El hecho de que, en las últimas semanas, las plazas de todas las principales ciudades italianas se llenen de miles de manifestantes por el llamado de las “sardinas” (enorme la manifestación del 14 de diciembre en Roma: la Plaza San Giovanni no se llenaba así desde hacía muchos años) ha abierto un debate también en la izquierda. A muchos activistas no les gusta, les parece poco “combativo” este movimiento: se han preguntado sobre la oportunidad de, al menos, participar en lo consideran heterodireccionado por el Partido Democrático [hoy, un partido totalmente burgués, que viene de una “evolución” del viejo partido comunista estalinista]. Pero es un hecho que decenas, si no cientos de miles de personas, sobre todo jóvenes, están tomando las plazas por una causa justa, esto es, contra el populismo xenófobo y reaccionario (bien representado por Matteo Salvini, principal objetivo polémico de aquellas plazas) y seguramente no se irán a casa por orden del PD. Para entender como lidiar con este nuevo fenómeno, es necesario partir del contexto en el cual se está desarrollando y de un análisis de su composición.

Por: Fabiana Stefanoni

El marco internacional

Sería un error analizar el movimiento de las sardinas limitándose al contexto político italiano, como hacen casi todos los periodistas (que tanto espacio están dando a este movimiento en las transmisiones televisivas y en la prensa). Igualmente equivocado es verlo como una nueva propuesta del M5S [Movimiento 5 Estrellas, el partido de Grillo] de los orígenes: las sardinas nadan en un mar totalmente diferente, porque, mientras tanto, el mundo ha cambiado y está en rebelión. Las televisiones de todo el mundo se ven obligadas a transmitir imágenes de las plazas llenas de gente: por último, en Francia, un millón y medio de huelguistas, junto a miles de estudiantes, han invadido las ciudades de todo el país (y la huelga está ahora en curso en muchos sectores). La lista de los países donde se desarrollan movimientos de masas es muy extensa (y se agranda día a día): Chile, Uruguay, Honduras, Panamá, Haití, Hong Kong, Líbano, Iraq, Irán, Cataluña, Francia. Mientras lee este artículo, probablemente, la lista ya esté desactualizada.

El hecho de que esté ocurriendo esta ola revolucionaria –a despecho de los pesimistas (a menudo oportunistas) teóricos de la «ola reaccionaria»– tiene una razón material. El capitalismo, como solo el análisis marxista previó correctamente, no muestra señales de cerrar la crisis iniciada en 2007. Para preservar las multimillonarias ganancias de los grandes industriales y de los banqueros y llenar sus bolsillos con dinero público, los gobiernos burgueses han aplicado en todo el mundo políticas de austeridad que empeoraron aún más las condiciones de vida de las masas pobres, las cuales, en consecuencia, protestan.

Los primeros en rebelarse fueron, como era de esperarse, los proletariados de los países coloniales o semicoloniales, del Asia al África y América Latina. En estas regiones, el FMI (Fondo Monetario Internacional) ha impuesto medidas draconianas a los pueblos ya agotados: fue suficiente una chispa para prender los incendios que hoy atraviesan, por ejemplo, América Central y del Sur (Chile a la cabeza). En Europa, las cosas no son muy diferentes: si algunos países imperialistas –como Alemania y Francia– podían mostrar economías más sólidas, los últimos datos de los economistas demuestran que incluso ellos están en riesgo de recesión (como Italia). Los capitalistas europeos, a manos de la Troika (FMI, Banco Central Europeo, Comisión Europa) no retrocederán: succionarán toda la sangre que puedan de las extremidades ya atormentadas de millones de pobres.

Existe, de hecho, un dato: las nuevas generaciones, también en Europa, están destinadas a la desocupación, al trabajo precario y mal pago. Por eso, muy probablemente la ola de luchas no se restringirá a Francia, y se arrastrará a los otros países europeos: si el pueblo tiene hambre y, sobre todo, tiene poco que perder, desde que el mundo es mundo se rebela.

¿Y en Italia?

Italia no es un isla. Sobre todo, no es una isla feliz. Las condiciones del proletariado son incluso peores que las de otros países europeos: la deuda pública es la más alta después de Grecia, la desocupación alcanza (sobre todo en el Sur) porcentajes inauditos, la producción desde 2007 ha caído un 22%, el poder adquisitivo de los salarios está en el mínimo histórico. El descontento de la clase trabajadora crece, pero no ha encontrado, por ahora, una salida en la lucha. Y tampoco esto es casual: tiene una razón material.

En Italia, las direcciones políticas y sindicales hegemónicas del movimiento obrero han actuado como un freno. Hace años que las principales burocracias sindicales (Cgil, Cisl y Uil) no llaman a la huelga general (la última fue llamada solo por la Cgil en 2014 contra la Jobs Act [Ley de Empleo]). Es emblemático el caso de la renovación contractual de los principales sectores obreros (metalúrgicos en primer lugar), que se està llevando a cabo sin siquiera un día de huelga (¡en los años ’70 cuando se abría la temporada de las renovaciones contractuales ¡la tierra temblaba bajo los pies de los patrones!). Igualmente emblemático es que uno de los principales defensores del Presupuesto Conte-bis sea el ex metalúrgico Landini, ahora a la cabeza de la mayor Confederación sindical (ver la entrevista dada a Reppublica, el 9/12/2019, donde el dirigente de la Cgil propone «una nueva alianza del gobierno y las empresas» ¡para salir juntos de la crisis!) Es parte de esta política de concertación el hecho de que en estos días, mientras en la Ilva resuena el tic-tac de una bomba de tiempo (4.700 resonancias en el mejor de los casos) y mientras están en riesgo otras decenas de miles de puestos de trabajo (desde la Whirlpool a Alitalia, desde la Auchan a la Unicredit y la Banca Popular de Bari), las tres principales confederaciones sindicales se limitan a organizar cualquier inocua “sentada” en Roma…

Al mismo tiempo, por fuera de estos grandes aparatos, el cuadro no es rosa. Las direcciones de los sindicatos alternativos y autónomos han tomado –y continúan haciéndolo– decisiones perjudiciales para la lucha de la clases, negándose obstinadamente a llevar a cabo acciones de huelga y movilizaciones conjuntas. Mientras celebran la huelga general en Francia, en la práctica operan en dirección exactamente opuesta: la huelga general en Francia vio participar a un tiempo a los sindicatos alternativos (como Solidaires) con los tradicionales y burocráticos (como la CGT); los principales dirigentes de nuestros sindicatos de base se niegan incluso a organizar una huelga conjunta entre ellos, y rompen las huelgas y las luchas toda vez que les es posible.

Sabemos, por experiencia, que si los trabajadores se movilizan, si salen a la huelga numerosos y unidos, su conciencia cambia rápidamente: tienen confianza en sí mismos, en su capacidad de conseguir resultados con la lucha, y esto no puede sino reforzar su combatividad y obstaculizar la acción de “bombeo” de las burocracias y de las direcciones traicioneras.

Sin embargo, si por ahora la clase obrera en Italia está desanimada, si no cree en su extraordinaria fuerza (esa que toma forma en la lucha), si vota a Salvini o a Meloni [representantes de extrema derecha] «para protestar» (según el Censo, 62% de los obreros espera por un hombre fuerte en el poder), la culpa no es suya. La culpa es de quienes, afirmando defender los intereses de la clase obrera, ayer como hoy, sistemáticamente han traicionado, firmando acuerdos ventajosos solo para los patrones (las burocracias sindicales) o sosteniendo a gobiernos a sueldo de la Confindustria (los partidos de la izquierda política: Refundación Comunista ayer, Izquierda Italiana, hoy). La culpa es de quienes, frente a los despidos en masa y la restricción de los derechos en los lugares de trabajo, hacen de todo para evitar acciones de huelga amplias e incisivas. Como sucede en la vida, que, después de traumas dolorosos, algunas personas pierden el sentido de la realidad y se abandonan al delirio, algo similar puede ocurrir en las dinámicas colectivas. El voto de los obreros a partidos de extrema derecha como la Liga de Salvini o a Fratelli [Hermanos] de Italia (ex facistas) –partidos que no dejan de referirse, si es necesario incluso a la experiencia del fascismo, es decir, al peor enemigo del movimiento obrero– tiene, de hecho, alguna cosa de delirante. Pero quienes han escrito el guión de este drama no son los obreros sino las burocracias. Las preguntas de Landini, que en los periódicos tratan de explicar por qué los obreros confían en el «hombre fuerte», recuerdan un poco las quejas de un marido que se pregunta por qué su esposa lo ha dejado después que él la ha traicionado y maltratado por años. Parafraseando la canción de las feministas chilenas que está atravesando las calles de todo el mundo, ¡el responsable de esta situación eres tú, querido Landini!

Sardinas y similares

Pero, ¿qué tienen que ver las sardinas con el problema de las huelgas? Hay una conexión. Si las direcciones del movimiento obrero están demasiado ocupadas apoyando al gobierno (Cgil, Cisl y Uil) o librando una guerra entre ellos (sindicatos autónomos), es muy difícil que gracias a su acción las plazas se llenen de obreros y trabajadores, con sus símbolos y sus banderas (como sucede en estos días en Francia). Aún así, las contradicciones de este sistema económico en descomposición no pueden calmarse, si el análisis que hicimos hace un tiempo es correcto. Aquí, entonces, la movilización de las masas está encontrando, en Italia, canales de expresión que no son, en principio, los tradicionales del movimiento obrero. Se movilizan los estudiantes (futuros desempleados) de Friday For Future (piensen en las manifestaciones oceánicas del pasado 27 de setiembre); se movilizan en masa las mujeres contra el machismo (recuerden la gran manifestación del 23 de noviembre en Roma); decenas de miles de personas salen a las calles a la llamada de las Sardinas, asustadas por la posibilidad de que el futuro les reserve un gobierno reaccionario y xenófobo de extrema derecha.

Que el movimiento de las Sardinas es contradictorio es un hecho: el PD (es decir, un partido burgués que también está en el gobierno) lo sostiene, directa o indirectamente, a los fines de las campañas electorales para las regionales; las transmisiones televisivas ofrecen enormes espacios a un líder casual como Mattia Sartori (que con seguridad no asusta a banqueros e industriales); los promotores vetan los símbolos y las banderas del partido, pero luego participan en las asambleas del PD y estrechan la mano con Bonaccini; se separan con desdén de las banderas rojas y de las acciones de los centros sociales [grupos autónomos y anarquistas], pero se complacen con los cumplidos de Mario Monti y Romano Prodi…

Reconocer estos aspectos no borra un hecho indudable: en esas plazas hay muchos, muchísimos jóvenes (y también no tan jóvenes) que están cansados de ser pasivamente sometidos a la propaganda chovinista y xenofóbica; y una parte de ellos no tiene ninguna intención de votar al PD. En general –y esto vale también para el movimiento de mujeres y de estudiantes– si estos movimientos, intrínsecamente policlasistas, no se unen al movimiento obrero, los partidos burgueses tendrán un juego fácil al intentar instrumentarlos y someterlos a sus intereses. Solo si la clase obrera entra en campo y sabe asumir, con su programa, también las reivindicaciones de las mujeres contra el machismo, las de las sardinas contra el populismo y xenofobia, las de los jóvenes estudiantes en defensa del medio ambiente, podrán crearse las condiciones para una movilización más avanzada.

Ahí es donde está la conexión entre las huelgas y las sardinas: debemos construir una dirección diferente del movimiento obrero, capaz de relanzar una amplia e incisiva acción en las fábricas y en los lugares de trabajo, para poder construir movimientos más radicales que los que ahora efectivamente existen. Hacer bellas almas, negarse a participar en estas movilizaciones «porque son policlasistas» o porque son «instrumentadas por el PD» no sirve de nada. Probablemente, aquellos que levantan la nariz frente en estos movimientos –o los caracterizan como resultado de un complot del PD con la burguesía– son los mismos que no están haciendo nada para superar la pasividad y la fragmentación de las actuales direcciones del movimiento obrero. Nosotros, en cambio, sabemos dónde estar: estamos y estaremos en las plazas con las sardinas, con las mujeres, con los estudiantes del Friday For Future, para explicar por qué la alternativa no es Bonaccini [candidato del PD en las elecciones regionales] ni Greta Thunberg ni el feminismo pequeñoburgués de los salones televisivos. Al mismo tiempo, estamos y estaremos en los sindicatos y en los lugares de trabajo para dar batalla a las direcciones burocráticas que obstaculizan la salida al campo de la clase obrera: también por esto apoyamos activamente la construcción del Frente de Lucha No Austerity, una estructura de frente único que puede unificar a la clase en una plataforma de lucha, superando su actual fragmentación.

Si la clase obrera sale a las calles, masivamente, junto con los estudiantes, las mujeres y las sardinas, no tenemos dudas: nadie podrá arrebatarle sus gloriosas banderas. Sobre todo, se abrirá finalmente, también en Italia, un nuevo capítulo de la lucha de clases.

Artículo publicado en: https://www.alternativacomunista.it/politica/le-sardine-e-lo-sciopero-generale-che-non-c’è

Traducción: Natalia Estrada.