Costumbres retrógradas, creencias religiosas, doble jornada, analfabetismo, explotación desenfrenada, miseria, desempleo, humillación. Nada más le falta a la mujer pobre y trabajadora, en especial en los países coloniales y semicoloniales, en lo que respecta a su condición de oprimida.


Cada día, al compás de la degradación de las condiciones materiales de vida, la opresión y la sumisión de las mujeres nos preparan nuevas sorpresas. Y nada justifica perder nuestra capacidad de sorprendernos e indignarnos frente a la desidia humana.

Forma parte del propio mecanismo de opresión el poder de camuflarse en algo natural, parte integrante de la “esencia” femenina. La mujer debe interiorizar la opresión, sentirse y verse como un ser inferior, porque así es y así deberá continuar siendo.

Las mujeres que no consiguen romper ese caparazón o al menos dar un paso contra él, acaban cayendo en la armadilla y tornándose presa fácil de una ideología que nos es ajena, una falsa conciencia de su inferioridad congénita que, como toda falsa conciencia, es nefasta y precisa ser desenmascarada. Lo que no es simple.

El pecado cometido
 
El ejemplo que nos llega de Cannes, en Francia, nos da la razón. En la semana, un grupo de estudiantes universitarias iraníes pidió que la actriz Leila Hatami, también iraní, sea presa y flagelada en público. ¿Cuál fue su pecado? Haber besado en el rostro al presidente del Festival de Cannes, Gilles Jacob, de 83 años, cuando se encontraban sobre la alfombra roja que conducía a las secciones de cine. Leila, que tiene 41 años y estaba en Cannes representando el cine de su país, traía la cabeza cubierta con un pañuelo verde, pero tenía el rostro descubierto y, sonriente, agradecía los aplausos del público porque, al final, ella fue la protagonista de Una separación, el único filme iraní que ganó un Oscar. Ella formaba parte del jurado de la Palma de Oro, presidido por la directora de cine Jane Campion.

Todas esas glorias no fueron suficientes para librar a Leila del odio de las propias mujeres de su país, indignadas porque estaba mostrando al mundo que una mujer puede encontrar los caminos para enfrentar la opresión, puede ser una gran actriz, puede ganar premios con su talento. Y puede, sí, besar a quien quiera, a plena luz del día, sin tener que dar cuentas a nadie.

Pero eso que parece tan simple, se transformó en una pesadilla para Leila. Porque las mujeres, insertas en una cultura de opresión, imaginan toda la creatividad y potencia de la mujer en áreas tradicionalmente masculinas, como el mundo del éxito, como algún tipo de usurpación castradora. La propia mujer se siente usurpando el lugar del hombre.

Lo que las jóvenes universitarias iraníes querían era que Leila “volviese a su lugar sumiso”, como el que ellas mismas ocupan. Es la capitulación total a la situación de opresión, en la cual las condiciones sociales y culturales obligan a la mujer a vivir.

Especulaciones, muchas: que los sectores más conservadores se lanzan a una guerra sin cuartel para intentar desprestigiar internacionalmente el gobierno de Rohani, un gobierno burgués, machista y pro-imperialista, que mantiene un régimen teocrático retrógrado y criminal en Irán. Que la sección estudiantil del Hezbollah, grupo vinculado a los Guardias Revolucionarios (Pasdarán), es la que presenta la demanda contra Leila. “Nosotros, un grupo de estudiantil musulmanas, pedimos a la sección cultural y los medios de comunicación oficiales que procesen a Leila Hatami por su acto pecaminoso (besar a un hombre en público), lo que, según el artículo 638 del Código de Justicia Islámica Penal, acarrea pena de prisión”.

La actriz habría “herido los sentimientos de Irán como nación orgullosa y tierra de mártires”, y por eso debe “ser azotada, como manda la ley”, ya que su comportamiento y su aparición pública “con ropa ilícita fomenta la corrupción”. Por lo tanto, debe ser condenada a entre uno y diez años de prisión.

Oprimidas contra oprimidas
 
La táctica de usar víctimas contra víctimas, explotados contra explotados, oprimidos contra oprimidos, es recurrente en los regímenes burgueses imperialistas, como forma de librar su propia cara. Es la táctica de dividir para reinar, que tanta desgracia trajo ya en la historia a los pueblos coloniales y semicoloniales, dominados y exprimidos por los bandos imperialistas.

Lo que hoy ocurre en Irán no escapa a la regla. La opresión viene siendo doblemente usada contra los propios oprimidos. Recientemente, una manifestación de centenas de mujeres cubiertas de la cabeza a los pies con el chador recorrió el centro de Teherán exigiendo la represión contra las mujeres que no oculten el cabello y las formas del cuerpo, como manda la ley islámica. En el mismo momento, seis jóvenes fueron presas y pasaron tres noches en la cárcel por haber subido a YouTube un video en el que aparecían bailando al ritmo del tema Happy, de Pharrell Williams.

Esa ofensiva de las mujeres contra las propias mujeres, oprimidas contra oprimidas, prueba una vez más que la existencia de la opresión no es un problema de género, que la “hermandad de las mujeres” no existe. Las mujeres están irremediablemente divididas en clases sociales no sólo distintas sino antagónicas. Y aquellas que ahora exigen castigos para las otras mujeres están sirviendo de carne de cañón para los sectores más retrógrados de la sociedad iraní, en el sentido de fortalecer el Estado teocrático y la ley islámica, que significan, además de mayor opresión, una explotación aún más cruel para toda la clase trabajadora y el pueblo pobre de Irán.

Los sectores más conservadores de la sociedad iraní salen a la ofensiva para presionar al gobierno Rohani para que mantenga su programa nuclear frente a las presiones internacionales. Temen que cualquier tipo de abertura del gobierno ponga en riesgo sus ganancias dentro de aquel que es el cuarto mayor productor de petróleo del mundo.

Fortaleciendo la ideología islámica, esos sectores usan los preceptos religiosos más retrógrados de la sharia (ley islámica) para mantener a la clase trabajadora subyugada y callada frente a la explotación y la opresión a que es sometida diariamente por el régimen.

Hartas de todo
 
Pero nada de eso se ha hecho sin oposición. Viene creciendo el número de mujeres iraníes que, hartas de ser tratadas como seres humanos de segunda categoría, hartas de que se entrometan en su forma de vestir, hartas de ser humilladas y tratadas como propiedad de sus maridos, están movilizándose y exigiendo libertad. La situación de las mujeres es una cuestión cultural que, como todas las cuestiones de esa naturaleza, tienen una profunda raíz en las condiciones sociales y materiales de vida. Por eso, la lucha por la libertad de las mujeres y contra las costumbres retrógradas precisa combinarse con la lucha del proletariado iraní contra la explotación y el saqueo de las riquezas de su país.

En esa lucha, las mujeres más avanzadas precisan asumir un lugar de vanguardia en la línea del frente contra las imposiciones de la sharia y del califato islámico, proyecto que esconde detrás de las creencias religiosas un proyecto de explotación de los trabajadores que sólo interesa a los marajás del petróleo, a los multimillonarios y al imperialismo, que precisan mantener a los trabajadores de rodillas y aceptando todo, para continuar saqueando el país, en nombre de preceptos religiosos retrógrados y opresivos, cuyas mayores víctimas son las mujeres pobres.

Como marxistas y revolucionarios, defendemos la emancipación total de las mujeres y el fin de toda opresión. Por eso, estamos por la defensa de la actriz Leila Hatami, que hoy simboliza cuánto de nefasta puede llegar a ser la opresión contra las mujeres, al punto de transformar a las propias mujeres en verdugos de sus hermanas de opresión y portavoces de una ideología cruel y absurda, que sólo trae desesperación y mayor sufrimiento para todas las mujeres pobres y los trabajadores del mundo entero.

Pero la clase trabajadora iraní ya dio muestras de su fuerza en varios períodos de su historia. Y es ahí donde reside la esperanza de todas las mujeres que, como Leila, osan ejercer su talento, su libertad y sus derechos más elementales.

Traducción: Natalia Estrada.