Ya se encuentra en su tramo final la campaña de las elecciones presidenciales y legislativas en los Estados Unidos (8 de noviembre de 2016). Si bien hay otros concurrentes secundarios, hay solo dos candidatos presidenciales con posibilidades reales: Donald Trump por el Partido Republicano e Hillary Clinton por el Partido Demócrata.

Por: Alejandro Iturbe

Hasta poco tiempo atrás parecía que la tendencia era hacia un triunfo fácil de Hillary Clinton, como resultado, por un lado, del apoyo de sectores mayoritarios de la burguesía (que la ven como la opción “más seria”) y, por el otro, por los rechazos generalizados hacia la controvertida figura de Trump. Pero las últimas encuestas dan un “empate técnico” sin definición clara. En ese marco, se realizarán los clásicos debates televisivos entre ambos candidatos (en los que muchos electores definen su posición).

Más allá del resultado final y de quien resulte electo, la realidad es que estas elecciones muestran elementos de crisis en el régimen político estadounidense en el que los dos partidos burgueses tradicionales (republicanos y demócratas) se alternan en el gobierno. Esto se expresa en el alto rechazo que ambos candidatos tienen en la población (aquellos que “nunca los votarían”). Según recientes encuestas del diario Washington Post y de la cadena ABC News, entre la población menor de 35 años el 79% tiene un opinión desfavorable de Trump y casi el 50% opina lo mismo de Hillary. Cuando se considera la elección en su conjunto, el 68% se muestra insatisfecho con las opciones en juego. Posiblemente, esto se manifestará en uno de los índices más bajos de participación de electores de las últimas décadas [1].

Las causas

Este aumento de un “rechazo pasivo” al sistema electoral bipartidista burgués se origina en una combinación de procesos económicosociales y políticos y su reflejo en la conciencia de las masas. Veamos los centrales.

  1. La derrota del proyecto internacional de George W. Bush en Irak y Afganistán dejó al imperialismo estadounidense (y a su régimen político) en una situación de mayor debilidad en la relación de fuerzas internacional. Esto se combina con las mentiras previas que el gobierno Bush utilizó para fundamentar el lanzamiento de la “guerra contra el terror”. Como resultado, aumentó enormemente la desconfianza de “los de abajo” hacia el régimen político burgués y sus manipulaciones.
  2. La crisis económica iniciada en 2007-2008 no solo profundizó sino que significó un salto en el proceso de deterioro de las condiciones de vida de las masas que ya venía de la época de Reagan, en la década de 1980: caída del salario, empeoramiento de las condiciones laborales y deterioro y reducción de los servicios públicos (como salud y educación). Se acabaron (o están profundamente afectadas) las ideologías del “sueño americano” y la “tierra de las mil oportunidades”, es decir, el ascenso social asegurado con el “trabajo honesto” y la “inteligencia”. La dura realidad es que cada vez más sectores de trabajadores descienden en su ubicación social y no existe ninguna posibilidad real de mejoría o ascenso. Este cuadro general se agrava aún más entre la población negra, latina, y entre los jóvenes. Es cierto que la economía del país no está en recesión y que bajó el nivel de desocupación alcanzado en lo peor de la crisis. Pero la mayoría de los nuevos empleos creados son más precarios y de salarios más bajos que los que habían sido destruidos.
  3. Entre los procesos de la conciencia ha habido una profunda decepción con la promesa de “cambio” que acompañó a los dos gobiernos de Obama. Se lo vio gobernando “para los ricos” (valga el ejemplo de la reconversión de la empresa General Motors) y sin resolver ninguno de los problemas más sentidos por las masas. Al mismo tiempo, mantiene una política relativamente dura con los inmigrantes y no hizo nada para parar la ola de violencia y represión contra los jóvenes negros.

Algunas manifestaciones

Estos cambios en la conciencia se están expresando en algunos procesos incipientes. Uno de ellos fue el movimiento Ocuppy, de fuerte impacto en la juventud y de rechazo al “1%” (los más ricos). Otro proceso muy significativo es la oleada de lucha del pueblo negro contra la violencia y los asesinatos policiales, iniciada en Ferguson y que ha tenido continuidad hasta el reciente hecho de Charlotte. Además de esta continuidad, es el proceso más dinámico y combativo, y que, hasta ahora por lo menos, no ha sido cooptado por los aparatos. Su expresión política ha sido el movimiento Black Lives Matter que ahora tuvo una expresión política a través de la plataforma “Movement for Black Lives” y el programa político hecho público en agosto [2]. Cabría agregar también algunas luchas: en especial la campaña por “los 15 dólares la hora”, que expresó (posiblemente por primera vez de modo organizado) a sectores muy explotados de la clase, y las acciones del movimiento de los inmigrantes contra las deportaciones del gobierno de Obama.

En el plano electoral, estos procesos de la conciencia tuvieron su expresión distorsionada en la polarización, por derecha, que llevó al triunfo de Trump entre los republicanos (capitalizando entre sectores de trabajadores blancos empobrecidos un discurso xenófobo y racista pero, a la vez, “antisistema”), y en los excelentes resultados de Bernie Sanders entre los demócratas (presentándose como de “izquierda” y “socialista”).

La división de los republicanos

Este proceso de crisis del régimen golpea en grados distintos a ambos partidos. La crisis de los republicanos es mucho más profunda (incluso algunos analistas la consideran casi terminal).

Este partido (a la “derecha” en el bipartidismo) expresaba una coalición de sectores burgueses imperialistas (petroleros, construcción, el llamado complejo “industrial-militar”, sectores agrarios y la burguesía de origen cubano de Miami) y se apoyaba en una base electoral de clase media y sectores privilegiados de trabajadores blancos. Algunos analistas consideran que los procesos poblacionales (tendencia al aumento del peso de las minorías negras y latinas) y económico-sociales (empobrecimiento de la población) marcaban una tendencia inevitable de erosión de su base electoral histórica.

Pero el punto de inflexión de esa crisis fue la derrota del proyecto Bush, sumado al desprestigio en que quedó el partido luego de sus gobiernos. Situación que lejos de revertirse se ha agravado. En los años anteriores, debieron aceptar el “entrismo del Tea Party (es decir, la existencia de otra organización dentro del partido). Y ahora se sumó la competencia y el triunfo de Trump en las primarias.

Desde el punto de vista electoral, el papel de Trump es muy contradictorio: por un lado, con su discurso xenófobo y antisistema, recupera (o gana) a un sector de trabajadores y cuentapropistas blancos empobrecidos. Por otro lado, su discurso racista y machista expulsa votantes (un sector de mujeres blancas de clase media, sectores de clase media de las minorías, etc.).

Lo central, sin embargo, es que Trump es un “francotirador” (sin control de la dirección del partido) y que derrota a los candidatos de esa desgastada dirección nacional de la vieja guardia republicana e incluso a los del Tea Party. De hecho, esta dirección ha perdido el control del partido.

En ese marco, los cuadros y dirigentes republicanos se han dividido en varias propuestas: a) apoyar a Trump y buscar ganar con él, b) concentrarse en la elección de legisladores para mantener control del congreso y luego lanzar una ofensiva de recuperar el partido; c) presentar por fuera otro candidato republicano, es decir, dividir el partido o fundar uno nuevo. No obstante, según avanza la campaña, la opción c) va quedando cada vez más descartada.

Ya algunas figuras históricas llaman públicamente a no votar por Trump (una forma de llamar a votar por Hillary). Esta última propuesta es apoyada centralmente por los sectores más preocupados por la política exterior, que ven que Trump es un aventurero en este sentido, que puede provocar desastres, y que con Hillary no solo se puede dialogar sino también implementar una política “seria”.

Los demócratas

El partido demócrata (la supuesta “izquierda” en el juego burgués bipartidista) también es una coalición de sectores burgueses (financieros, salud y educación) que logra tradicionalmente el voto de los trabajadores (con el apoyo de los sindicatos) y que integraba a las direcciones tradicionales de las minorías negra y latina.

Está bastante más cohesionado en su dirección que los republicanos (Hillary es apoyada claramente por Obama y recibió el respaldo de Bernie Sanders). Este último, además, jugó el papel de “colector” porque, con su discurso en las primarias, evitó mayores rupturas organizadas por izquierda.

Pero, a pesar de esa cohesión y de la ayuda de la imagen de “espantapájaros” de Trump, Hillary no termina de asegurarse el triunfo (tampoco es seguro que lo logre). Ella pertenece al corazón de los demócratas y ya ha demostrado que es una figura confiable para la burguesía imperialista. Pero su imagen de derecha y su escaso carisma también generan un fuerte rechazo. El marco de fondo de estas rupturas en la base electoral demócrata es la decepción con Obama, lo que se ve acentuado por la imagen de Hillary.

En primer lugar entre los jóvenes. Si bien Sanders ayudó a evitar un drenaje mayor, no evitó que una parte importante de la base del Occupy rechace a Hillary. Y hay una ruptura de una parte de la base de la población negra expresada en Black Lives Matter que no está integrada en los demócratas y crece por fuera de las tradicionales direcciones negras demócratas (como el bloque de diputados negros de este partido que, desde el inicio de las primarias, apoyó a Hillary).

Una política para las elecciones

En el marco de estas dos falsas opciones burguesas, cabe preguntarse la política electoral que debe tener la izquierda. Algunas organizaciones (como Socialist Alternative, perteneciente a la corriente trotskista internacional Comité por una Internacional de Trabajadores – CWI) cometieron el gravísimo error de llamar al apoyo a Sanders en las primarias, dejando de lado elementales criterios de clase: el partido demócrata es una organización no solo burguesa sino, además, imperialista.

Otras organizaciones, como la International Socialist Organisation (ISO) que, correctamente, se opusieron al voto a Sanders, proponen ahora el voto al Green Party (GP – Partido Verde) y su fórmula presidencial. Es totalmente correcto llamar a no votar ni demócratas ni republicanos. Pero el apoyo a los verdes no alcanza a configurar una política verdaderamente independiente, ya que hace acuerdos con Demócratas que considera “progresivos”. El GP no es una alternativa real porque no tiene ninguna conexión real con sectores populares, de trabajadores o sindicales. Es una superestructura vacía, con una dirección muy pequeñoburguesa y bastante reformista (su programa se apoya en ilusiones de transformar y renovar la democracia americana, echando del poder a los lobbies del “1%”, pero sin cuestionar de fondo el carácter de clase de la democracia americana y el sistema económico imperialista).

Otro problema es que el GP no ha propuesto una salida real a la lucha de la juventud y el pueblo negro ni al movimiento por los derechos de los inmigrantes. En este ámbito ha cometido los mismos errores que Sanders en lugar de remediar el problema de las plataformas economicistas. Finalmente, su política exterior es un desastre: su candidato a vicepresidente, Ajamu Baraka, apoya a Bashar al Assad en el conflicto sirio (por lo tanto está militarmente en contra de la revolución en ese país).

En ese marco, al no exisitir una alternativa clara e independiente de la clase trabajadora a la cual sumarse, una política correcta es llamar al voto nulo, haciendo una campaña de denuncia sobre la falta de alternativas independientes, y una propuesta a futuro.

Otra política también correcta es apoyar candidaturas independientes y socialistas que son aún muy débiles. Una opción es el apoyo crítico a la fórmula presidencial de Socialist Action (Jeff Mackler a presidente y Karen Schraufnagel a vicepresidente). Se trata de un apoyo crítico por las posiciones erradas de esa organización sobre la Revolución Siria y la falta de compromiso de lucha para derrocar a al-Assad y llevar la revolución a una primera victoria democrática, y la defensa incondicional de la burocracia castrista cubana, que se ha transformado en una burguesía restauracionista.

No obstante, la posición de Socialist Action es de lejos mucho más progresiva que la de la candidata del frente electoral del Peace and Freedom Party, Gloria la Riva, que pertenece al Party for Socialism and Liberation y que directamente apoya a todas las burocracias y dictaduras con un “corte” de izquierda, a pesar de los ajustes y ataques a sus pueblos (Assad, Castro, Maduro, etc).

La organización simpatizante de la LIT-CI en San Francisco (Workers Voice) impulsará y participará de la campaña de Berta Hernández (por el Left Party) como candidata a legisladora por el distrito en la región; una campaña que busca la movilización obrera y popular.

Mirar y construir hacia el futuro

Cualquiera de los dos candidatos burgueses principales que gane, una cosa es segura: el próximo gobierno deberá profundizar los ataques a los trabajadores y las masas y acentuar el giro represivo contra los jóvenes, inmigrantes, latinos y negros.

La segunda cuestión es que cualquiera de ambos que gane, es muy probable que el gobierno que surja sea más débil que el de Obama, a pesar de la imagen de “duros” que los candidatos quieren transmitir. En ambos casos, tendrán una base social y un apoyo de masas mucho menor y más frágil. Por lo tanto, aunque esto no es automático, puede haber mayores espacios para las luchas y menor capacidad de control desde el régimen.

Las elecciones, entonces, quedarán como una “estación de paso” en el curso de los procesos más profundos y la necesidad permanente de organizar la unidad para luchar desde la base. Unificar a los activistas y luchadores sociales y sindicales para esta perspectiva. Desde la base de Bernie Sanders (que está con mucha bronca por lo que él hizo), el impulso a la demanda por los 15 dólares la hora, la defensa de la salud y la educación públicas, la lucha por los derechos de los inmigrantes, y las reivindicaciones del Black Lives Matter.

Y en ese camino de unir y organizar las luchas, avanzar en la construcción de una organización política independiente de todas las variantes burguesas, que dé voz propia a los trabajadores y los sectores oprimidos.

[1] El voto en Estados Unidos no es obligatorio sino opcional. Además, se realiza en día laboral (sin pago por las horas de ausencia) y los electores deben inscribirse previamente. Este sistema ya de por sí desalienta el voto de sectores de trabajadores, una tendencia que se verá acentuada en estas elecciones por desinterés o rechazo.

[2] https://policy.m4bl.org/platform/