Publicado en el boletín Al Thawra. *

Cuando el 15 de junio último, la Junta Militar Egipcia disolvió el Congreso Nacional, Kamal Abu Aita, el único sindicalista que integraba el Parlamento depuesto, se preparaba para lo peor. Pasados 18 meses de revolución, cuando las elecciones para el Poder Legislativo simbolizaban el más concreto avance de la lucha por democracia en el país, las señales de un nuevo golpe de estado

encabezado por la línea dura del gobierno estaban visibles en todas las esferas de la vida nacional. “Este Parlamento podía ser todo, menos revolucionario”, afirmaba el dirigente obrero, para completar que, a pesar de eso, su abolición por parte de la Junta Militar indicaba en qué medida la contrarrevolución podía dar las cartas y dictar las reglas de juego.


El golpe blanco, que en la previsión de Kamal se materializaría en el nombramiento del ex primer ministro de Hosni Mubarak, Ahmad Shafiq, como nuevo presidente, no se confirmó. Después de disolver el Parlamento, imponer ley marcial y postergar seguidamente la divulgación del nombre del candidato victorioso de las elecciones, los militares cedieron. Aun con la totalidad de los observadores independientes anunciando al dirigente de la Hermandad, Muhamad Mursi, como vencedor del pleito, la Junta solo lo declaró vencedor después de innumerables rondas de negociación con la dirección de su partido.

Aunque el nuevo acuerdo entre los “hermanos” y los militares haya evitado posiblemente una crisis de proporciones imprevisibles, para el dirigente sindical, la disputa entre la Hermandad y la Junta es de interés secundario para los trabajadores. “Shafiqe y Mursi son, ambos, candidatos de la burguesía y enemigos de la clase", dijo Kamal. "Ahora hace falta formar un campo propio de izquierda”. Kamal es el presidente de la CSIE (Central Sindical Independiente Egipcia), cuya fundación tuvo lugar en la Plaza Tahrir en medio a las manifestaciones que derribaron al entonces dictador Hosni Mubarak, y reivindica el liderazgo de casi 2 millones de trabajadores. Para una organización con un poco más de un año de existencia, la central creció en una velocidad impresionante. Visto así, fuera de contexto, tal número de afiliados puede sorprender, pero la verdad es que no representa una supuesta fuerza del proletariado. En un país sofocado hace más de 30 años por una dictadura truculenta y alienante, la clase trabajadora se encuentra sub-representada en el mundo de la política egipcia.

De hecho, elegido hace apenas nueve meses tras la caída de Mubarak, el Parlamento depuesto retrata con extrema crudeza no solo el confuso escenario ideológico del país, sino sobre todo, el profundo aislamiento de su clase obrera. De los 508 parlamentarios, solo 25 de raros partidos de izquierda son computados como simpatizantes de la causa de los trabajadores. Ni siquiera la Comisión de Asuntos Laborales del Congreso está en manos de los aliados de la clase. La presidencia de la Comisión, que pertenece a la Hermandad Musulmana, está dirigida por un gerente del sector petrolero, Saber Abu Fattuh. Aunque en algunos momentos haya tomado posiciones favorables a las movilizaciones obreras en los años de Mubarak, Fattuh y la Hermandad están lejos de configurar un aliado confiable de los trabajadores. Los principales dirigentes del grupo, como el multimillonario Kairat el Shater, ha anunciado en varias oportunidades que su organización está ideológicamente de acuerdo con el programa de privatizaciones implementado por el dictador depuesto, descartando únicamente la participación de “empresarios corruptos” en sus medios.

Ignorados y apolíticos

Por más que las narrativas clichés de la revolución egipcia señalen a la “juventud” como único actor del proceso que echó abajo al antiguo régimen, es de consenso entre buena parte de los analistas que la huelga general convocada en vísperas de la renuncia del entonces presidente fue uno de los más importantes, si no el principal impulso para su caída. A lo largo de los años 2000, un ascenso de las movilizaciones de los trabajadores no solo abrió camino para el fin de la era Mubarak como también reinventó la cultura de las manifestaciones callejeras. El carácter estrictamente economicista de las reivindicaciones, sin embargo, acabó por impedir que el movimiento, sobre todo durante el gobierno Mubarak, desarrollara una agenda mínimamente política para incidir en la realidad social del país.

{module Propaganda 30 anos – MORAL}Cuando el pueblo egipcio, formado en su mayor parte por jóvenes excluidos y subempleados, tomó las calles el 25 de enero de 2011, entonando las consignas “pan, libertad y justicia social”, la clase trabajadora, de manera desorganizada e individual, adhirió al llamado. Su movilización, con todo, se dio en un crescendo. Fue a partir de esa fecha simbólica, e inmediatamente después de la organización de la dirección de los trabajadores en la Central libre, que el proletariado, por primera vez, actuó políticamente como clase. Después de la declaración de la huelga general en Tahrir, realizada en paralelo con la fundación de la central sindical, la economía de Egipto paró. Ante el caos, y asustados con la posibilidad de que las movilizaciones alcanzaran y perjudicaran todavía más las finanzas del ejército, los generales hasta entonces fieles a Mubarak abrazaron el slogan, pidiendo la salida del presidente. La verdad sea dicha, en ningún momento la clase trabajadora dirigió el proceso ni actuó como vanguardia. Sus dirigentes no ocuparon el centro de la escena en Tahrir.

Sus demandas “específicas”, como la cuestión de la libertad sindical, ni siquiera fueron oídas. En el campo simbólico, prácticamente no marcó presencia. Pero su intervención concreta en la marcha de los acontecimientos cambió de modo significativo la correlación de fuerzas de la etapa inicial del proceso revolucionario, poniendo, de hecho el orden vigente en jaque.

Es interesante notar que, aun en medio de una revolución, con las calles tomadas por protestas, con altos debates políticos ocupando diariamente a la población, la mayoría del movimiento sindical egipcio todavía se reivindica, contradictoriamente, apolítica. Con excepción de Kamal Abu Aita y unos pocos integrantes de la dirección de la Central, son raros los sindicalistas, hasta entre los dirigentes nacionales, que se ven como sujetos activos de los cambios en curso. En el centro del debate revolucionario que ha contado con la participación incisiva de la clase trabajadora, el temor expresado por la mayoría de los dirigentes sindicales de involucrarse en “disputas políticas” no deja de ser inconexo y, en última instancia, contradictorio. La explicación es simple y, al mismo tiempo perturbadora.

 “Hay un enorme abismo entre las luchas sociales y las luchas políticas en este país”, afirma Fatma Ramadan, una de las principales figuras públicas del movimiento sindical y única marxista destacada de la central. “Mientras los trabajadores hacen huelgas, tensionando al gobierno y parando la economía, casi ninguno se ve como actor político”. Al abordar el historial de las movilizaciones obreras, la dirigente destacaba la insistencia absurda de los trabajadores en reafirmar que la huelga era no por el bien de la clase, sino de la empresa en la cual trabajaban.

Mientras el bajo grado de conciencia del proletariado dificulta la organización radical de los trabajadores, las polarizaciones sociales, más allá del movimiento sindical, poco ayudan. En el Egipto post Mubarak, los temas ligados a las identidades culturales y religiosas lograron monopolizar el escenario nacional, en detrimento de las discusiones sobre derechos sociales. La división islamitas por un lado y seculares por otro, ha dictado casi todo el debate político. Revolucionarios, que hombro a hombro acamparon en la Plaza Tahrir durante los 18 días de enfrentamientos que derrotaron a un dictador en el poder hacía casi tres décadas, abandonaron las reflexiones en torno de “pan, libertad y justicia social” en función de un debate confuso sobre el papel de Dios en la nueva República. Si en una primera etapa, de forma unida, conversaban sobre cómo “limpiar” la patria de los remanentes del ancien régime, ahora seculares y religiosos abandonan el tema. El grado de radicalismo inyectado en ciertos círculos por el sentimiento antiislamita acabó por empujar a fervorosos militantes de izquierda a sospechosas y temibles alianzas políticas con remanentes de proa de la era Mubarak.

La búsqueda del “tercer campo”

Si es innegable el predominio de la cuestión “secular vs. islamita”, que sofoca las reflexiones en torno a derechos sociales, y continúa incuestionable la hegemonía de este último bloque sobre las masas, el grado de inserción de la Hermandad entre los trabajadores es discutible. Tras el retumbante desempeño en las elecciones parlamentarias, en las cuales se hizo con 10 millones de votos, ese número cayó por la mitad en el pleito presidencial, solo cuatro meses después. En las urnas los “Hermanos” sintieron el efecto de su actuación desastrosa en el Parlamento, donde se dedicaban más a examinar la prohibición de los biquinis en las playas que en buscar soluciones para las demandas sociales. En ese vacío, personajes que, con un discurso nacionalista, se centraban en las preocupaciones diarias de la población fueron ganando aliento.

Hamdeen Sabbahi, el candidato nasserista de izquierda, que en el transcurso de toda la campaña presidencial fue prácticamente ignorado por los medios, terminó en tercer lugar, con 4,7 millones de votos. O sea, menos de 700 mil votos atrás del candidato del régimen, Ahmad Shafiq, y 900 mil de Muhamad Mursi, de la Hermandad Musulmana. Dado su bajísimo financiamiento de campaña, Hamdeen, cuya candidatura fue activamente apoyada por Kamal Abu Aita, voló más alto que lo que algunos supondrían. Incluso fuera de campo, Hamdeen parece reunir fuerzas junto con el naciente sindicalismo independiente, para enfrentar los desafíos que se presentan.

Los problemas se acumulan en la más nueva democracia de Medio Oriente. Superpoblación, miseria, déficit de viviendas, salud y educación en ruinas, drástica reducción de tierras fértiles, desempleo galopante. Mursi, que ya sella acuerdos con Washington, difícilmente logrará responder a los anhelos mínimos de los electores en el panorama de crisis global del capitalismo. Resta a las izquierdas superar falsas polarizaciones y robar el espacio de insatisfacción popular proveniente de la ineficiencia anunciada del próximo gobierno. Muchos creen que esto da pie para que el socialismo entre en escena y ocupe el centro del escenario.

Fuente: Periódico Al Thawra n. 3, Octubre 2012
* Al Thawra es un boletín en defensa de la causa palestina y de las revoluciones en el mundo árabe, publicado en Brasil (http://issuu.com/althawra).