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El secuestro de centenas de jóvenes en Nigeria en abril pasado [2014] aterrorizó al mundo. Porque una vez más se hizo evidente la situación de extrema opresión y humillación en que viven las mujeres, en especial las más pobres y, entre ellas, las más jóvenes, en todos los países.

Por Cecilia Toledo, escrito en 2014. 

Eso no pasa solamente en Nigeria, un país sometido hasta el cuello por la explotación y el saqueo imperialista. Ocurre en todos los países, incluso los más “adelantados”. Claro que las formas con que la opresión sobre las mujeres se expresa son distintas –secuestros, trata, esclavitud, violencia doméstica, humillación psicológica– y eso tiene que ver con la realidad específica de cada país, de cada cultura, de las costumbres de los pueblos.

 
Pero lo común entre todos ellos es que la mujer pobre, trabajadora, campesina, es siempre la primera víctima de las crisis capitalistas. En las guerras que vivimos, son violentadas como forma de bajar la moral de los soldados adversarios; en las crisis económicas, son las primeras a sufrir los rencores de los hombres expoliados por sus patrones, con palizas, golpes, torturas físicas y psicológicas. En la degeneración moral a que el sistema capitalista nos llevó, la mujer es el primer eslabón que se rompe de la cadena.
 
El papel de la religión
 
Lo primero que hay que ver es que la mayoría de las concepciones en relación con la mujer son fruto de la evolución histórica y producto de las condiciones sociales y económicas de las distintas épocas. En ese sentido, las religiones cumplen un papel decisivo y no pueden ser relegadas a segundo plano.
 
En general son las grandes responsables por el mantenimiento y la propagación de la idea de la mujer co­mo sexo débil y ser inferior, ayudando a mantenerla sojuzgada y oprimida. A pesar de que el marxismo defiende la libertad de cada uno de adherir a la religión que quiera, jamás dejó de mostrar a los trabajadores que las religiones en general colaboran para la alienación del hombre (al colocar todo el poder en un ser superior, separado de él) y para mantenerlo sumiso y aceptar pasivamen­te los designios y sufrimientos que le son impuestos por el capitalismo.
 
En relación con la mujer, las concepciones religiosas la mantienen presa a concep­ciones retrógradas, que no sirven para la lucha por su emancipación, de manera tal que serán penadas rigurosamente aquellas que osen no respetar sus preceptos. Y esos preceptos, considerados cuestiones de principios que no pueden ser violados, son uno de los principales refuerzos de la opresión de las mujeres en todo el mundo.
 
Las ideas de los Padres de la Iglesia
 
La Iglesia más poderosa durante la Edad Media en Occidente, la católica, construyó toda una doctrina que, a pesar de estar obsoleta en muchos aspectos, se mantiene hasta hoy. Sus preceptos fueron en gran medida concebidos por aquellos hombres que la historiadora Joyce Salisbury llama los Padres de la Iglesia: Tertuliano, que vivió a finales del siglo II, en el norte de África; Cipriano, su heredero espiritual, quien vivió en el siglo III en la misma región; Ambrosio, Jerónimo y Agustín, del siglo IV.
 
Cuando su religión comenzó a difundirse por el Imperio Romano, los adeptos del cristianismo se encontraron con un problema a ser explicado: el de la sexualidad. El cristianismo rechazaba la sexualidad licenciosa que marcó a Roma, pero necesitaba explicar el lugar del sexo en la creación y definir el papel que las relaciones sexuales deberían desempeñar en la vida. Esa misión fue desempeñada por los Padres de la Iglesia. Los cuatro primeros teólogos, Tertuliano, Cipriano, Ambrosio y Jerónimo, tenían una visión dualista de la sexualidad, o sea, que ella tenía dos lados; trazaban una línea que dividía el cuerpo humano en carne y espíritu y, en un mundo dividido entre el bien y el mal, espíritu y carne, definían el sexo como un mal, como algo repugnante contra lo cual el hombre debería siempre luchar, volviéndose un asceta. Sólo así podría engrandecer su espíritu.
 
Para los así llamados Padres de la Iglesia, la definición del sexo como algo repugnante es válida para hombres y mujeres, y determina el enemigo carnal contra el cual ambos deberían luchar. Sin embargo, sus recomendaciones en relación a la conducta de una vida ascética no eran las mismas para hombres y mujeres. La división de la humanidad entre hombres y mujeres corría paralela con la división del mundo entre lo espiritual y lo físico: los hombres representaban la parte espiritual del mundo, las mujeres, la carnal. Como se esperaba que el espíritu gobernase la carne, el hombre estaba predestinado a gobernar a la mujer. Isidoro de Sevilla, en Etimologías, sintetizó ese pensamiento: Las mujeres están bajo el poder de los hombres porque ellas son, en general, espiritualmente volubles. Así, deben ser gobernadas por el poder masculino. Esos dos atributos, poder y cabeza, serían la esencia de las concepciones de los Padres de la Iglesia. La fuerza y la razón proporcionaban a los hombres una justificación –en realidad, obligación– para gobernar. Esas dos cualidades dotaban al hombre de poder e, inversamente, el poder se transformó en la marca del hombre.
 
El poder masculino podía ser percibido en sus características físicas, que claramente diferenciaban al hombre de la mujer. Esas diferencias definían al hombre como más bruto y fuerte que la mujer, la que se consideraba más suave. La posición de poder también definía otra característica de la masculinidad: ser activo en el mundo y partícipe activo en relacionarse con las mujeres. Por lo tanto, ya que el hombre era considerado más espiritual que carnal por naturaleza, él sería más capaz para evitar los pecados de la carne, no dejarse arrastrar por las tentaciones femeninas. Así, todos los peligros del mundo físico que los Padres de la Iglesia señalaban que desviarían al individuo de las cosas espirituales estaban encarnados en la mujer. Isidoro de Sevilla revela hasta qué punto las mujeres eran definidas por su sexualidad: … la palabra femenina viene del griego, derivada como fuerza del fuego, porque su concupiscencia es muy apasionada: las mujeres son más libidinosas que los hombres.
 
Esa sexualidad “exacerbada” representaba una permanente trampa de la carne para los hombres que se aproximasen a cualquier mujer, pues todas ellas eran tentadoras y continuamente reproducían la tentación inicial de Eva hacia Adán. Jerónimo dice: No es de la prostituta ni de la adúltera que hablamos, sino de que el amor de la mujer en general es condenable por ser insaciable; una vez extinto, explota en llamas; dado en gran cantidad es nuevamente necesario; eso irrita la mente de un hombre y perturba todo pensamiento, con excepción de las pasiones que alimenta.
 
Las mujeres no ejercían esa función de “tentadoras del hombre” simplemente por el deseo de hacerlo; eso era parte de su naturaleza. Incluso si no quisiera tentar a un hombre, ella lo haría de cualquier manera; por el simple hecho de ser vista por él, ella ya se sentía culpable de tratar de seducirlo. Ambrosio, en un arranque de generosidad, afirmó que la mujer no debería ser condenada por ser una tentación, porque no puede ser culpada por aquello que ya tenía al nacer. Removía así su culpa y la reducía a un estado de tentadora permanente, acusada por ser lo que era, no por lo que hiciese. Por eso, Tertuliano caracterizó a las mujeres como la puerta del diablo y sugirió que usasen ropas de luto todo el tiempo, como penitencia por la ignominia… del pecado original y la vergüenza de ser la causa de la detención de la raza humana.
 
El poder que se atribuía a la mujer de corromper a los hombres significaba en el fondo una amenaza al poder que definía la masculinidad. Los hombres eran considerados las cabezas de las mujeres, y estas deberían cubrirse con velos para no tentar a los hombres.
 
El discurso de hoy es otro; la Iglesia trató de adaptarse a la evolución de los tiempos. Sin embargo, si algo de su esencia se transformó verdaderamente, ese algo fue básicamente simbólico. Las concepciones de la mujer como ama de casa, compañera del hombre y un elemento marginal dentro de la sociedad son algunos de los efectos de esas concepciones.
 
Pero, en la campaña de la Iglesia católica contra el aborto es donde ellas más se evidencian. Se lanza una serie de argumentos para condenar el aborto –el feto, desde el primer momento, ya es una vida; matar es pecado, etc. –que en el fondo buscan encubrir su verdadera concepción sobre la mujer como un ser pecador por excelencia, sin derecho a opinión propia, sin derecho a decidir sobre su propio cuerpo, sus propios actos, su propia voluntad–. ¿Qué es eso sino un ser sin cabeza, como afirmaban los Padres de la Iglesia? Si estudiamos a fondo la historia de la Iglesia católica seremos perfectamente capaces de afirmar, sin miedo a cometer exageraciones inútiles, que la defensa de la vida desde el útero materno, hecha con tanto ardor por la Iglesia, jamás correspondió a una cuestión de principio para la jerarquía católica. La Iglesia católica ya fue capaz de demostrar la poca importancia que atribuye a la vida humana en muchos momentos históricos. En la Santa Inquisición, en el trato a los indígenas, en el apoyo a dictaduras militares y, en especial, su eterna defensa de la manutención del sistema capitalista y la democracia burguesa, responsables por las guerras fratricidas, la explotación de los pueblos, el hambre y el genocidio.
 
¿Qué decir de la vida de los niños en esa realidad terrible que soportamos a cada día?
 
La mujer en los países islámicos
 
Pero si la católica es la Iglesia que parece dominante en el mundo, la doctrina islámica, igualmente, aflige a millones de seres humanos en el planeta. Y ambas, pese a las acusaciones mutuas, no se distinguen en lo esencial con relación al tratamiento que dispensan a las mujeres. Desde la perspectiva occidental, la opresión contra la mujer musulmana parece más violenta que las demás. De hecho, la mujer occidental hizo grandes conquistas contra la opresión, sobre todo a partir de los años ’60, y que se debieron básicamente a las luchas que ella emprendió y al propio desarrollo de la ciencia contra el atraso de las concepciones religiosas. El imperialismo sobre las naciones islámicas también fue un hecho que, contradictoria y definitivamente, afectó su realidad. Sin embargo, las diferencias entre una y otra residen básicamente en la forma y no propiamente en el contenido de la opresión. En eso, ellas continúan siendo hermanas.
 
Las Suras y sus imposiciones
 
La cultura musulmana está basada en tradiciones seculares. Si en el cristianismo las concepciones sobre la mujer fueron definidas por los Padres de la Iglesia, en el islamismo ellas fueron, según la creencia musulmana, reveladas por Dios a Mahoma y están escritas en el Corán. Ese es el libro sagrado del islamismo y está compuesto por 114 capítulos o Suras, que sirven de guía a los musulmanes en todos los aspectos de la vida. Las mujeres tienen un capítulo especial: el cuarto, llamado Sura de las Mujeres. En el Islam, la ley islámica (sharia), que se confunde con la religión, es la ley absoluta desde que el Corán existe, hace 13 siglos.
 
Como ocurre en Occidente, donde la opresión femenina tiene causas económicas bien precisas, en el Islam ella vive en un gran atraso del desarrollo de las fuerzas productivas, en pésimas condiciones de vida y en la marginalidad de grandes masas oprimidas y explotadas por los gobiernos burgueses autoritarios, la mayoría de las veces representados por príncipes, marajás, ayatolás, mulás y todo tipo de autoridades encargadas de reproducir y hacer valer las concepciones patriarcales inscritas en el Corán, muchas veces con variaciones según su propia visión del mundo o intereses materiales. En esas condiciones, la mujer del pueblo es uno de los sectores sociales más oprimidos, ya que sobre ella incide una combinación atroz entre el atraso secular de las concepciones religiosas y las pésimas condiciones de vida de las masas trabajadoras.
 
Los fundamentos históricos del Corán se remontan a un pasado muy lejano. La vida difícil en tierras áridas, desérticas, no permitía que las familias soportasen una carga de individuos improductivos. Y la mujer, por tener que estar un tiempo alejada del trabajo durante la maternidad y la lactancia, tenía una vida mucho menos “productiva” –según los patrones de los pueblos árabes del desierto– que el hombre. Por eso, era considerada una carga para la familia, y cuando nacía una niña, el padre aparecía con su rostro sombrío, negro y oprimido por la angustia. Pero, pese a esa angustia, muchas de las niñas eran muertas o abandonadas en el desierto.
 
Esa práctica fue condenada en el Corán: No matéis a vuestras hijas al nacer por temor a la pobreza (Sura XVII). De esa manera, los musulmanes constataban que Mahoma salvó a la mujer de la muerte. ¿Qué hacer con ella, entonces? Nada mejor que cederla a un hombre joven que la protegiese y la mantuviese, a cambio de sus cualidades femeninas. ¿Y si el pretendiente ya era casado? Sin problemas, él podía tener otras esposas, hasta cuatro, según Mahoma (Sura de las Mujeres). Sin embargo, al contrario que en Occidente, el hombre sólo puede tener el número de esposas (como máximo cuatro) que pueda mantener, dar a cada una de ellas una casa, vestimenta, alimentación.
 
La superioridad del hombre sobre la mujer está establecida por mandato divino, según el versículo 38 del Sura de las Mujeres: El hombre es superior a las mujeres por el deseo de Dios de haber elevado a unos sobre los otros.
 
Pero las restricciones impuestas por el Corán a la mujer son muchas más. Las mezquitas son lugares exclusivos para los hombres. Sobre el casamiento de musulmanes con no musulmanes, el Corán impone las mismas reglas para ambos sexos, pero la ley sólo las dispone contra la mujer. En Arabia Saudita, por ejemplo, muchos hombres se casan con cristianas, pero las mujeres sauditas están rigurosamente prohibidas de hacerlo con hombres que no sean musulmanes. Mantener relaciones sexuales con una mujer durante el período de la menstruación también es rigurosamente prohibido, porque, según el Corán, ellas están sucias en ese período. Estén lejos de las mujeres durante las reglas menstruales y no se acerquen hasta que estén limpias (Sura II). Sobre la herencia, los hijos hombres reciben el doble de la parte que reciben las hijas mujeres. Por crimen sexual, las mujeres son penadas con la muerte. Si alguna de sus mujeres fue culpada de lujuria, consigan el testimonio de cuatro testigos contra ella; y si ellas confirmaren los hechos, se la confinará en la casa hasta que la muerte venga a buscarla (Sura IV). Pero con los hombres nada sucede. Si dos hombres entre Uds. fueran culpados de lujuria, castiguen a ambos. Si ellos se arrepienten y se corrigen, déjenlos en paz (Sura IV). El musulmán, cuando toca a una mujer, se ensucia y así no puede rezar. En caso que usted haya tenido contacto con mujeres y no consiga encontrar agua, entonces tome un puñado de arena del suelo y refriegue con ella su rostro y sus manos (Sura C). Las mujeres musulmanas, después que tienen por primera vez la menstruación, deben pasar a cubrir sus rostros con el chador.
 
Y diga a las mujeres de fe que ellas deben bajar a orar y preservar su recato; que ellas no deben exhibir su belleza y adornos, excepto lo que normalmente debe verse. Por lo tanto, ellas deben usar el velo hasta abajo del busto y sólo mostrar su belleza a sus esposos, padres, suegros, hijos, hijos del marido, hermanos, sobrinos, mujeres, esclavas que posean o criados que estén exentos de necesidades físicas, o niños pequeños que no tienen noción de vergüenza del sexo (Sura XXIV).
 
El grado de opresión de la mujer musulmana varía de un país a otro y las leyes del Corán son aplicadas más o menos al pie de la letra de acuerdo a la situación económica y cultural de la región. Cuando los milicianos de la guerrilla talibán tomaron la capital de Afganistán, Kabul, en septiembre de 1996, el Corán fue aplicado al pie de la letra. Las mujeres fueron apaleadas, se les prohibía trabajar y estudiar, y estaban obligadas a cubrirse con velos de la cabeza a los pies. La niña Malala recibió un tiro en la cabeza por defender el derecho de las mujeres a estudiar.
 
Son los movimientos fundamentalistas, que se desarrollan en las tres religiones monoteístas –cristianismo, judaísmo e islamismo– paralelamente a la cultura moderna justamente cómo forma de reacción a la modernidad, vista como algo agresivo, invasivo y explotador. En rigor, esos movimientos, que dan origen a sectas fanáticas y de cuño fascistoide, como Al Qeda, Hermandad Musulmana, Boko Haram y otras, no pueden ser confundidas con la cultura original. Más bien se debe verlas como distorciones de la religión y cultura que les dieron origen, alejadas de sus concepciones originales, que poco tienen que ver con extremismos y fascismo. Baste recordar que en los tiempos originales, las religiones convivían armónicamente, sin conflictos o extremismos como los contemporáneos. Es preciso también resaltar el papel del imperialismo como cuña de división y odio entre las distintas religiones y pueblos.
 
Formas de resistencia
 
El apego a los símbolos y a las costumbres más arraigadas de una cultura, muchas veces también es una forma de resistencia a agresiones externas. Como ejemplo de ello vemos que hoy, en muchos sentidos, la mujer musulmana usa el chador –símbolo máximo de su opresión– como forma de resistencia a los ataques del imperialismo a la religión musulmana y a la autonomía del Islam.
 
Es por eso que la lucha por la liberación de la mujer no es una lucha individual, no es una denuncia contra los usos y costumbres de los pueblos, y tampoco es una condena a cualquier precepto de esta o aquella religión. Es sí, una lucha de clases; una lucha de todos los trabajadores y pueblos oprimidos del mundo, mujeres y hombres, para acabar con aquello que sustenta la base económica y social del sistema capitalista y el imperialismo que oprime los pueblos, destruye sus valores y los mantiene en la miseria. Aquello que da origen a ideologías, religiones y costumbres que permiten mantener la explotación y la opresión de que son víctimas.
 

El terrible ejemplo de Nigeria hoy, con el horror del rapto de las adolescentes, con el trato a las mujeres como seres inferiores, sujetas a todo tipo de violencia, y propiedad de los hombres, es más una muestra de lo que hace la miseria y la explotación contra los pueblos. La lucha por la liberación de las mujeres en todo el mundo es parte de la lucha y movilización de los pueblos contra el capitalismo, el imperialismo y la explotación. Una lucha por un mundo socialista, donde las distintas culturas puedan desarrollarse y convivir armónicamente, sin cualquier tipo de opresión de los unos sobre los otros.

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