Hay un importante agravamiento de la crisis política e institucional, que tiene como telón de fondo la pandemia descontrolada y la enorme crisis social, con el desempleo y el avance de la miseria y del hambre.

Por Redacción PSTU Brasil

El gobierno Bolsonaro es un gobierno autoritario que surgió en medio de la crisis económica y social, y también de la Nueva República, intentando retornar a un régimen autoritario, dictatorial, apoyado en las Fuerzas Armadas, sin tener a priori correlación de fuerzas para esto. Es por eso un gobierno de crisis.

En este momento, el gobierno Bolsonaro está mucho más en crisis que cuando surgió. Por su parte, la crisis económica y social es aún más profunda que entonces, ahora aumentada por una crisis sanitaria que agrava todo. Incide en la crisis económica, social y política. Precisamos recordar que, junto y más allá de la crisis económica mundial del capitalismo, el Brasil vive una larga decadencia, un proceso de desindustrialización y reversión colonial, ligada a su localización subalterna en la división mundial del trabajo, la cual todos los gobiernos profundizaron, incluso los del PT, que dieron continuidad a Fernando Henrique Cardoso (FHC). Bolsonaro emerge en la huella de ese desastre y, desde el aparato del Estado, intenta revertir el régimen político, aun sin correlación de fuerzas para eso.

Disminuido, viendo su popularidad en caída, así como un desplazamiento del propio empresariado en relación con su gobierno (lo que también incide para que se desplace del gobierno un sector de la cúpula militar), tiembla en sus pies toda la institucionalidad burguesa. El Centrão manda en el Congreso Nacional y en la exigencia de Ministerios y división del Ejecutivo; gobernadores y alcaldes enfrentan a su modo (cobarde e hipócrita) al gobierno central; el Supremo Tribunal Federal da una en el clavo y otra en la herradura.

Y ahora esta crisis, como preveíamos como una de las posibilidades en el inicio de este gobierno militarizado, llega también a las fuerzas armadas.

Bolsonaro y sus hijos sufrieron una de sus mayores derrotas, viéndose obligado a defenestrar al ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, y a tragarse a la diputada Flávia Arruda (PL-DF) en la Secretaría de Gobierno. Esposa del gobernador acusado por corrupción, José Roberto Arruda (entonces en el DEM), y ligada al líder del Centrão y presidente de la Cámara Arthur Lira (Progresistas-Al), Flávia Arruda va a comandar justamente el sector responsable por la liberación de las enmiendas parlamentarias.

Al mismo tiempo, viendo también que perdía apoyo en la cúpula militar, Bolsonaro resolvió golpear de frente con ella, interferir en el alto comando de las Fuerzas Armadas, en la Policía Federal, e intentar también controlar a las Policías Militares (PM’s), y agrandar sus milicias.

El presidente electo Jair Bolsonaro y los nuevos comandantes de las Fuerzas Armadas, hablan con la prensa luego de la reunión en el Comando de la Marina, en Brasilia.

Un gobierno en crisis

La súbita danza de sillas promovida por Bolsonaro es expresión de una profundización de la crisis política, con el consecuente debilitamiento y aislamiento cada vez mayor de ese gobierno. Para contemplar el Centrão, Bolsonaro tuvo que despedir a Ernesto Araújo, no solo su ministro más fiel sino un símbolo para su base más radical. Más allá de eso, fue obligado a poner a una diputada directamente ligada a Lira en un punto clave del gobierno. Eso en un momento en que la Cámara, el Senado y el Ejecutivo viven una guerra no declarada en torno a las enmiendas parlamentarias y el Presupuesto de 2021.

Por su parte, el despido de Azevedo, la desbandada del alto comando de las Fuerzas Armadas (hecho inédito en la historia), y la nominación de un cuadro de la Policía Federal para la Justicia, provocaron varios cuestionamientos sobre la real intención de Bolsonaro. Aún más en vísperas del aniversario de 57 años del golpe militar.

Lo que está por detrás de esa más grave crisis política e institucional, como ya dijimos, es, sobre un Brasil en franco retroceso y decadencia, el agravamiento de la pandemia en todo el país, con el colapso de la salud y un conteo diario de muertos que se aproxima a los 4.000 y que, según previsiones de especialistas, puede llegar a 5.000 en las próximas semanas. En esa tonada, el Brasil puede contabilizar 500.000 muertos (en números notoriamente subnotificados) hasta la mitad del año, una verdadera masacre. Crisis que se expresa también en la situación dramática de los hospitales, con millares en espera por un lugar en las unidades de terapia intensiva, falta de medicamentos de primera necesidad como sedativos para intubación, y escasez de oxígeno.

Situación que afecta sobre todo a la clase trabajadora y a la población más pobre y vulnerable, como los desempleados y los informales que enfrentan la caída de los ingresos y una inflación galopante en los productos de la canasta básica. El auxilio de emergencia, de R$ 150 a R$ 375, no cubre la mitad de la canasta básica y solo llegará en abril. Los pequeños comerciantes también viven una situación de penuria, teniendo que cerrar sus establecimientos sin ningún auxilio.

Esa realidad viene afectando la popularidad del gobierno Bolsonaro, pero también corroe su apoyo en los demás sectores. Cada vez más sectores del gran empresariado y del propio sistema financiero exigen cambios, así como aumenta la presión en el Congreso Nacional, en el STF y en la propia cúpula de las Fuerzas Armadas. No porque estén preocupados con la población pobre que muere en las filas de los hospitales y con los que están en penuria, sino porque una crisis tan profunda y devastadora pone en riesgo sus propias ganancias y privilegios.

Un gobierno frágil que puede ser derrotado, pero que no debe ser subestimado

Una vez más, Bolsonaro juega con la amenaza de golpe, autogolpe o estado de sitio. Desde que asumió la presidencia, este gobierno defiende abiertamente un régimen autoritario, utilizando una táctica de chantaje permanente de amenaza a las libertades democráticas, aun cuando nunca tuvo, como tampoco ahora, correlación de fuerzas para eso.

Si por un lado esa reforma ministerial apurada demuestra un gobierno debilitado y cada vez más en las manos del Centrão, por otro, su alteración en el comando de las Fuerzas Armadas revela otro proceso.

El primero es el desgaste frente al alto comando, en el cual él no encuentra el apoyo que gustaría para continuar fustigando los otros poderes y proseguir los chantajes y amenazas a las libertades. Y eso ocurre porque ese sector está condicionado por la posición de la mayoría del empresariado, e incluso porque sigue una pérdida de popularidad de Bolsonaro en la base de las PM’s. Hay incluso el temor de que la desmoralización del gobierno contamine a las Fuerzas Armadas, a ejemplo de lo que ocurrió con el entonces general en actividad Pazuello al frente del Ministerio de Salud.

La cara de las FFAA, entre tanto, es Pazuello y el propio Bolsonaro. Los generales del ejército, especialmente, están profundamente entrelazados con este gobierno, apoyaron y participan de él con millares de militares. Para la burguesía, y para ellas mismas, las Fuerzas Armadas pueden ser un fusible totalmente quemado cuando quieran usarlas, una vez más, contra el pueblo, en la eventualidad de una explosión social. Además, como toda superestructura, ellas no están en las nubes, reflejan los humores de la sociedad, y ese movimiento muestra que un sector se aparta del genocida.

Pero, si todo eso demuestra y refleja un gobierno más débil, con menos lastre y aguado, no por eso está muerto y no por eso el enemigo debe ser subestimado. Hay sectores de la oposición que hacen un discurso unilateral de fortaleza del gobierno que no corresponde (en el inicio era el “fascismo”, el invencible); ahora, otros, van para el oba-oba [la algarabía], todo es fragilidad y mientras tanto, una vez más, ejercitan su estrecha mira de partidos del orden, que no ven nada más allá del horizonte de la democracia burguesa y de las elecciones. Y al mismo tiempo en que apuntan solo debilidad en el gobierno cruzan los brazos y no hacen nada para sacarlo ya. Dejan que el genocida continúe matando y organizando (incluso armando) a la extrema derecha; dejando todo para las elecciones de 2022.

Bolsonaro ya dio muestras más que suficientes de que pretende organizar a un sector de las Fuerzas Armadas de conjunto para, junto con la ultraderecha, conformar “su Ejército”, paramilitar y miliciano, siguiendo ejemplos del chavismo en Venezuela o, más recientemente, de Trump. Ese es su objetivo cuando confronta las medidas de aislamiento social, o cuando amenaza con la fuerza a quien se opone, incluso dejando explícito que no aceptará un resultado electoral que no lo tenga como vencedor.

En el Congreso Nacional, esa política se revela en la ofensiva en relación con la ley “antiterrorismo”, o en la tentativa de concretar proyectos como el del líder del PSL, Mayor Hugo (PSL-DF), de aprobar una “ley de movilización nacional” que, en la práctica, es dar a Bolsonaro el poder de imponer un estado de sitio, pasando el control de las policías militares a sus manos.

Es hora de actuar. ¿Dónde está la oposición? ¡Fuera Bolsonaro y Mourão ya!

El debilitamiento de Bolsonaro debería servir para ampliar la movilización para sacarlo de allí, junto con su escoria, lo más rápido posible. Este gobierno es la principal traba para impedir la marcha del genocidio que viene transformando al Brasil en un cementerio a cielo abierto.

Es hora de luchar por el Fuera Bolsonaro y Mourão ya. Es por un lockdown nacional, con auxilio de emergencia de $R 600 (que debería ser en verdad de, por lo menos, un salario mínimo), con apoyo a los pequeños empresarios, mientras no llega la vacuna. Y para que llegue lo más rápido posible, y podamos superar ese atraso que mata cada vez más, es preciso quebrar las patentes de las grandes farmacéuticas, reconvertir las fábricas, y producir en masa.

También es preciso sacar a Bolsonaro y Murão para impedir que se amplíe y se generalice la formación de milicias parapoliciales armadas, así como la organización de un sector de la ultraderecha en el interior de las Fuerzas Armadas. En este sentido, es absurda la postura cobarde e hipócrita de gobernadores, del Congreso Nacional y de los partidos de la oposición al defender, de hecho, el mantenimiento del mandato de Bolsonaro.

La posición de Ciro Gomes, de minimizar la amenaza autoritaria representada por Bolsonaro, así como la de Marcelo Freixo, de priorizar 2022, cada una a su modo, dejan a Bolsonaro libre para imponer su proyecto genocida y autoritario en el país. O la del PT, que queda queriendo ser nuevamente el elegido de la burguesía para un gobierno de “unión nacional”.

Tampoco se debe confiar la defensa de las libertades democráticas a los sectores supuestamente “democráticos” de las Fuerzas Armadas, como hacen el PT y el PSOL. Es bueno recordar que Azevedo, por ejemplo, no solo fue fiador de la candidatura Bolsonaro como participó de ella activamente. Al contrario, tenemos que confiar en nuestra propia lucha y sacar este gobierno de ahí para impedir el genocidio y el retroceso de nuestras libertades.

Estamos con casi 4.000 muertos por día; es preciso sacar a Bolsonaro ya y luchar por un programa de emergencia. Para eso es necesario una huelga general sanitaria. La oposición debería ayudar a organizar esa huelga general y forzar un lockdown nacional, al mismo tiempo que debería exigir vacunas para todos, lo que es posible si forzamos al Brasil a quebrar las patentes y reconvertir las fábricas para producir las vacunas necesarias, ya; así como forzar a garantizar el auxilio de emergencia ya.

Si no, lo que tenemos es mera hipocresía, con lockdown a media asta y vacuna a cuentagotas, mientras apilamos muertos. El papel hoy del empresariado, de gobernadores y alcaldes y del sector militar que comienza a apartarse del gobierno es hipócrita y cobarde. Y, por lo tanto, connivente con el genocida que está ahí, que debería caer ya.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 31/3/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.