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La irrupción del coronavirus ha tenido un impacto sanitario inédito alrededor de todo el mundo. Hasta el momento, ha infectado a millones de personas, ha provocado el fallecimiento de cientos de miles y ha confinado de manera simultánea a aproximadamente la mitad de la humanidad. Además, ha detonado el segundo capítulo de la crisis económica, que parece será mucho peor que el primero de 2008. Es difícil siquiera imaginar la dimensión de muerte y sufrimiento que ha traído y traerá, especialmente para la clase trabajadora y la población más pobre, pero la comparación con una guerra parece la más acertada.

Por Juan P.

Muchos/as comentaristas declaran que esta situación era “imprevisible”, y que nada se podía hacer para evitar la aparición y explosión de la pandemia. Sin embargo, el riesgo era bien conocido. La edición de 2020 del Informe de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial señalaba los problemas ecológicos como uno de los más amenazantes, incluyendo en lugar destacado el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Por otra parte, numerosos/as virólogos/as alertaban de la aceleración de la aparición de brotes víricos que saltan de animales a personas (Nathan Wolfe escribía en The New Yorker que “Si tuviera que ir a Las Vegas y apostar por el próximo gran asesino, pondría todo mi dinero en un virus”); e incluso existen varios proyectos científicos, como el Global Viral Forecasting Iniciative, que tratan de “cazar” esos virus antes de que salten a la población humana.

La destrucción de la naturaleza acelera la aparición de epidemias

Una zoonosis es cualquier enfermedad infecciosa que salte de animales a humanos. Según la OMS, alrededor del 70% de las patologías que nos han afectado durante los últimos 40 años procedían de animales salvajes. Algunas zoonosis recientes fueron el SARS, la gripe porcina o el MERS. Hay otras conocidas, como la rabia, el ébola, la tuberculosis o la peste. Lejos de teorías conspiratorias, aunque aún no conocemos todos los detalles, es seguro que la COVID 19 es una nueva zoonosis.

La aparición de este tipo de epidemias ha acompañado a la humanidad desde su mismo origen. Sin embargo, ahora existe una tendencia clara a su aparición cada vez más frecuente y devastadora. La precondición para que una enfermedad de animales salvajes pase a las personas es que haya un contacto estrecho entre ellos/as, cosa que hacemos al invadir y destruir los ecosistemas. La actividad humana ha alterado el 75% de la superficie terrestre del planeta, provocando un claro aumento en las zoonosis a medida que se arrasaban los espacios naturales. La globalización económica y social ha hecho el resto, al difundir la nueva enfermedad a una velocidad inusitada a todo el planeta.

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Las principales causas de esa transformación son la expansión de la actividad ganadera y agrícola (según el IPBES, entre los años 1980 y 2000, una superficie tropical equivalente a Francia y Alemania fue transformada en cultivos), la caza para consumo local o comercio (el pangolín, posible origen del COVID, es intensamente consumido), el tráfico de especies (que es el 4º mercado ilegal más grande) y otras actividades extractivas, como la tala y la minería.

Todo esto hace que la aparición de zoonosis sea bastante previsible. Ocurrirá con mayor frecuencia allí donde el cambio de usos del suelo y la pérdida de biodiversidad es más acusada.

El cambio climático y la contaminación atmosférica son potenciadores

Otros factores favorecen que los efectos de la pandemia sean aún más letales. La Universidad de Harvard ha establecido una correlación clara entre la mortalidad del COVID 19 y la contaminación atmosférica. Aunque para ser justos/as con el virus, la contaminación atmosférica ya mataba de manera masiva antes de que él apareciera. En el Estado Español se estiman en unas 10.000 las muertes prematuras anuales producidas por la contaminación.

Por otra parte, el cambio climático favorece la aparición de zoonosis, al aumentar la dimensión de los ambientes cálidos, que son preferidos en general por virus y bacterias, así como al favorecer la expansión de “animales vectores” (como los mosquitos) de enfermedades hasta ahora circunscritas a zonas tropicales. De nuevo, para ser justos/as con el virus, no podemos dejar de señalar que, en palabras literales del propio secretario general de la ONU, el cambio climático será “mucho más devastador” que el COVID 19.

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¿El virus ha dado un respiro a la naturaleza?

El impacto del virus en la economía ha producido un descenso acusado de las emisiones contaminantes en general, y de gases de efecto invernadero (GEI) en particular; especialmente las procedentes del transporte. De repente, numerosas ciudades han podido contemplar un horizonte despejado, que normalmente se encuentra oculto por la contaminación. También el confinamiento general ha provocado que, durante unas semanas, la presión humana sobre espacios naturales haya descendido.

Sin embargo, no hay razones para celebrar. La reducción de emisiones está muy lejos de tener un impacto positivo significativo en la concentración atmosférica de GEIs. Y lo que haya dejado de ser emitido se recuperará rápidamente a medida que se vaya reactivando la economía. Ningún virus va a solucionar la degradación ecológica; para eso se necesitan medidas políticas, económicas y sociales anticapitalistas.

¿Cómo “vacunarnos” contra la próxima pandemia?

La mejor “vacuna” frente a pandemias es minimizar el riesgo de que aparezcan. Nunca existirá el riesgo cero, pero el capitalismo es un sistema que maximiza todos los factores que las favorecen. El coronavirus es una expresión más de las consecuencias de la depredación salvaje de la naturaleza. Otros efectos están ya ocurriendo o vendrán en el futuro, de manera gradual o explosiva, producto del cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la destrucción de espacios naturales, etc…

Aunque se suele pensar que el capitalismo es el orden social definitivo, “el fin de la historia”, es un sistema insostenible; es decir, está condenado a colapsar en su formato actual, más pronto que tarde. Este pequeño virus ha mostrado su vulnerabilidad. ¿Qué ocurrirá cuando los impactos globales del cambio climático, infinitamente más graves y permanentes, se extremen?

Sin embargo, no parece buena idea quedarnos sentados observando el derrumbe, ya que los cascotes caerán sobre la clase trabajadora y los pueblos. La burguesía ha demostrado sobradamente que le da exactamente igual arrasar el planeta en su búsqueda de acumular más y más beneficios; ese y no otro es el pilar fundamental del capitalismo. Ellos confían en que siempre podrán comprar los lugares más seguros.

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Para asegurar nuestras vidas y la salud del medio ambiente es necesario actuar ya. Es necesario constreñir la economía dentro de los límites de la sostenibilidad; lo que incluye reservar y ampliar los espacios naturales, proteger la biodiversidad y reducir drásticamente las emisiones contaminantes (a la mitad en 10 años y a cero en 20 años, según objetivos de la ONU). Además, para que esto sea socialmente viable, debe hacerse con justicia social, lo que implica una redistribución igual de radical de la riqueza.

A veces nos dicen que somos “utópicos” por defender la necesidad de una Revolución de los/as trabajadores/as, pero lo que es utópico es pensar que estos objetivos se pueden lograr bajo el capitalismo. Sólo el socialismo, con una economía planificada democráticamente para las necesidades sociales y la sostenibilidad ecológica, puede lograr la transformación que necesitamos.