En medio de la pandemia que ya mató a más de 224.000 personas en el país y de una segunda ola asustadora, el debate sobre la reapertura de las escuelas surge con fuerza. El cierre de las escuelas y universidades fue una de las primeras medidas tomadas en el inicio de la pandemia, y desde entonces este tema despierta polémicas y fervorosas opiniones.

Por: Leticia Hastenreiter, pediatra del Sistema Único de Salud (SUS), y Luisa Rosati, profesora de la Red Pública de Enseñanza, 29/1/2021.-

Desde que se percibió que la situación de la pandemia sería duradera y comenzaron las presiones de los gobiernos y del empresariado por la vuelta a las actividades, el movimiento de profesionales de la educación se organizó contra la reapertura. Durante todos estos meses, las escuelas siguieron cerradas en la mayor parte del país gracias a esa resistencia, sumada a los alertas de las instituciones científicas y el apoyo de la opinión pública. En julio del año pasado frente a las medidas de relajamiento del aislamiento social anunciadas por los gobiernos, la Fiocruz emitió una nota técnica que afirmaba que la vuelta a clases podía “representar un peligro para más de 9,3 millones de brasileños”. En agosto, la encuesta de la Datafolha revelaba que 78% de los brasileños defendían que las escuelas permaneciesen cerradas los próximos dos meses.

Sin embargo, transcurrido casi un año de la pandemia, nuevos elementos entraron en debate, y comienza a crecer el número de personas que se dicen favorables a la reapertura. Se organizó incluso un movimiento, encabezado por pediatras y otros profesionales de la salud, que defienden el retorno de los niños a las escuelas. Muchas personas alegan, con razón, que el mantener a los niños en casa está sobrecargando a las familias, sobre todo a las mujeres, además de tener impactos en la salud mental de los niños.

Defender una posición en esta discusión debe partir de comprender la situación como muy compleja. No existe solución fácil, y los daños causados en estos meses serán innumerables. Estamos frente a una pandemia en un país extremadamente desigual, donde gran parte de la población vive sin condiciones básicas de vivienda y saneamiento, bajo un gobierno que niega la ciencia y se niega a tomar medidas contra el virus.

Antes de entrar en la polémica, dos observaciones: en primer lugar, este es un asunto que interesa a toda la sociedad, sobre todo a la clase trabajadora, impactada directamente por las políticas para con los servicios públicos. No creemos que la salud sea asunto exclusivo de los médicos y sanitaristas, tampoco que solo profesores y otros profesionales de la educación puedan hablar sobre las escuelas. El debate debe ser libre y sin discursos de autoridad, y las conclusiones deben resultar en acciones concretas y unificadas.

En segundo lugar, creemos que en este caso traba la discusión tratar de antemano una determinada posición como más “combativa”. No son necesariamente más “de izquierda” los que son contrarios a cualquier movimiento que indique la reapertura de las escuelas, así como los que defienden el retorno no son los únicos preocupados con la salud mental de los niños o con la sobrecarga de las tareas de las mujeres trabajadoras. Aquí se trata de entender cuál es la mejor salida para nuestra clase, amparada por la ciencia, y no una competencia por posiciones más radicales.

Profesionales de la educación y la lucha en defensa de la escuela pública

Si aún tenemos educación pública para los hijos de la clase trabajadora, eso se debe a la lucha y resistencia de los profesionales de la educación, en conjunto con los alumnos que por allí pasan y las comunidades escolares como un todo. No es de hoy que los movimientos alertan por las precarias condiciones de las escuelas públicas, salas de aula repletas, falta de elementos de higiene y de limpieza, y hasta merienda. Por lo tanto, tenemos que partir de eso: cualquier debate, hoy, debe tomar en consideración que la defensa de la educación de los niños y jóvenes de las familias trabajadoras es una bandera que viene siendo bravamente cargada por estos profesionales en las últimas décadas.

El alerta del movimiento de los trabajadores de la educación parte de un conocimiento de la realidad de las escuelas públicas en el Brasil. De la forma como está, no hay estructura física o de personal para implementar las medidas de retorno seguro. Incluso con las aulas llenas, la mayor parte de las escuelas ya sufre de falta de espacio físico, como salas o espacios abiertos para actividades físicas. En muchas escuelas, el aula de educación física se imparte en una sala de clases convencional; siendo así, está difícil imaginar cómo cumplir algún tipo de distanciamiento social sin un cambio estructural.

El funcionamiento de las escuelas no impacta solo a niños y adolescentes. Hay toda una estructura de empleados que precisa estar allí para garantizar eso, tales como trabajadores de limpieza, seguridad, cocina, secretaría, profesores, transporte escolar, etc. Además, hay un desplazamiento de esos alumnos, lo que aumenta el flujo de personas en el transporte público, obliga a los responsables a salir de la casa para llevarlos y buscarlos, etc.

En Rio de Janeiro, informes del SEPE (Sindicato Estadual de Profesionales de la Educación) nos permiten tener una dimensión del impacto de la vuelta a clases. Hacia finales del año pasado, las escuelas fueron reabiertas apenas para el 9° año, en carácter voluntario, lo que llevó a poquísimos alumnos a frecuentarla, ya que la población no se sentía segura. Los profesionales de la educación iniciaron entonces una huelga por la vida, denunciando que no había condiciones para trabajo seguro. Ellos tenían razón: incluso con pocos alumnos y parte de los trabajadores en huelga, en un mes de funcionamiento más de 360 escuelas tuvieron que ser cerradas por casos de Covid diseminándose entre los trabajadores. La pandemia empeoró, y el alcalde acabó volviendo atrás, cerrando todo nuevamente.

En el “Manual sobre bioseguridad para reapertura de escuelas en el contexto del Covid-19”, la Fiocruz orienta que el retorno de las actividades debe tomar en cuenta el contexto, y para eso deben responderse las siguientes preguntas: ¿el Covid-19 está controlado en el territorio?; ¿el sistema de salud tiene condiciones de responder al aumento de casos?; ¿el sistema de vigilancia en salud puede identificar la mayoría de los casos y sus contactos? Incluso antes de pasar a las condiciones de las escuelas para recibir a los alumnos, vemos que ninguna de estas condiciones está asegurada. La pandemia está descontrolada, el sistema de salud está en colapso y no hay testeos para la población.

Incluso aseguradas las condiciones en el territorio, mencionadas arriba, el manual presenta aún una serie de prácticas de bioseguridad que deben ser seguidas por las instituciones escolares para un retorno seguro a las aulas. Priorizar actividades al aire libre, buena ventilación de las salas, distanciamiento de cómo mínimo 1,5 m entre cada mesa, cuidados extras de limpieza, además de mecanismos de vigilancia y monitoreo de sospechas de casos y casos confirmados. No es preciso conocer profundamente nuestras redes públicas para imaginar que no hay cómo cumplir esos criterios en las actuales condiciones.

El manifiesto de los pediatras

Fue lanzado hace algunos meses un manifiesto denominado “Lugar del niño es en la escuela”, encabezado por decenas de pediatras y que ha tenido una gran repercusión en los medios y en las redes sociales. Uno de sus principales exponentes es el pediatra Daniel Becker, que hoy es parte del “Comité especial de combate al Covid-19” de la alcaldía de Rio de Janeiro, que encaminó el retorno a clases de las escuelas municipales para el 8 de febrero (no presencial) y el 22 de febrero (presencial).

El manifiesto parte de preocupaciones reales, a partir de la constatación de que más de 40 millones de niños en el Brasil están fuera de las escuelas hace prácticamente un año. Y propone una lucha por mejoras en la educación pública para que las escuelas tengan condiciones de volver a recibir a sus alumnos en 2021. Tenemos pleno acuerdo con la necesidad de esa lucha. Como dijimos, hay una lucha histórica encabezada por los profesionales de la educación. Y encontramos óptimo que aquellos que firman el manifiesto se junten a esa lucha. El problema es que, a pesar de que los defensores del manifiesto repiten que la lucha es por mejorías en la educación pública del país, el eje ordenador del movimiento no es ese, y sí las vuelta a clases. Y no es posible, hoy, estar de acuerdo con ese movimiento.

El documento trata de varias cuestiones importantes y, de hecho, preocupantes. Reconoce el abismo entre los niños pobres de las escuelas públicas y los que estudian en escuelas caras particulares, que incluso, después de proporcionar enseñanza remota, ya pudieron recibir a estudiantes presencialmente en varias ciudades brasileñas. Plantea la cuestión de la dificultad que las familias de la clase trabajadora tiene para cuidar de los hijos fuera de las escuelas, citando las “guarderías” clandestinas de las periferias. Destaca los perjuicios para la salud mental y para el aprendizaje que tantos meses fuera del ambiente escolar causaron y continuarán causando en los niños, y aún otros perjuicios, como el aumento de la inseguridad alimentaria y de los índices de violencia doméstica.

El cuestionamiento que hacemos es: ¿la abertura de las escuelas resuelve esos problemas? ¿Aulas presenciales serían la solución? ¿O se tornarían un problema más?

Hasta este momento, la ciencia demuestra que los niños, felizmente, solo raramente presentan la forma grave del Covid. Algunos estudios vienen demostrando que ellos no son fuertes transmisores del virus, pero también que es más difícil que adultos consigan mantener el aislamiento social con niños, o sea, no conseguimos no besar, abrazar o alzar a nuestros hijos, sobrinos, nietos… Y más: los estudios publicados documentan también que las escuelas no han sido focos importantes de transmisión de la enfermedad. Negar esos hechos impediría un debate honesto. Sin embargo, son necesarias algunas ponderaciones.

En primer lugar, afirmar que formas graves de la enfermedad son raras en la franja etaria infantil no significa decir que ellas no existen. Según el boletín epidemiológico del Ministerio de Salud, hasta diciembre de 2020 hubo 1.118 óbitos comprobadamente por Covid de personas hasta 19 años, con casi la mitad de ellas niños hasta 5 años. El número es prácticamente el doble cuando se trata de óbitos por Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SRAG) de causa no especificada, que probablemente abarca muchos casos de Covid no notificados. Si es verdad que, proporcionalmente al número de óbitos total, los niños mueren menos, no es verdad que el coronavirus excluye por completo la franja estaría infantil.

Incluso que el porcentaje de muertes en niños sea baja en relación con el total de óbitos, cuando estamos hablando de nuestros hijos, eso será de 100%. Ese riesgo no debe ser minimizado.

Quien tiene un niño pequeño o quien trabaja en la escuela, principalmente con educación infantil, sabe: niños que frecuentan guarderías tienen más enfermedades que los que están en casa. De hecho, diversos estudios comprueban que los niños que estudian tienen dos o tres veces más posibilidades de presentar infecciones virales de vías aéreas superiores, por ejemplo. Por lo tanto, el retorno a las aulas presenciales no solo acarreará riesgos de Covid como también, ciertamente, demandará mucho más del sistema de salud, ya tan saturado a raíz de la pandemia.

En relación con las exitosas experiencias internacionales de retorno seguro a las aulas, una primera observación se hace necesaria: incluso en los países en que el retorno no había sido acompañado por un nítido empeoramiento del cuadro de transmisión del virus, a partir de un escenario de mayor descontrol de la pandemia las escuelas fueron cerradas, como es el caso reciente de Portugal. O sea, no hay ninguna justificativa o buen ejemplo de retorno a las aulas presenciales en un momento de descontrol de la pandemia, con números crecientes de casos y de óbitos, y un sistema de salud sobrecargado o, en algunas regiones, colapsado, como es nuestro caso actualmente.

Además, es de extrañar que sea necesario decir que los ejemplos europeos no se encajan en la realidad brasileña. Los números pueden demostrar que, por allá, fue seguro retornar a las aulas. El problema es que eso solamente es verdad cuando son respetados los protocolos de seguridad e higiene en el ambiente escolar. Entonces, usar experiencias mundiales en ese sentido para supuestamente probar la seguridad de la vuelta a las aulas no nos parece razonable por aquí.

Según datos del Observatorio del Marco Legal de la Primera Infancia, en el Brasil 28% de los niños de 4 a 5 años matriculados en el preescolar estudian en establecimientos sin todos los ítems de saneamiento básico, o sea, no tienen acceso a por lo menos uno de esos servicios: agua filtrada, cloacas sanitarias, y recolección de basura. En las guarderías, 21% de los niños hasta los 3 años de edad no tienen acceso al servicio básico. Y el problema es más profundo de lo que parece, ya que muchas veces esos niños tampoco tienen saneamiento en sus casas. En la ciudad de Rio de Janeiro, por ejemplo, ni la mitad de los residuos cloacales recibe tratamiento. ¿Cómo confiar que en este tipo de ambiente sea posible la higienización frecuente de las manos? ¿O la limpieza constante de los ambientes? No hay protocolo que resista el desmantelamiento de la educación pública…

Salud mental y reapertura

Otro tema muy importante es el perjuicio a la salud mental de los niños frente a tan prolongado aislamiento social. El ser humano es un ser social y, de hecho, depende de una vida social para tener salud mental. Por lo tanto, la pandemia y el aislamiento en diversos niveles llevaron a adultos y niños a una situación de vulnerabilidad.

Una carta firmada por el sindicato de los psicólogos de Rio de Janeiro y diversas asociaciones, colectivos e institutos ligados a la psicología y a la educación, luego de reforzar los posibles daños causados por el aislamiento, refleja muy bien:

”El retorno a las aulas presenciales desde la educación infantil hasta la enseñanza superior, por sí no garantiza la preservación de la salud mental. Las escuelas que (re)encontraremos serán otras y con las marcas que la pandemia imprime en las vidas que en ellas transitan. Es preciso tener en cuenta la producción de sufrimiento y dolencia que el retorno puede producir si no se garantiza la seguridad de los trabajadores de la educación, de los niños, adolescentes y sus familiares. Precisamos considerar la exposición de los trabajadores y estudiantes al contagio como productores de efectos para la salud mental, así como las rígidas reglas de los protocolos de seguridad que impiden el abrazo, el beso, levantar a los niños y el compartir de los objetos entre niños pequeños. ¿Cómo se organizarán las actividades para estudiantes que precisan tocar los objetos para leer y sentir, para ser cuidados, o leer labios para entender? Labios vedados por las máscaras. Muchas y muchas máscaras”.

E incluso destaca:

“La posibilidad de agravamiento de la pandemia y la sombra de una nueva interrupción de las clases también se constituyen en potenciales perjuicios emocionales”.

O sea, es necesario reconocer los perjuicios a la salud mental que el cierre de la escuela produjo y aún produce. No obstante, esperar que su reapertura sea la garantía del retorno a la normalidad es ignorar los riesgos de la pandemia en sí, los límites inherentes a la educación, e incluso la posibilidad de un agravamiento de la vulnerabilidad emocional frente a cualquier tropiezo durante el proceso.

La verdad es que está siendo atribuido a la escuela el papel de “salvadora de la patria”. No puede ser que ahora los enormes y complejos problemas que vivimos en el país por responsabilidad de los gobiernos, tengan que ser resueltos a partir del retorno a las aulas presenciales. La inseguridad alimentaria por la cual pasan los niños y adolescentes es una vergüenza y debería haber sido resuelta hace mucho tiempo, independiente de la escuela. Los índices de violencia doméstica y el abuso son enormes y deben ser ferozmente combatidos. Pero no necesariamente será la escuela la responsable por resolver esta triste realidad.

¡Un plan de emergencia en defensa de la vida y de los niños! ¡Por vacuna para todos ya!

Pero, entonces, ¿cuándo podremos programar el retorno a las aulas presenciales? No es fácil decir exactamente cuándo eso será posible. Nadie quería que nuestros niños estuvieran desde hace tanto tiempo fuera de las escuelas. Pero lo que podemos afirmar categóricamente es que ahora el retorno a las aulas sería una medida extremadamente irresponsable y peligrosa.

Entonces, en primer lugar, tenemos que exigir medidas de emergencia que hagan parar la sangría descontrolada de la pandemia en el Brasil. Muchos defensores de la vuelta a clases argumentan que no puede ser que bares y shoppings estén abiertos mientras las escuelas están cerradas. ¡Es, de hecho, un absurdo! Pero no se puede argumentar encima de un error. Es claro que los servicios no esenciales deben ser inmediatamente cerrados. Y deben ser aseguradas las condiciones para que los trabajadores estén en casa con seguridad, incluso los dueños de los pequeños comercios y sus empleados. Es un escándalo que no tengan más el ya insuficiente auxilio de emergencia. El problema es que los gobiernos no quieren enfrentar el gran empresariado, al que no le importa la vida y la salud de las personas y solo piensa en sus ganancias. El capitalismo se mostró 100% incapaz de asegurar una cosa básica: la vida.

Junto con eso, es urgente que se acelere la vacunación de la población brasileña. Si no fuese por la política deliberadamente genocida y boicoteadora de Bolsonaro y si no fuese por los intereses mezquinos de las industrias farmacéuticas y las patentes, la vacunación en el Brasil ya podría estar mucho más avanzada y el control de la pandemia estaría más próximo. Entonces, ¡es fundamental la lucha por la vacunación para todos ya! Y la quiebra de las patentes, para la aceleración de la producción de vacunas. Tanto el Butantan como la Fiocruz tiene condiciones para producir más de un millón de vacunas por día. Existen condiciones para conducir una campaña de vacunación en masa que garantice en algunos meses que la mayoría de la población esté vacunada.

¡Y es impensable pensar en volver a las aulas si los profesionales de la escuela no estuvieran inmunizados! Sería un riesgo para estos y también un riesgo mayor para los niños y sus familias.

En tanto no hay condiciones para el retorno seguro, es posible luchar por un plan que, por un lado, enfrente los problemas estructurales de nuestra educación y, por otro, busque aliviar los perjuicios causados por el cierre de las escuelas. ¡No podemos aceptar más cortes de dinero para la educación! Es necesario revocar ya el Proyecto de Enmienda Constitucional (PEC) 241 y cualquier medida que restrinja presupuesto para los servicios públicos. ¡Por más inversión pública en la enseñanza pública! Desde la escuela primaria a las universidades.

Con más dinero, es posible (y necesario) hacer obras de emergencia que enfrenten la situación de completa falta de respeto crónica a la educación pública, que fue aún más abierta durante esta pandemia. Es posible que haya contratación de más profesionales, a través de concurso público e incorporación de los profesionales que hoy son tercerizados. Y la cualificación y los cursos para los profesionales de la educación. Al mismo tiempo, debe haber medidas de emergencia para acabar con la inseguridad alimentaria de los niños y sus familias, como la distribución de canastas básicas o refecciones, de una forma que no pongan en riesgo a empleados y estudiantes.

Es necesario, también, que hagamos una amplia discusión democrática sobre enseñanza remota y condiciones, para acabar con la exclusión digital de los estudiantes. Independiente de la pandemia, ese es un tema que debe ser debatido ampliamente, con protagonismo de los profesionales de la educación. Si es verdad que es necesario pensar nuevas formas de enseñanza y aprovechar las tecnologías para mejorar la educación, es más cierto aún que lo que vemos hoy es una precarización de la docencia partir de la enseñanza a distancia. Entonces, es necesario, con calma, enfrentar este debate.

Los gobiernos que ahora dicen preocuparse con los niños y adolescentes por estar tanto tiempo sin clases son los mismos que durante todo este tiempo no movieron un dedo para reformar escuelas o para amenizar los perjuicios a la salud mental y el aprendizaje de los alumnos.

Habría sido posible, por ejemplo, invertir en lugares de recreación a cielo abierto, con profesionales contratados para garantizar seguridad y el cumplimiento de los protocolos. De haber sido necesario, podría haberse organizado una rotación de horarios para evitar aglomeraciones en parques y plazas. Otra posibilidad sería la contratación de profesionales para dar aulas de deportes o danzas al aire libre para adolescentes. O cursos online gratuitos de temas de interés de los adolescentes, asegurando el acceso a internet.

Pero los gobiernos no hicieron nada en ese sentido. Y ahora quieren promover el retorno a las aulas presenciales como si ellos estuviesen realmente preocupados con la situación delicada en que niños y adolescentes se encuentran.

Como dijimos, es difícil prever exactamente cuándo será posible tener retorno seguro. Lo que está planteado es que no se puede retornar ahora, sin ninguna base técnica científica y, sabidamente, sin ninguna condición para la mínima seguridad de los profesionales, de los estudiantes y de sus familias.

Pero sabemos también que los perjuicios serían enormes si tenemos que esperar que toda la población sea vacunada para que las escuelas vuelvan a funcionar. No hay ninguna viabilidad para que eso ocurra. Incluso porque no hay ninguna previsión en el mundo de inicio de vacunación en niños, pues los estudios publicados hasta ahora no contemplan la franja etaria pediátrica. Ese es un motivo más para que la vacunación alcance cuanto antes a la población en general, pues algunos grupos (niños y embarazadas, por ejemplo) no pueden ser vacunados y dependen de la vacunación del resto de las personas para estar seguros también. Es necesario que pensemos sobre el tema de los niños y la pandemia. Este debate puede ayudarnos a encontrar un camino para la movilización conjunta de profesionales de la educación, de la salud, y la clase trabajadora de conjunto, que no nos ponga más en riesgo sino que exija de los gobiernos soluciones concretas. Precisamos fortalecer la lucha en defensa de la escuela pública, esa que viene siendo atacada hace décadas, que solo parece ser importante cuando los profesionales salen a la huelga. Esa que deseamos que nuestros hijos frecuenten con seguridad.

A pesar de todo el boicot de Bolsonaro, el proceso de la vacunación ya comenzó. Después del inicio de la vacunación y de la implementación de medidas de control (como aislamiento social) sería de esperar un mayor control de la pandemia. Pero, lamentablemente, los gobiernos actúan en la dirección opuesta a eso. Lo que nos lleva a afirmar que la lucha por el Fuera Bolsonaro es una lucha literalmente al servicio de mantener nuestras vidas. Todos los defensores de la vuelta a las aulas deberían encajarse en esa lucha. Porque no estamos hablando de ataques a cualquier gobierno, estamos hablando de una política deliberada de exterminio de la población, principalmente de los más pobres.

Nada será como antes. Más temprano o más tarde, esta pandemia pasará. Pero las consecuencias continuarán sintiéndose por mucho tiempo. Sea por la ausencia de quien se fue –nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo–, sea por la crisis que se profundiza, por el avance en la precarización de los derechos. Dejará también marcas en nuestros niños y adolescentes, que están perdiendo experiencias fundamentales para su desarrollo, principalmente los hijos de la clase trabajadora más pauperizada, cuyas familias no pudieron dedicarse a promover alternativas de socialización, o incluso a compensar la ausencia de la escuela con una convivencia familiar de calidad, por ejemplo.

Se dice mucho por ahí que nada será más como antes. Y no debe ser. El capitalismo nos trajo hasta aquí, y ese camino fue pavimentado con desigualdad, miseria y sufrimiento de nuestra clase. Hay en curso un genocidio de la juventud negra, esa que está en edad escolar pero para quien las oportunidades son negadas diariamente. Datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) muestran que, incluso antes de la pandemia, diez millones de brasileños abandonaron la escuela en alguna de las etapas de la educación básica. Entre ellos, la mayoría negros y mujeres obligados a dejar la escuela para trabajar o cuidar de la casa y de la familia. Las escuelas públicas están lejos de ser los espacios de calidad que ansiamos para nuestros hijos.

Por lo tanto, precisamos hacer este debate, que hoy moviliza a diversos sectores de la sociedad; una oportunidad para avanzar en la lucha por el derecho a la infancia en nuestro país. Es preciso unificar esos sectores que hoy debaten la necesidad o no de reabrir las escuelas, para seguir luchando por una educación pública de calidad, que garantice perspectivas para nuestra juventud.

Artículo publicado en www.pstu.org.br

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Traducción: Natalia Estrada.