Reina una extraña unanimidad en el apoyo al acuerdo de cierre de Nissan. Para CCOO es «un acuerdo equilibrado que atiende las aspiraciones mantenidas por la plantilla». Para UGT es un «día histórico». Para USO «un gran acuerdo». Para la dirección de Nissan es «la mejor decisión para todas las partes». Para la gran patronal de Foment «pone en valor el diálogo, la negociación y el pacto». La ministra de Industria (Reyes Maroto del PSOE) lo elogia y hace un especial reconocimiento a CCOO-UGT-USO. El president Torra (independiente en la lista de JuntsxCatalunya) y el vicepresident Aragonés (ERC) lo celebran. La Alcaldesa Colau (Comuns) habla de «una victoria muy importante».

Por Corriente Roja

Sorprende en cambio ver a la CGT en este coro, compartiendo la misma posición que CCOO-UGT-USO, ante quienes se presenta, sin embargo, como sindicato alternativo. Llama también la atención, aunque sea anecdótico, que una fuerza considerada de «extrema izquierda», como Anticapitalistas, se sume a la celebración, ilusionada porque al «mantener el empleo un año más», da «tiempo para poner en marcha un plan de reconversión sostenible que asegure los 25.000 puestos de trabajo, como el que presentamos junto a CGT y CUP nacional» [sic].

Lo que dicen las direcciones sindicales

Los jefes sindicales declaran, como Javier Hernández de UGT dijo en una asamblea improvisada poco antes de concluir el acuerdo, que «no va a haber ni un solo despido», que con la nueva empresa (cuya instalación da por segura) «todos los que queramos vamos a tener trabajo» y que «las indemnizaciones van a ser cojonudas, cuantiosas, al mismo nivel que las prejubilaciones». USO dice que el acuerdo «salva todos los puestos de trabajo». CCOO, más prudente en la forma, dice que el cierre de las fábricas «ha sido contrarrestado con una alternativa sindical que ha priorizado la reindustrialización de las plantas para evitar despidos traumáticos y garantizar el máximo de empleos». CGT, por su parte, suscribe el acuerdo y lo bautiza como «primera fase de la reindustrialización de nuestras fábricas».

El contenido real del acuerdo

Pero lo que hay detrás de esos discursos es algo bien diferente. Los puntos centrales del acuerdo son:

1/ El cierre cierto de Nissan

2/ La promesa incierta de reindustrializar las plantas, cuyo alcance y condiciones nadie puede acreditar y que, si atendemos a las experiencias de Sony en Viladecavalls o Delphi en Sant Cugat, no ofrecen datos para ningún optimismo.

3/ Unas buenas prejubilaciones e indemnizaciones para la plantilla de Nissan (las subcontratas no están incluidas). Aunque es bien sabido que las indemnizaciones, al final, son «pan para hoy y hambre para mañana».

4/ Cuando los dirigentes sindicales explican que «no habrá despidos», están diciendo que no habrá despidos «traumáticos» hasta finales de 2021. Pero sí habrá en cambio, y en abundancia, despidos «voluntarios», después de que Nissan -con el apoyo sindical- haya declarado que serán condición para tener «preferencia» en las futuras contrataciones.

5/ Lo más grave del acuerdo es lo que no está escrito: el abandono a su suerte de los 20.000 trabajadores de las subcontratas y proveedores de Nissan, un verdadero crimen.

6/ Del mismo modo, el acuerdo deja las manos libres a las patronales del sector para proceder a despidos, reestructuraciones y un empeoramiento general de las condiciones salariales y laborales. Más aún cuando la patronal ha visto la pasividad cómplice con Nissan del Gobierno PSOE-UP y de la Generalitat de Torra y Aragonés.

No debemos consentir que vendan la derrota como una gran victoria

Nissan representa el 3% del PIB catalán y es responsable, entre plantilla, subcontratas y proveedores, del empleo de 23.000 trabajadores y sus familias. Es una empresa central en el sector de la automoción, el cual, a su vez, representa el 10% del PIB.

La lucha de Nissan no era solo la de los 2.500 trabajadores de la plantilla, sino también la de los otros 20.000 directamente amenazados, la de toda la Automoción y la de toda la clase trabajadora catalana. Su lucha era una señal tanto para toda la clase obrera como para la patronal y para los gobiernos y su suerte era determinante para el futuro de la automoción y la industria. Desde este punto de vista, el acuerdo es una derrota enorme. En realidad, una derrota anunciada desde el principio si se imponía, como así ha sido, la estrategia de la burocracia sindical.

Una estrategia sindical orientada a organizar la derrota

La estrategia de las direcciones sindicales ha estado dirigida desde el principio a organizar la derrota y salvar la cara, arte en el que son virtuosos maestros.

Habían basado oficialmente todo en la pretensión de que Nissan diera marcha atrás, cuando era patente que la decisión de cerrar las plantas de Barcelona respondía a un acuerdo firme e irrevocable de la Alianza Renault-Nissan para repartirse el mercado internacional. Las burocracias sindicales eran perfectamente conscientes de ello pero, al igual que el Gobierno central y el de la Generalitat, se negaron en redondo a plantear la nacionalización de la empresa, que había recibido más de 180 millones en subvenciones oficiales y se beneficiaba de alquileres simbólicos. Sin embargo, solo la nacionalización permitía no sólo salvar todos los puestos de trabajo amenazados, sino también contar con una gran empresa pública que, bajo control de los propios trabajadores, tomara el mando en la tarea de la reconversión ecológica del sector del automóvil y salvara los empleos.

Nadie dice que esto fuera fácil. Al contrario, era una lucha muy difícil, que tenía que vencer enormes resistencias y en la que la victoria no estaba en absoluto asegurada. Pero era una lucha obligada para ganar. Una lucha que exigía unificar a los trabajadores de la plantilla con los de las subcontratas y los proveedores, forjar un frente común con el sector de la automoción y el resto de la clase trabajadora, convertir el conflicto en un problema social y político de grandes dimensiones.

Pero nada de esto se intentó. Los burócratas sindicales exaltan en sus comunicados la «lucha ejemplar» de Nissan. Pero la realidad es que los comités de Nissan no han hecho en estos casi tres meses ni un solo llamamiento a manifestarse juntos con los trabajadores de las subcontratas y los proveedores. Se han negado a convocar una gran manifestación central en Barcelona. No han organizado huelgas, ni siquiera parciales entre los proveedores y en el sector de la automoción. Y mucho menos una huelga general. La ocupación de las fábricas era algo que no cabía en su mente. Y las mismas convocatorias que han realizado no siempre tenían objetivos claros, eran anunciadas con pocos días de antelación, carentes de preparación y tenían lugar en unos horarios y circunstancias que hacían muy difícil que se sumará la población.

La única salida que se he ofrecido a la plantilla de Nissan ha sido conseguir unas buenas prejubilaciones e indemnizaciones. El acuerdo de cierre no es más que eso. El año de prórroga sin despidos «traumáticos» y la incierta promesa de reindustrialización sirven, ante todo, para salvar la cara de la burocracia sindical.

CGT se hunde como sindicato alternativo

CGT tenía una magnífica ocasión de demostrar que era un sindicato de clase y combativo frente al oficialismo. Sin embargo, lo que hemos visto ha sido su bancarrota como sindicato alternativo.

A los dos días del anuncio oficial del cierre, el sindicato publicó un comunicado donde decía: «CGT ha dejado muy claro que la única hoja de ruta que contempla como organización es la movilización sin límite contra la decisión de Nissan. En este sentido, CGT ha recalcado que se tomarán las decisiones que sean necesarias para evitar los despidos, desde la ocupación de la fábrica, la paralización del polígono en la Zona Franca o las presiones a los Gobiernos de turno para que la nacionalicen o la socialicen sin ningún tipo de miedo a las consecuencias de estas acciones». Palabras audaces que en la realidad fueron un discurso hueco, pues CGT no tomó ninguna iniciativa práctica en este sentido.

En nombre de la «unidad» por arriba con los burócratas, CGT ha firmado todos los comunicados de los comités de empresa, no ha organizado la lucha de las subcontratas, no ha trabajado por organizar una gran manifestación central, ni por bloquear la Zona Franca, ni por impulsar una huelga general. Por el contrario, en el comunicado final donde da su apoyo al acuerdo de cierre, la Federación estatal del Metal se muestra «orgullosa de la ejemplar lucha» que se ha llevado desde los comités de empresa de Nissan y de la «unidad de acción» con los jefes de CCOO-UGT-USO.

¿Y ahora qué?

El acuerdo debilita enormemente la posición de la plantilla de Nissan, deja a los trabajadores/as de las subcontratas y proveedores a los pies de los caballos, facilita los planes de las patronales de la automoción y de la patronal en general y deja las manos libres al gobierno Sánchez para seguir adelante con un «plan de reconstrucción» a medida de las necesidades de las empresas del Ibex y de las multinacionales extranjeras. Como las del automóvil, que condenan las plantas españolas a montar coches de combustión, mientras reservan las actividades de mayor valor tecnológico y la producción del coche eléctrico para sus países de origen.

Ahora se trata de sacar lecciones de la derrota y trabajar ya para organizar la resistencia unificada de los trabajadores/as de las subcontratas y proveedores y dar vida en este proceso a un sindicalismo de clase combativo y alternativo a la burocracia de CCOO-UGT.