Las primeras décadas de este siglo han sido marcadas por importantes movilizaciones de pueblos y sectores oprimidos: grandes movilizaciones por autodeterminación nacional, como las de Cataluña en el Estado español; las movilizaciones de negros y negras en los Estados Unidos, contra la violencia policial y el racismo, y que se extendieron a varios países; las movilizaciones de mujeres en la Argentina, que llevaron a la aprobación del derecho al aborto; y las huelgas de mujeres, en la conmemoración del 8 de Marzo; entre muchas otras.

Por Bernardo Cerdeira

Esas movilizaciones han sido dirigidas por diversos grupos “progresistas”, reformistas y democráticos radicales, que reivindican derechos democráticos para los sectores oprimidos. Esos grupos, en general, tiene un papel progresivo cuando llevan a las calles a millares o hasta millones de personas para luchar contra las opresiones. Ejemplos de esto son las movilizaciones en los Estados Unidos contra la violencia policial dirigidas por el movimiento “Black Lives Matter” (“Vidas Negras Importan”) o el movimiento “Marea Verde” que organizó la lucha por la legalización del aborto en la Argentina.

Los límites de las políticas “identitarias”

No obstante, esos mismos movimientos, llamados “identitarios” (o sea, que basan sus análisis, políticas, programa y estrategia en las “identidades” de género, orientación sexual o raza-etnia), tienen serias limitaciones porque están presos en los límites de reformas democráticas del sistema capitalista. Esas limitaciones son aún más evidentes cuando la burguesía intenta controlar las movilizaciones y la indignación de los sectores oprimidos.

Por ejemplo, actualmente empresas y políticos burgueses levantan propuestas de “inclusión” de esos sectores discriminados en las empresas y en la sociedad y la adopción de “diversidad”, así como la promoción de “oportunidades” para negros, mujeres y LGBTIs.

Un caso emblemático es el de Carrefour, cuyo personal de seguridad, en noviembre pasado, mató a un cliente negro, y, recientemente, promovió el Primer Foro de Abastecedores, Socios y Minoristas (las “partes interesadas” en la empresa, de acuerdo con la ideología del “capitalismo consciente”), que aprobó lanzar un Foro Permanente Antirracista.

Esta iniciativa cuenta con la colaboración y participación de la Central Única de las Favelas (Cufa), del Instituto Locomotiva (especializado en pesquisas) y del Instituto Luiz Gama, dirigido por el abogado negro Silvio Almeida (autor del libro Racismo Estructural). Su objetivo, según artículo pagado por el Carrefour, publicado el 30 de abril, es “convocar a los empresarios brasileños para adherir a tres principios esenciales para cambiar la realidad brasileña: diagnosticar la diversidad entre los colaboradores, desarrollar políticas antirracistas, y promover acciones de alfabetización racial”.

Otras empresas, como la Magalu, tienen iniciativas parecidas. Es una política de un sector de grandes empresarios capitalistas. Esas ideas de “inclusión”, búsqueda de diversidad, “empoderamiento” de las mujeres, negros y LGBTIs, son propuestas de soluciones individuales para el problema de las opresiones sin sobrepasar los límites de la sociedad capitalista.

El objetivo de la burguesía es evidente. Hasta ahora, promovieron y se beneficiaron de las opresiones de negros, mujeres y LGBTIs. Ahora, cuando crecen la indignación y la lucha contra las opresiones, quieren desviarlas por medio de algunas concesiones y de la domesticación de los movimientos y sus organizaciones.

El problema es que muchos de los llamados movimientos identitatios, organizaciones no gubernamentales u ONGs (la Cufa y el Luiz Gama son solo algunas de ellas), intelectuales y movimientos progresistas en general, colaboran, adhieren y defienden esas ideas de inclusión. Esa posición de los sectores dichos progresistas plantea una cuestión: la conquista de reformas democráticas, como el derecho al aborto o a las cuotas para negros y negras en las universidades, sin duda, son avances, pero, ¿eso resuelve el problema de las opresiones?

¿Depender de la buena voluntad?

Inclusión en busca de diversidad son declaraciones de intenciones

La propuesta de “inclusión” trata de incorporar individuos “excluidos” de los beneficios de la sociedad capitalista, dicha democrática. Hay una contradicción flagrante ahí: ese enfoque reconoce que la supuesta “democracia” capitalista en el Brasil actual “excluye” u oprime, por racismo, a 56% de la población del país que, en el Censo, se declara negra o “parda”, y a 51% que son mujeres. Ora, una “democracia” como esa, que se basa en la opresión de la mayoría, no tiene nada de democrática.

Siendo así, cualquier cambio real y sustancial de esa mayoría oprimida, de decenas de millones de seres humanos, no puede darse por medio de la “inclusión” de individuos. Y, para ser efectiva, no puede depender de la “buena voluntad” o de la conciencia de algunos empresarios, empresas o, incluso, de algunas instituciones de gobierno para “incluir” a más negros y mujeres.

Pero, la razón principal es que el sistema capitalista no es nada racional o consciente (como demostramos en el artículo “El ‘progresismo’ y la idea de un capitalismo racional y consciente”, en artículo anterior). Su único principio es la propiedad privada de los medios de producción, su único criterio moral es la ganancia y, para conseguirla, tiene que apropiarse de una parte del trabajo no pago de sus trabajadores; o sea, tiene que explotarlos. Y, por lo tanto, no atiende los llamados de su conciencia para “incluir” a los oprimidos.

Concesiones parciales y temporarias
El capitalismo utiliza las opresiones para explotar más

Las opresiones de pueblos enteros o de sectores de una sociedad, como las mujeres, negros y LGBTIs, puede ser muy antigua, y hasta milenaria. Pero, fue el sistema capitalista el que incorporó todas esas opresiones y las utilizó para aumentar crecientemente sus ganancias.

Por ejemplo, a partir de los años 1500, la burguesía esclavizó a los pueblos indígenas y, principalmente, inició el altamente lucrativo negocio del tráfico de cautivos africanos, utilizando la fuerza de trabajo esclava para el establecimiento, en las Américas, de una intensa producción de bienes para el mercado mundial.

Hoy en día, el capitalismo utiliza la opresión nacional para explotar a los trabajadores y extraer riqueza de los países pobres. O usa las opresiones de negros, mujeres y LGBTIs para forzar a los sectores oprimidos a asumir los empleos menos calificados y con salarios menores, frente a la amenaza de desempleo.

De esa forma, también consigue rebajar los salarios de todos los trabajadores. Y, por otro lado, usa las ideologías racista, machista y lgbtfóbica para justificar las diferencias, arrojar a un sector de los trabajadores contra los otros, y dividir a la clase.

El sistema capitalista puede incluso hacer concesiones democráticas cuando es presionado por sectores en lucha. Puede promover a algunos individuos o incluso a grupos enteros, puede, también, disminuir la opresión sobre un sector por algún tiempo. En algún país más rico, o en países imperialistas, como sería correcto llamarlos, puede conceder derechos y mejores condiciones de vida a los trabajadores y, también, a los oprimidos, por un determinado período, pero porque consigue grandes ganancias explotando a los trabajadores de decenas de país pobres.

Nosotros, socialistas, pensamos que es preciso luchar por reformas democráticas o beneficios inmediatos, porque significan conquistas contra la opresión. Estaremos siempre en la vanguardia de tales luchas. Pero, es preciso ser consciente de que esas concesiones siempre serán parciales y temporarias y serán quitadas en el momento en que ocurra la primera crisis económica, social o política. Es solo ver cómo, en el Brasil, en la reciente pandemia, los sectores más afectados por las contaminaciones, por las muertes, el desempleo y el hambre son justamente los negros y las mujeres.

O sea, si la explotación está en la esencia del sistema capitalista, las opresiones también son parte de este sistema. No es posible acabar con todas las formas de opresión sin antes acabar con el sistema que las sostiene, incorpora y reproduce. Pero, ¿cómo hacer eso?

Superar el sistema
Para acabar con las opresiones es preciso acabar con el capitalismo

Solo un cambio radical y real en las leyes del régimen político y del Estado opresor y, principalmente, en las condiciones económicas de los sectores oprimidos, puede acabar de hecho con esa situación. Pero, un cambio de esa envergadura implica una alteración radical de las relaciones de clase. Esto es, solo sería posible si millones de personas oprimidas y explotadas se movilizasen para acabar de una vez con este sistema.

Las luchas por cuestiones democráticas, lo que incluye la lucha contra las opresiones, nacional, racial o por identidad de género y orientación sexual, no pueden ser postergadas: son inmediatas, fundamentales y pueden llegar a ser revolucionarias. Los socialistas estamos, y siempre estaremos, presentes en esas luchas, junto con los movimientos contra las opresiones, siempre que se movilicen por esas banderas.

No obstante, cuando esos movimientos actúan como una correa de transmisión de las maniobras de la burguesía para contener y domesticar el movimiento de los oprimidos, o cuando difunden ilusiones en la posibilidad de acabar con las opresiones por medio de concesiones en el interior del capitalismo, somos y seremos los primeros en denunciar que tanto esa política como esa ideología burguesas solo pueden conducir a los movimientos de los oprimidos a un callejón sin salida.

Por eso, más que nunca es importante alertar a todos los sectores oprimidos: las opresiones solo serán eliminadas, efectiva y definitivamente, cuando eliminemos el capitalismo. Y, para eso, es preciso una revolución social que destruya ese Estado opresor, que es el instrumento de la burguesía para garantizar su dominación como clase explotadora.

Una revolución de ese tipo solo puede conducida por la clase trabajadora, la clase que es la responsable por la producción y distribución y que tiene el poder de controlarlas. Por otro lado, los sectores oprimidos, como los negros y las mujeres, son, también, los sectores más explotados entre los trabajadores.

Por eso es tan importante que la clase trabajadora asuma las banderas de lucha contra el racismo, contra la opresión de las mujeres y de las LGBTIs, para reunificar a la clase y ponerse al frente de los sectores oprimidos en la lucha por derribar el capitalismo e instituir un Estado de los trabajadores, que inicie la obra de acabar con todas las formas de explotación y opresión.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 5/5/2021.-
Traducción: Natalia Estrada.