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Acaban de cumplirse los 90 años del recordado “crack” económico de 1929. Reproducimos aquí, el capítulo 3 del libro El carácter del sistema financiero y de su crisis de Alejandro Iturbe (2009).

La especulación parasitaria y la crisis de 1929 

El surgimiento del capital financiero y su exportación a los países atrasados, rasgo central del imperialismo, mejoró las condiciones para la obtención de una tasa media de ganancia satisfactoria, como analizaba Lenin. Por eso mismo, y simultáneamente, crea también las condiciones para la existencia de un volumen cada vez mayor de “capitales excedentes” sin posibilidades de inversiones rentables en la producción. Es el “capitalismo excesivamente maduro” del que hablaba Lenin.

El resultado es que estos “capitales excedentes” se vuelcan a la especulación financiera; es decir, a parasitar la plusvalía extraída en otras ramas de la economía. Un proceso que se ve potenciado por la “arquitectura especulativa” que se ha ido construyendo para compensar esa necesidad de ganancias con la creación de “capital ficticio”.

A diferencia del capital invertido en la producción, cuyos ritmos de reproducción quedan determinados por los ciclos propios de este proceso, el capital especulativo tiene una “agilidad” mucho mayor y se mueve rápidamente de un sector a otro, buscando “nichos”, situaciones coyunturales favorables y creando sus propios mecanismos, como las “burbujas especulativas”.

En la medida en que el volumen de estos capitales crece cada vez más, y a mayor velocidad que el capital productivo, crece también su proporción dentro del total de capital circulante. De esta forma, el conjunto del sistema capitalista imperialista toma un carácter cada más especulativo y parasitario, y esta tendencia se transforma en uno de sus rasgos centrales.

Algunos autores consideran, incluso, que el “capital especulativo parasitario” debe analizarse como una categoría diferente del “capital financiero” definido por Hilferding. Sería “el resultado de la conversión de la forma autonomizada del capital bancario o portador de intereses cuando sobrepasa los limites necesarios para el funcionamiento normal del capital industrial” (Reinaldo Carcanholo-Paulo Nakatani, El capital especulativo parasitario).

La falsa diferenciación entre burguesía financiera–especuladora y burguesía productiva

En este punto, es necesario rebatir uno de los mitos con que la crisis actual es explicada por diversos economistas burgueses e, incluso, de izquierda: el supuesto antagonismo entre una “burguesía productiva” (que, incluso siendo explotadora, en última instancia, jugaría un papel positivo) y una burguesía financiera-especulativa (la “mala de la película”).

El mito parte de la extrapolación de elementos parciales que el “sentido común” percibe en el funcionamiento económico. Es evidente que, a partir de las inversiones burguesas en fábricas, campos, minas o campos petroleros, existe una economía que produce nueva riqueza, y también, que gran parte de la “esfera financiera” parasita la riqueza producida en aquella economía “real”.

Pero es completamente equivocado considerar que la burguesía productiva y la financiera (o, lo que es lo mismo, las formas activa y monetaria del capital) están enfrentadas y son antagónicas. O que, en su actual fase imperialista, es posible la existencia de un “capitalismo plenamente productivo”,  con un sector financiero que sólo se limite a financiar la producción.

Es necesario recordar que el concepto de “capital financiero” implica la fusión altamente centralizada de los capitales bancario y productivo, bajo el predominio del primero. Si consideramos el gran capital, especialmente el imperialista, la burguesía bancaria (financiera) es también industrial y viceversa. Sería muy largo enumerar los vasos comunicantes (en personas e inversiones cruzadas) que expresan esta fusión.

Un hecho que desmiente el mito de la “burguesía puramente productiva” es que todas las grandes empresas industriales poseen fuertísimos departamentos de inversiones financieras. En la automotriz GM, esta división (la GMAC) fue la primera que sufrió la crisis que hoy se extendió a toda la empresa (debió ser vendida en 2007 al fondo de inversión Ceberbus).  La “burguesía productiva” invierte sus “ganancias excedentes” en la especulación.

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Veamos dos ejemplos de esta “doble mano” producción-especulación. Durante la crisis de la década de 1970, las ganancias obtenidas en la especulación financiera en Argentina fueron muy importantes para que la Ford sobreviviera a nivel mundial. Al mismo tiempo, una parte de los capitales especulativos invierten en “sectores productivas”, si coyunturalmente les conviene, como sucedió, en años recientes, con la burbuja inmobiliaria y de la industria de la construcción en EE.UU (éste último, un sector claramente “productivo”).

Es cierto que existen sectores burgueses que se dedican exclusivamente a la especulación financiera pura sin ninguna ligazón con la producción (los llamados “buitres”).  Pero son, en realidad, sectores bastante minoritarios si se considera al conjunto de la burguesía. En última instancia, son el resultado de la exacerbación de la tendencia especulativa de todo el sistema capitalista. Es decir, de la lógica de la fórmula D-D’, buscando aquellas inversiones que den mayor ganancia en el más corto plazo.

¿Cómo se forma una “burbuja”?

Uno de los mecanismos clásicos de la especulación son las llamadas “burbujas”. Cuando una cierta cantidad de capitales especulativos se concentra sobre un determinado mercado nacional o internacional (acciones, inmuebles, comodities, etc.), aumenta artificialmente la demanda de estos bienes o activos, y se origina una “burbuja”, en la que sus precios suben mucho más allá de toda base real.

Las bolsas de valores son lugares especialmente propicios para la especulación y la creación de burbujas. Tal como vimos, en ellas se compran y venden las acciones de las grandes empresas y bancos y una sobredemanda generada por capitales especulativos puede lleva sus precios mucho más allá de su “valor patrimonial”.

Esto se ve favorecido porque en la bolsa sólo está disponible para su compra-venta una cantidad limitada de acciones; por ejemplo, una fracción de 10 al 20% del capital total de las empresas. Por eso, se puede provocar un movimiento ascendente de sus precios con un volumen de capital especulativo bastante menor que el capital efectivamente actuante en la producción. Pero al subir el precio de las acciones “comercializables”, todas las acciones de esa empresa también suben su cotización, a veces a muy alta velocidad (por ejemplo, duplicándose en un año).

Se crea así un gran capital ficticio y todos los poseedores de acciones encuentran que, ese año, “duplicaron” su capital. Otras empresas menores que no cotizan en bolsa también ven aumentado el precio de su capital. Por ejemplo, si sube el precio de las acciones de una gran empresa automotriz, las empresas autopartistas y proveedoras también acompañan el movimiento ascendente. Durante un período, la “burbuja” (creada por los capitales especulativos, primero, más el capital ficticio, después) actúa como un factor dinamizador de otras ramas económicas y de la economía en su conjunto. El dinero y las ganancias parecen surgir de la nada.

Al mismo tiempo (contra las previsiones de Hilferding de que el capitalismo monopolista permitiría controlar, por lo menos a nivel nacional, la “anarquía” capitalista), la economía en su conjunto adquiere una fragilidad y una volatilidad mucho mayor al estar basada, en gran medida, sobre esa “burbuja” y esa afluencia constante de capitales al sector “inflado”. En otras palabras, prepara “anarquías” y crisis mucho mayores.

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En algún punto, la “burbuja” empieza a desinflarse. La “pinchadura” aparece, a primera vista, como un resultado de factores específicos (el mal balance de una empresa importante) o un factor “externo” a la economía (una guerra o un hecho importante de la lucha de clases). Pero, en última instancia, ella refleja la causa más estructural de las crisis capitalistas: la caída de la tasa de ganancia que va a verse agravada por esta sobreabundancia de capitales. El agotamiento de la burbuja va a impactar negativamente sobre el resto de las ramas de la economía, empujando hacia una crisis económica generalizada. Fue lo que ocurrió en el “crack” de 1929.

El “crack” de 1929

El jueves 24 de octubre de 1929 quedó registrado en la historia como el “jueves negro” ya que ese día comenzaron a derrumbarse los precios de las acciones en la Bolsa de Nueva York (NYSE), el mayor mercado de capitales del mundo, ubicada en el distrito financiero de Wall Street. El derrumbe continuó todo el mes siguiente.  Este proceso, también conocido como el “crack de 1929”, dio inicio a la llamada Gran Depresión, en EE.UU. y el resto de los países capitalistas (posiblemente, la mayor crisis económica de la historia del sistema capitalista).

El crack fue precedido por un período de cinco años de alza continua del precio de las acciones: el índice Dow Jones (medidor promedio de las acciones de empresas industriales) había quintuplicado su valor, alcanzando su nivel máximo de 381,17, el 3 de septiembre de 1929. Después, comenzó a oscilar con tendencia descendente hasta que se derrumbó el 24 de octubre y en los días siguientes, con millones de acciones que intentaban ser vendidas y que, en la mayoría de los casos, no encontraban compradores.

El 13 de noviembre, el Dow Jones cerró a 198,60 (un poco más de la mitad del valor máximo alcanzado). A pesar de los esfuerzos de los grandes bancos, como el JP Morgan, el Chase y el National City Bank, para comprar acciones de ciertas empresas, que conseguían algunas recuperaciones temporarias, la tendencia decreciente continúo hasta el 8 de julio de de 1932, en que el Dow Jones tocó su piso de 41,89 (el más bajo desde el siglo XIX). Las acciones de las empresas industriales habían perdido, en promedio, un 89% de su valor y caían a poco más de la mitad del precio que tenían en 1923. El Dow Jones recién recuperaría en 1954 índices similares a los anteriores al crack.

Algunos datos del crack

Sólo la pérdida de los primeros días (un 48%) significó una disminución de la cotización del capital empresario equivalente a 30.000 millones de dólares de la época. Para que se tenga una idea: esta cifra representaba diez veces el presupuesto anual del gobierno federal de EE.UU. y mucho más de lo que el país había gastado en la I Guerra Mundial. Verdaderamente, una gigantesca quema de capitales que devoró primero al capital ficticio, luego al especulativo y, finalmente, arrastró consigo también una parte del capital productivo.

Las causas del crack de 1929 (y la posibilidad de que se repita una crisis de esa magnitud) todavía son debatidos por economistas e historiadores. El elemento inmediato que la desencadenó fue un hecho hoy meramente anecdótico: la posible aprobación en el Congreso del Acta de Tarifas Smoot-Hawley. Las causas profundas son, desde nuestro punto de vista, la caída de la tasa de ganancia potenciada por el fabuloso crecimiento de los capitales especulativo y ficticio que lo antecedió.

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Proceso que fue precedido y acompañado por una fabulosa concentración y centralización de capitales. Trotsky señala, en su artículo El marxismo y nuestra época que, en EE.UU., en 1929, si bien existían unas 300.000 sociedades empresarias en el país, sólo 200 de ellas controlaban el 49,2 % del total de capital existente. En 1933, es decir cuando la crisis comenzaba a dejar su piso, la cifra había crecido a 56%. Algo que, a su vez, se basaba en un gran aumento de la explotación de los trabajadores: mientras la producción industrial había crecido un 50% entre 1920 y el inicio de la crisis, los salarios totales pagados sólo lo habían hecho un 30%. Es decir, incluso en plena época de “vacas godas”, la tasa de explotación había crecido más del 15%.

La crisis tuvo gravísimas consecuencias sobre la mayoría del pueblo estadounidense, salvo claro está las “200 familias” que se enriquecían cada vez más. La renta nacional (un cálculo derivado del PIB) cayó de 81.000 millones de dólares, en 1929, a 40.000 millones (¡menos de la mitad!), en 1932. Algunos burgueses o pequeño-burgueses, que habían jugado todos sus ahorros y propiedades en la especulación, se suicidaban. Pero donde el impacto fue terrible fue en la clase trabajadora y las masas. Llegó a haber cerca de 20.000.000 de desocupados y, en los inicios de la década de 1930, el propio presidente Roosevelt decía que cerca de un tercio de los estadounidenses estaba “subalimentado, mal vestido y vive en condiciones indignas para un ser humano” (citado por Trotsky).

EE.UU. producía, en 1929, el 40% del PIB mundial y la crisis se extendió a los países imperialistas europeos y a todo el mundo capitalista, con fuerte impacto en Alemania. Es decir, además de sus profundas consecuencias económicas y sociales, tuvo grandes consecuencias políticas que abarcan hasta la II Guerra Mundial. La pregunta que cabe hacerse es si puede volver a producirse una crisis de esta magnitud o si los mecanismos creados por el capitalismo son capaces de evitarla. Desde nuestro punto de vista, las tendencias que ya analizamos y las que veremos más adelante plantean que es perfectamente posible que se repita una crisis de esta profundidad, o incluso mayor.