“Nosotros compartimos el dolor del pueblo libanés y sinceramente buscamos ofrecer ayuda en este momento difícil”. Así tuiteó el presidente de Israel, Reuven Rivlin, la noche del 4 de agosto –día de la megaexplosión en la zona portuaria de Beirut, capital del país árabe–, al anunciar la decisión oficial del gobierno sionista de enviar auxilio al Líbano ante la tragedia. Una propaganda más para encubrir sus crímenes contra la humanidad, como no en vano fue denunciado por el movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) a Israel como “aid washing” (que significa limpiar la imagen con gestos de ayuda).

Por: Soraya Misleh, para Middle East Monitor (MEMO), 6/8/2020.-

La historia muestra hipocresía y el cinismo por detrás de esa oferta. Días antes de la explosión, al enfrentamiento de la grave crisis socioeconómica y política en el Líbano, la “ayuda israelí” vino bajo la forma de bombardeo en la ciudad de Kafr Shuba, en el sur del país, aumento del contingente de tropas estacionadas en la frontera, y amenazas de nueva guerra.

Mientras tanto, la ONG de defensa de los niños Save the Children revelaba el escenario en que no fueron paquetes de alimentos lo que Israel mandó: el inminente colapso económico en el Líbano, en que cerca de la mitad de la población se encuentra en la pobreza y 30% está desempleada. “Esta crisis alcanza a todos –familias libanesas, refugiados palestinos y sirios–. Comenzaremos a ver niños muriendo de hambre antes del final del año”, dijo Jad Sakr, director interino de la organización en el país árabe, en informe publicado el 28 de julio último.

“Una de cada cinco familias libanesas y 33% de las familias sirias saltearon refecciones y quedaron sin comida durante un día entero, y 50% de los libaneses, 63% de los palestinos y 75% de los sirios estaban preocupados con el hecho de no tener lo suficiente para comer”, agrega el comunicado.

Además de la dramática situación, a la vera del colapso, con escasez de agua y de electricidad –y siendo reprimida por protestar en las calles a partir de octubre de 2019, ante denuncias de corrupción por parte de su gobierno–, la población trabajadora y pobre libanesa enfrentaba el temor de una nueva guerra, como ya vivenciara muchas veces.

Histórico ejemplar

En su memoria, entre otros, el traumático año 1982. Luego de invadir el país árabe en medio de la guerra civil –y pasar desde entonces a ocuparlo, hasta 2000–, Israel tuvo papel decisivo en la masacre en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila, en setiembre. No solo facilitó la entrada de las tropas libanesas de la extrema derecha cristiana que cometieron el genocidio, como las entrenó y cercó los campos, impidiendo su evacuación.

En 1996, otra masacre por las manos sionistas, esta vez en la aldea de Qana en el sur del Líbano. Más recientemente aún, en la larga lista de crímenes contra la humanidad cometidos por Israel, la invasión de 2006, en que el Estado sionista salió derrotado, no sin antes ser responsable por el derramamiento de mucha sangre y la destrucción de Beirut, una vez más. Como escribió el periodista Ali Abunimah en su twitter, fueron decenas de millares de muertos por Israel a lo largo de estas décadas.

Frente a ese histórico –que se suma a crímenes contra la humanidad cometidos en Palestina desde la Nakba (catástrofe con la creación del Estado de Israel en 1948, mediante limpieza étnica)–, la población asombrada, en toda la región, reveló la justa desconfianza de que la megaexplosión hubiese sido causada por un ataque israelí –y que persiste en muchos círculos árabes–.

Hubo quien relatase haber escuchado ruidos de aviones próximos a la zona portuaria poco antes de la tragedia. Las causas siguen bajo investigación, no obstante esa hipótesis haya sido descartada tanto por Israel como por el gobierno libanés. Este último declaró haber sido resultado de la explosión en un depósito que almacenaba irregularmente 2.750 toneladas de nitrato de amonio y que los “responsables” se encuentran en prisión domiciliaria –sin, con todo, asumir la criminal negligencia de no haberlo hecho–. Según relato, funcionarios del puerto habrían hecho ese alerta hace por lo menos cinco años, sobre la posibilidad de una tragedia como la que ocurrió, sesgó más de cien vidas, dejó hasta ahora 4.000 heridos, desaparecidos bajo los escombros, y Beirut destruida.

Retórica y realidad

Así que las reflectores se encendieron, Israel no perdió tiempo: cambió el tono en relación con el Líbano y anunció al mundo cuán humanitario puede ser, incluso con enemigos.

La contradicción entre retórica y realidad se expresa en este momento internamente en Israel. Mientras el gobierno la va de bueno, algunos sionistas se sacan las máscaras. Entre ellos, el ex parlamentario israelí Moshe Feiglin, que en sus redes sociales conmemoró y agradeció a los “héroes” que causaron la trágica explosión. Para él, “un presente de Dios” al feriado judaico en este 5 de agosto que representaría el “Día del Amor”.

Como apunta artículo en el diario sionista Times of Israel, el 5 de agosto, Bezalel Smotrich, otro político israelí, escribió en su twitter: “Moralmente no tenemos obligación o necesidad de extender la mano a un Estado definitivamente enemigo”. Yair Netanyahu, hijo del primer ministro Benjamin Netanyahu, también fue incisivo en oponerse a cualquier ayuda. Bajo ese supuesto aire de imparcialidad, la publicación trasmite la idea de que esa sería una posición de rabiosos de la derecha –cuando, en realidad, solo refleja lo que las acciones de Israel demuestran hace tiempo: que la vida árabes no importan–.

Si quisiese ayudar realmente, podría comenzar por reconocer el derecho de retorno de los millones de refugiados palestinos, como los que viven en campos en el Líbano, en situación de extrema vulnerabilidad y racismo, ahora, frente a la megaexplosión. Algo, obviamente, fuera de la agenda sionista.

A despecho de eso, la cínica máquina de propaganda israelí, que cuenta millones de inversiones, como ya hizo en otras tragedias por el mundo, tiene como única preocupación transmitir internacionalmente la falsa imagen positiva y civilizadora. Así, busca desviar la atención del apartheid, colonización y ocupación continuas a que están sometidos los palestinos hace más de 72 años –y que siguen sesgando vidas–. Propaganda al servicio de encubrir crímenes contra la humanidad y, quizás, avanzar en la normalización de relaciones con gobiernos de la región.

Artículo publicado originalmente en Middle East Monitor, 6/8/2020.
Traducción: Natalia Estrada.