La heroica lucha de los petroleros de Las Heras, que pararon por pasar al convenio petrolero a los miles de compañero encuadrados bajo el convenio del gremio de la construcción, fue un primer hecho. Las peleas de los trabajadores de subte y telefónicos por asimilar a su convenio a los trabajadores de las empresas tercerizadas que prestan servicios para las mismas patronales, fueron el segundo. Después de años de ataques y pérdidas para la clase, se empieza a dar un cambio. Se trata de una lucha decisiva para la unidad de la clase trabajadora: la pelea contra la precarización y flexibilización laboral, y por la recuperación de las conquistas perdidas.


Un proyecto imperialista


Durante los ?90 fue entregado el patrimonio nacional y todos nuestros recursos. Fue parte de un plan impuesto por el Fondo Monetario, y aceptado en todos los países por gobiernos como el de Menem, a partir de lo que se llamó el ?Consenso de Washington?, y que dio las directrices para esas medidas. Ese plan se completaba con otras patas: el debilitamiento de las funciones sociales del Estado, la liquidación de la educación, la salud, la jubilación y todas las conquistas sociales logradas por los pueblos durante décadas. Eran la expresión para los países del Tercer Mundo de los planes impulsados a nivel internacional por los Reagan y Tatcher,y que llevaron a la restauración capitalista en los países no capitalistas como la Unión Soviética.


Un ataque a los obreros


Para los trabajadores, significó un ataque brutal, que llevó la explotación a niveles desconocidos. Y dividió y fragmentó a la clase. Un sector amplio fue condenado a la desocupación. Otro fue arrojado al trabajo en negro, sin ninguna regulación ni convenios, sin vacaciones, ni aguinaldo, ni salario fijo, ni jornada laboral definida. Un sector muy importante fue tercerizado, ubicando dentro de la misma unidad productiva empresas distintas, con convenios y salarios inferiores. Eso, que desde los 80 se daba vía las agencias de trabajo, pero que solo afectaba a un sector minoritario, fue ampliado. Y se provocó de ese modo la división dentro de la misma fábrica entre obreros de
primera y de segunda, con los famosos contratos ?basura?. Por último, el sector que se mantuvo bajo convenio original, no más de un 20%, vio recortadas
sus condiciones de trabajo, aumentadas sus jornadas laborales y flexibilizados sus convenios. Entre los años 91 y 92, se hicieron la mayoría de los actuales convenios, que consagraban condiciones generales muy inferiores en relación a los anteriores. Los pocos convenios que se mantuvieron de épocas anteriores, también sufrieron modificaciones desfavorables para los trabajadores.


Un retroceso


El nivel de explotación creció. La ofensiva patronal y la entrega de los dirigentes sindicales, que negociaban mayores jornadas o peores condiciones, por unos pesos atados al aumento de la productividad, fue un gran retroceso. En pocos años, la productividad se triplicó. Una fábrica como Dupont producía, con 700 obreros, más de lo que 10 años antes producía con 2.000. En Aurora-Grunding, fábrica de heladeras y lavarropas, la producción diaria de lavarropas pasó en dos años de 120 unidades a 400. En los frigoríficos la noria caminaba 2,5 a 3 veces más rápido y las reses faenadas se multiplicaban por igual cifra. Y así en todas las ramas de la producción. La razón de fondo de ese cambio no fue la inversión en maquinarias, sino el incremento de los ritmos de trabajo, la diversificación de actividades por obrero ? la ?multiplicidad de funciones?-, las jornadas laborales más largas, la explotación directa creciente.


Por esa vía, junto a los despidos en las empresas privatizadas y la merma de los planteles del Estado, se expulsó mano de obra, que se reubicó en negro, o directamente pasó a la desocupación, actuando como una presión para seguir reduciendo las condiciones de trabajo. Los accidentes laborales se multiplicaron.


El ataque sin fin


Pero nada de eso conformó a los empresarios. La famosa Ley Laboal «Banelco», durante el gobierno de De La Rúa, fue una estafa que tenía como objetivo dar una nueva vuelta de tuerca, obligando a la renegociación de los pocos convenios que persistían, y poniendo nuevas y peores condiciones laborales. Eso está detrás de las permanentes presiones patronales por reducir los ?costos laborales?, siempre bajo la falsa promesa de ?crear nuevas fuentes laborales?.


¿Y con Kirchner?


En el fondo nada ha cambiado. Sería muy sencillo retrotraer toda la legislación laboral a 1975, el momento en que los trabajadores lograron las mejores condiciones históricas. Sería muy sencillo volver atrás con toda las medidas menemistas, del mismo modo que se hizo con las leyes de impunidad a los dictadores.


Pero Kirchner no hará nada para afectar de fondo la explotación, del mismo modo que nada hace para recuperar los recursos. Solo una que otra medida
demagógica, para ganar apoyo, pero sin tocar los enormes beneficios de los grandes empresarios multinacionales o nacionales. Y como muestra está el hecho de que el propio Estado, a nivel nacional, provincial o de los municipios, es el principal empleador en ?negro? o de ?contratados?, vía contratos basura o la directa utilización de compañeros con planes sociales en hospitales y escuelas.