artículo, esta organización, que antes nos criticaba desde la “izquierda” y la “ultraortodoxia trotskista”, en los últimos años pasó a hacerlo ubicada a nuestra “derecha”. Por eso, en esos debates, utiliza los mismos razonamientos y argumentos que antes atribuía al “trotskismo de Yalta y Potsdam” y a las organizaciones que tendrían ese origen.

Por: Alejandro Iturbe

El aspecto central de esos debates es que la FT (al igual que la mayoría de la izquierda mundial) considera que en el mundo, y especialmente en América, lo que domina lan dinámica política es la “onda reaccionaria”: que el imperialismo y la burguesía están desarrollando una gran ofensiva en todos los terrenos y que la clase trabajadora y las masas están totalmente a la defensiva. Pero aún, una parte habría sido ganada (por lo menos, en la coyuntura actual) para el apoyo a la derecha (“los pobres de derecha” como dicen otras organizaciones) mientras que la otra no consigue desarrollar luchas que cambien la dinámica general. En apoyo de esta caracterización se señalan, entre otros, el triunfo electoral de Mauricio Macri en Argentina y el de Donald Trump en Estados Unidos. Estos avances de partidos burgueses de derecha no solo expresan, según ellos, la “onda reaccionaria” sino que la consolidan y la profundizan.

En el caso del Brasil, la onda reaccionaria se habría manifestado en el impeachment de Dilma Rousseff (destitución a través de juicio político en el Parlamento) y su reemplazo por Michel Temer, proceso al que se calificó de “golpe de Estado”. Actualmente, varias organizaciones con las que el Movimiento Revolucionario de los Trabajadores – MRT (organización brasileña de la FT) trabaja hoy en común, como el PT y el PSOL, han “subido la apuesta” y hablan del “peligro del neofascismo”.

Este cuerpo de razonamiento tiene profundas consecuencias políticas. Por un lado, lleva a la conclusión de que el proceso muy progresivo de ruptura de los trabajadores y las masas con los gobiernos burgueses populistas y de frente popular que muestran su verdadero rostro es, por el contrario, negativo, ya que la conciencia de las masas (o de una parte de ellas) “giró a la derecha”. Por el otro, dado que la correlación de fuerzas con el enemigo es muy desfavorable, se imponen esencialmente tácticas unitarias. En el caso del Brasil: la “unidad de la izquierda”, primero para enfrentar el “golpe” y, ahora, para luchar contra el “peligro neofascista”. Es decir, la “defensa de la democracia burguesa”. No es casual que el eje político de todo este sector sea actualmente la campaña por “Lula Libre”.

La FT nos dirá que caricaturizamos sus análisis y posiciones políticas, y que hacemos una amalgama con las de otras organizaciones. Es cierto que, en sus últimos análisis, han matizado la definición de la “onda reaccionaria” y que realizan críticas al PT y al PSOL, y hacen debates con ellos. Pero, en esencia, mantienen los mismos análisis y la misma política. Por ejemplo, en una publicación reciente expresan: La prisión del ex presidente brasileño Lula da Silva es un nuevo capítulo del golpe que comenzó con la destitución parlamentaria de Dilma Rousseff”, y anuncian que “El PTS en el Frente de Izquierda, junto al PO, realizó el 13 de abril un acto en la embajada de Brasil contra el golpe y la proscripción de Lula, aunque somos opositores al PT” [1].

No vamos a reiterar aquí los análisis por los que la LIT-CI y el PSTU (B) se opusieron a la caracterización de “golpe” y por los que no participamos ni apoyamos la campaña por la libertad de Lula. Pueden verse en numerosos artículos referidos a este tema específico ya publicados en nuestras páginas [2]. Por esa posición, se nos acusó de ser “funcionales a la derecha” o de coincidir con ella: “… grupos de izquierda como el PSTU, que apoyó el golpe institucional y ahora sigue siendo parte de la base de apoyo por la prisión de Lula” [3].

¿Hay una “onda reaccionaria”?

El trasfondo de este debate es la caracterización (a la que nos oponemos) de la existencia de una “onda reaccionaria” internacional. Para sostener esta definición, la mayoría de la izquierda mundial considera dos aspectos: el primero, que ya hemos mencionado, es que hay más gobiernos burgueses de derecha; el segundo es el ataque que estos gobiernos realizan contra el nivel de vida los trabajadores y las masas, acompañados por ataques a las libertades democráticas, represión a las luchas, persecución a los activistas, etc.

Al debatir si hay “onda reaccionaria” o no, lo que estamos debatiendo es lo que los marxistas llamamos “correlación de fuerzas” que resulta, en un período determinado, de la lucha entre las clases [burguesía y proletariado]. Con este enfoque, el primer elemento, los triunfos electorales de la derecha o la destitución de Dilma Rousseff a través del Parlamento, son hechos superestructurales que no necesariamente tienen reflejo automático en la correlación de fuerzas, porque esta depende de la lucha de clases y de otros procesos profundos. Por ejemplo, la destitución de Dilma no se expresó en un fortalecimiento del régimen político burgués brasileño sino en su debilitamiento. Sobre lo que ocurrió después de los triunfos de Macri en Argentina y de Trump en Estados Unidos, hablaremos de modo específico.

Al mismo tiempo, esa definición de “onda reaccionaria”, tal como es utilizada, genera una gran confusión, porque atribuye esos ataques a los trabajadores y las masas solo a los gobiernos burgueses de derecha. El imperialismo, las burguesía nacionales y los gobiernos burgueses está efectivamente llevando adelante durísimos ataques contra los trabajadores y las masas. Pero no solo atacan los gobiernos burgueses de derecha, como los de Trump, Temer o Macri, sino que también lo hacen los gobiernos burgueses que se dicen de “izquierda” (incluso con mayor ferocidad), como el de Nicolás Maduro en Venezuela, o el de Alexis Tsipras en Grecia. No es, entonces, un problema de “derecha” o “izquierda”, sino que todas las expresiones políticas de la burguesía que están en los gobiernos los llevan adelante.

En este sentido, sí existe una verdadera “ofensiva reaccionaria” contra los trabajadores y las masas. Es una necesidad impostergable del capitalismo imperialista y de las burguesías nacionales, en su actual estadio de decadencia irreversible, agudizado por el contexto de la crisis económica internacional. En la medida en que no derrotemos definitivamente al capitalismo imperialista y a las burguesías nacionales, esta ofensiva no solo va a mantenerse sino que va a profundizarse, y el nivel de vida de los trabajadores y las masas se seguirá deteriorando de modo constante. Porque, incluso cuando con dura lucha se obtiene una conquista económica o se la defiende, al poco tiempo esta es atacada nuevamente. Esas son las bases objetivas de la necesidad de la lucha por la toma del poder y la revolución socialista, y la falsedad reaccionaria de la propuesta de “humanizar el capitalismo”.

Tomar como centro de la definición de la correlación de fuerzas entre las clases los ataques del imperialismo y las burguesías nacionales, y la obtención o pérdida de conquistas es totalmente equivocado. Desde ese punto de vista, nuestros enemigos siempre van a estar a la ofensiva y los trabajadores y las masas a la defensiva, por lo menos hasta que se plantee la toma del poder como tarea concreta.

Pero la correlación de fuerzas que va conformando la lucha de clases en un período determinado es similar a una pelea de boxeo: ambos contrincantes atacan con golpes y también se defienden de ellos. La pelea puede estar equilibrada; a veces, uno de los boxeadores da golpes y pasa a la ofensiva sin que haya todavía una definición clara; incluso un golpe muy fuerte puede generar el KO o marcar una dinámica muy clara a su favor.

La lucha de clases y la definición de una correlación de fuerzas es, en realidad, más compleja que una pelea de boxeo por los múltiples factores objetivos y subjetivos que se combinan. En esas luchas, ¿los trabajadores y las masas ganan confianza y avanzan hacia enfrentamientos más fuertes, y en su organización y conciencia?, ¿cómo incide el tema de la dirección de esas luchas?, ¿surgen alternativas a las burocracias y a los reformistas? ¿La burguesía está unificada o dividida?, ¿cómo está su régimen político?

Porque los ataques a la clase trabajadora y a las masas, en muchos casos, actúan como el combustible que alimenta las luchas y, esas luchas, en muchos casos, provocan crisis en la burguesía, y su debilitamiento. En estos casos, hablar de “onda reaccionaria” en la correlación de fuerzas es no solo un grave error de caracterización sino que lleva a políticas totalmente equivocadas. En otros casos, por supuesto, esas luchas (y la clase trabajadora en su conjunto) pueden terminar derrotadas y ahí sí se abriría una verdadera “onda reaccionaria”.  

Lea también  Un supremo idiota: Toffoli dice que el golpe del ’64 fue un “movimiento”

La evolución de la correlación de fuerzas en Latinoamérica

En la década de 1990, dominaron los gobiernos latinoamericanos llamados “neoliberales”. Aplicaron una política de privatizaciones, entrega de la economía de sus países, y atacaron duramente las condiciones laborales y el salario. Lograron algunas victorias en la lucha de clases pero, a inicios del siglo XXI, la respuesta de lucha de los trabajadores y el pueblo contra ellos se transformó en procesos revolucionarios en varios países. En muchos casos, se derribaban esos gobiernos: en 2000, en Ecuador; en 2001, en Argentina; en 2003, en Bolivia. En Venezuela, esto ya se había dado en 1989 y la situación se profundizó en 2002-2003 cuando la movilización de los trabajadores y el pueblo derrotó el golpe y el lockout patronal contra el gobierno de Chávez.

Las burguesías nacionales y el imperialismo estaban a la defensiva. En respuesta a estos procesos revolucionarios en escala continental, aceptaron (y en muchos casos impulsaron) gobiernos de frente popular (de alianza de clases) o populistas: Hugo Chávez, Rafael Correa, Néstor Kirchner y Evo Morales. En el Brasil, de modo preventivo, llegaron al gobierno Lula y el PT.

Estos gobiernos reflejaban una profunda contradicción. Por un lado eran una expresión distorsionada del ascenso revolucionario. Por eso, varios de ellos “vistieron de rojo” y de antiimperialismo su discurso, tomaron algunas medidas nacionalistas tibias y parciales, y dieron algunas concesiones a las masas. Por el otro, eran burgueses hasta la médula: su objetivo central era frenar las revoluciones y salvar el capitalismo y el régimen burgués. Por eso, jamás sobrepasaron los límites del sistema económico capitalista ni de su Estado. Acá se aplica con todo rigor una premisa: quien no rompe con el imperialismo y con el capital financiero acaba, tarde o temprano, siendo su instrumento.

La crisis de estos gobiernos

Durante varios años tuvieron “viento de cola” por la situación económica mundial (2002-2011), por los altos precios de las materias primas y los alimentos exportados gracias a la demanda de China. A partir de 2011-2012, la “bonanza” llegó a su fin: esos gobiernos debieron comenzar a aplicar planes de ajuste cada vez más duros y a atacar las concesiones dadas en salud y educación, condiciones laborales, empleo, etc.

Comenzaron a aplicar el programa de la derecha neoliberal y, en muchos casos, a llevar sus representantes al gobierno. Ahí también comenzó el profundo desgaste de su peso en los trabajadores y las masas. Fueron proyectos “exitosos” para salvar el Estado burgués y el capitalismo. Pero, al mismo tiempo, sembraron las bases de su propia crisis y su decadencia. Lograron desviar y frenar los procesos revolucionarios pero no los derrotaron en la lucha y, entonces, los trabajadores salieron a enfrentar las medidas del ajuste que aplicaban y aplican.

¿Por qué se fortaleció electoralmente la derecha?

Durante varios años, los trabajadores y las masas vieron esos gobiernos como “propios”. Pero, en la medida en que aplicaban los planes de ajuste, comenzaron a romper y a luchar contra ellos. Una ruptura que se vio acentuada porque, al tratarse de sectores burgueses menores o en formación, los niveles de corrupción estatal, en general, son más visibles que en los gobiernos burgueses “normales” (donde las cosas se dan generalmente “entre bastidores”).

Esto le permitió a la derecha camuflar su discurso: no dijo “voy a hacer un ajuste feroz” sino “basta de corrupción” y “precisamos un cambio con gente honesta, eficiente y capaz”. De esta forma, al electorado más tradicional y propio de esta derecha se le sumaron muchos trabajadores que expresan (a través del “voto castigo” a que lleva la trampa de las elecciones burguesas) su bronca y su frustración con las promesas incumplidas de transformación de la sociedad que hicieron los populistas. En un razonamiento equivocado, la bronca lleva a la conclusión de que “cualquiera es mejor que esta gente”. En el caso del Brasil, esto permitió primero que, aunque no ganase la elección presidencial de 2014, Aécio Neves realizara una gran elección en ciudades y Estados con gran peso obrero (como San Pablo). Luego, que un congreso desprestigiado y corrupto destituyese a Dilma Rousseff sin que los trabajadores movieran un dedo por ella.

Los propios gobiernos burgueses populistas y de frente popular fueron los responsables de los triunfos electorales de la derecha. En primer lugar, por haber frustrado las expectativas populares de cambio que decían representar y haberse transformado en gobiernos “ajustadores puros”. En segundo lugar, porque al presentarse como la “izquierda” y “lo popular” contra “la derecha”, contribuyeron a alimentar la falsa polarización electoral en la que solo hay dos alternativas (burguesas).

Para esos gobiernos, la definición de la “onda reaccionaria” tenía el objetivo de evitar (o demorar) la ruptura de las masas con ellos. En los procesos electorales, servía para pedir el voto ya que “había que defender lo conquistado” y “los que pueden venir son mucho peores que nosotros”. Luego de la derrota electoral, o de la destitución de Dilma, les sirvió para “lavarse las manos” y descargar la responsabilidad sobre un sector del movimiento de masas que “no supo distinguir lo bueno de lo malo” y le “hizo el juego a la derecha”. Las corrientes de izquierda que apoyan y/o defienden a estos gobiernos (incluso con críticas pero con argumentos de que “no nos da lo mismo” o “hay que defender la democracia”) no hacen más que “embellecerlos” y frenar la lucha contra ellos, y así se hacen sus cómplices o, como mínimo, les capitulan.

Los complejos procesos de la conciencia

La acción y la conciencia de las masas han pasado por procesos altamente contradictorios en estos años. Primero lucharon contra los gobiernos y las políticas neoliberales y, en varios países, los derrotaron. Luego creyeron equivocadamente que los gobiernos burgueses populistas y de frente popular podrían ser las herramientas de cambio a que aspiran. Después, comenzaron a luchar contra los ajustes de estos gobiernos y a romper con ellos.

Esta ruptura es un gran avance en su conciencia. Pero no es un avance lineal sino altamente contradictorio, porque frente a la falsa polarización un sector se detuvo a “defender lo conquistado” y otro se confundió con que “cualquiera es mejor” y apoyó electoralmente a la derecha. Pero esa ruptura de los trabajadores y las masas con el kirchnerismo, el chavismo, el PT y Lula es el proceso más importante que se está dando en la conciencia de las masas latinoamericanas, porque, sin él, no habría posibilidad de construir una fuerte alternativa obrera, revolucionaria y socialista a la crisis del capitalismo. Esta ruptura política es el proceso que esperamos durante años y eso no se ve disminuido (menos aún se transforma en negativo) porque aún no se haya expresado de forma políticamente organizada.

La capitulación al frente popular en Brasil

Por supuesto, corresponde a los revolucionarios impulsar la construcción de esta alternativa, esencialmente en las luchas obreras y en la organización de las masas. Una tarea que solo puede hacerse sobre la base de propuestas con posiciones claras de clase, que no capitulen a los frentes populares, al PT y a Lula (así sea con el argumento de que “hay que luchar contra el gobierno golpista”).

Acá se aplica una imagen usada por Trotsky para analizar el frente popular gobernante en Francia en la década de 1930. Él decía que muchas veces la política se arma como un tren en el que cada vagón se va acoplando, diciendo estar “a la izquierda” del anterior y con críticas hacia este, pero todos acaban yendo en la misma dirección que encabeza la locomotora.

En el Brasil, el frente popular ya no está en el gobierno, pero se ha formado una especie de “frente popular en la oposición”. La locomotora siguen siendo Lula y el PT; atrás se acopla el PSOL, que dice que Lula y el PT no son lo “mejor” pero que hay que “defender la democracia y pedir la libertad de Lula… para luchar contra los golpistas y combatir al neofascismo” (de modo concreto, hay esperar las elecciones de 2018 para cambiar). Y detrás viene el MRT, que critica mucho al PT y al PSOL, pero, en última instancia, se alinea con ellos para “combatir a los golpistas y pedir la libertad de Lula”. No es casual que hace dos años, el MRT haya pedido su ingreso al PSOL y haya hecho una de sus campañas centrales alrededor de ese pedido. El pedido no fue aceptado, pero, en la práctica, han colocado su vagón detrás del tren que encabezan Lula y el PT.

Lea también  Marx y la imposibilidad de reformar la sociedad capitalista

La política del MRT va contra el proceso más rico y positivo de la conciencia de los trabajadores y las masas (la ruptura con Lula, el PT y el frente popular), base necesaria para construir una alternativa revolucionaria de los trabajadores. En realidad, se parecen a alguien que quiere demorar un proceso de parto que ya ha comenzado porque no se da en “estado puro” sino de modo mucho más confuso. ¿Cómo quieren que el proceso avance y se desarrolle del modo más positivo si dicen que se trata de una “onda reaccionaria” y responden capitulándole al PT? Mientras que los que llevamos adelante una política independiente de clase somos calificados de “aliados de la derecha”.

¿Qué pasó luego de los triunfos electorales de Macri y de Trump?

Hemos dicho que el triunfo electoral de un sector burgués de derecha no significa automáticamente un cambio desfavorable de la “relación de fuerzas” en ese país. En Argentina, Mauricio Macri ganó las elecciones presidenciales de finales de 2015 y, en las legislativas de 2017, la coalición Cambiemos volvió a imponerse al kirchnerismo. Pero la situación del país difícilmente pueda ser calificada de “reaccionaria”.

Desde el propio inicio de su mandato, Macri debió enfrentar, de modo permanente, luchas parciales, movilizaciones masivas, y una fortísima huelga general en abril de 2017. Incluso, después de sentirse falsamente fortalecido con su victoria electoral de octubre de 2017, intentó un ataque aún más fuerte que debió enfrentar una muy fuerte respuesta de los trabajadores y las masas, expresada en las durísimas jornadas de lucha de diciembre pasado. La ley de reforma previsional fue aprobada, pero el gobierno salió “herido” y perdió toda una parte de su base electoral y de apoyo social en la clase media.

Además, la situación económica está el borde del estallido y la moneda nacional se devalúa constantemente frente al dólar, mientras los capitales continúan fugándose. La burguesía está dividiéndose sobre qué hacer en estas condiciones. El gobierno debió apelar a la “ayuda” del FMI y, en las condiciones antes descritas, deberá aplicar el nuevo y aún más duro ajuste que este le exige a cambio de la ayuda. El país es un reguero de luchas sectoriales. Si la situación no se desarrolla aún más (planteando incluso la caída de Macri) es por el rol nefasto del kirchnerismo y de la burocracia sindical que frenan las luchas e impiden que se unifiquen, buscando así sostener a Macri hasta las elecciones presidenciales de 2019.

El caso de Trump presenta rasgos similares aunque más atenuados. Su triunfo fue más discutible, ya que ganó en el Colegio Electoral pero sacó menos votos populares que Hillary Clinton. Es cierto, por otro lado, que obtuvo el voto de sectores de la clase obrera blanca pero, en el propio inicio de su gobierno, enfrentó importantes actos en su contra y movilizaciones masivas de mujeres. Luego, su primer intento de medidas contra los inmigrantes fue derrotado por la lucha popular. Actualmente, las huelgas de los docentes se expanden Estado por Estado. También debió retroceder en su proyecto de liquidar el plan de salud montado por Obama (Obamacare). En la situación estadounidense, quien frena el proceso de luchas e impide su avance son los demócratas, el otro partido burgués imperialista.

En el plano internacional, el gobierno Trump ha provocado divisiones en la burguesía imperialista y algunas crisis importantes en el orden mundial. Por un lado, por su oposición a ciertas consecuencias que el proceso de “globalización económica” tiene para algunos sectores de la burguesía estadounidense. Por el otro, por su intención de superar el “síndrome de Irak” y, para ello, buscar una alianza con Putin. Esto lo ha enfrentado no solo con sectores importantes de la burguesía imperialista estadounidense sino también con la europea. El eje Estados Unidos-Inglaterra-Alemania se ha debilitado. Al mismo tiempo, entre sus intenciones en los terrenos políticos y económico y lo que puede hacer media la realidad tanto de la lucha de clases como las divisiones de la burguesía imperialista. Así, muchas veces “va y viene”, se queda a “media agua”, o se ve obligado a retroceder. Valga el ejemplo del enfrentamiento con Corea del Norte: primero amenazó con atacarla, pero luego dio marcha atrás y optó por el “camino chino” de la negociación.

Un cambio profundo

Hemos dicho que los ataques al PSTU han sido una constante de la organización que ahora se llama MRT. Sin embargo, cuando era la LER, sus críticas venían desde posiciones sectarias y ultraizquierdistas como considerar “inaceptable” la formación de una lista común entre la juventud del PSTU y la del MÊS-PSOL para disputar el DCE (centro de estudiantes) de la Universidad de San Pablo. Después, esta corriente no solo se olvidó de lo “inaceptable” sino que pidió entrar al PSOL…

¿Qué pasó en el medio? ¿Qué transformación se ha dado entre ambas posiciones (opuestas, diríamos)? Una primera respuesta la encontramos en el texto del “Manifesto do Movimento Revolucionário de Trabalhadores, em campanha pelo #MRTnoPSOL” que lanzó la campaña por su ingreso. En ese material, se afirma:

“El PSOL es un partido que, por encima de todo, en las últimas elecciones, con la candidatura de Luciana Genro y diversos diputados, apareció como una alternativa a la izquierda del PT para un importante auditorio de masas. Luciana tuvo 1,6 millones de votos como una importante expresión del combate a los sectores más conservadores de la política brasileña” (traducción nuestra). Por eso, la propuesta del MRT es “luchar con nuestras ideas revolucionarias dentro del PSOL para construir una fuerte alternativa de los trabajadores”.

Por el contrario, “el PSTU, a pesar de levantar puntos correctos de programa, viene renunciando a presentarse como verdadera alternativa, cada vez más restricto a un sindicalismo que agita en la propaganda la ‘huelga general’, pero no da una respuesta a la crisis del PT ni a la lucha de clases” (traducción nuestra). En otro material, el MRT caracteriza que, por la diferencia en los votos obtenidos por ambos partidos en las elecciones de 2014, “lo que debemos tener claro es que la tendencia es la emergencia política del PSOL frente a la crisis del PT y que el PSTU se consolida como una secta grande sindicalista que desaparece del terreno político”, a pesar de reconocer que “en la CSP-Conlutas están los sindicatos antigobiernistas del país”.

Pasemos en limpio el razonamiento del MRT: lo importante para tener peso político y “ser alternativa” es obtener muchos votos y diputados. Por el contrario, si se tiene peso de dirección en la central en la que se agrupan los sindicatos más combativos (es decir, peso estructural y organizativo en la clase trabajadora) pero se sacan pocos votos, un partido se convierte en una “secta sindicalista grande” sin futuro político.

Para nosotros, la enfermedad que afecta al MRT y que lo ha transformado tiene un nombre claro: oportunismo electoralista, un mal que ya ha “mutado” a gran parte de la izquierda brasileña y mundial y, por lo visto, no deja inmunes a los que se consideran “súper revolucionarios”. Es la acción corrosiva de la política del imperialismo y las burguesías nacionales que hemos denominado “reacción democrática”. Por un lado, está destinada a evitar o desviar las luchas y revoluciones llevándolas a la vía muerta de la democracia electoral y parlamentaria burguesa. Por el otro, corroe y coopta a organizaciones revolucionarias que creen poder “hacerle trampa a la historia” recorriendo un camino que parece más fácil (votos y diputados) pero que las lleva a transformarse en otra cosa y a perder su carácter revolucionario. Ahora parece que la vida pasa por las elecciones y el parlamento, y todo se ordena alrededor de eso, aunque se siga llamando “a la lucha”.

Para evitar falsas discusiones: no tenemos ningún “cretinismo” antielectoral o antiparlamentario. Tal como defendían Lenin, Trotsky y la III Internacional, estamos a favor de participar de las elecciones con nuestros candidatos para difundir y popularizar el programa revolucionario entre las masas. En el marco de esa actividad, queremos obtener el mayor número de votos para ese programa y, si es posible, elegir diputados o parlamentarios para que sean tribunos de la clase obrera en una institución enemiga y ayuden a desgastarla y destruirla. De lo que estamos totalmente en contra es de transformar esta en la actividad central y en el eje de un partido revolucionario (es decir, en mucho más que “un punto de apoyo secundario”, como decía Lenin). O de medir los avances y el peso de un partido solo (o esencialmente) por los votos que obtiene y no por su construcción estructural y su peso en las organizaciones de la clase obrera.

Lea también  Recuperar nuestra historia: los trotskistas de Llerena (Badajoz)

La enfermedad afectó a toda la FT

En realidad, no ha sido solo el MRT quien contrajo esta enfermedad. Esta organización expresa el contagio del principal partido de su organización internacional: el Partido de los Trabajadores Socialistas – PTS de la Argentina. En este caso, los “síntomas” no son tan evidentes como en el MRT del Brasil por el mayor peso de la organización argentina (incluso en estructuras obreras) y porque ha obtenido éxitos electorales a través del Frente de la Izquierda y los Trabajadores – FIT, que intenta mantener un “perfil trotskista”. Sin embargo, claramente ya están allí. En base a esos éxitos electorales, hace varios años que el PTS viene actuando como una organización electoralista y parlamentarista.

Entre otras cosas, ha habido un claro cambio en el perfil político con que se presenta el PTS, incluso en el terreno electoral. Históricamente, el candidato y principal figura pública del PTS era José Montes (“Verdura”), un obrero de larga trayectoria de lucha en Astilleros Río Santiago. Después, “Verdura” fue reemplazado por el profesor universitario Christian Castillo. Hoy, sus principales figuras públicas son sus diputados Nicolás del Caño y Myriam Bregman que ya no representan ninguna referencia clara con la clase obrera. Es cierto que José Montes ya tiene 66 años y está jubilado por lo que es comprensible una renovación generacional. Pero el PTS tiene otros importantes dirigentes obreros reconocidos, como Raúl Godoy de la fábrica Zanón, en Neuquén, o Javier Hermosilla, de la fábrica Kraft-Foods, en el norte del Gran Buenos Aires.

Ha habido también un cambio de lenguaje. Durante la campaña electoral presidencial de 2015, Nicolás del Caño habló del combate contra “la casta política” (igual que el Podemos español) con constantes llamados a “la juventud”, en ambos casos sin ninguna referencia de clase. Se expresa también en algunas de sus tácticas parlamentarias, como apoyar propuestas de los diputados kirchneristas (ahora en la oposición) en su postura muy limitada en el debate del pago a los “fondos buitres”, sin ninguna referencia al pago del resto de la deuda externa ilegítima. En este caso, no existía siquiera la justificación de que sus votos habrían permitido parar legislativamente ese pago.

Se expresó finalmente en las recientes jornadas masivas de lucha contra la reforma previsional presentada por el gobierno Macri al Parlamento. En la primera de estas jornadas, cientos de miles de personas rodearon el Congreso, enfrentaron la represión y obligaron a suspender la sesión legislativa (luego, la reforma sería aprobada en una segunda sesión). El PTS llamó a esas movilizaciones y participó de ellas. Pero una de sus principales preocupaciones fue destacar, al mismo nivel que la lucha, el papel central de sus legisladores: “Los diputados del PTS y el Frente de Izquierda jugaron un rol destacado en la larga jornada de movilización y protestas de este lunes que evidenció el enorme rechazo a la reforma previsional…” [4].

Tal como ya dijimos, la FT-PTS-MRT proviene de una corriente que rompió con la LIT-CI y el morenismo, considerándolos parte del “trotskismo de Yalta y Potsdam” y, por eso, de capitularle a la llamada “teoría de los campos burgueses progresivos y reaccionarios”, y de ser “electoralistas”. La realidad nos muestra que hoy “leen” la realidad y elaboran sus posiciones igual que ese “trotskismo de Yalta y Potsdam” y sobre la base del más puro electoralismo, con desprecio total por el trabajo y el peso en las organizaciones de la clase obrera. Como conclusión, acaban capitulándole (con un poco de vergüenza, claro, y con distintos grados) a los campos burgueses que encabezan el PT o el kirchenrismo.

En el marco de este giro, la FT/PTS mantienen algunos rasgos del período ultraizquierdista y propagandístico. Por ejemplo, en la importante movilización que se realizó en Argentina el 7 de marzo de 2017, miles de obreros le exigieron a la burocracia de la CGT que convocaran a una huelga general contra los ataques del gobierno Macri. Cantaban: “Poné la fecha, la puta que te parió”, avanzaron sobre el palco del acto y obligaron a los burócratas a huir. Mientras esto ocurría, el PTS y el PO hacían su propio acto paralelo, por fuera de este proceso. Sin embargo, es necesaria una aclaración: la actitud era autoproclamatoria, propagandista y ultraizquierdista, pero no era parte de una concepción coherente de conjunto sino que ahora estaba al servicio de una política electoralista.

El método de relacionamiento entre organizaciones

Dejamos este tema para el final, aunque se trata de algo muy importante. Para la LIT, las relaciones entre organizaciones que se reivindican revolucionarias deben ser claras y leales, incluso para debatir las mayores diferencias. Más aún si lo que se plantea es explorar la posibilidad de una fusión. Por el contrario, para la FT, por considerarse la única representante del “trotskismo de Trotsky”, las cosas son diferentes y valen todas las maniobras y las actitudes desleales.

La Liga Estratégia Revolucionária – LER (antecesora del MRT) se fundó a inicios de la década de 1990 con militantes que habían roto con la organización brasileña de la LIT. Esa ruptura tuvo su origen en un “entrismo secreto” que la FT estaba realizando desde tiempo atrás. Para la LIT, el método de “entrismo secreto” solo se utiliza frente a organizaciones que se caracterizan como “enemigas” (lo que justifica su carácter secreto) pero nunca puede utilizarse entre organizaciones trotskistas. Para la FT, por el contrario, eso es normal y válido.

Como marco más general, la FT propone la realización de “conferencias” entre diversas organizaciones para discutir la reconstrucción de la IV Internacional. Por lo que hemos dicho, la FT no tiene ninguna intención real de explorar la posibilidad de un acercamiento sino que se trata de otra maniobra para ganar algunos militantes de las otras organizaciones que participen. En este sentido, ha transformado las maniobras desleales en su método permanente de relación con otras organizaciones trotskistas.

Esto se suma a las profundas diferencias teóricas y políticas que tenemos. Pero, incluso si ellas disminuyesen, ese método de relacionamiento hace hoy imposible cualquier acercamiento sobre bases serias y leales. Más aún, determina que, en estas condiciones, la FT solo puede jugar un papel negativo y destructivo en un proceso de avance en la reconstrucción de la IV Internacional.

[1] http://www.laizquierdadiario.com/La-prision-de-Lula-nuevo-capitulo-del-golpe

[2] Ver, entre otros:

http://litci.org/es/lit-ci-y-partidos/partidos/pstu-brasil/la-caida-de-dilma-seria-un-golpe/

https://litci.org/es/menu/debates/pstu-no-va-los-actos-unidad-izquierda-defensa-lula/

https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/brasil/debate-significado-la-prision-lula/

[3] http://www.esquerdadiario.com.br/III-Congresso-do-MRT-vota-batalhar-por-uma-esquerda-anti-imperialista-e-de-independencia-de-classe

[4] https://www.laizquierdadiario.com/El-rol-de-los-diputados-de-izquierda-en-la-jornada-de-lucha-contra-la-reforma-previsional-de-Macri