El año de 2020 estuvo cruzado, en el Brasil y en el mundo, por la pandemia, por la crisis económica capitalista y sus horrores: desempleo, hambre, catástrofes humanitarias. Pero también por una serie de rebeliones, insurrecciones y procesos revolucionarios. 2021 tiende a pasar lejos de la calma.

Editorial Opinião Socialista n.° 604, PSTU-Brasil

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que 2020 cierre con el empleo 18% abajo del de 2019. Lo mismo ocurriría con la remuneración del trabajo.

El colapso del mercado de trabajo provoca una escalada de la pobreza. El Banco Mundial calcula que el número de pobres aumentará entre 172 y 226 millones, llegando al total de 3.400 millones, la mitad de la población mundial. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) alerta que el Covid-19 puede llevar a una pandemia de hambre sin precedentes y advierte sobre la urgencia de medidas para que la crisis social no se convierta en crisis política.

La preocupación con la posibilidad de insurrecciones tiene razón de ser. Ecuador se levantó en 2019. La revolución en Chile también comenzó en 2019, atravesó 2020 y sigue viva. En Bolivia, las movilizaciones contra la estabilización del golpe impusieron una derrota electoral aplastante al golpe y a los golpistas. En Colombia, el país despertó y estallaron las movilizaciones. En Haití, estudiantes tomaron las calles por la educación y contra la violencia policial. En Perú, grandes luchas sacuden el gobierno y el régimen. En Argentina, las mujeres levantaron en las calles el derecho al aborto.

En los Estados Unidos, la rebelión negra tuvo amplio apoyo de la clase trabajadora y llevó las semillas de la revolución de los oprimidos y explotados contra el capital al corazón del imperialismo. Ese proceso llevó a la derrota electoral de Trump.

Por su parte, en Europa, la tónica de las movilizaciones que tomaron varios países fue la defensa de los trabajadores contra la pandemia, el ajuste, la ultraderecha y el racismo. En Grecia, la población fue a las calles, llevando a que se decrete la ilegalidad del partido neofascista Aurora Dorada.

En el continente africano hubo grandes manifestaciones en África del Sur, Túnez y, en Nigeria, millones fueron a las calles por más de diez días, cerrando aeropuertos, autopistas y servicios públicos para exigir el fin del escuadrón especial de la policía.

En Asia, Tailandia exige el fin de la monarquía. En el Kirguistán, hay una revolución en curso contra la miseria, la corrupción y el pillaje del país. En Indonesia, una huelga general movilizó a millones de personas. Y en la India, una huelga general de más de 250 millones de personas sacudió el país.

En el Brasil

El país vive un récord de muertes por la pandemia y una acelerada destrucción del medio ambiente, y un proceso de recolonización. El proyecto de Guedes es el de Pinochet en Chile, semiesclavitud y recolonización. Por su parte, el de Bolsonaro es dictadura, oscurantismo y rapiña del Estado y del país.

Bolsonaro sufrió un revés en su escalada autoritaria. Se sumó a eso otra derrota, como el fracaso electoral de Trump. Las elecciones municipales significaron otra derrota más. Pero, en los brazos del centrón [alianza de partidos de centro], él no está muerto, y sigue con índices razonables de popularidad.

La derecha liberal, por otro lado, que pasó a llamarse “centro”, no tiene diferencia sustancial con la política de Guedes, aunque no esté a favor del proyecto autoritario de Bolsonaro. El mantra del “ajuste de las cuentas públicas” sigue y se profundiza, capitaneado por Rodrigo Maia. Si fueron obligados a aprobar el auxilio de emergencia, ahora hasta pueden ampliar algún programa social focalizado, como el Bolsa Família, pero lo que pretenden es sacar dinero de los servicios y fondos públicos, sociales, de la clase media, de los trabajadores, y de la venta de las estatales y del patrimonio público en primer lugar, para remunerar a especuladores, banqueros, hasta para “realizar inversiones” y avanzar en la rapiña pura y simple.

En 2021 nos espera el desempleo, la rebaja salarial, la carestía de vida, el estallido de la miseria y una serie de ataques a los trabajadores, a los servicios públicos y al medio ambiente. Además, nos espera la ausencia de un plan de vacunación, pudiendo prolongar la pandemia en el país más allá de lo que ocurrirá en el resto del mundo.

Es preciso organizar la lucha para derrocar a Bolsonaro, Guedes y sus planes. El camino es la unidad de la clase trabajadora para luchar, no negociaciones con el Congreso o un frente amplio con la burguesía y un proyecto de conciliación de clases.

La CSP-Conlutas está junto a las bases y en las luchas debatiendo un programa de emergencia contra esta situación. Es necesario estimular, organizar y unificar las luchas por las reivindicaciones de los de abajo, uniendo a nuestra clase (con todos sus sectores oprimidos) y los sectores populares. El Brasil también puede (no quiere decir que necesariamente va) entrar en la ruta de las insurrecciones. Motivos no faltan. Muchas veces, falta solo la chispa para una explosión.

En las luchas, además de impedir los ataques del gobierno, precisamos hacer avanzar la autoorganización y discutir un programa que pueda llevar a la clase trabajadora a derrotar esa lógica de ajuste a favor de los ricos. Basta de mantener a la mayoría en la pobreza o en dificultades para que un puñado de súper ricos acumulen ganancias y capital a costa de la miseria de la mayoría y de centenas de miles de muertos.

Precisamos construir una alternativa socialista y revolucionaria para las luchas que vendrán, para que las insurrecciones puedan vencer y cambiar el Brasil y el mundo.

Artículo disponible en www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.