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El artículo [Consenso y Contrasenso: déficit, deuda y seguridad social, Valor, 08/03/02019 lea aquí] del banquero y economista André Lara Resende, publicado recientemente, “molestó” al equipo del ejecutivo del fondo de inversiones y actual ministro de la Economía, Paulo Guedes. Miembro del equipo económico de Fernando Henrique Cardoso (FHC) y uno de los formuladores del Plan Real, Lara Resende cuestiona los mecanismos de financiamiento del déficit en el Presupuesto del Gobierno Federal.

Por João Ricardo Soares, del PSTU-Brasil

Pese a su defensa de la reforma de la Seguridad Social, la nota disonante de uno de los formuladores del Plan Real, con prestigio en la clase dominante, tal vez indique las dificultades de Guedes para llevar adelante el conjunto de su política. Sin embargo, la teoría para estos señores no pasa de una justificación para poner la cuenta de la crisis y de la decadencia de un capitalismo subordinado sobre la clase trabajadora y salvar sus ganancias.

Solo la profundidad de la crisis en que se encuentra el capitalismo podría llevar un miembro de la ortodoxia neoliberal, artífice de un plan económico que profundizó la subordinación y decadencia del país, alentando el parasitismo financiero, a alertar a sus colegas de clase de que tal vez estén yendo demasiado lejos.

¿En qué medida la receta ahora propuesta por Resende, el financiamiento del Estado por la simple impresión de dinero, podría resolver el dilema en que se encuentra la clase dominante? Si el llamado déficit fiscal, el tamaño de la deuda pública y la tasa de intereses no tuviesen ninguna relación con la producción de ganancias, y encontrasen una solución en sí misma, Resende podría resolver el dilema del “nuevo capitalismo” del ministro de Le Marie de Francia, que afirma que falta dinero para colocar el nuevo capitalismo en marcha (ver el artículo anterior).

A pesar de que los dilemas enfrentados por la clase dominante francesa son diferentes de los que enfrenta la burguesía sumisa brasileña. Mientras las multinacionales francesas deben competir con las norteamericanas y entran en una pelea de “altos quilates”, la última empresa instalada en Brasil con alguna capacidad tecnológica de competir en el mercado mundial, la Embraer, acaba de ser incorporada a la Boeing, una competidora directa de la Airbus, donde el capital financiero francés predomina.

Entonces, antes de entrar en los temas abordados por el artículo de Resende, debemos discutir la naturaleza de la crisis capitalista en Brasil. No las consecuencias de la crisis sobre el Estado, sino las razones que lo convierten en el aparente epicentro de la crisis.

La trayectoria de la decadencia

Sin identificar el lugar que Brasil ocupa y el que ya ocupó en la División Internacional del Trabajo (DIT) no se puede entender ni el proceso de industrialización del país ni tampoco su decadencia. Así como las razones más profundas del hecho de que, divididas sobre qué hacer ante la más profunda recesión de la historia del capitalismo brasileño, las distintas fracciones de la clase dominante brasileña sean unánimes en la necesidad de la destrucción de las jubilaciones públicas.

La base sobre a cual se irguió la urbanización del país – con la inmigración de la fuerza de trabajo para las grandes ciudades – se asentó en la inversión de los monopolios internacionales – las multinacionales. La insignia de esta industrialización – la industria automovilística – impulsó no solo las empresas de autopiezas vinculadas a esta producción específica y concentró ahí todo el capital “nacional”. Pero, y también, la inversión del Estado en la infraestructura necesaria para la circulación de los vehículos, así como en la industria que exigía un volumen de inversión alta, como la producción de acero. Al paso que la urbanización impulsa toda la cadena productiva interna necesaria para la reproducción y conservación de la fuerza de trabajo, propia de los grandes conglomerados urbanos, abriendo espacio para la acumulación del capital local.

Siendo la industrialización dependiente de las inversiones externas en los sectores de punta de la acumulación capitalista, la llamada “industria nacional” se desarrolló al margen de este eje central. Particularmente, los sectores monopolistas locales importan tecnología en forma de máquinas/herramientas, en su producción para el mercado interno y no hace poco tiempo, también exportaba para América Latina.

Pese a la importación de tecnología, hubo margen para la creación de una industria de máquinas, atrasada con relación a los países dominantes, que tenía un importante peso en el sistema productivo nacional, que desarrollaba el margen de las multinacionales, como la propia industria de autopiezas.

En la medida en que dependen de la importación de la tecnología, los dólares necesarios para comprarla fueron generados por la exportación, tanto de productos manufacturados como de productos primarios – agro e industria extractiva.

Así, las ganancias, los intereses y la renta de la tierra expresan una fuerte dependencia de las inversiones de las multinacionales y del Estado. Al mismo tiempo en que esta dependencia generó una industrialización subordinada a las multinacionales, ella también fue superior a la media de los países semicoloniales hasta los años 1980, antes de que la inversión imperialista se concentrase en el este de Asia.

La expansión de la industrialización subordinada a las multinacionales y al Estado también marcó su propio límite para el capitalismo en el país. Límite que se expresa en la subordinación del desarrollo capitalista de las otras regiones del país a la concentración de la producción industrial en el Sudeste.

Pero la totalidad de este proceso fue y es determinado por la subordinación de la clase dominante a la inversión externa en los sectores de punta de la producción industrial.

Dos factores en tiempos diferentes desmoronaron completamente este engranaje: la concentración de las inversiones productivas de las multinacionales en el este de Asia y en China,  y en particular y más recientemente, la reestructuración mundial de la industria automotriz. La desinversión de la Ford de São Bernardo do Campo es solamente una expresión de que este modelo de capitalismo dependiente entró en colapso.

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Pero, fue sustituído por otro mucho más subordinado, que nos remite a los tiempos de la colonia. Estando fuera de la ruta de las inversiones en los sectores de punta de la acumulación capitalista, la ubicación del país en la División Internacional del Trabajo baja un escalón. De plataforma de exportación de productos manufacturados para América Latina, se concentró en la exportación de productos primarios para China. Ante la creciente urbanización de Asia (de las 30 mayores ciudades del planeta, 21 están en Asia) y el “boom” de los precios de estas mercancías, parecía que los efectos de la desindustrialización relativa serían ampliamente compensados por la “gran labranza”.

Pero el precio del lugar reservado a Brasil en la producción mundial de mercancías cobraría su precio. La realidad llega, más tarde o más temprano.

La profunda recesión abierta y la demora en la recuperación expresan la desarticulación de la producción industrial dependiente. En la medida en que la inversión exterior para la producción industrial se secó, y, con ella, el entorno en que el capital local se alimentaba se estrechó, agravado por la apertura de las importaciones de los insumos industriales, las multinacionales también fueron imponiendo precios menores a los proveedores locales e/o importando directamente.

La inversión externa que impulsó la producción de valor en el capitalismo dependiente y creó un considerable parque industrial, al ser interrumpido, aliado a la incapacidad de la clase dominante de romper el ciclo de dependencia, abre el período de decadencia profunda y prolongada.

Así, ante la caída de las tasas de lucro, la prioridad es el pillaje, el rentismo y la destrucción, cuya expresión oculta la tortura del desempleo para los trabajadores. Y el rentismo, para hacer dinero de dinero, necesita la deuda pública y del Estado para impulsarse. Ahí entró el Plan Real.

Otra manera de mantener la “bicicleta pedaleando”

Si la política de Guedes es la expresión pura y dura del pillaje y de la venta del país a precio de costo, típica de los fondos de inversión que necesitan más velocidad en el retorno de sus “activos”, el artículo de un buen banquero, André Lara Resende, colocó en entredicho los caminos de Guedes para la “retomada” del crecimiento.

El banquero Lara Resende entra en el grupo de economistas que pasó a defender la Moderna Teoría Monetaria (MMT sigla en inglés) como solución para los “desequilibrios” del sistema capitalista. El exponente economista del PSDB importa el debate trabado por economistas de los países imperialistas que, después de la ruina de Grecia y de los “planes de austeridad” en Europa, presentan soluciones que viabilicen de alguna manera el sistema capitalista.

Tal como John MacDonnell, miembro del Labor Party británico, o de Stephanie Kelton, profesora de la Universidad Stony Brook, ex economista jefe de los Demócratas en el equipo del Comité de Presupuesto de los EE.UU y consejera económica de la campaña presidencial de 2016 del senador Bernie Sanders, estos economistas traban un intenso debate con los defensores del neoliberalismo o de la ortodoxia financiera en el tratamiento del déficit público.

El artículo de Resende fue respondido por los defensores de Guedes que, al unísono, rezan el credo: sin la reforma de la Seguridad Social el Estado brasileño estaría en riesgo. Esto también puede leerse de otra manera: la acumulación basada en el rentismo de la deuda pública, ante la profunda caída de las tasas de lucro estaría en un gran problema.

Resende es un defensor de la reforma, en la medida en que esta sería una “condición de sostenibilidad de la deuda pública”, o sea, es la garantía de que habrá superávit primario. Pero, la diferencia está en los límites de la deuda pública y de la política fiscal para mantener la bicicleta pedaleando. Lo que Resende dice es que la ronda financiera patrocinada por el Estado puede y debe encontrar otros caminos para mantenerse, tal vez más adecuados a la correlación de fuerzas.

Para el banquero, ahora partidario de la MMT, el gobierno no necesariamente debería financiarse solo por la vía de la emisión de títulos de la deuda pública. Reivindicando la reciente experiencia de los Estados Unidos, Europa y Japón, el gobierno brasileño podría simplemente imprimir dinero, pues la experiencia después de la crisis de 2007 demostró que aún inyectando trillones de dólares, euros y yenes en la economía, este mecanismo no fue inflacionario como dicen los manuales en que los gestores de la economía capitalista aprenden a conducir las políticas del Estado.

Pero, Resende alerta, siempre y cuando la tasa de intereses sea “inferior al crecimiento de la economía”. Su tesis se basa en el hecho de que, si los intereses bajan y el gobierno mantiene un superávit primario, la deuda pública tiende a equilibrarse y no representa un riesgo, y afirma: ‘la expansión monetaria no provoca inflación”.

La inflación sería solamente el resultado de la incapacidad de la industria para proveer la demanda de los bienes que la población necesita y que no existen en cantidad suficiente. Como no habría ninguna modificación en la política salarial ni tampoco cualquier modificación sustancial en la tasa de lucro de las empresas que impulse las inversiones, abarrotar los bancos de dinero y hacerlos comprar títulos de la deuda con intereses más bajos, mantendría intacta la ronda, siendo menos traumático modificar los criterios constitucionales de distribución del presupuesto.

La tasa de lucro y el parasitismo: las dos caras de la acumulación del capital

Lo que el banquero no dice son las razones por las cuales las tasas de intereses en Brasil están entre las mayores del mundo. Creer que la naturaleza de la crisis de la economía capitalista en Brasil puede gerenciarse a partir de una política monetaria, sea mediante el control o la expansión de la deuda pública, del dinero o del crédito, es solo un intento más de salvar los anillos.

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El sistema capitalista es una relación social basada en la explotación de los trabajadores, cuyo único objetivo es acumular capital, o sea, producir lucros a una escala creciente. Y esto solo puede hacerse por la vía de la producción de valor, o sea, por el crecimiento de la porción del trabajo no pagado a los trabajadores.

El capital hace eso tanto por la expansión de las actividades productivas – y la raquítica industria brasileña teóricamente tendría un amplio espacio para expandirse – o por el aumento de la productividad de la industria instalada por la intensificación tecnológica.

En un capitalismo dependiente que produce cada vez menos valor, desde el Plan Real orquestado por nuestro banquero, las altas tasas de intereses fueron la forma encontrada por el sistema para pasar de una forma desequilibrada de acumulación (hiperinflación) a otra, el ancla de cambio.

O sea, con una moneda, el Real, que representa poca producción de valor y no “vale nada”, disculpen la redundancia, las altas tasas de intereses fueron la forma encontrada para atraer el capital en dólares, que llenó el vacío dejado por la falta de las inversiones que producían plusvalía.

Pero los efectos de este proceso llegaron más lejos que el “ancla de cambio”. En la medida en que el país ya no es el depositario de inversiones de las multinacionales con fuerza suficiente para arrastrar el conjunto de la economía, el capital internacional atraído por las altas tasas de intereses tuvo mero efecto especulativo.

Por eso, las tasas de intereses siempre fueron las mayores del mundo. Pero eso no solamente benefició al capital de fuera, el capital local también se enriquece con las altas tasas de intereses, manteniendo el rentismo, el parasitismo como la palabra de orden de acumulación.

El efecto real sobre la producción de valor, o sea, sobre el hipotético desarrollo capitalista, además de la estabilización de la moneda, fue nulo. La gran hazaña fue estabilizar una moneda sin valor y los lucros desorganizados por la hiperinflación.

Pero el efecto a medio plazo fue el impulso de la desindustrialización, en la medida en que la valorización artificial del real ante el dólar hacía las inversiones más caras, ya que la tecnología es importada. Para amenizar las pérdidas de la clase dominante, el gobierno FHC les distribuyó, o en sus palabras, “privatizó” varias empresas estatales a sus amigos. En este episodio, nuestro banquero pierde su cargo, involucrado en un negocio de privatización. Y estimula el rentismo, iniciando el blindaje del Presupuesto federal para garantizar el pago de los títulos de la deuda pública y retirando el impuesto sobre lucros y dividendos de las empresas y bancos distribuidos a los accionistas.

Pero el inexorable curso de la decadencia se profundiza en la medida en que la mejoría circunstancial y coyuntural de la tasa de lucro de las empresas no financieras fue solamente el resultado del aumento de la explotación de los trabajadores. Los dos ejes sobre los que giraban las inversiones – las multinacionales y el Estado – ya no cumplirían el mismo papel de antes. Por eso, las tasas de lucro, o el retorno en la forma de lucro ante el capital invertido, mantuvo su caída.

Es lo que no demuestran los estudios de Adalmir Marquetti (PUCRS). La pronunciada caída de la tasa de lucro explica la dinámica de las sucesivas crisis del capitalismo brasileño. Tomando el año de 1955 como referencia (=100), la tasa de lucro en las empresas no financieras representaba, en 2015, el equivalente al 40%, una caída de 60%.

Así, desde el Plan Real, el rentismo, la acumulación de dinero por la vía pura y simple de la especulación, sea por los títulos de la deuda pública o de los mecanismos especulativos, fue ganando prominencia ante la decadencia económica. Este mecanismo fue impulsado no solo por el Plan Real de FHC, sino también por los gobiernos Lula, que convirtieron títulos de la deuda externa con baja remuneración de intereses por la caída de la tasa de intereses de los Estados Unidos, en Deuda Interna con elevadísimos intereses.

Todo este mecanismo macabro debería sustentarse en un colchón de dólares que permitiese la salida de los dólares que entran al país. Así, la exportación de productos primarios para Asia compensa la caída de la exportación de productos industrializados para América Latina.

El crecimiento del PIB de 4% entre 2003-2010, alentado por el aumento medio de 130% de los productos básicos exportados, fue una gran ilusión pasajera, puesto que, cuando estos productos tienen una caída abrupta, la producción industrial, ya en franca decadencia, no puede ser el motor de la economía capitalista. Los gobiernos Lula solo fueron la continuidad del Plan Real durante el boom de las materias primas.

La cuestión más importante para entender la dinámica de la crisis es lo que impulsa la economía capitalista. Es la rentabilidad de la inversión capitalista la que impulsa el crecimiento y el empleo, no el tamaño del déficit del gobierno. Y en este requisito, el artículo de Resende no gasta una línea.

Y como vimos, la caída abrupta de esta rentabilidad hace que estos parásitos mantengan sus lucros a través de la explotación con la reforma laboral y la reforma de la Seguridad Social para mantener el pillaje del Estado y el parasitismo.

El fetiche del banquero

El artículo de Lara Resende no deja de tener su lado cómico, ahora nuestro banquero descubrió que:

…la moneda es esencialmente un índice, la unidad contable oficial para el balance de los activos y pasivos del gobierno con la sociedad, es más desorganizador de las concepciones macroeconómicas establecidas de lo que se podría suponer. Esta es la visión Cartista, retomada por la Modern Money Theory, en oposición a la visión Metalista/Cuantitativista, que dominó hasta la última década del siglo XX.

Sin resolver el problema esencial de la profunda crisis del capitalismo dependiente brasileño, nuestro banquero defiende la pura y simple impresión de dinero por el Estado, a fin de cuentas hacer dinero de dinero es la especialidad de los banqueros. Según nuestro autor, está demostrado empíricamente que imprimir dinero no “causa inflación”. Al final, Lula convirtió parte importante de la deuda externa en deuda interna y el país que se endeuda en moneda local soberana, no puede imprimir dólar, pero nada le impide de imprimir  reales.

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Los que insisten en que la naturaleza de las crisis en el capitalismo se origina en las finanzas y pueden resolverse en el ámbito de la cantidad de dinero que circula, sea en el campo de la ortodoxia neoliberal o de la Moderna Teoría del Dinero están discutiendo cómo “mantener la bicicleta pedaleando”, o sea, discuten cómo “salvar el capitalismo de los capitalistas”.

Pero si es verdad que la simple impresión de dinero es la prueba empírica de que este mecanismo no causaría inflación, también es cierto que tampoco este fue el factor que determinó la retomada del crecimiento económico, como nos explica el economista británico Michael Roberts:

“Iwata fue originalmente el arquitecto del programa de compra masiva de títulos por el banco de Japón, conocido como ‘flexibilización cuantitativa y cualitativa’ (QQE). Su objetivo era impulsar la economía a través de una inyección masiva de oferta monetaria. Pero, aunque el gobierno japonés siguió continuamente con déficit presupuestarios anuales, no consiguió reactivar el crecimiento nominal del PIB o de la renta de los domicilios”.

La “prueba empírica” de que la flexibilización Cuantitativa (QE) no causa inflación, no resuelve el dilema del capitalismo brasileño, así como no lo resolvió en Japón. Los desequilibrios y reequilibrios del sistema capitalista no son un problema en sí mismo para el capital, es la propia esencia de un sistema turbulento donde imperan las desigualdades, pasando de una fase desequilibrada a otra. El ancla de todo este proceso es el aumento de las tasas de lucro y la acumulación constante a través de la explotación de los trabajadores.

Cuando la tasa de lucro no compensa la inversión, una fase especulativa se expresa en el “desequilibrio” en la esfera pública con el aumento de la deuda y la presión para disminuir los impuestos que inciden sobre la propiedad y el lucro. Esto no depende de la teoría justificativa de la moda.

En la medida en que la inexistencia del superávit primario pone en riesgo el pago de los títulos de la deuda a una tasa corriente de intereses, nuestro banquero puede resolver un aspecto del problema: cómo los bancos en una fase crítica del mecanismo rentista de la deuda pública pueden sustituir este mecanismo por otro. Pero, los efectos concretos sobre la producción de valor pueden como máximo ser indirectos, o sea, bajar la tasa de intereses para permitir la inversión.

Pero los capitalistas siguen con otro dilema: es la rentabilidad del capital la que determina la inversión. Aunque estén abarrotados de dinero en los bancos, los capitalistas no invierten porque la tasa de lucro no compensa, como demostró la impresión de dinero en Japón (o la flexibilización Cuantitativa como se le conoce).

Los capitalistas brasileños responderán de la misma manera. Las tasas de intereses pueden molestar o ayudar, pero no determinan, incluso porque los capitalistas no se financian por los intereses corrientes de la Selic, que remuneran los títulos de la Deuda Pública, ellos aplican su dinero aquí justamente por la caída de la tasa de lucro de sus empresas

Las tasas de intereses en Brasil siguen siendo superiores a la tasa media de lucro, o como dice nuestro banquero, son superiores a la “tasa de crecimiento de la economía”, pero no es porque ella sea un impedimento absoluto a la inversión productiva de los grandes monopolios, al contrario, ella solo es la expresión de la decadencia del sistema productivo. Y la forma encontrada para mantener la acumulación capitalista.

La imagen aparece invertida en el espejo de los economistas a servicio del capital porque el problema central de la base teórica de la Moderna Teoría del Dinero, es negar el hecho de que el lucro es oriundo de la plusvalía extraída de la explotación de los trabajadores en el proceso de producción capitalista. En el fetichismo del dinero, este sustituye el valor en vez de representarlo. Creen que el dinero es el causante de la crisis y también su solución, mediante la creación de valor. Ignoran el origen y la función del lucro.

Traducción: Davis