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La historia del movimiento obrero revolucionario desde los días de la I Internacional es una crónica ininterrumpida de grupos y tendencias pequeñoburguesas, de todo tipo, de realizar ataques furiosos contra “los métodos organizativos” de los marxistas, para recompensarse a sí mismos por las debilidades teóricas y políticas. Bajo el rótulo de los métodos organizativos ellos incluyen todo, desde el concepto de centralismo revolucionario hasta asuntos de rutina administrativa; y, además, también cuestiones personales y de método de sus principales oponentes, a los cuales invariablemente describen como “malos”, “duros”, “tiránicos” y, ¡claro, claro! “burocráticos”. Hasta el día de hoy, cualquier grupito de anarquistas te explicará cómo el “autoritario” Marx maltrató a Bakunin. (James Cannon, La lucha por un Partido Obrero, 1940)

Por: Francesco Ricci

En el Blog Convergencia fueron publicados, el año pasado, muchos artículos sobre el régimen en los partidos revolucionarios, o sea, sobre el centralismo democrático. Yo conté, por lo menos, nueve artículos, pero puede ser que me haya perdido alguno[1]. Aquí, quiero referirme a la serie de cuatro artículos de Enio Bucchioni y más en general al tema del centralismo democrático.

Los artículos de Enio Bucchioni son muy interesantes porque ofrecen una amplia reconstrucción histórica de cómo el tema del régimen del partido fue enfrentado por los bolcheviques y, después de la muerte de Lenin, por Trotsky. La falla que veo en la argumentación de Bucchioni es enfatizar (tal vez no intencionalmente) uno de los dos componentes del binomio (la democracia) en detrimento del otro (el centralismo), no percibiendo que el centralismo democrático no es la suma de dos elementos distintos, sino sí un todo indivisible. Y, de este modo, se pierde de vista el propósito del centralismo democrático: hacer funcionar un partido revolucionario, el instrumento de lucha para la conquista del poder. Poniendo bajo la lupa hechos específicos de la historia, extraídos de su contexto, los artículos de Bucchioni nos ofrecen –en mi opinión– una visión levemente deformada de la concepción bolchevique, por eso el binomio centralismo-democracia se deshace y permanece apenas una democracia sin centralismo, sin disciplina.

No pudiendo, por razones de espacio, abordar todos los detalles de este importante debate, voy solo a someter al lector a cuatro observaciones sobre ciertos aspectos del problema.

  1. Deben tomarse precauciones al utilizar a Broué como fuente

Bucchioni (y también otros compañeros que escribieron los artículos que mencionamos) se refiere constantemente a Pierre Broué y, en particular, a su Historia del Partido Bolchevique.

Broué, sin duda, fue un gran historiador marxista y sus libros son recomendados para cada activista que quiere estudiar la historia del bolchevismo y del trotskismo sin las falsificaciones estalinistas. No obstante, Broué, como cualquier historiador, inevitablemente eligió temas y argumentó a partir de su concepción, sustentada por dos pilares: en primer lugar, por una preferencia por el “joven” Trotsky, no bolchevique y crítico del supuesto “ultracentralismo” leninista (un Trotsky que el propio Trotsky maduro criticó implacablemente); segundo, por no comprender al Trotsky constructor de la Cuarta Internacional. No es por casualidad que a la construcción de la Cuarta Internacional, esto es, lo que Trotsky creía había sido la tarea más importante de su vida (más aún que la dirección de la Revolución Rusa con Lenin), Broué le dedica, significativamente, apenas una docena de páginas en su (sin duda excelente) biografía de Trotsky, que tiene casi mil páginas.

Por eso, es bueno estudiar a Broué. Pero, para tomar como base sus juzgamientos históricos, conviene siempre recordar que ellos están inevitablemente interconectados con sus (muchas veces equivocados) juzgamientos políticos.

  1. Es necesario prestar más atención a los hechos históricos

Queriendo discutir la cuestión del régimen, al comenzar (justamente) por la experiencia histórica, es oportuno basarse en una reconstrucción exacta de los hechos. Esto significa evitar ciertos lugares comunes que, lamentablemente, también la historiografía anti-estalinista difundió; y también evitar recurrir a la memoria citando textos que tal vez fueron leídos hace muchos años y de los cuales no nos acordamos bien.

En el texto de Bucchioni encontré varios de estos lugares comunes y hasta incluso algunos grandes equívocos en la reconstrucción histórica. Me limito a mencionar tres afirmaciones falsas o parcialmente verdaderas (por lo tanto, falsas, a pesar de las buenas intenciones del autor). Bucchioni dice:

  • En primer lugar, que “(…) pocos saben o recuerdan, antes de 1918, todas las corrientes marxistas existentes en la antigua Rusia se encontraban en el POSD-R. (…) Había, sin embargo, un solo Partido. A rigor no existía el Partido Bolchevique hasta algunos meses luego de la revolución de 1917, pero sí la fracción bolchevique del POSD-R. Solamente en marzo de 1918 fue fundado el Partido Comunista Ruso (bolchevique)”;
  • En segundo lugar, que Lenin estaba convencido de que “las diferencias (…) fortalecen el partido”;
  • En tercer lugar, que el centralismo democrático fue creado por Lenin y las “líneas maestras” están delineadas en el libro ¿Qué hacer?, de 1902.

En realidad, la primera y la segunda afirmación son medias verdades y, por lo tanto, como toda verdad por la mitad, es acompañada de una mitad que no es verdadera, y la tercera afirmación simplemente no corresponde a los hechos históricos. Lamentablemente, es de esta forma que Bucchioni termina involuntariamente pintando una imagen distorsionada del debate histórico, que podría prestarse a generalizaciones equivocadas que otros podrían hacer.

Pero, vamos a ordenarnos y veamos esas tres afirmaciones.

En primer lugar. Bucchioni hace un poco de confusión cuando reconstruye la historia del bolchevismo. Es verdad que formalmente el Partido Bolchevique nació solamente después de la Revolución de Octubre y es verdad que antes existía el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, con sus diversas fracciones. Es también verdad (agrego) que, luego de la primera división en 1903, hubo períodos de unión parcial entre bolcheviques y mencheviques. Es bueno remarcar, no obstante, como hace Edward H. Carr, uno de los mejores historiadores de la Revolución Rusa, que, mientras muchos estaban convencidos de que la revolución de 1905 había eliminado la demarcación entre las diferentes fracciones, “Lenin no creía eso. Si él consideraba absolutamente inevitable la reunificación, por causa de la demanda proveniente de las masas (…) todavía se declaraba a su favor con mucha reluctancia y no la tomó en serio”[2].

En realidad, la unidad no duró mucho y fue solo formal, continuaron existiendo de hecho dos partidos separados, con sus estructuras, hasta que la división fue confirmada nuevamente en 1912. Pero ni aún luego de 1912 la separación era completa y, en algunas situaciones, mencheviques y bolcheviques trabajaron conjuntamente. Hasta incluso en 1917 la dirección bolchevique (antes de la vuelta de Lenin) propuso una reunificación con los mencheviques, como una consecuencia lógica de la posición semi-menchevique de Kamenev y Stalin, que querían apoyar “críticamente” el gobierno de los mencheviques y socialistas revolucionarios (SR’s). Por eso, Lenin fue forzado a enviar mensajes perentorios a la dirección bolchevique contra la reunificación con los mencheviques.

No recordando esos hechos históricos, la afirmación de Bucchioni, según la cual hasta 1918 “había, no obstante, un solo Partido” (esto es, el POSDR compuesto por bolcheviques y mencheviques), y, por lo tanto, una media verdad que puede justificar el cliché de todos los que durante un siglo minimizan a ruptura de 1903.

No obstante, la opinión de muchos (que Bucchioni retoma) no fue compartida por Lenin. En un texto (más frecuentemente citado por su título que leído), Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo (1920), Lenin escribió: “El bolchevismo existe como corriente del pensamiento político y como partido político desde 1903”. (subrayado nuestro)[3]

La verdad de Bucchioni es parcial: es verdad que los bolcheviques fueron, formalmente, una fracción de un partido que incluía también a los mencheviques. Pero, como justamente destaca el dirigente trotskista norteamericano James Cannon, en desacuerdo con aquellos que se limitaban a hacer la misma constatación formal que Bucchioni, nosotros tenemos que decir la otra media verdad, o sea, que “La fracción de Lenin era en realidad un partido”, y también por eso se constituyeron en él (desde 1906), en varias ocasiones, tendencias y fracciones.[4]

En segundo lugar. En los artículos de Bucchioni es recurrente la afirmación de que Lenin estaba convencido de que las diferencias internas fortalecen el partido.

No sé dónde los textos de Lenin afirman eso. Conozco, no obstante, muchos textos donde Lenin reitera algo significativamente diferente: que la elaboración política necesita de una confrontación y, cuando es necesario, de un embate de ideas en el partido. En el caso en que aparecen diferencias, ellas deben poder expresarse conforme las reglas del centralismo democrático (con la oportunidad de tornarse mayoría), no deben ser sofocadas, pero deben expresarse en conformidad con reglas que, en cualquier caso, permitan que el debate y las diferencias no impidan la acción.

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Lenin (y esto es lo esencial que creo escapa a la interpretación de Bucchioni) concebía el partido revolucionario como un organismo de lucha, un ejército en la guerra de clase. Por eso, como Trotsky agrega: “Naturalmente, el contenido fundamental de la vida partidaria no reside en la discusión, sino sí en la lucha”.[5]

Entonces, lo que dice Bucchioni (que Lenin veía en las diferencias algo que “fortalece al partido”) no corresponde a la concepción que Lenin tenía de partido, y tomada como una generalización podría llevar a defender un régimen basado en una democracia sin fronteras: una idea que pertenece no solo a los mencheviques y a los anarquistas, sino también, por ejemplo, a la tendencia dentro del partido bolchevique llamada Centralismo Democrático (liderada por Sapronov y Vladimir Smirnov) que, ya en 1919 y en 1920 (mucho antes de la degeneración estalinista), atacan a la mayoría bolchevique de Lenin y Trotsky por un supuesto “centralismo autoritario”, “bonapartismo”, etc.

Al contrario de la lectura que historiadores como Pierre Broué y dirigentes políticos como Ernest Mandel le otorgan credibilidad, no es posible encontrar en Lenin ni en Trotsky la exaltación de un partido comprometido con un debate permanente: porque eso es contrario a la concepción del partido como herramienta de lucha. En lugar de eso, podemos encontrar (y vamos a ver en breve algunas) muchas afirmaciones de Trotsky contra el partido concebido como un “club de debates”, paralizado e incapaz de actuar mientras espera que la realidad pruebe cuál tesis es la correcta: es verdad que para los marxistas la realidad es el criterio de la verdad, pero puede ser testada apenas una línea política de cada vez, o sea, apenas la línea política que, luego del debate democrático, es aprobada por mayoría y debe ser activa y lealmente apoyada hasta incluso por aquellos que no tenían acuerdo con ella. Agotado el debate, se entra en acción y el debate cesa hasta que el partido no lo reabra, en Congresos o en otros momentos de evaluación que el partido decida.

Fracciones y tendencias son, por lo tanto, la expresión normal de un partido en que las diferencias no son resueltas de forma positiva. Afirmar eso, claramente, no significa decir que las diferencias “fortalecen el partido”, que la existencia en él de tendencias y fracciones es un hecho positivo. O, sobre todo, que eso signifique concebir el partido como un conjunto permanente de fracciones o, peor (como hacen organizaciones como el Secretariado Unificado, el NPA francés, el PSOL, etc.), concebir el partido como la unión de revolucionarios y reformistas. Este último concepto, en cualquier caso, no tiene nada que ver con Lenin y con Trotsky, quien, de hecho, observó: “Un partido solo puede tolerar fracciones que no persigan objetivos directamente conflictivos con los suyos”.[6]

En tercer lugar. Bucchioni se confunde cuando escribe que “líneas maestras” del centralismo democrático están en el libro ¿Qué hacer?

Es un error común, pero aún así un error. Debe recordarse que el ¿Qué hacer? fue escrito por Lenin en 1902, cuando no estaba prevista la división entre bolcheviques y mencheviques (que será en el Congreso del año 1903). Tenemos que recordar que el tema central del ¿Qué hacer? no es el régimen del partido sino la controversia con una corriente de economicistas. Este es el grupo Rabocee Delo (Causa de los Trabajadores), dirigido por Kricevskij y Martynov. Este grupo defendía la imposibilidad de que el partido revolucionario elevase la conciencia socialista de la vanguardia que lucha y por eso teorizaba que era necesario “rebajar” la política revolucionaria al nivel de conciencia de las masas, reducir el programa solamente a los objetivos inmediatos y comprensibles al conjunto de la clase. Es un debate interesante y actual, que merecería ser desarrollado, pero no es nuestro asunto en este artículo. Aquí nos interesa destacar que en el ¿Qué hacer? no hay una única línea sobre el asunto del centralismo democrático. La propia expresión “centralismo democrático” no aparece en el libro y no puede aparecer porque el término fue acuñado tres años más tarde (hacia finales de 1905) y no por Lenin (como afirma Bucchioni) sino por los mencheviques[7].

Una vez puestas las fechas históricas en su debido lugar, vale la pena mencionar que si el nombre (centralismo democrático) nace en 1905, la cosa (el concepto político-organizativo) ya existía en el siglo anterior. Es, de hecho, un concepto introducido en la Primera Internacional por Marx y Engels, en la batalla contra Bakunin y el federalismo de los anarquistas, cuando, después de la Comuna de París (y gracias a las enseñanzas de su derrota), pudieron terminar la larga batalla de demarcación del marxismo que habían entablado contra todas las otras corrientes en la Internacional y “poner fin al acuerdo ingenuo de todas las fracciones” para intentar, finalmente, construir una Internacional “puramente comunista” y con base en el marxismo[8]. El concepto de partido de los trabajadores democráticamente centralizado, instrumento indispensable para la conquista del poder es, en realidad, el eje de todas las resoluciones aprobadas en la Conferencia de Londres (setiembre de 1871) y en el Congreso de La Haya que, un año después, estableció la necesidad de una Internacional centralizada, con base en rigurosa disciplina, en el respeto por el principio de la mayoría. Estos elementos provocaron la ruptura con los anarquistas que polemizaban contra el “autoritarismo” de Marx, no solo porque rechazaban el programa de la dictadura del proletariado (algo en realidad muy “autoritario” porque… se gana con bayonetas y cañones, como bromeó Engels), sino también porque ellos rechazaron (con alguna consistencia que debe ser reconocida) el partido centralizado que era (y aún es) la premisa indispensable.

  1. Lenin sobre el régimen del partido revolucionario

Después de hacer algunas aclaraciones históricas, vemos que el tema del papel del Partido en Lenin y Trotsky comienza a tomar colores diferentes. Prosigamos.

No es en el ¿Qué hacer?, al contrario de lo que Bucchioni escribe, sino sí en otro libro de Lenin donde debemos buscar la controversia sobre la cuestión de régimen del partido: se trata de Un paso al frente, dos pasos atrás. Es un libro de 1904, donde Lenin resume el famoso Congreso de 1903 que terminó con la escisión entre bolcheviques y mencheviques y que fue (repetimos lo que dicen Lenin y Cannon, en desacuerdo con Bucchioni) el verdadero nacimiento del Partido Bolchevique.

En este importante libro, que lamentablemente es poco conocido, tiene un amplio espacio la polémica en defensa de un régimen centralista riguroso, de la disciplina, del principio de la mayoría, de la subordinación de la parte al todo, esto es, de la sección local al centro (y a los organismos elegidos por el Congreso Nacional), de cada militante individualmente al partido en su conjunto, de la minoría a la mayoría.

Lenin es implacable contra la “mentalidad anarquista e individualista” típica de los pequeñoburgueses: los obreros, afirma, no tienen miedo de la disciplina de la organización. A quien lo acusa de concebir el partido “como una fábrica con un director, el Comité Central, Lenin responde: “la fábrica, que para algunas personas parece apenas un espantapájaros, representa la forma superior de organización capitalista que unificó y disciplinó al proletariado, que le enseñó a organizarse”. Él continúa: para algunos, “la organización del partido que deseamos es una ‘fábrica monstruosa’”; la sumisión de la parte al todo y de la minoría a la mayoría les parece una ‘esclavitud’”.

De acuerdo con Lenin, en cada partido “el oportunismo (…) se manifiesta (…) en las mismas tendencias, en las mismas acusaciones, y muchas veces con los mismos moldes” y por eso reaparece “el mismo conflicto entre autonomismo y centralismo, democracia y ‘burocratismo’, entre la tendencia a debilitar y la tendencia a reforzar el carácter riguroso de la organización y de la disciplina (…)”.[9]

Él continúa así, por páginas y páginas. No podemos referir todo el libro, pero aconsejamos la lectura a todos los compañeros que están interesados en profundizar sobre el tema del régimen en el partido.

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Claramente, la disciplina de la cual Lenin habla es “férrea”, pero no es “ciega” porque no es pasiva, es asumida por aquellos que, conscientemente, decidieron dedicarse a la revolución y el partido es hecho de cabezas pensantes, y la capacidad para la crítica y autocrítica es una de las principales virtudes de cada revolucionario.

Los conceptos de este libro de 1904 (en el que no aparece la expresión “centralismo democrático”, pero el concepto es bien ilustrado) serán confirmados en la victoriosa experiencia de la Revolución Rusa. Por eso, escribiendo en 1920 Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, Lenin da el título al segundo capítulo: “La condición fundamental para la victoria de los bolcheviques”, para después explicar que esta “condición fundamental” fue “una disciplina severísima, realmente férrea”.[10]

  1. Centralismo y “disciplina severísima, realmente férrea”

Una vieja leyenda (muy amada por todos los oportunistas) dice que la “disciplina severísima, realmente férrea” de la cual habla Lenin era practicada por los bolcheviques solamente porque ellos eran un partido que estaba en la ilegalidad. Esta sería una característica de un elemento ligado a una realidad específica.

Otros recuerdan la polémica de Trotsky, en los primeros años del siglo, contra las posiciones de Lenin, posiciones que Trotsky definía como “hipercentralista”, mientras acusaba a Lenin de “robespierismo”.

Otros, aún, toman textos en los que Trotsky polemiza contra la deformación que el estalinismo hizo del centralismo, o sea, textos escritos contra la distorsión contrarrevolucionaria del centralismo democrático, y, extrayendo estos textos de aquella lucha, intentan presentar cada elemento del centralismo y de la disciplina como un elemento “burocrático”, sustrayendo del binomio centralismo-democrático la primera palabra con la misma facilidad con que se sacan las chinelas antes de dormir.

Y es, por lo menos desde los tiempos de Bakunin (o sea, un siglo y medio atrás), que, con pequeñas alteraciones, se repite siempre el mismo refrán. Como dicen los franceses: “On connait la chanson”, es una canción que nosotros conocemos. Pero, por más antigua que sea, permanece como una canción desafinada, que no combina con el leninismo.

Veamos juntos esos argumentos, recordando los hechos históricos.

La concepción leninista del centralismo democrático no fue concebida solo para los partidos en la ilegalidad (en realidad, era más aplicable a partidos no sometidos a la clandestinidad). Las bases del centralismo democrático fueron, por eso, codificadas por la Internacional Comunista en las tesis válidas para todos los partidos comunistas: “Sobre la estructura organizativa de los Partidos Comunistas” (Tercer Congreso de 1921)[11].

Es evidente que la estructura y los métodos de un partido revolucionario no son una abstracción: no prescinden de las condiciones concretas en que aquel determinado partido está siendo construido. No obstante, existen ciertos principios que son válidos en cualquier circunstancia.

Respecto de Trotsky, debería ser recordado que él hizo una autocrítica profunda sobre sus acusaciones cuando joven, a lo que le parecía en la época “el hipercentralismo” de Lenin. Por ejemplo, en Mi Vida, él admite que no había entendido “la importancia de un centralismo riguroso y severo para un partido revolucionario que quiere dirigir contra la vieja sociedad a millones de hombres”.[12]

En lo que se refiere, finalmente, a la tentativa de utilizar los argumentos que Trotsky usaba en los años veinte y treinta contra el centralismo burocrático para usarlos contra todo y cualquier centralismo, en contextos completamente diferentes, procurando presentar a Trotsky como el defensor de la democracia sin reglas y sin centralismo, precisamos recordar que justamente mientras enfrentaba una batalla mortal contra los métodos (gemelos del fascismo) usados por la burocracia estalinista, Trotsky participaba de la construcción de una Internacional y de partidos basados en el centralismo democrático auténtico, esto es, en “una disciplina severísima, realmente férrea”, usando las palabras de Lenin.

No es por casualidad que el documento de fundación del SWP de los Estados Unidos, redactado en 1938 bajo la dirección de Cannon y con la directa colaboración de Trotsky, insiste cada tres líneas en la necesidad de combinar el debate y la democracia con aquella “severa disciplina y aquel centralismo, sin el cual no existe partido revolucionario”. Es interesante notar que, en aquel Congreso, una minoría (dirigida por Burnham y Draper) hizo contra esa concepción de la mayoría del SWP (profundamente compartida por Trotsky) acusaciones de “burocratismo”, con críticas de cuño democratista.

Podemos leer en el documento de fundación de 1938: “Cualquier discusión interna del partido debe ser organizada a partir del punto de vista según el cual el partido no es un club de debates, con debates interminables sobre toda y cualquier cuestión y en todos los momentos, en que no se llega nunca a tomar ninguna decisión, paralizando así la organización; al contrario, el partido debe ser concebido como un partido disciplinado para la acción revolucionaria”.[13]

No ayuda a aclarar los hechos históricos el recuerdo de Bucchioni cuando (en el segundo de sus cuatro artículos sobre este tema) recuerda cómo, en el Partido Bolchevique en 1917, el debate interno fue muchas veces público. Nuevamente Bucchioni toma un elemento verdadero de la realidad, aislándolo de su contexto y lo presenta como una regla general. Pero, en este caso, olvida que, si, inevitablemente, en un partido de decenas de miles una parte del debate se torna “público”, eso no se aplica necesariamente a partidos de algunas centenas o algunos miles (como son hoy todos los partidos revolucionarios). Esta simple constatación, que para alguien podría parecer “burocrática”, no es mía: quien la hace es Trotsky, en respuesta al mismo argumento de Bucchioni usado en aquel caso por Schachtman. En una carta (marzo de 1940) para el dirigente del SWP Farrel Dobbs, Trotsky escribe: “Schachtman busca, o sea, inventa precedentes históricos. La oposición tenía en el partido bolchevique sus propios periódicos, etc. Apenas olvida que el partido, en aquel momento, tenía centenas de miles de militantes, que la discusión debería llegar a todos ellos y convencerlos. En esas condiciones, no era posible limitar la discusión a círculos internos.”[14]

Volviendo al ejemplo del SWP, cuando la sección norteamericana de la Cuarta Internacional se dividió en dos fracciones sobre la cuestión del carácter del estado en Rusia, una mayoría y una minoría más o menos del mismo peso numérico, Trotsky, para intentar evitar la ruptura del partido al medio, insistió sobre la necesidad de ampliar el debate, admitiendo medidas excepcionales (incluyendo boletines de discusión internos en períodos no congresuales y hasta la permanencia de una fracción interna después de acabado el congreso). Pero fue precisamente (y esto también lo recuerda Bucchioni) una situación excepcional, porque el partido estaba amenazado por una división al medio (que después de un tiempo en realidad se materializó): de cualquier manera, el partido continuó funcionando según las reglas de un centralismo democrático basado en la “disciplina severísima, realmente férrea”. Trotsky, en respuesta a la minoría del SWP, que atacaba a la mayoría citando (con una comparación injustificada) las modalidades del estalinismo para defender la necesidad de expandir sin límites la democracia, separándola del centralismo, afirmaba: “Las garantías jurídicas permanentes no son, con toda seguridad, herencia de la experiencia bolchevique. (…) La estructura organizativa de la vanguardia revolucionaria debe subordinarse a las exigencias positivas de la lucha revolucionaria, y no a garantías negativas de su degeneración.”[15]

Trotsky vuelve a este tema varias veces. En una carta a Burnham, dirigente de la minoría del SWP, que invocaba “más democracia” en el partido, responde:

“Usted, de la misma forma, busca un tipo de democracia interna ideal que asegure a todo el mundo, en todas las circunstancias, la posibilidad de hacer y decir lo que les pase por la cabeza, y que vacune el partido contra la degeneración burocrática. Deja de lado, no obstante, el hecho de que el partido no es un lugar para la afirmación personal, sino sí un instrumento para la revolución proletaria; pues solo una revolución victoriosa es capaz de evitar la degeneración no solo del partido sino del proletariado en su conjunto y de la civilización moderna en general.”[16]

Y todavía: “Es verdad que, para justificar su dictadura, la burocracia soviética utilizó los principios del centralismo bolchevique, pero en el proceso los transformó en lo contrario de lo que eran. Pero eso no desacredita, en último análisis, los métodos del bolchevismo. Durante muchos años, Lenin educó el partido en la disciplina proletaria y en el centralismo más severo. Al hacerlo, tuvo que sufrir centenas de veces el ataque de las camarillas y fracciones pequeñoburguesas. El centralismo bolchevique fue un factor progresivo, y aseguró el triunfo de la revolución. No es difícil comprender que la lucha de la actual oposición del SWP no tiene nada en común con la lucha de la oposición rusa de 1923 contra la casta privilegiada de los burócratas pero, por otro lado, es muy parecida con la lucha de los mencheviques contra el centralismo bolchevique.”[17]

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Conclusiones

Concluyendo, el centralismo democrático no es una fórmula mágica, sino solo el modo que los revolucionarios (desde los tiempos de Marx, cuando el término aún no existía) encontraron para organizar de manera eficaz un partido que lucha para tomar el poder por la vía revolucionaria. El centralismo democrático para Lenin, Trotsky y Cannon implicaba una dialéctica entre los dos términos, lo que significa: la más amplia discusión posible en un determinado momento para la elaboración de las opciones, con plena igualdad de derechos entre la mayoría y la minoría; una disciplina muy rigurosa en la aplicación de las opciones y, consecuentemente, el principio de la mayoría (la minoría debe someterse a las opciones hechas democráticamente, y debe aplicarlas lealmente); elección y constante control del partido sobre sus órganos dirigentes; circulación interna de informaciones para todos los militantes; congresos frecuentes como momento máximo de decisión y dirección.

La concepción leninista de partido no incluye el centralismo sin democracia (el centralismo burocrático, típico del estalinismo), así como democracia sin centralismo (típico del anarquismo, del menchevismo, etc.). Esos dos extremos, que por veces se convierten rápidamente uno en el otro, no tienen nada en común con el trotskismo o con el régimen típico del bolchevismo, esto es, con el centralismo democrático.

Dado que la historia de los revolucionarios es para nosotros la fuente constante de aprendizaje, cuando volvemos a estudiarla es importante reconstruir la verdad en su complejidad, recordando que medias verdades (incluso cuando son dichas con absoluta honestidad) son peligrosas porque, como parece haber dicho Oscar Wilde, se arriesga a tomar en las manos la mitad equivocada…

No se puede separar la democracia del centralismo. Esta opinión es compartida no solo por quien escribe este artículo sino también por Trotsky, al cual paso la palabra porque, como ocurre muchas veces, es inútil parafrasear su pensamiento que es clarísimo.

Trotsky escribió en 1933: “Algunos miembros de nuestra organización califican como estalinismo cualquier medida defensiva contra los elementos en descomposición, cualquier llamado a la disciplina, cualquier represión. Con eso solo demuestran estar tan lejos de entender el estalinismo como también del espíritu que debe guiar a una organización verdaderamente revolucionaria. La historia del bolchevismo fue desde sus primeros pasos la educación de la organización en una disciplina de hierro.

Originalmente se llamaba ‘duros’ a los bolcheviques y ‘blandos’ a los mencheviques, porque los primeros estaban a favor de una dura disciplina revolucionaria, mientras los segundos la sustituían por la indulgencia, la clemencia y la ambigüedad. Los métodos organizativos del menchevismo son tan enemigos de una organización proletaria como el burocratismo estalinista. (…) Los bolcheviques leninistas rechazan la democracia sin centralismo como una expresión de contenido pequeñoburgués. Es necesario purificar las organizaciones leninistas de los métodos anarquistas y mencheviques para ser capaces de encarar las nuevas tareas.”[18]

Notas:

[1] Los nueve artículos son estos:

– Cuatro artículos de Enio Bucchioni:

“A propósito do regime interno dos bolcheviques antes de fevereiro de 1917” – blogconvergencia.org/?p=4096; “A propósito do regime interno dos bolcheviques entre fevereiro e outubro de 1917” – blogconvergencia.org/?p=4300; “A propósito do regime interno dos bolcheviques após Outubro: as frações públicas” – blogconvergencia.org/?p=4459; “A propósito do regime interno dos bolcheviques: a visão de Trotsky” – blogconvergencia.org/?p=4496

– Tres artículos de Euclides de Agrela: “Sucessão de gerações e burocratização do partido em Leon Trotsky” – blogconvergencia.org/?p=5749; “Composição social e burocratização do partido em Leon Trotsky” – blogconvergencia.org/?p=5803; “Agrupamentos, formações fracionais e burocratização do partido em Leon Trotsky” – blogconvergencia.org/?p=5842;

– Dos artículos de Henrique Canary: “Centralismo versus democracia? Reflexões sobre o regime Leninista de partido” – blogconvergencia.org/?p=4453; “Os dirigentes e suas grosserias” – blogconvergencia.org/?p=6044.

(2) E.H. Carr, Historia de la Revolución Rusa (edición italiana Einaudi, 1964, p. 51).

(3) V.I. Lenin, Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo (Capítulo II).

(4) James P. Cannon, “Factional struggle and Party leadership”.

Es un discurso dado por Cannon en noviembre de 1953, en una reunión del SWP (sección norteamericana de la Cuarta Internacional). En aquellas semanas, había terminado la lucha de fracciones dentro del SWP con la minoría de Cochran y Clarke (ligada internacionalmente a Michel Pablo). Esta fracción defendía una versión deformada del centralismo democrático, rechazando la disciplina y el principio de la mayoría y pretendiendo imponer una especie de derecho de veto de la minoría sobre las decisiones tomadas democráticamente por los árganos dirigentes del partido.

El texto de Cannon se encuentra en el idioma original en este link:

www.marxists.org/history/etol/document/swp-us/education/1966-06-jun-Defending-Rev-Party-its-Perspective-EfS.pdf

También puede ser leído en la traducción en español en este link: www.marxists.org/espanol/cannon/1953/noviembre/03.htm

(5) León Trotsky, “Las fracciones y la Cuarta Internacional” (1935), puede ser leído en este link: www.archivoleontrotsky.org/download.php?mfn=19664

(6) Trotsky, “Las fracciones y la Cuarta Internacional” (1935).

(7) Varios historiadores, incluyendo a Lars T. Lih (autor de varias monografías sobre Lenin y el bolchevismo), demostraron que la expresión “centralismo democrático” fue usada por primera vez por los mencheviques en su conferencia de Petrogrado, en novimebre de 1905. Esto es lo que Vladimir Nevsky también escribe en su Historia del Partido Bolchevique (1924; edición italiana, Pantarei, 2008). Nevsky fue el director del Instituto para la Historia del Partido Bolchevique en los tiempos de Lenin. Fue asesinado por los estalinistas en la década de 1930.

(8) Carta de Engels a Sorge, 12 de setiembre de 1874, en Marx y Engels, Cartas 1874-1879 (edición italiana Lotta Comunista, 2006, p. 35).

(9) V. I. Lenin, Un paso al frente, dos pasos atrás.

(10) V. I. Lenin, Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

(11) “Sobre la estructura organizativa de los Partidos Comunistas” (Tercer Congreso de la Internacional Comunista, 1921) (que se encuentra en el primero de los sesis volúmenes editados por Aldo Agosti que reúnen en italiano los principales textos de la Internacional Comunista con el título La Tercera Internacional. Historia Documentada. Editora Riuniti,1974).

(12) L. Trotsky, Mi Vida (edición italiana Mondadori, 1976, p. 175).

(13) “The internal situation and the character of the party”. In: The founding of the SWP. Minutes and resolutions, 1938-1939 (Pathfinder Press, 1982). La traducción del inglés es mía.

(14) Carta de Trotsky (marzo de 1940) al dirigente del SWP Farrell Dobbs (encontrado en la colección de textos intitulado En Defensa del Marxismo).

(15) Carta de Trotsky (diciembre de 1939) a la mayoría del Comité Nacional do SWP (En Defensa del Marxismo).

(16) Carta de Trotsky a Burnham (enero de 1940) (En Defensa del Marxismo).

(17) L. Trotsky, “De un arañazo al peligro de gangrena” (enero de 1940) (En Defensa del Marxismo).

(18) L. Trotsky, “Hay que poner punto final” (18 de setiembre de 1933).

Publicado en: Blog Convergência

Traducción del portugués: Natalia Estrada.