En 2021, el número de golpes de Estado en el mundo fue el mayor en dos décadas; fueron siete golpes. De estos, cuatro se efectivizaron, dos fueron derrotados y uno sigue aún indefinido. Vale destacar que fue en África donde se produjeron seis de estos siete golpes, o intentos de golpe. Solo Myanmar se localiza en Asia, en aquello que el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres llamó “la epidemia ‘putschista’ que barre el África”.

Por: Cesar Neto y Asdrúbal Barboza

En este continente, fueron victoriosos los golpes en Chad, Malí y Guinea Conacri, y derrotado el intento de golpe en Níger. En Sudán, el país más inestable, fueron dos, el primero frustrado, y el segundo aún indefinido. Este segundo, en octubre pasado, sigue en un gran impasse, a raíz de la reacción de las masas. Ya son más de sesenta los muertos.

En los países donde los golpes se efectivizaron, militares golpistas tomaron el poder asfixiando las libertades democráticas y estableciendo un calendario fantasma de transición hacia la democracia.

Hay también casos donde no hubo golpes, pero el propio presidente, o sus gobiernos, maniobraron la Constitución con medidas bonapartistas para quedarse en el poder, como ocurrió en Túnez. Una práctica muy utilizada en el continente: en Uganda, el Parlamento abolió el límite de edad que forzaría al presidente Yoweri Museveni a salir después de su quinto mandato; en Ruanda, Paul Kagame mudó la Constitución para ser candidato por tercera vez; así como Pierre Nkurunziza en Burundi y Alassane Ouattara en Costa de Marfil. Hay también fraudes electorales como el de Uhuru Kenyatta en Kenia, y el probable fraude que João Lourenço y el MPLA preparan en Angola.

Pero lo que más impresiona son las justificativas de analistas y periodistas de la prensa burguesa para estos acontecimientos, que describen como: “falta de legitimidad de los líderes locales”; “disputas étnicas”; “efecto de la pandemia de Covid, que dejó a la comunidad internacional menos proactiva para responder a golpes”; “sociedades militarizadas, donde las Fuerzas Armadas hace mucho interferían en la política”; en un ambiente generalizado de “Corrupción, mal gobierno, crisis económica y social, e indiferencia internacional”.

Todos esos elementos, total o parcialmente son verdaderos pero no son fundamentales. Nadie habla, o escribe, que por detrás de todos estos golpes existe el interés del imperialismo y de sus grandes compañías multinacionales que promueven golpes, masacres y genocidios en el continente africano hace siglos, para defender sus propios intereses financieros. Que en este momento, de cambios en los procesos de producción, los minerales encontrados en el continente africano ganan un valor superior y, por lo tanto, aumenta la diputa por ellos.

Basta recordar que fue por eso que los gobiernos de Francia y Estados Unidos promovieron el golpe, la tortura y la muerte de Patrice Lumumba en el Congo, en 1960; el genocidio de los tutsis por los hutus en 1994 tuvo por detrás las disputas entre los imperialismos francés y británico después de la salida de los belgas del país; los franceses también fueron responsables por la caída de Mamadou Tandja de la presidencia de Níger, el país más pobres del mundo, en 2010, cuando este intentó negociar con los chinos mejores condiciones para la explotación de sus riquezas naturales. Son estas multinacionales que lucraron intensamente con el apartheid y el gobierno racista en África del Sur, gobierno que fomentó guerras en toda la región para la defensa de los intereses imperialistas, como la invasión de Namibia, Angola y Mozambique, y el apoyo al régimen racista en la guerra civil del Zimbabue. Solo para dar algunos ejemplos.

Además, el crecimiento de la pandemia de Covid-19 en el continente, fruto de la política de estos gobiernos imperialistas que no quebraron las patentes, para garantizar las ganancias de las multinacionales farmacéuticas, hizo que no se enviasen las vacunas necesarias para contener la pandemia en el continente, e hizo crecer la pobreza y la miseria de manera impresionante, con la destrucción de las frágiles economías.

Una de cada tres personas está ahora desempleada en Nigeria, la mayor economía de África Occidental. Lo mismo se aplica a África del Sur, la nación africana más industrializada.

Se estima que el número de personas extremadamente pobres en el África Subsahariana sobrepasó la marca de 500 millones, la mitad de la población [africana]. Quince de los veinte países que lideran el Índice de “Estados Frágiles de 2021 están en África, entre ellos Camerún, República Centroafricana, Somalia, Sudán del Sur, República Democrática del Congo, Etiopía y Nigeria.

Sin hablar de la absurda hipocresía de las Naciones Unidas, que siempre se callaron, fueron cómplices y quedaron del lado de sus intereses, en cada uno de estos acontecimientos. Recordando también que los jóvenes oficiales que realizaron los golpes, como en el caso de Guinea Conacri y Malí, recibieron una completa formación militar con el apoyo de potencias como Estados Unidos, Rusia o incluso la Unión Europea, bajo la justificativa de la “lucha contra el terrorismo”.

La superexplotación del continente

Una de las imágenes erradas que muchas veces se propaga sobre el continente africano es que es un lugar que absorbe ayudas económicas de los países imperialistas con medidas asistenciales y filantrópicas y que su crecimiento es subsidiado.

Nada más falso. Dado los recursos naturales que tiene la región, esta produce una gran cantidad de materias primas que son utilizadas por las empresas multinacionales capitalistas. Si China, y después la India, son las fábricas del mundo, el continente africano es el que tiene los insumos para la producción de estas fábricas.

Actualmente, la región se integra en la cadena de producción globalizada, con la creciente explotación de sus materias primas y riquezas petroleras y minerales. Aún más con los gobiernos y las grandes burguesías internacionales volviendo sus ojos para la transición energética que, de acuerdo con la Agencia Internacional de Energía, necesitará de la multiplicación de la producción de minerales, por ejemplo, la de litio deberá multiplicar su producción 42 veces; la de grafito, 25; la de cobalto, 21; la de níquel, 19; y la de cobre, 7 veces.

Materiales absolutamente necesarios para la producción de nuevos automóviles y baterías, redes eléctricas, paneles solares, modernos molinos de viento y nuevas usinas fotovoltaicas; sin hablar de los celulares, computadoras, smartphones, autos eléctricos, aviones, cohetes, usinas nucleares, turbinas, herramientas de corte, etc.

Por eso, empresas como Apple, que llegó a un valor de mercado de tres billones de dólares; Microsoft (ambas valen más que el PIB brasileño); y Tesla, fabricante y distribuidora de autos eléctricos, son acusadas en acciones judiciales en los Estados Unidos de “tener conocimiento” de que el cobalto utilizado en sus productos está relacionado con la explotación del trabajo infantil. La República Democrática del Congo produce 60% del suministro mundial de cobalto.

Corrupción y hambre

Estas multinacionales compran y practican la corrupción activa en connivencia con los corruptos gobiernos del continente, reconocidamente con los de Angola, Zimbabue y Senegal.

Una investigación realizada entre 2019 y 2020 por el Afrobarometer, en 18 países del África Subsahariana, 59% de los entrevistados percibían que la corrupción había aumentado en su país, y 64% creía que nada se estaba haciendo para impedir eso.

Escenarios que crean condiciones fértiles para golpes, pues los jóvenes africanos están cada vez más desesperados, no soportan más sus gobiernos corruptos. Entonces, aceptan las mentiras de militares golpistas que prometen cambios radicales, como fue testimoniado en las calles de Guinea Conacri, donde después de la toma del poder, algunos guineanos exultantes confraternizaron con los soldados. Los militares construyen declaraciones, como los de Malí, sobre “robo y mal gobierno” para justificar sus acciones.

Pero, como ocurrió con los golpes anteriores, las escenas de alegría durarán poco, en la medida en que estos gobiernos se demuestren tan corruptos y proimperialistas como los otros.

Golpes y contragolpes

En el Chad[1], en abril de 2021, por sexta vez fue electo Idriss Déby Itno, que estaba en el poder hacía treinta años, y fue reelecto con 79% de los votos. Las elecciones estuvieron marcadas por prisiones, golpizas y muertes de opositores. Antes de asumir el sexto mandato, Idriss fue asesinado en un controversial enfrentamiento con grupos guerrilleros. Según la Constitución debería asumir el presidente del Congreso Nacional, pero los militares dieron un golpe y crearon un Consejo Militar de Transición (CMT) que indicó e hizo tomar posesión a Manamy “Kaka” Déby, hijo del fallecido Idriss Déby.

El Chad es un gran aliado de Francia, que impulsa la alianza militar GS5 (Grupo Sahel Cinco) que reúne al Chad, Malí, Níger, Burkina Faso y Mauritania. Le cupo al Chad ser el país más involucrado en este operativo y al fallecido Idriss Déby el que garantizara la provisión de 1.200 soldados chadianos al GS5. Estos se articulan con las tropas de la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí (MINUSMA), donde los Estados Unidos y Francia, con cinco mil soldados, desarrollan la Operación Barkhane, cuya base se encuentra en N’Djamena, capital del Chad.

En Malí, en la última década hubo tres golpes exitosos. En 2012, los militares derribaron el régimen de Amadou Toumani Touré e instauraron un “Comité Nacional para la Recuperación de la Democracia y la Restauración del Estado”, que disolvió las instituciones. En 2020, protestas pidieron la caída del presidente Ibrahim Boubacar Keita, que estaba al frente del gobierno golpista. Él fue depuesto y preso, junto con el primer ministro, por el vicepresidente Assimi Goita, con la justificativa de una “remodelación del gobierno”. Goita tomó posesión en junio, como presidente de transición. La República de Malí, con su localización sin salida al mar pero rodeada por países productores de oro, petróleo y uranio, es un importante punto de la geopolítica africana. La región norte, donde está la franja de Sahel, es poco habitada, sin embargo, rica en oro y uranio[2].

En Guinea Conacri, Alpha Condé fue electo en 2010 para la Presidencia, en las primeras elecciones democráticas desde la independencia. Fue reelecto en 2015, pero en 2020, cuando una traba en la Constitución le impedía disputar el tercer mandato, cosió una reforma y se reeligió en octubre pasado. El coronel Mamdy Doumbouya, líder del Grupo de las Fuerzas Especiales, lideró un golpe el 5 de setiembre, y secuestró al presidente. Doumbouya recibió entrenamiento en Francia, ya sirvió en misiones en Afganistán, es hombre de confianza del imperialismo, y formó un nuevo gobierno con Mohamed Beavogui, ex subsecretario general de las Naciones Unidas, como premier. Guinea tiene el mayor depósito de bauxita del mundo, y vastas reservas de hierro. Por detrás de estos golpes y contragolpes está la explotación de la cordillera de Simandou por el conglomerado anglo-australiano Rio Tinto y los chinos de la Chinalco, donde hay capacidad de producir más de 100 millones de toneladas por año de mineral de la más alta calidad. La disputa es con la BSGR, del multimillonario israelí Beny Steinmetz, asociado a la De Beers, Dan Gertler de la Nikanor, y la Gleencore.

El Sudán es el más trágico ejemplo, pues hace tres años, en diciembre de 2018, los sudaneses comenzaron a salir a las calles para protestar contra las condiciones de vida bajo el régimen de Omar al-Bashir, que estaba en el poder hacía tres décadas. Consiguieron derrocarlo, pero las Fuerzas Armadas asumieron el poder afirmando que tenían el compromiso de entregar el poder en las próximas elecciones. Pero en octubre de 2021[3], los militares destituyeron al primer ministro Abdalla Hamdok, decretaron el Estado de Emergencia y bloquearon las telecomunicaciones. Manifestantes sudaneses volvieron a las calles, incluso frente a una represión brutal, que ya dejó al menos 60 muertos. Bajo presión, los militares negociaron la restitución del premier que había sido derrocado por el Golpe de Estado, pero las masas siguieron en las calles; al final, con un desempleo por las nubes y una inflación de 400% al año los trabajadores están dispuestos a luchar no solo por un primer ministro civil sino que quieren resolver el problema del desempleo y la inflación y, para eso, exigen el fin del gobierno encabezado por el general Abdel-Fattah Burhan.

De acuerdo con un estudio, el África Subsahariana experimentó 80 golpes exitosos y 108 tentativas de golpe fracasadas entre 1956 y 2001, una media de cuatro por año. Ese número cayó a la mitad entre 2001 y 2019, periodo en el que la mayoría de las naciones africanas se volcaron hacia la democracia. Pero, ahora, está nuevamente en ascenso.

Cambios en los palacios para contener la revuelta de las poblaciones

Como el desgaste de los gobiernos es monstruoso, en virtud de la situación de miseria de la población, de la crisis económica y de la corrupción en las clases dirigentes, muchos de ellos se enfrentan con movilizaciones y revueltas, entran en crisis y buscan hacer cambios dentro del propio régimen mediante estos golpes militares y palaciegos o aciertos entre las camarillas dirigentes.

Es el caso de Angola, con la salida de José Eduardo dos Santos (en el poder desde 1979) contra su voluntad; del Zimbabue, donde Robert Mugabe (desde 1980) siguió el mismo camino con prestigio debajo de cero; el de Senegal, donde Abdoulaye Wade retiró su propuesta de alteración de la ley electoral, que garantizaría su reelección, después de violentas protestas.

Estos cambios “en los palacios” visan evitar que las movilizaciones crezcan y efectivamente derrumben gobiernos y cambien regímenes.

Durante la pandemia, África vio ocurrir varias rebeliones. Podemos citar las de Zimbabue, Nigeria, Senegal, Angola, Suazilandia y África del Sur. Todas de carácter popular y juvenil. Ahora, aparentemente, puede estar comenzando un nuevo ciclo de luchas, con la entrada en escena de los sectores organizados de la clase trabajadora. Si este nuevo ciclo se desarrolla, podrá estar abriendo una nueva situación en la correlación de fuerzas en el continente.

Rebeliones populares y juveniles

Las rebeliones populares y juveniles en el África y los intentos de golpe de Estado son los aspectos más visibles de la coyuntura de polarización social que vive el continente durante la pandemia.

En Zimbabue, las masas se levantaron contra la dictadura de Mnangagwa; en Nigeria, contra la represión policial; incluso en Malí, contra la primera tentativa de golpe de Estado; en Senegal fue, fundamentalmente, contra el imperialismo francés y su aliado Macky Sall; Angola, contra la dictadura del MPLA; Suazilandia, contra la monarquía absolutista del rey Mswati III, y en África del Sur, las masas hambrientas saquearon supermercados, shopping centers y otros comercios, con un saldo de 374 muertos.

Con el crecimiento de la polarización y del enfrentamiento entre las clases, se formaron dos polos contrapuestos. De un lado, las burguesías nacionales, aliadas al imperialismo, intentando salir de la crisis profundizando la miseria de las masas, aumentando la explotación de las riquezas naturales y acabando con la muy poca soberanía nacional que aún existe.

Del otro, las masas, el proletariado y la clase trabajadora pobre, que se van radicalizando y defendiéndose como pueden, con los instrumentos que tienen en las manos. Es una situación de mucha inestabilidad provocada por esa situación del llamado “sálvese quien pueda”.

Entonces, frente a ese cuadro de polarización, hay espacio para el surgimiento de acciones por la derecha y por la izquierda. Golpes y contragolpes, formación de gobiernos derechistas y proimperialistas, y también movilizaciones e insurrecciones, y, ahora, las primeras acciones de la clase trabajadora organizada.

En este calderón efervescente es fundamental comenzar a construir organizaciones de la clase trabajadora, aunque sean embrionarias, que comiencen a dar contenido revolucionario y socialista a estas movilizaciones que a partir de la lucha contra muchas de estas dictaduras y regímenes bonapartistas van presentando, junto con las reivindicaciones por libertades democráticas, la perspectiva de una transformación social que plantee una revolución que ponga en el poder gobiernos realmente de la clase trabajadora y de la población más pobre, que rompa con los imperialismos, nacionalice la explotación de las riquezas de manera que sean puestas para satisfacer las necesidades de la población más carente y sufrida.

Solamente con estas revoluciones nacionales, que pongan gobiernos realmente basados en la clase trabajadora, podremos caminar hacia una Federación Socialista de los Pueblos Africanos que extinga la superexplotación y la miseria del continente.

Notas

[1] https://litci.org/es/chad-crisis-politica-y-social-y-la-responsabilidad-del-imperialismo-frances/

[2] https://litci.org/es/golpe-de-estado-proimperialista-fuera-ya-las-tropas-francesas-de-mali/

[3] https://litci.org/es/el-golpe-de-estado-en-sudan-y-la-continuidad-de-la-lucha/

Traducción: Natalia Estrada.