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La reciente ola de lucha popular en Nicaragua, cuya primera victoria fue derrotar la reforma de pensiones del gobierno de Daniel Ortega, ha encontrado un silencio estruendoso en la mayoría de las organizaciones de la llamada izquierda.

Por Israel Luz e Marina Peres, de São Paulo (SP)

De hecho, es difícil defender la FSLN. Son innumerables las comprobaciones prácticas de que el tiempo heroico de la guerra contra la dictadura de Anastasio Somoza y los EE.UU es parte de un pasado enterrado hace mucho tiempo. Para quien tenía alguna duda, la durísima represión de Ortega, que según los relatos de los medios dejó cerca de 25 muertos en el país en los últimos días – todo para intentar garantizar la aplicación de una reforma de pensiones – mostró de qué lado está el gobierno.

Para los sectores que creen que la dinámica de la lucha de clases hoy es la de ofensiva burguesa y derrota de los trabajadores, fruto de una supuesta “ola conservadora”, apoyar con fuerza las protestas significaría reconocer una importante excepción a su análisis. O entonces admitir un hecho que invalida la tesis central de la ola de derecha, derribando gobiernos “de izquierda” en América Latina. Lo que les queda es estarse quietos…

Sin embargo, Ortega todavía encuentra defensores. Queremos debatir con sus argumentos, pues al menos tienen el mérito de llevar hasta el final el punto de vista que está por detrás del silencio cómplice de los demás castro-chavistas.

En primer lugar, en el terreno factual, es curioso el tratamiento que dan periódicos como el Granma cubano y el Brasil de Fato a la reforma que le dio origen a las protestas.

Como esos propios medios describen, en su versión inicial, la contribución al INSS nicaragüense aumentaría tanto para los empresarios, como para los trabajadores: de 19% para 22,5% y de 6,25% para 7%, respectivamente. Argumentan que los más perjudicados serían los ricos y esa sería la razón por la cual los empresarios estarían animando protestas violentas contra el gobierno.

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Llama la atención como en un ningún momento defienden efectivamente la propuesta de Ortega. Llenan esa laguna con la lógica de que “los dos pierden”. El cinismo aquí no tiene límites, porque esa pérdida representa un golpe mucho más fuerte al bolsillo de los trabajadores. Y la versión, en tiempos de crisis, de la famosa lógica conciliadora de que los dos lados ganan.

En segundo lugar, no niegan la real participación popular en la lucha. Pero hacen parecer que no hay motivo justo para la indignación del pueblo contra el gobierno, tratando a los de abajo como meros fantoches en manos de la derecha y de los EE.UU. En el pronunciamiento sobre la retirada de la reforma, acompañado por empresarios, el presidente le pidió a los jóvenes en la calles que no se dejasen manipular [1].

El Ortega de 2018 recuerda al de 1988 cuando, ya en el período en que la FSLN comenzaba a adaptarse profundamente a la democracia burguesa, calificó una huelga en la construcción civil como acción de “trabajadores desorientados y confusos, que están siendo dirigidos por personas que son elementos conscientes de la política estadounidense” [2].

En un artículo intitulado “¿Quién está por detrás de las protestas?” [3], el periódico del gobierno cubano asegura que el grado de violencia al que llegó la furia popular solo se explica por el hecho de que Washington está articulando, vía redes sociales, las protestas con objetivos desestabilizadores.

Siguiendo la misma línea, el Brasil de Fato coloca que el “levante sigue el modelo ya conocido de la ‘primavera árabe’ y también de junio de 2013 en Brasil” [4]. Y continúa con la tradicional acusación – de la que nunca tiene pruebas – de que las críticas de los sectores de izquierda al sandinismo forman parte de un “proyecto de retomada de control de los países alineados a una línea más progresista”.

Para la izquierda con nostalgia del estalinismo, el móvil de la historia no es la lucha entre las clases y sí la batalla entre un campo de unidad entre trabajadores y burgueses, llamado eufemísticamente progresivo, y un campo reaccionario.

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Se trata de una completa degeneración de la idea de antiimperialismo, como si el combate a las políticas de los EE.UU en América Latina pasase por una coalición con sectores de la burguesía supuestamente nacionalistas. La historia del sandinismo muestra lo contrario.

En 1987, Bayardo Arce declaró que “La FSLN defiende a los propietarios de las mayores riquezas del país y las representa en términos de nación. Pero en términos de lucha de clases y de lucha popular, no podemos representarlas porque tomamos la decisión de basarnos en la alianza entre trabajadores y campesinos” [5]. Fue una contradicción insostenible.

La “economía mixta”, con la manutención de la propiedad burguesa y el apoyo a los capitalistas “patrióticos”, acabó por ser un elemento de distanciamiento del pueblo, que empujaba la revolución hacia adelante. El pacto social llamado concertación ayudó los intereses capitalistas, pero representó un duro ajuste económico para los trabajadores. Las organizaciones sindicales vinculadas a los sandinistas defendían tal política, incluso contra los intereses de la clase. Ortega acabó por perder la elección de 1990 contra Violeta Chamorro.

Hoy en día, los mismos que acusan a los manifestantes nicaragüenses de ser manipulados por el imperialismo estadounidense, no hacen un milímetro de crítica a Ortega por pretender negociar una nueva versión de la reforma, con nadie menos que el FMI.

Encima, desacreditan la lucha contra el imperio estadounidense al tratarlo como un personaje omnisciente, con capacidad virtualmente ilimitada de manipulación. Y aquí no queremos decir que la burguesía no disputa los grandes procesos de movilización, sino que es ridículo identificar cualquier ola de luchas de los de abajo contra los gobiernos de la izquierda conciliadora con un plan previamente preparado por la CIA.

En tercer lugar, lo peor de todo: no se puede disimular la desconfianza en relación a los trabajadores. Si el pueblo pobre y el proletariado no están al lado del gobierno que los castristas y sus amigos apoyan, ellos simplemente tratan la resistencia de la clase como acción de personas que están siendo engañadas.

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Con eso, demuestran por qué se agarran tanto a las elecciones burguesas y a sus gobiernos “populares”: si nada puede venir de la movilización independiente de los de abajo, entonces que se deslegitime su lucha y que se deje en manos de la FSLN, del PSUV, del PT, etc. – de los partidos que gobiernan en alianza con sectores de la burguesía – los rumbos del cambio en los países.
Ellos son la izquierda que le gusta a la derecha, porque nada podría ser mejor para la manutención de la condición semicolonial de los países latinoamericanos y para garantizar las medidas del ajuste fiscal que el imperialismo tiene que aplicar hoy, que una clase trabajadora domesticada por los procesos electorales.

Traducción: Davis

Notas:
[1] http://www.granma.cu/mundo/2018-04-22/suspenden-reforma-que-se-utilizo-como-detonante-para-la-violencia-en-nicaragua-22-04-2018-21-04-19
[2] Zimmerman, M. A revolução sandinista. São Paulo: Unesp, 2002
[3] http://www.granma.cu/mundo/2018-04-23/quien-esta-detras-de-las-protestas-en-nicaragua-23-04-2018-21-04-10
[4] https://www.brasildefato.com.br/2018/04/23/artigo-or-nicaragua-uma-narrativa-ja-bem-conhecida-nos-ultimos-tempos/
[5] Citado por Zimmerman (p. 143) no livro referido antes.