Finalmente, se ha firmado en Egipto un acuerdo entre la organización palestina Hamas y el gobierno israelí, que pone fin a la llamada “guerra de Gaza”; en realidad, un nuevo y sangriento ataque de las fuerzas armadas israelíes contra el pueblo palestino.

Los hechos mostraron nuevamente al mundo que Israel es el agresor permanente en la región y su carácter es profundamente nazi-fascista. La agresión es otra manifestación de la estrategia de limpieza étnica del pueblo palestino, como resultado de que Israel es un enclave militar al servicio del imperialismo, basado en la usurpación del territorio histórico de este pueblo. 

Si se miran los números fríos que resultaron de esta nueva agresión del estado sionista a Gaza (2.138 muertos palestinos, 10.300 heridos  y toda una parte de Gaza destruida), resulta casi imposible comprender por qué los palestinos festejan el acuerdo mientras en Israel hay un clima sombrío. Es eso lo que está sucediendo: los palestinos festejan en las calles de Gaza; en Israel avanza una crisis política.

En realidad, los palestinos están conquistando una victoria heroica, aunque sea parcial. Algo semejante a la derrota de Israel en Líbano, en 2006.

Un balance político

Israel realizó este nuevo ataque motivado por varias razones. En primer lugar, quiso aprovecharse de un relativo reflujo de la revolución en el mundo árabe. La elección del mariscal Sisi en Egipto, los avances militares de Assad en Siria, el fortalecimiento del Estado Islámico en Irak y Siria son expresiones de una coyuntura desfavorable para el movimiento de masas en la región. Aunque eso no signifique una re-estabilización definitiva y menos aún el “fin de la revolución árabe”, como vienen defendiendo varios sectores de izquierda. Pero sí hay un reflujo coyuntural, que fue aprovechado por Israel para montar una ofensiva militar sobre Gaza, un espacio para actuar y para intentar mostrar al imperialismo y [particularmente a] EEUU que en este ‘vacío’ existe un guardián militar fiel y fuerte para imponer el orden. 

En segundo lugar, Israel se oponía a la unidad establecida entre Hamas y la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Con este ataque, el gobierno Nethanyahu vio la posibilidad de desestabilizar esta unidad y boicotear las negociaciones impulsadas por el imperialismo norteamericano.

Israel se dio como objetivo destruir la estructura militar de Hamas y los túneles con los cuales los palestinos quebraban el bloqueo impuesto a Gaza. Objetivo que solo logró de modo muy parcial. La heroica resistencia de los palestinos fue muy superior a lo que Israel esperaba. A pesar de los bombardeos y de la invasión terrestre, la ofensiva israelí no consiguió destruir completamente los túneles ni golpear duramente la estructura militar de Hamas. Con tácticas guerrilleras, los palestinos consiguieron no sólo resistir sino emboscar a militares israelíes y hasta comenzaron a destruir sus tanques. El número de muertos israelíes (más de 60) es el más alto desde el fracaso de la invasión al Líbano, en 2006.

Entre el resto de los palestinos, tanto de Cisjordania como de localidades dentro de Israel, las manifestaciones radicalizadas de la juventud amenazaban transformarse en una nueva Intifada. Hasta el colaboracionista Abbas se vio obligado a aparecer al final denunciando a Israel y defendiendo retóricamente a Gaza.

Al mismo tiempo, la ofensiva israelí despertó una reacción mundial contra el genocidio, como hace muchos años no se veía. A pesar de todo el apoyo de los medios a Israel, fue imposible esconder el asesinato de niños palestinos, el bombardeo a escuelas y hospitales. Nunca había quedado tan claro el objetivo de limpieza étnica israelí contra los palestinos. Las manifestaciones de repudio a la agresión fueran las mayores en todo el mundo, en muchos años, y presionaron a los gobiernos aliados de Israel a manifestar su desagrado con la situación.

Intelectuales, artistas famosos, defensores de los derechos humanos reaccionaron como nunca antes, indignados frente a tamaña destrucción. Nunca había sido tan claro el objetivo nazi-fascista de limpieza étnica que impulsa Israel. Hasta la ONU se vio obligada a hacer un informe denunciando los crímenes de guerra sionistas. Esta realidad llevó a la crisis de la ofensiva israelí, que fue obligada a detenerse y aceptar las negociaciones.

En ese marco, Israel sale sin ninguna ganancia política porque, a pesar de todos los muertos y la destrucción que produjo, y algunos golpes a su estructura militar, Hamas salió fortalecido en su prestigio político. Al mismo tiempo, el aislamiento internacional del estado sionista y la claridad de que es el verdadero agresor en la región, han crecido exponencialmente, lo que se expresó en una gigantesca campaña internacional de repudio al sionismo y de solidaridad con los palestinos en todo el mundo.

El fin del bloqueo es la reivindicación más urgente de la población de Gaza y, aunque no haya sido abolido, fue disminuido por la presión directa de la resistencia militar de los palestinos. Por eso, la población festeja el acuerdo en las calles de Gaza.

Es decir, el resultado de esta acción fue una derrota política y militar de Israel. No lo decimos sólo nosotros. Uno de los analistas del diario sionista “liberal” Haaretz califica el balance de la guerra con un título muy claro, tomado del fútbol: “Hamas 1, Israel 0”. En tanto, otro analista (Ari Shavit), afirma que el “arma secreta de Hamas” es que logró minar las bases del apoyo a Israel en los cinco continentes. No es casual que la crisis que ya se incubaba en el gobierno israelí de Benjamin Netanyahu (la extrema derecha representada por el ministro de Relaciones Exteriores de origen ruso, Avigdor Lieberman, y los partidos ultra-religiosos más recalcitrantes como el Shas consideraban este acuerdo como “inaceptable”), ahora se esté profundizando, según informa Haaretz.

Esta victoria de los palestinos debe ser considerada una etapa en la larga lucha por la destrucción del estado nazi-fascista de Israel, que debe tener continuidad.  

Para seguir la lucha hasta la victoria final, es necesario un programa revolucionario

Hay que reivindicar a fondo la resistencia y festejar la derrota del Estado de Israel. Por eso, independientemente de nuestras diferencias, reconocemos que fue Hamas quien estuvo al frente de esta resistencia y, por eso, se ha fortalecido mucho junto a las masas. Por la misma razón, lo defendimos incondicionalmente frente a la agresión israelí, así como su derecho a defenderse militarmente de ella. Estuvimos en su “campo militar” contra el sionismo, y lo volveremos a hacer frente a cualquier nueva agresión.

Al mismo tiempo, creemos necesario señalar dos cuestiones programáticas que pueden llevar a que esa victoria no se mantenga y incluso a transformar esa victoria en derrota.

En primer lugar, alertamos sobre la política de Hamas, de reconciliación con Al Fatah y el presidente de la ANP, Mahmoud Abbas (traidores de la causa palestina y agentes del imperialismo e Israel), que incluye la aceptación de la política de los “dos estados”, como ya se venía ensayando antes de la invasión israelí. Además, esa “unidad” acepta que el gobierno de Mahmoud Abbas continúe dirigiendo la ANP y que siga negociando acuerdos de seguridad con Israel. Será Abbas quien tomará los temas de seguridad, incluso el control de la frontera de Gaza con Egipto. En los hechos, esto significa aceptar también la política de los “dos estados” propuesta por EEUU, y significa, por eso, una capitulación de Hamas, que ha ganado prestigio justamente por oponerse a la aceptación del estado sionista y de su control sobre Palestina.

La segunda es nuestra profunda diferencia con su propuesta programática de construir un estado islámico o teocrático en Palestina (ahora podría ser apenas en una pequeña parte de ella). Un tipo de Estado que persigue y excluye  las otras confesiones religiosas, represivo y opresor, especialmente para las mujeres y los homosexuales. Aclaramos que respetamos la religión musulmana y su cultura, practicada por cientos de millones de personas, que tuvo en el pasado grandes muestras de tolerancia hacia las otras religiones y culturas, como los judíos y los cristianos. Lo que decimos, es que estos estados teocráticos, basados en la aplicación extrema del Corán, llevan inevitablemente a la opresión y a la represión. Por otra parte, al ser excluyente de una serie de sectores no musulmanes, divide a los propios palestinos frente a la lucha necesaria contra el estado racista de Israel.

Por nuestra parte, reiteramos la única propuesta que apunta la unidad de todos los palestinos, y que apunta al fin del Estado usurpador y asesino de Israel: la lucha por una Palestina única, laica, democrática y no racista en todo el territorio histórico de Palestina.    

Por último, es fundamental que esta victoria palestina tenga continuidad en la lucha contra el Estado de Israel. Esto significa, en particular, la continuidad de la campaña por la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales de los gobiernos con  el estado nazi-fascista de Israel y el boicot a sus productos y servicios.