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Tal como se señala en otros artículos de esta serie sobre la fundación de la IV Internacional, desde 1953 no existe una organización mundial que unifique de los trotskistas. Por el contrario, esa división ha tendido a acentuarse y, hoy, los miles de militantes que se reclaman del trotskismo (o reivindican ese origen) se agrupan en varias organizaciones nacionales o internacionales sin ninguna perspectiva de un reagrupamiento mundial.

Por: Alejandro Iturbe

Por eso, muchos trabajadores y luchadores que ven con simpatía las ideas básicas del trotskismo preguntan si ese reagrupamiento no es necesario entre quienes reivindican la IV y sus bases programáticas fundacionales (lo que dejaría afuera claramente a corrientes como el SU que ya las ha abandonado de modo explícito). Muchos opinan, además, que eso no se produce esencialmente por el sectarismo y la autoproclamación de las corrientes. Esto último también deja afuera de ese proceso a las pequeñas organizaciones o “sectas trotskistas” (nacionales o internacionales) cuya actividad central no es desarrollar su construcción en el movimiento de masas sino parasitar a las otras corrientes para ganarles algunos pocos militantes.

Desde su propia fundación y la votación de sus estatutos en 1982, la LIT nunca se autoproclamó “la IV Internacional” y siempre puso el propio desarrollo al servicio de la reconstrucción de la IV. Entre otras cosas, esto implica, por supuesto, la búsqueda permanente de acercamiento y reagrupamientos con otras organizaciones trotskistas, algunos de los cuales fueron exitosos aunque muchos fracasaron, y no fue por sectarismo de nuestra parte.

El problema es que entre las organizaciones que reivindican las “bases fundacionales de la IV Internacional” hay profundas diferencias en las elaboraciones teóricas, en los análisis y caracterizaciones frente a los procesos revolucionarios y de lucha que se dan en el mundo y, finalmente, en la política que debe aplicarse a esos procesos. Baste señalar por ejemplo, que la sección brasileña de la LIT (el PSTU) se ha quedado en total soledad en su política frente al PT y a Lula, con una posición opuesta a la que aplican las otras corrientes que se reivindican trotskistas (una soledad que se ha agudizado con la prisión de Lula). En ese marco, proponer un posible reagrupamiento sería equivocado y, a la vez, irresponsable.

El origen del PTS y la FT

Las diferencias con la Fracción Trotskista (FT) surgieron desde el propio origen del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), una ruptura del MAS argentino y de la LIT-CI, en 1988, que comenzó la construcción de la FT, con secciones en Latinoamérica y algunos grupos en Europa.

El hilo conductor de la ruptura fue su definición del concepto de “trotskismo de Yalta y Potsdam”: el trotskismo de la Segunda Posguerra se habría alejado de las bases fundacionales de la IV (elaboradas por Trotsky) que se sintetizan en las Tesis de la Permanente, escritas en 1930 como corolario del libro del mismo nombre(1). A partir de allí, habría sido influenciado por el estalinismo y acabó capitulándole. En ese contexto, hubo una “oposición dentro de la oposición” (la corriente de Nahuel Moreno) que jugó un papel progresivo pero que no terminó de romper con el marco general. El PTS/FT afirma que, como consecuencia de ello, a partir de finales de los años ’70 e inicios de los ’80, el morenismo giró cada vez más hacia las características del “trotskismo de Yalta y Potsdam”.

Esto último se habría expresado en sus aportes y críticas a aspectos de formulación de las Tesis de la Revolución Permanente y, concretamente, en sus elaboraciones sobre la “revolución democrática”. La aplicación de esas elaboraciones terminaba llevando a la construcción de organizaciones centristas (como el viejo MAS argentino). La conclusión, entonces, fue que había que romper con el morenismo (como una forma de completar la ruptura con el “trotskismo de Yalta y Potsdam”) y, partir de allí, retomar la construcción de un “verdadero trotskismo de Trotsky”, del que el PTS sería la principal semilla y, por entonces, su único representante.

La definición de “trotskismo de Yalta y Potsdam” parte de elementos ciertos: el núcleo central que asumió la dirección de la IV Internacional después de la muerte de Trotsky y el fin de la Segunda Guerra Mundial (el griego Michel Pablo y el belga Ernst Mandel) cedieron a las presiones de estalinismo, que se había fortalecido después de derrotar al nazismo y extender su influencia a nuevos Estados obreros en Europa y China.

Lo que es totalmente equivocado es afirmar que Nahuel Moreno y la corriente que construyó formaban parte del “trotskismo de Yalta y Potsdam” o que acabaron finalmente integrándose a él. Nahuel Moreno (junto con otros cuadros trotskistas de la época) combatieron con todas sus fuerzas el revisionismo de Pablo y Mandel, y Moreno continuó haciéndolo a lo largo de toda su vida(2). Numerosos documentos, libros y escritos dan prueba de esto (los propios cuadros fundadores del PTS/FT fueron parte de este combate hasta 1988, cuando rompen con la LIT).

Breve síntesis del desarrollo de la teoría de la Revolución Permanente

Para entender el carácter equivocado de las críticas del PTS/FT a Moreno, es necesario hacer una consideración previa. La primera es que el marxismo, en su estudio y caracterización de la realidad para mejor modificarla, es una ciencia viva: debe verificar de modo permanente sus construcciones teóricas en la realidad y, a partir allí, mejorarlas y/o modificarlas total o parcialmente. Fue lo que hizo Nahuel Moreno con sus críticas y aportes a la formulación de las Tesis de 1930. En caso contrario, dejaría de ser una ciencia viva para transformarse en un rígido dogma “religioso”.

Es necesario también ver brevemente la historia del desarrollo de esta teoría por parte de Trotsky. La primera formulación fue realizada en 1905, como una posición diferenciada tanto de la de los mencheviques como de la de los bolcheviques (Lenin), ya que ambos consideraban que lo que estaba planteado en Rusia era una “revolución democrática” y no una “socialista” (es decir, limitada a las tareas históricas que la burguesía había garantizado en otros países pero que estaban pendientes en Rusia). Ambas fracciones tenían una concepción “etapista” del proceso revolucionario pero, en ese marco, se enfrentaban duramente sobre el papel que la burguesía y el proletariado cumplirían en esa revolución.

Trotsky coincidía con Lenin y los bolcheviques en que la clase obrera sería el caudillo de la revolución. Sin embargo, consideraba que, una vez que se hubiese derrocado a la monarquía y asumido el poder, el proletariado no podía ni debía limitarse solo a cumplir las tareas democráticas sino que comenzaría a desarrollar sus propias tareas históricas (la transición al socialismo). Es decir, la revolución adquiriría un “ritmo permanente” en el que tareas originadas en distintos momentos históricos se combinaban en un único proceso revolucionario de carácter socialista.

Con las “Tesis de Abril” de 1917, Lenin y los bolcheviques cambiaron su posición y, en los hechos, adoptaron como propia la posición de Trotsky y la orientación para la revolución que de ella se derivaba (ese mismo año, Trotsky y su organización entraron en el partido). La Revolución Permanente pasó a ser la posición teórica oficial, y así se la presentaba después de la toma del poder.

En esos años, Trotsky desarrolló la teoría en su formulación más completa (los “tres aspectos”): a) su dinámica interna de clases y la combinación de tareas (a la que ya nos hemos referido); b) que el carácter permanente de la revolución continuaba después de la toma del poder; y, c) la revolución comienza a nivel nacional, se extiende y se desarrolla en el plano internacional y solo termina cuando se haya derrotado al capitalismo imperialista en todo el mundo.

A partir del proceso de burocratización de la URSS y del partido, el estalinismo y sus aliados comenzaron a atacar la teoría en todos sus aspectos. Por un lado, cambiaron el carácter internacional de la revolución por la teoría de la “construcción del socialismo en un solo país”. Por el otro, retomaron el concepto de “revolución por etapas” para los países coloniales y semicoloniales en los que la tarea principal era construir una alianza y un frente con la burguesía nacional. Años más tarde, con otras consideraciones, también extenderían esta política a los países imperialistas.

El debate sobre China 1923-1928

Estas dos concepciones enfrentadas tuvieron una prueba de fuego en la Revolución China desarrollada entre 1923 y 1928. El estalinismo orientó al joven y creciente PC chino no solo a supeditarse políticamente al partido de la burguesía nacional (el Kuomintang) sino que le ordenó entrar y disolverse en él. Esta política terminó en un desastre: el Kuomintang acabó masacrando a los militantes comunistas chinos y a los obreros de Shanghái y Cantón(3).

Esta revolución generó en Trotsky lo que podemos denominar una “crisis teórica”, ya que resultaba muy difícil encuadrarla en el modelo de la Revolución de Octubre: la clase obrera industrial prácticamente no existía en un país casi totalmente agrario. En el marco de esa reflexión teórica, desarrolla un intercambio de cartas y un debate muy interesante con Yevgueni Preobazhensky(4).

En una de esas cartas, Preobazhensky hace una observación agudísima al problema que Trotsky no conseguía resolver: “Su error fundamental yace en el hecho de que usted determina el carácter de una revolución sobre la base de quién la hace, qué clase, es decir, por el sujeto efectivo, mientras que le asigna importancia secundaria al contenido social objetivo del proceso”(5). La respuesta de Trotsky es también muy aguda: “Puede haber otro sujeto social que no sea el proletariado, lo central es que para garantizar las tareas democráticas hay que hacer la revolución socialista”. Aquí, Trotsky, de alguna forma, “destila” dialécticamente el contenido esencial de la Teoría de la Revolución Permanente y, al mismo tiempo, se abre a la posibilidad de que ella se exprese de forma diferente a como se había dado en Rusia.        

La formulación de 1930 y la “hipótesis altamente improbable” del Programa de Transición

Sin embargo, Trotsky no profundizaría esta línea de análisis. Por el contrario, en 1930, luego de la derrota de la revolución china, escribe el libro “La Revolución Permanente” (su trabajo más completo sobre ella). Al final del libro incluye las famosas Tesis, que presenta como un “resumen” de su Teoría. Aquí, Trotsky abandona la hipótesis dialéctica expresada en su respuesta a la crítica de Preobazhensky: pone como condición para el triunfo de la revolución democrática “la dirección política de la vanguardia proletaria organizada en Partido Comunista”.

En 1938, escribe el “Programa de Transición” para la fundación de la IV Internacional. En uno de sus capítulos se refiere al Gobierno Obrero y Campesino (entendido como un gobierno de organizaciones reformistas y/o burocráticas en ruptura con la burguesía). Allí señala que toda la experiencia histórica confirma que “aún en las condiciones más favorables, los partidos de la democracia pequeñoburguesa (socialistas revolucionarios, socialdemócratas, estalinistas, anarquistas) son incapaces de crear un gobierno obrero y campesino, vale decir, un gobierno independiente de la burguesía”. Sin embargo, luego agrega: “¿Es posible la creación del gobierno obrero y campesino por las organizaciones obreras tradicionales? La experiencia del pasado demuestra, como ya lo hemos dicho, que esto es por lo menos, poco probable. No obstante, no es posible negar categóricamente a priori la posibilidad teórica de que bajo la influencia de una combinación muy excepcional (guerra, derrota, crack financiero, ofensiva revolucionaria de las masas, etc.) los partidos pequeñoburgueses sin excepción a los estalinistas, pueden llegar más lejos de lo que ellos quisieran en el camino de una ruptura con la burguesía. En cualquier caso, una cosa está fuera de dudas: aún en el caso de que esa variante poco probable llegara a realizarse en alguna parte y un ‘gobierno obrero y campesino’ (en el sentido indicado más arriba) llegara a constituirse, no representaría más que un corto episodio en el camino de la verdadera dictadura del proletariado”.

Aquí Trotsky retoma el análisis dialéctico de la respuesta a Preobazhensky y lo aplica a otro aspecto de la revolución (el sujeto político o dirección): bajo determinadas condiciones excepcionales podría haber procesos que obligasen a direcciones no revolucionarias y pequeñoburguesas a ir “más lejos”. Al mismo tiempo, vuelve sobre la esencia de la teoría: sería un paso hacia la dictadura del proletariado.

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Las críticas a los aportes de Moreno

El problema es que en la Segunda Posguerra ninguna de las revoluciones que avanzaron más allá de las tareas democráticas y construyeron nuevos Estados obreros cumplía el “modelo ruso” ni la formulación de las Tesis de 1930, sea por el sujeto político (direcciones no revolucionarias), por el sujeto social, o por ambos. Fue el caso del Este europeo, de China, Vietnam del Norte, Corea del Norte y Cuba. La “hipótesis altamente improbable” no solo había dejado de ser improbable sino que se daba de forma generalizada.

Al constatar esta realidad y tener que darle una respuesta teórica, Nahuel Moreno hace una crítica a esa formulación de las Tesis, por su esquematismo, y propone incorporarle esos dos aspectos para enriquecer la teoría. Lo hace en el marco de una reivindicación de lo que considera esencial de la revolución permanente: o se avanza hacia la revolución socialista en el plano nacional e internacional o las revoluciones son derrotadas y retroceden. En este sentido, tal como afirmó Trotsky, las tareas de la revolución democrática son parte de la revolución socialista y solo pueden garantizarse históricamente a través de ella. Pero pueden ser realizadas por otros sujetos sociales y políticos distintos que los previstos por Trotsky.

Al mismo tiempo, Moreno comprendía claramente la diferencia entre esas revoluciones y la Revolución de Octubre (encabezada por el proletariado y dirigida por el partido revolucionario), y las llamó “revoluciones de febrero que expropiaron”(6) porque sus direcciones se habían visto obligadas a “ir más allá” de sus intenciones de frenar la dinámica de la revolución en sus estadios democrático y nacional.

Al mismo tiempo, comprendía que ambos aspectos (diferencia de sujeto político y de sujeto social) dieron origen a un tipo de Estado diferente del que había surgido de Octubre y, por eso, los denominó “Estados obreros deformados” desde su nacimiento. Como consecuencia de ello, aunque su génesis hubiese sido diferente, allí también se aplicaban las tareas señaladas por Trotsky para la USSS burocratizada por el estalinismo: construir partidos revolucionarios trotskistas que encabezasen una revolución política que desalojase a la burocracia del poder pero que mantuviese las bases económico-sociales del Estado obrero.

Moreno actuó como un verdadero marxista: estudió la realidad, constató las contradicciones con la teoría, y criticó y corrigió los aspectos de la teoría que consideraba equivocados. En términos de lógica dialéctica realizó una acción de “negar afirmando”: “negó” los aspectos que consideraba incorrectos y “afirmó” la totalidad de la teoría, a la que enriqueció.

Para el PTS/FT, Moreno no solo no realizó ningún aporte al marxismo sino que “el ‘trotskismo’ de Moreno se basó en una teoría de la revolución ‘adaptada’ al modelo de las revoluciones del período 43-48”(7). Una teoría que capitulaba a esos “modelos” (tal como el “trotskismo de Yalta y Potsdam”) y que comenzaba la ruptura con el “trotskismo de Trotsky”.

Para el PTS no había ninguna divergencia entre la realidad y la teoría (así fuera con aspectos de ella). Todo había sido previsto en la “hipótesis altamente improbable” del Programa de Transición y no había nada de qué preocuparse, sobre qué reflexionar o qué corregir. El nacimiento del PTS está íntimamente asociado a este método que transforma el marxismo en un “dogma bíblico”. Un método que los llevaría, años más tarde, a negar que el capitalismo ya se había restaurado en China (después cambiaron sin dar ninguna explicación), y que todavía niega que la restauración se haya producido totalmente en Cuba.

Las elaboraciones sobre la “revolución democrática”  

En las décadas de 1970 y 1980, se desarrollaron en Latinoamérica grandes procesos de lucha contra los regímenes dictatoriales que existían en varios de los países. Pocos años después, la mayoría de esos regímenes ya no existía. En algunos de esos procesos se habían producido “crisis revolucionarias” y la lucha los derribó, sea por la vía armada (Nicaragua, 1979) o insurreccional urbana (Argentina, 1982). Como resultado de este hecho, surgieron regímenes [burgueses] totalmente distintos a los anteriores, y hubo una ruptura de continuidad provocada por la lucha de las masas.

En otros casos, como en Chile, también había surgido un régimen político con libertades democráticas, diferente de la dictadura de Pinochet. Pero el cambio se había dado a través de una transición planificada y controlada desde el poder (garantizada por la traición del PC y el PS) y con elementos de continuidad con el régimen anterior. Era similar a lo que había sucedido en España en el pos-franquismo. Moreno calificó estos procesos como “bismarckistas seniles”(8).

Volviendo al caso de la Argentina en 1982, y de otros países: ¿habían sido revoluciones o no? ¿El contenido del proceso era similar, en su esencia, al de Nicaragua en 1979, aunque con métodos y profundidad diferentes? La discusión de fondo era: ¿son revoluciones aquellas que se desarrollan por el derrocamiento del régimen político y lo consiguen por la vía de la lucha de las masas?

En esta discusión, Moreno rescató la Revolución Mexicana iniciada en 1910 como una lucha popular contra el régimen de Porfirio Díaz (aunque también incorporaba otros puntos como la reforma agraria) y vio que el mismo punto de partida había tenido el proceso revolucionario en España, en la década de 1930. Consideró las diferencias entre Argentina y Chile, y propuso que, en el primer caso, se la considerase como una “revolución democrática triunfante”. En ese marco, Moreno alertaba que estas revoluciones contra los regímenes tenían distinto grado de profundidad. Un elemento central de valoración era si habían destruido o no a las fuerzas armadas del régimen anterior, hecho que sí había ocurrido en Nicaragua y en México, pero no en Argentina (aunque quedaron con una crisis profundísima). Esta diferencia es fundamental y, por eso, Moreno consideró que se trataba de dos tipos distintos de revoluciones democráticas.

Decía que no quería discutir sobre “etiquetas”: “puede ser incorrecto, efectivamente, denominar ‘revolución’ a un fenómeno como el argentino… Podemos ponerle otro nombre para diferenciarlo, siempre y cuando digamos también que es totalmente distinto al proceso reformista, gradual, de concesiones democrático-burguesas controladas de España y Brasil. Las libertades democrático-burguesas de la Argentina actual han sido producto de la crisis general del régimen militar y de la burguesía y del colosal ascenso del movimiento de masas. No fueron concesiones planeadas y controladas por la burguesía y el régimen militar…”(9).

El programa de intervención en esos procesos revolucionarios

En ese marco, se plantea el problema de con qué programa debemos intervenir en cada momento del proceso (antes y después del derrocamiento de la dictadura). No se trata del programa general para toda la etapa histórica abierta desde la Primera Guerra Mundial, cuyo eje es la dictadura del proletariado, sino el programa con el que se interviene en la situación concreta.

Para Moreno, en el período de lucha contra la dictadura, las consignas se ordenan alrededor de este eje central. Refiriéndose a la Argentina, dice: “A partir del golpe de Estado de 1976 y la apertura de la etapa contrarrevolucionaria resulta evidente que la consigna central del programa revolucionario pasa a ser abajo la dictadura. Existen sí otras consignas de enorme importancia… pero estas consignas eran aspectos parciales que giraban alrededor de la consigna central”(10). Es decir, incluso en los procesos revolucionarios para derribar dictadura, levantamos consignas que van más allá de las tareas democráticas y apuntan a tareas de transición. Lo que Moreno incorpora es un ordenamiento de estas consignas alrededor de un eje: Abajo la dictadura.

Luego de la caída de la dictadura, el eje cambia; pasa a ser la lucha por la preparación de la revolución socialista: “Todas las movilizaciones posteriores a Bignone tienen ese carácter: denuncian y combaten las lacras del sistema capitalista en su conjunto. Sus objetivos inmediatos son aparentemente los mismos pero antes iban contra un régimen político y ahora cuestionan todo el sistema capitalista semicolonial. La clase obrera y el pueblo aún sin ser conscientes… preparan la revolución socialista”(11) En resumen: “En la etapa contrarrevolucionaria, nuestra consigna es negativa… porque ante todo, para abrir el paso a la revolución socialista, debíamos destrozar el régimen contrarrevolucionario”. Después de la caída del viejo régimen, el eje cambia: “Si antes llamábamos a los trabajadores a concentrar sus esfuerzos en derribar la dictadura, ahora los llamamos a que hagan centro en liquidar el sistema capitalista imperialista”.

Las críticas del PTS/FT

Moreno revalorizó las revoluciones que se inician por la lucha contra los regímenes dictatoriales o bonapartistas: los considera “episodios” de la revolución permanente que tienen, en cierta forma, autonomía. Esas elaboraciones, y las orientaciones que surgían de ellas, tuvieron gran importancia para intervenir en los procesos referidos. En el caso argentino, permitieron que el MAS se transformase, en su momento, en el partido trotskista más grande del mundo.

Por su parte, el PTS/FT considera que estas elaboraciones significaron la ruptura completa de Moreno con el “trotskismo de Trotsky” y el pase del morenismo a “un nuevo modelo de revolución” de “carácter etapista”, que “separa la revolución democrática de la socialista”. Con ello, “se renuncia a la lucha por la dictadura del proletariado” en la “primera etapa” y se la posterga para la “segunda etapa” (después de la caída de los regímenes dictatoriales). Sería una clara capitulación a los sectores burgueses que enfrentan esos regímenes y una renuncia a la pelea por la dirección en esa “primera etapa”. Más aún, es una política que no tiene nada que ver con el trotskismo sino que es “una forma de conciliación de clases”(12).

Esta crítica a las elaboraciones de Moreno busca apoyarse en artículos de Trotsky, escritos en la misma época que las Tesis de la Revolución Permanente. Refiriéndose a la lucha contra el régimen fascista en Italia, Trotsky analizaba la posibilidad de que este régimen fuese cambiado por una “república democrática parlamentaria”: “Esa posibilidad no está excluida. Pero no será el triunfo de una revolución burguesa sino el aborto de una revolución proletaria insuficientemente madura y prematura”(13). La conclusión del PTS/FT es que estas elaboraciones de Moreno están globalmente equivocadas y que, por ello, fueron “las causas teórico-políticas de la actual crisis de la LIT”(14).

En elaboraciones posteriores, la FT atenúa un poco el tono de las críticas: “Nahuel Moreno revisa la teoría de la revolución permanente aunque intente combinar elementos de la misma… La LIT-CI no reniega de la ‘revolución permanente’ en general, pero la tergiversa groseramente, pues comparte la concepción de Moreno que criticaba a Trotsky […] Así se elabora una teoría semietapista que separa una primera fase de cambio de régimen político (el derrocamiento de las dictaduras y la conquista de la democracia burguesa) que serviría de antesala a una segunda fase posterior donde se cumplirían las tareas económico-sociales de la revolución [socialista]”(15). El tono es más suave, pero el contenido es el mismo.

¿Una concepción “etapista”?

Antes de entrar en el nudo del debate con la FT (y en cierto modo también con la formulación de Trotsky en ese artículo), es necesario ver el marco teórico más general en que Moreno hizo sus elaboraciones y aportes. Al igual que Lenin y Trotsky, él consideraba que la I Guerra Mundial y la Revolución Rusa habían abierto la época de la revolución socialista internacional y, con ello, de la lucha mortal entre revolución y contrarrevolución en todo el mundo.

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“Comienza la época de las revoluciones obreras o socialistas, que es también la época de las contrarrevoluciones burguesas. La primera revolución obrera triunfante, que inaugura esta nueva época, es la rusa de 1917. Con ella comienza la revolución socialista internacional. Esto significa que por primera vez en la historia no se trata de una suma de revoluciones sino de un solo proceso de enfrentamiento de la revolución y la contrarrevolución a escala de todo el planeta. Las revoluciones nacionales son episodios importantes de este enfrentamiento mundial”(16).

Es decir, para Moreno, los procesos revolucionarios cuyo eje y punto de partida es un cambio de régimen no son etapas ni semietapas sino “episodios” de la revolución permanente, socialista, a nivel nacional e internacional. Sin embargo, cabe preguntarse si, al proponer programas de intervención diferentes en los dos momentos del proceso no cayó en el etapismo.

Como en todo debate de problemas teóricos que involucran consecuencias políticas es necesario partir del estudio de la realidad. ¿Existen revoluciones que se desarrollan en todo un estadio alrededor de la lucha por derribar un régimen dictatorial? Es evidente que sí. En esos procesos, ¿existen sectores burgueses que, por diferentes razones, están por el derrocamiento de esos regímenes? También es evidente que sí, y así lo muestran el proceso sirio iniciado en 2011, y la actualidad de Nicaragua.

Lo que estamos discutiendo es cómo intervenimos en ellos para mejor desarrollar la dinámica de la revolución permanente. Lo que Moreno plantea no es una concepción etapista sino una comprensión de cómo se han dado esos procesos en la realidad y, por ello, un ordenamiento de las tareas a través de nuestro programa de intervención. Moreno no renuncia para nada a las consignas propias del movimiento obrero (“existen sí otras consignas de enorme importancia…). Lo que el plantea es que “estas consignas… giran alrededor de la consigna central [Abajo la dictadura] para concretarla y así desarrollar mejor la dinámica de la revolución permanente.

Moreno coincide con Trotsky en el aspecto central de la revolución permanente: las tareas democráticas en su conjunto solo podrán ser llevadas a cabo “integralmente” con la revolución socialista. Este el enfoque histórico de Trotsky.

Pero la FT se equivoca en varios puntos. El primero de ellos, es que omite el hecho de que las masas encaran esa lucha y se movilizan en primer lugar para derribar a las dictaduras, y hacen revoluciones para ello. Esta realidad combina dos aspectos. Uno es objetivo y correcto: es necesario derrocar los viejos regímenes para avanzar mejor y continuar la lucha contra el capitalismo. El otro contiene un elemento de ilusión: “basta conseguir las libertades democráticas para resolver esos problemas estructurales”. La política revolucionaria debe responder a ambos aspectos: al concreto e inmediato que genera la movilización de masas, y al más estratégico.

Moreno y el morenismo no dicen que se abandonan las otras consignas. Lo que dicen y hacen en la fase de lucha contra la dictadura es tener un eje ordenador de las propuestas de movilización y de lucha (Abajo la dictadura). Para la FT, eso es etapismo. Frente a esta crítica, la conclusión solo puede ser una: el eje de la intervención debe ser siempre la dictadura del proletariado porque es el único que responde a la resolución “integral” de todas las tareas democráticas.

El abandono del método del Programa de Transición

El esquema teórico de la FT la lleva entonces a abandonar y negar lo que los trotskistas denominamos el “método” del Programa de Transición, formulado por Trotsky para elaborar las propuestas a los trabajadores y las masas. Para él, era “preciso ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias que, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera, las lleve a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”.

Es decir, para Trotsky (y para Moreno) hay un programa histórico de la revolución socialista con eje en la conquista del poder por el proletariado. Pero es necesario establecer un “puente” de consignas y reivindicaciones que partan de “las condiciones y conciencia actuales de las masas” y por las cuales ellas estén dispuestas a movilizarse. Porque será precisamente esta movilización la que permitirá que hagan su experiencia y crucen el “puente”.

Por eso, los trotskistas levantamos y agitamos permanentemente algunas consignas y paquetes de consignas que buscan impulsar la movilización de las masas y no el programa en su conjunto. Esto no significa de ningún modo dejar de lado la estrategia del programa sino, sin nunca perderla de vista, “bajarlo a tierra” para generar la movilización. Algunas consignas que individualmente parecen menores, defensivas o economicistas (como “aumento de salarios”, “basta de despidos” o “libertades democráticas”) se transforman en colosales palancas de la movilización y en el “puente” que desarrolla el avance de la revolución y, consecuentemente, el paso a consignas superiores.

Es sobre la base de ese método de Trotsky en el Programa de Transición que el morenismo ordena el programa de intervención de lucha contra las dictaduras. La FT nos propone, por el contrario, un método y un programa que, sin tomar en consideración “las condiciones y conciencia actuales de las masas”, disuelve en el programa histórico las tareas concretas por las que las masas están dispuestas a movilizarse.

Acaba siendo una formulación totalmente propagandística, porque no nos acerca a las masas ni tampoco ayuda a impulsar su movilización. Por otro lado, al negarse a ordenar el programa de intervención en la lucha contra los regímenes dictatoriales alrededor de “abajo la dictadura”, porque así le “capitula a la burguesía”, acaba no disputando con los sectores burgueses que intervienen en ella la dirección de esa lucha democrática antidictatorial (una forma de capitularle por la negativa a aquellos que quiere combatir).

La formulación de Trotsky en el artículo ya citado sobre la Italia fascista es demasiado “rígida” para la comprensión de cómo muchos procesos se dieron en la realidad. Esto está íntimamente relacionado con la excesiva “rigidez” de la formulación de las Tesis que Moreno criticó. Sin embargo, a diferencia del PTS, Trotsky no era sectario en la política en la lucha contra el fascismo: para desarrollarla, Trotsky señala que “en el combate contra el diablo” (el fascismo) se podían y debían “hacer acuerdos prácticos con la madre del diablo” (los sectores burgueses que lo dejaron crecer pero que ahora se le oponían)(17). La única condición era la total independencia política del proletariado y de las organizaciones de la IV Internacional. ¿La FT opina que Trotsky le “capituló” a la burguesía”?          

“Inconscientemente socialista”

Esta discusión sobre el programa de intervención en la lucha contra los regímenes dictatoriales va de la mano con la crítica que hace la FT a una afirmación de Moreno: la movilización de masas en los procesos revolucionarios tienen un carácter “inconscientemente socialista”.

Sobre esto, la FT expresa: “Además, asignar un carácter ‘inconscientemente anticapitalista’ al proceso es una noción profundamente objetivista que devalúa la importancia de los elementos subjetivos (direcciones, programas, ideas). En consecuencia, combatir a las direcciones burguesas y pequeño burguesas no tendría la importancia crucial que reviste, y tampoco serían decisivos los efectos de su accionar contrarrevolucionario. Lo que demostró la experiencia del siglo XX no fue que el carácter ‘inconscientemente anticapitalista’ de los procesos revolucionarios tornara secundario el problema de la conciencia de las masas y sus direcciones, sino al revés, ratificó su importancia, pues… se frustraron decenas de situaciones revolucionarias con un altísimo costo para las masas…”(18).

Como siempre, la FT vuelve a mezclar los conceptos. Por un lado, la contradicción que existe entre la acción y la conciencia de las masas en su movilización (especialmente en los procesos revolucionarios); por el otro, la pelea por la dirección y la conciencia en esos procesos y la importancia que eso tiene en el desarrollo de esas revoluciones.

El contenido esencial de la definición “inconscientemente socialista” se refiere a que, en los procesos revolucionarios, la acción de las masas tiene un contenido objetivamente socialista (de lucha contra el capitalismo) por las exigencias que contiene, los enemigos que enfrenta, y las tareas que comienza a encarar para resolver sus reclamos y necesidades. Las masas, incluso hacen las revoluciones sin clara conciencia de que caminan hacia el socialismo. Si la revolución avanza, en su conciencia se mezclan un rechazo cada vez mayor a lo que quieren destruir con algunas formulaciones positivas sobre lo que deben hacer para lograr sus reivindicaciones. Por ejemplo, en la Revolución Rusa fue quedando claro que debían derribar el Gobierno Provisional y dar todo el poder a los soviets para lograr “Paz, Pan y Tierra”, y que para ello debían abandonar los viejos partidos de izquierda como los mencheviques y los social-revolucionarios, y adherir a la propuesta bolchevique.

Es la vanguardia (el partido revolucionario y la franja del activismo que lo rodea) la que realiza sus acciones y desarrolla su política con claridad estratégica y “explicando pacientemente”. Pero solo podría hacerlo si se apoya en ese carácter “inconscientemente socialista” de las aspiraciones y acciones que las masas van desarrollando y, a partir de allí, con un política correcta, concreta y adecuada a cada circunstancia y viraje del proceso, van transformándose en alternativa de dirección.

Al revés de lo que opina la FT, la caracterización del carácter “inconscientemente socialista” del proceso y la confianza en que las masas aprenden con su acción y experiencia no significa concluir que “combatir a las direcciones burguesas y pequeñoburguesas no tendría la importancia crucial que reviste, y tampoco serían decisivos los efectos de su accionar contrarrevolucionario”(19).

Por el contrario, esa es la base objetiva necesaria para dar ese combate. Esto no implica ningún “objetivismo” de considerar que la realidad por sí misma nos resuelve el problema de la disputa por la conciencia de las masas y por la dirección de las luchas. No disminuye la importancia de este combate sino que nos arma para, con una política correcta, fortalecerlo y tornarlo triunfante. Somos plenamente conscientes de que en esta pelea por la dirección contra las corrientes burguesas y pro-burguesas se juega el destino de esas revoluciones.

¿Derribar una dictadura con la lucha es un triunfo de las masas o no?

Abordaremos ahora la crítica que esta corriente hace a la LIT-CI por calificar como “triunfos de la revolución democrática” el derrocamiento por la vía revolucionaria de los regímenes dictatoriales y el consecuente cambio de régimen político hacia uno de libertades democráticas.

Sobre el proceso de la revolución en el mundo árabe y los derrocamientos de regímenes por una vía revolucionaria que iba consiguiendo, la FT expresó: “Calificar esto como triunfo de la revolución democrática sólo ayuda a confundir la situación y embellecer las trampas de la ‘transición’ impulsada por el imperialismo”.

Este enfoque mezcla procesos y momentos de esos procesos que es necesario separar para comprender e intervenir en la realidad. En primer lugar, confunde e iguala aquellos procesos en que el cambio de régimen se dio por la vía de la acción de masas con aquellos en los que se dio por una vía reformista o bismarckista, porque ambos llevarían a una “transición democrática” tramposa impulsada por la burguesía y el imperialismo.

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Sin embargo, el cambio de régimen por una u otra vía llevan a situaciones posteriores totalmente diferentes. Como se expresó, por ejemplo, en las diferentes situaciones de Argentina posterior a 1982 y la de Chile luego de la salida de Pinochet. En el primer caso, la combinación entre la agudísima crisis del régimen militar y la movilización de masas llevaron a la caída de la dictadura. En el segundo, el viejo régimen nunca perdió el control del proceso y se recicló con la ayuda de las direcciones traidoras.

Esta diferencia cruza toda la situación posterior, la mayor o menor solidez del régimen surgido y la disposición de las masas de cada uno de esos países (por ejemplo, en la actitud hacia las fuerzas armadas represoras). Esto solo se explica porque, en uno de los casos, las masas han obtenido un triunfo, lograron un objetivo con su movilización revolucionaria y se sienten mucho más confiadas y en mejores condiciones para seguir su lucha. El régimen surgido es mucho más débil no solo que la vieja dictadura sino también que un régimen surgido de una transición controlada. Las libertades democráticas fueron conquistadas con la lucha, y eso cambia todo.

Se puede hablar, si se prefiere, de un primer triunfo o de un triunfo parcial de la revolución democrática, porque las otras tareas de esa revolución democrática (como la reforma agraria o la ruptura con el imperialismo) están pendientes. Pero solo podremos ubicarnos en el proceso y tener una política correcta si comprendemos que fue un gran e importante triunfo. En esto no hacemos más que seguir a Lenin y Trotsky, que definieron el derrocamiento del zarismo en febrero de 1917 como el triunfo de la “revolución de febrero”. No reconocerlo como triunfo significa, además, un profundo sectarismo hacia las masas, dado que el proceso aún está “incompleto”.

Esto no significa “objetivismo” ni “triunfalismo” frente a las batallas que se abren a posteriori. En la medida en que exista atraso en la conciencia de las masas e ilusiones en la democracia burguesa, combinado con la crisis de dirección revolucionaria, la burguesía y el imperialismo tratarán de maniobrar con las instituciones de esa democracia (voto universal y parlamento) para frenar y derrotar el proceso o, por lo menos, retardarlo.

La propia realidad combina dos elementos que es necesario diferenciar. Por un lado, las libertades democráticas han sido una conquista de la lucha de las masas y son tomadas por estas como una mejor base para obtener sus otras reivindicaciones profundas (salario, empleo, salud, educación, etc.); por el otro, la burguesía las identifica con la democracia burguesa para intentar sacar a las masas de las calles y convencerlas, como decía Alfonsín en la Argentina, en 1983, que “con la democracia se come, se cura y se educa”.

Esa es la batalla central de esta fase: impulsar que las masas se mantengan movilizadas y hagan cada vez más consciente la necesidad de avanzar hacia la toma del poder para conseguir sus reivindicaciones, y construir el partido revolucionario para ello. Es una batalla muy difícil en la que, apoyada en la crisis de dirección revolucionaria, la burguesía ha obtenido algunos triunfos importantes, retrasando en años y hasta en décadas la revolución socialista. Sin embargo, las condiciones objetivas cada vez dejan menos márgenes para convencer por mucho tiempo a las masas de las “virtudes” de la democracia burguesa y las experiencias se hacen en plazos mucho más cortos. Lo que profundiza la importancia del derrocamiento de las dictaduras para acelerar aún más esos procesos.

Sobre la revolución en el mundo árabe

Esta discusión teórico-política se concretó, y se hizo muy aguda, alrededor del proceso revolucionario en el mundo árabe, iniciado a finales de 2010, con el derrocamiento del dictador tunecino Ben Ali, que luego se extendió a Egipto, Libia y Siria.

La FT se negó a calificar ese proceso como revolucionario y lo denominó “levantamientos” o “rebeliones”. No eran “revoluciones abiertas” porque el factor de una alternativa de dirección revolucionaria estaba extremadamente retrasado o directamente ausente. ¡Se estaba desarrollando un impresionante ascenso de masas en una región de importancia estratégica para el imperialismo y obtenía algunos primeros triunfos! Pero, para la FT, esto no era suficiente para definir lo que ocurría como un proceso revolucionario.

Olvidan que Trotsky calificó como revoluciones la situación de España, luego de la caída de la monarquía en 1930, y la de Francia, luego de la huelga general de 1936. Y que, en su prólogo de la Historia de la Revolución Rusa, escribió: “A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”.

Esta actitud doctoral de la FT se profundizó en el análisis y la caracterización de las guerras civiles que se desarrollaron en varios de esos países y de las complejas combinaciones que se daban en el “campo militar” de lucha contra los regímenes dictatoriales. Acabó expresándose en una política totalmente equivocada y negativa para intervenir en esos procesos.

En el caso de Libia, los ataques aéreos que desarrolló el imperialismo contra el régimen de Kadafi, llevaron a la FT a caracterizar que el derrocamiento de este dictador había sido “un triunfo del imperialismo” y “un punto de inflexión con efectos reaccionarios” (por lo tanto, una derrota de las masas). Consecuentes con esta visión, los combatientes rebeldes se habían transformado en “tropa terrestre del imperialismo”.

En el caso de Siria, la compleja composición del campo militar que combatía contra el régimen de Assad (del que participaban sectores burgueses, algunos de ellos claramente proimperialistas) la llevó a proponer la política de “Ni Assad ni imperialismo” (como antes habían dicho “Ni Kadafi ni imperialismo”) y la negativa a actuar dentro de este campo militar. Todo lo contrario de Trotsky que, en su política para la revolución y la guerra civil española, dice: “Participamos en la lucha contra Franco como los mejores soldados…”(20). Además, recordemos que, para él, “en el combate contra el diablo” se podían y debían “hacer acuerdos prácticos con la madre del diablo”.

La realidad actual de Libia nos muestra que el país ha quedado dividido objetivamente en dos regiones controladas por diferentes sectores burgueses. La realidad siria es aún más compleja y dividida también en regiones bajo control burgués e imperialista. En este sentido, los procesos revolucionarios han sido frenados e incluso derrotados o “abortados”, como decía Trotsky (y gusta de calificar el PTS). Es el altísimo costo que debe pagarse por la ausencia de una alternativa de dirección revolucionaria.

La FT podría decirnos “yo te avisé” porque consideró que este era el curso casi inevitable de esos procesos. Pero esa es una actitud doctoral y no la de una corriente revolucionaria trotskista. Como decía Trotsky, cuando se produce “la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos” y estalla una revolución, “a nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo”.

Es sobre ese “desarrollo objetivo” que se manifiesta en los procesos revolucionarios sobre el que debemos intervenir, y no sobre el que nos hubiera gustado que existiese. Debemos hacerlo con una política correcta, que considere todas sus especificidades, para desarrollar sus elementos positivos y neutralizar los negativos. El triunfo en este combate no está asegurado. Por el contrario, la crisis de dirección revolucionaria y la debilidad de las fuerzas con las que intervenimos, harán que muchas de esas revoluciones se vean frustradas total o parcialmente. Pero llevar adelante ese combate imprescindible es la única actitud verdaderamente revolucionaria.

Por el contrario, la FT/PTS, en los hechos, ha renunciado a ella porque, frente a un “desarrollo objetivo” que no le gusta, desvaloriza las luchas de las masas y se limita a repetir de modo propagandístico sus fórmulas generales válidas para cualquier situación, pero que no sirven para intervenir en una situación concreta y modificarla. En este aspecto, son lo opuesto de Trotsky.

Hasta este punto del debate entre la LIT y la FT, esta organización nos criticaba desde la “izquierda” y la “ultraortodoxia trotskista”. Sin embargo, en los debates más recientes, la FT sigue criticándonos tan duramente como antes pero ahora vemos, con cierto asombro, que se ha ubicado a nuestra “derecha” y utiliza argumentos antes impensables en ella. Es lo que abordaremos en la segunda parte de este artículo.

Notas:

(1) Ver: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/revperm/rp10.htm

(2) Para una mejor comprensión de todo este proceso. Ver: https://litci.org/es/menu/especial/80-anos-de-la-cuarta/la-lucha-la-reconstruccion-la-iv-internacional-papel-del-parte-i/ y https://litci.org/es/menu/especial/80-anos-de-la-cuarta/defensa-la-iv-internacional-ii-parte/

(3) Para esta orientación, el estalinismo pudo apoyarse también en “Las Tesis Generales sobre la Cuestión de Oriente” votadas en el IV Congreso de la III Internacional (1922). Pero la llevó a un extremo que las Tesis nunca plantearon: el ingreso al Kuomintang y la disolución del PC. En sus elaboraciones posteriores, Trotsky rompería claramente con el contenido de esta Tesis.

(4) Dirigente bolchevique que provenía de la misma corriente que Trotsky, y muy cercano a él.

(5) Trotsky, León. “La segunda revolución china” [Notas y Escritos de 1919 a 1938]. Colombia: Editorial Puma, 1976, p. 45.

(6) Referencia a la revolución de febrero de 1917 que derrocó al régimen de la monarquía zarista.

(7) ROMANO, Manolo. Polémica con la LIT y el legado teórico de Nahuel Moreno, capítulo “Las causas teórico-políticas de la crisis de la LIT”, Revista Estrategia Internacional n.o 3 (diciembre 1993-dnero 1994).

(8) Referencia a Otto von Bismarck, canciller alemán que a partir de 1871 fue el “arquitecto” de la unidad nacional de Alemania. Construyó un régimen nuevo, que incorporó las instituciones de la democracia burguesa (como el voto universal y el Parlamento), pero mantuvo al emperador como institución central.

(9) MORENO, Nahuel. 1982: comienza la revolución. Disponible en : http://www.nahuelmoreno.org/escritos/1982-comienza-la-revolucion-1983.pdf

(10) Ídem.

(11) Ídem.

(12) Artículo de Manolo Romano ya citado.

(13) TROTSKY, León. “Problemas de la revolución italiana”, Escritos, 1930. Cita tomada del artículo de Manolo Romano.

(14) Ídem.

(15) MOLINA, Eduardo e ISHIBASHI, Simone. “A un año y medio de la ‘Primavera Árabe’”, Revista Estrategia Internacional, 28/9/2012.

(16) MORENO, Nahuel. “Las Revoluciones del Siglo XX”. Cuadernos de Formación del MAS, Buenos Aires, 1986.

(17) TROTSKY, León. “¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán”, 25/1/1932. Tomado de: http://www.ceipleontrotsky.org/Y-ahora

(18) “A un año y medio de la Primavera Árabe”, ya citado.

(19) Ídem.

(20) TROTSKY, León. “La lucha contra el derrotismo en España”, Escritos, 14/9/1937.