En 1995, cuando Samar quedó embarazada de su quinto hijo, los médicos sospecharon que el feto tenía una deficiencia de crecimiento y que no sobreviviría.

Por: Budour Hassan

Samar, su marido Ibrahim y sus otros cuatro hijos habían acabado de establecerse en el campo de refugiados de Shu’fat, en la Jerusalén ocupada, con Nawal, la madre de Samar, cuidando de ella con el mayor esmero y cariño. Samar tuvo un niño perfectamente saludable, al cual le dieron el nombre de Subhi, como su abuelo materno, un combatiente de la resistencia de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) durante la década de 1970, y ex prisionero en esas cárceles durante la Primera Intifada. Como también lo fueron dos hermanos del pequeño Subhi, cada uno estando casi un año preso.

Cuando Subhi tenía apenas 11 años de edad, acostumbraba ser visto tirando piedras contra los soldados de la ocupación israelí que habían entrado como comando en el campo para realizar detenciones. Bassel al-Araj, uno de los farmacéuticos del campo en la época, recuerda que el joven Subhi recogía algunas piedras cerca de su farmacia, las tiraba contra los soldados y entonces corría hacia adentro y se escondía atrás del mostrador. Él podía repetir el truco con éxito de nuevo y de nuevo, ya que dejaba a los soldados sin la menor idea de dónde venían las piedras. Subhi, nutrido por sus abuelos rebeldes que habían sufrido la limpieza étnica de sus casas en al-Lydd durante la nakba en 1948, tenía 11 años y no temía la prisión ni la intimidación por parte del ejército israelí, a pesar de su poca edad.

El jueves 8 de octubre de 2015, Subhi Abu Khalifa, ahora con 19 años, hería a un colono israelí en la Colina Francesa de Jerusalén, con un cuchillo. Una foto suya, preso por la ocupación israelí, circuló ampliamente entre los palestinos a través de los medios. En ella, él estaba con una sonrisa radiante.

Subhi Abu Khalifa se había juntado a una creciente lista de adolescentes palestinos que adoptan la táctica del ataque de “lobo solitario”. Ya usada en octubre y noviembre del año anterior, la táctica se tornó hoy el símbolo de la más reciente ola de revueltas palestinas contra la ocupación israelí.

Mientras comentaristas debaten una vez más si Palestina está viviendo el inicio de una tercera Intifada, una nueva generación de jóvenes palestinos en Jerusalén y en Cisjordania, está llegando a la madurez y desafiando el status quo opresivo creado por los acuerdos de Oslo, cimentado por la ocupación israelí y protegido por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y su elite neoliberal –una elite que ve a esa juventud como un bando de irresponsables, irracionales, problemáticos de cabeza caliente–.

Mientras los activistas más destacados de Palestina han sido domesticados por una creciente mentalidad de ONG y una obsesión por retratar una no violencia benevolente, esta nueva generación no ha comprado el mito del crecimiento económico y del desarrollo. Las tentativas de la municipalidad de Jerusalén ocupada, liderada por su alcalde Nir Barkat, para embellecer la ocupación, visitando regularmente los barrios palestinos, estableciendo centros comunitarios y prometiendo mejoras económicas, no consiguieron pacificar la rabia palestina. Así, Barkat estaba dando lo mejor de sí para promover una Jerusalén bajo soberanía sionista como el destino perfecto para turistas y un faro de tolerancia religiosa, estabilidad y diversidad, y la juventud trabajadora palestina de Jerusalén arruinó ese libreto.

En la superficie, la más reciente ola de rabia que comenzó en Jerusalén y después se expandió a Cisjordania, Gaza y, en menor medida, en los territorios ocupados en 1948, puede haber sido provocada por las continuas invasiones de colonos apoyadas por el ejército en la Mezquita de Al-Aqsa.

En realidad, esa narrativa se encaja perfectamente en la propaganda israelí para reducir esa revuelta a una disputa religiosa que será amenizada luego que las frecuentes invasiones de Al-Aqsa cesen después de los feriados judaicos. Pero, aun cuando la defensa de la Mezquita de Al-Aqsa haya sido una de las principales conducciones ideológicas de la agitación, la revuelta de la juventud tiene raíces profundas que han sido largamente ocultadas por una engañosa apariencia de calma. Es una rabia que siempre estuvo hirviendo debajo de la superficie, esperando para entrar en erupción en cualquier momento. La pregunta era: “¿cuándo?”.

Si esto va a evolucionar para una tercera Intifada, aún está por saberse. Es verdad que lo que estamos presenciando ahora tendría que crecer todavía hasta convertirse en un movimiento social generalizado, por una variedad de razones que van más allá de espacio que tenemos para detallar aquí. Pero lo que es cierto también, es que la actual revuelta es parte de una necesaria culminación más amplia que inevitablemente conducirá a un cambio sustancial y que ya cambió el equilibrio de amenazas.

Israel, aun con todo su poderío militar, fue golpeado por los recientes ataques de lobos solitarios. Las cámaras ahora muestran Barkat –que no mucho tiempo atrás se jactaba sobre la estabilidad y la seguridad de Jerusalén bajo su gobierno– portando un arma y mostrando señales visibles de angustia mientras camina por la Ciudad Vieja.

El establishment político y de seguridad de Israel no medirá esfuerzos para parar esa marea. Altos funcionarios están llamando a los judíos israelíes a armarse. La respuesta letal para palestinos tirando piedras no es nada nuevo y ahora es oficial y descaradamente endosada por el Estado. El gobierno israelí está realizando demoliciones punitivas de casas contra palestinos sospechados o involucrados en ataques de lobos solitarios; y la policía israelí, con el pleno apoyo del Estado y de la opinión pública, está realizando ejecuciones sumarias de jóvenes palestinos en las calles. Todos los lados del espectro político israelí, de la derecha a la “izquierda”, están preocupados en “aconsejar” al gobierno sobre cómo administrar esta crisis.

En una situación en que la disparidad de poder es tan clara, no se puede minimizar la importancia de esta ola y el impacto que ha provocado.

En ausencia de protestas convencionales en gran escala, ataques individuales están dando el tono de la revuelta y de los enfrentamientos, pero su alcance acaba por ser más amplio que esos ataques.

La decisión de Israel de responder con castigo colectivo brutal puede muy bien tener un efecto bumerang. Hasta ahora ha aumentado la solidaridad comunitaria y ayuda mutua entre los palestinos, en lugar de desviar la culpa sobre la juventud que se levanta.

Cuando las fuerzas israelíes invadieron el campo de refugiados de Shu’fat este jueves, en la búsqueda de la casa de Subhi Abu Khalifa, fueron recibidas con resistencia masiva de todas las personas del campo. “Jóvenes mujeres enmascaradas estaban tirando piedras en el puesto de control”, comentó la madre de Abu Khalifa.

Luego del ataque de su hijo, el padre de Subhi, que trabaja en el servicio de limpieza de la municipalidad ocupada, fue despedido. Cuando se le preguntó si eso lo llevaría a resentirse de la acción de su hijo, respondió que nunca valorizará más su trabajo que su dignidad.

Sin duda, habrá voces palestinas en Jerusalén que, movidas por el miedo a la respuesta de Israel, hablarán contra los ataques y pedirán para que se restablezca la calma. La abrumadora mayoría, no obstante, apoya la revuelta incluso cuando no participe activamente de ella.

Aún así, casi enteramente sin dirigentes y principalmente de forma espontánea, las comunidades están ahora organizándose para impedir invasiones y ataques del ejército israelí y los colonos en Nablus y Hebron, mientras los servicios de seguridad de la Autoridad Palestina se quedan sin hacer nada por ellas.

Para superar la represión masiva de Israel y la complicidad de la Autoridad Palestina, así como para sustentar la dinámica de la revuelta, los palestinos tendrán que organizar y expandir sus redes de solidaridad comunitaria y apoyo horizontal, para tornarse un movimiento social y, posiblemente, lanzar la aguardada tercera Intifada.

Llámemoslos como quiera, pero los adolescentes de “cabeza caliente” que conducen la actual ola están plenamente conscientes de que los cuchillos y las piedras no pueden liberar a Palestina. Ellos también saben que tampoco sirven las fútiles conversaciones de paz, que solamente llevarán a una mayor expansión colonial y a más crímenes israelíes. La evidencia está toda a su alrededor.

A pesar de su juventud e inexperiencia, esos adolescentes tienen más madurez y coraje que la elite palestina que se benefició del status quo, y que los más viejos que intentan calmarlos. Ellos vivieron los desastrosos efectos de los acuerdos de Oslo y sus fracasadas tentativas de paz. Ellos son víctimas de la neoliberalización de la sociedad palestina y sus manifestaciones.

Para ellos, la libertad y la dignidad importan mucho más que la civilidad y la respetabilidad. Ellos se movieron más allá de las líneas y cercas que hace mucho tiempo dividieron a Palestina, probando que la línea verde es apenas una línea.

Ellos son los únicos que arriesgan sus vidas en la línea del frente, mientras los activistas más destacados y la elite se quedan atrás.

Traducción: Natalia Estrada.