El “CNA y Cosatu no nos representan”. Hace poco tiempo atrás, oír, de boca de un sudafricano, una frase como esta con relación al Congreso Nacional Africano y el Congreso Sudafricano de Sindicatos era prácticamente imposible. Con todo, fue exactamente esta la consigna que fue cantada, con garra y convicción, por cerca de 200 trabajadores y jóvenes que participaban de un curso realizado en Ciudad del Cabo, en setiembre pasado*.

A pesar de estar lejos de ser una posición mayoritaria en el país, este es un sentimiento creciente con relación a las entidades que, junto con el Partido Comunista, forman la Alianza Tripartita que desde 1994 gobierna el país.

Un repudio que tiene en su base una lamentable, pero incuestionable, realidad. Dos décadas después de la extinción de la legislación que garantizó la existencia de uno los regímenes más racistas de la Historia, el actual gobierno –a través de sus alianzas con la mismísima burguesía blanca que creó y defendió el régimen segregacionista y de adopción de políticas neoliberales– hundió a la mayoría negra del país en otra pesadilla: el apartheid socioeconómico, que mantiene prácticamente intacta la segregación racial.

Una realidad que quedó aún más en evidencia después de agosto de 2012, cuando 34 mineros en huelga fueron muertos (y 70 heridos) en la Masacre de Marikana, un deplorable marco de traición llevado a cabo por las direcciones históricas de las masas sudafricanas y que es considerado “el punto de inflexión” en la historia reciente del país, en la medida en que aceleró de forma enérgica el proceso de reorganización de los movimientos sociales y políticos que buscan nuevas formas de organización para dar continuidad a la lucha por una sociedad donde la mayoría negra pueda vivir con dignidad.

Apartheid: una pesadilla capitalista

Para que se entienda lo que pasa hoy en África del Sur, es preciso recordar que la historia del apartheid (literalmente, “separados”) es uno de los ejemplos más categóricos de cuánto el racismo se confunde con el capitalismo.

A pesar de haber sido adoptado en 1948, la historia del régimen se remonta a los años 1700, cuando holandeses y británicos ocuparon la región para expropiar sus recursos y lucrar con el asqueroso tráfico negrero y, particularmente, a inicios de los años 1900, cuando el descubrimiento de oro y diamantes puso fin a las disputas entre las dos potencias imperialistas, que se unieron para garantizar sus intereses y, para eso, crearon mecanismos que les garantizaran el monopolio del poder político y económico del país.

Este proceso fue consolidado a partir de 1948, cuando la legislación del apartheid comenzó a entrar en vigencia a través de una serie de decretos que impusieron la separación de la sociedad en cuatro “categorías” (blancos, negros, mestizos y asiáticos), la criminalización de sexo y casamiento interraciales, la obligatoriedad de “pases” (que controlaban y limitaban la circulación de los no blancos) y la separación, basada en criterios raciales, de todos y cualquier aspecto de la vida social, política y económica.

¿Transición o traición?

Los niveles de opresión y explotación que resultaron de esto prácticamente no tienen paralelo en la Historia y alimentaron uno de los más sufridos y, al mismo tiempo, enérgicos procesos de lucha que tuvimos en el siglo veinte.

Marcada por masacres (como las de Shaperville y Soweto en 1960 y 1976, respectivamente), torturas, prisiones, pero también una incesante resistencia, la lucha contra el apartheid llegó a la cima en la década de 1980, cuando huelgas generalizadas y movilizaciones diarias (además de una creciente presión internacional, provocada por el repudio de los trabajadores y de la juventud de todo el mundo) pusieron en jaque al régimen.

Fue precisamente en ese momento que Nelson Mandela (principal líder del CNA y símbolo de la resistencia al régimen desde su prisión, a inicios de los años de 1960) inició un proceso de negociaciones (aún dentro de la prisión en que se encontraba, vale recordar) con el racista Partido Nacional, que resultó en la llamada “transición”, iniciada en 1991.

Apoyados en su historia de lucha y en las enormes expectativas del pueblo negro, los dirigentes de la Alianza contuvieron el ascenso y, en nombre de la “reconciliación”, transformaron a sus ex verdugos en pares y socios en la administración del Estado y en la implementación de un pesado proyecto neoliberal.

El resultado no podría haber sido otro. De allá para acá, a pesar de algunas despreciables medidas compensatorias y de la formación de una clase media negra (además de una cada vez mayor, más lucrativa y corrupta burguesía negra), lo que ha caracterizado a la situación sudafricana es el mantenimiento y la profundización de la miseria y de las pésimas condiciones de vida.

Y fue exactamente esto lo que llevó a los mineros de Marikana a la huelga, como destacó John Appolis, de la GIWUSA –una entidad que es ejemplo del proceso de reorganización en la medida en que defiende la independencia del movimiento frente a los patrones y el gobierno, y organiza a diversos sectores de la clase obrera, como el de la construcción civil, químicos, y trabajadores del transporte–: “Marikana es una prueba de que el CNA no hizo más que dar continuidad al proyecto capitalista: abastecer mano de obra negra y barata para que sea explotada por las grandes empresas”.

Para tener una idea del grado de compromiso del CNA con el proyecto neoliberal y su actual responsabilidad por el sufrimiento de la mayoría del pueblo negro sudafricano, basta citar la deplorable figura de Cyril Ramaphosa, uno de los fundadores del Sindicato Nacional de los Mineros (NUM), la principal y más fuerte entidad al  interior de la Cosatu, electo en 2012 presidente del CNA y, desde hace tiempo, uno de los hombres más ricos del país.

Entre sus varios negocios –en las áreas de recursos naturales, energía, inmuebles, seguridad, alimentación y comunicación, entres otros– Ramaphosa es también director de la Lonmin, la gigantesca empresa minera que controla la extracción de platino que es dueña de la mina de Marikana.

Fue como representante de la empresa que un día antes de la masacre, el presidente del CNA emitió un e-mail al director comercial de la minera, que parece increíble pero que lo coloca directamente por detrás de las balas que asesinaron a los mineros: “Los terribles eventos que están ocurriendo no pueden ser descritos como una disputa laboral. Ellos son claramente viles y criminales y deben ser caracterizados de esta forma. Por eso, la necesidad de acciones concomitantes”.

Amandla Awethu: un grito que precisa retomar las calles

Si es verdad que la Masacre puso en evidencia la traición de la Alianza Tripartita, las razones para que negros y negras sudafricanos estén rompiendo con el gobierno y buscando nuevas formas de organización están por todos lados. Algunos pocos datos son suficientes para demostrar esto.

Para comenzar, la relación entre el pago de negros y blancos continúa siendo casi la misma de los tiempos del infame apartheid: si en 1993 los blancos tenían un pago 8,5 veces mayor que los negros, en 2008 esa relación era de 7,68 veces. Además de eso, el índice de desempleo entre los negros es superior a 40%, lo que hace que hoy casi 30% de la población negra viva por debajo de los niveles de miseria.

Un ejemplo de esta contradicción y de cuanto el apartheid del Capital, alimentado por la Alianza Tripartita, se vuelve contra la propia historia de lucha contra el apartheid racista, puede verse en un lugar que es un doloroso marco fundamental de esta lucha: el memorial en homenaje a Hector Pieterson, el niño de 13 años asesinado (junto con cerca de otros 300 niños) en la Masacre de Soweto, en 1976.

A pocos pasos del monumento que tiene la foto del cadáver de Pieterson en los brazos de otro niño –uno de los mayores símbolos de la perversidad del apartheid– cuatro niños aún más jóvenes que Pieterson paraban a los visitantes para cantar rap, evidentemente esperando algunas monedas. La letra recordaba un “proibidão” [en alusión a una gran prohibición] brasileño, llena de referencias a la vida en el crimen. De pronto, uno de ellos saca una pistola automática (de plástico) de entre sus ropas y haciendo “cara de mal” avanza en dirección a la cámara con una postura “gangsteril”. Una estridente y lamentable contradicción con el cuerpo del joven baleado del otro lado de la calle. Un ejemplo aterrador de cuánto el presente de la juventud sudafricana es una ofensa imperdonable al pasado de aquellos que lucharon y dieron sus vidas por la libertad y la igualdad. Qué lejos están los integrantes de la Alianza Tripartita de aquello que movió a los trabajadores y jóvenes que ellos, en el pasado, dirigían, prometiendo un futuro digno.

Aun frente a las contradicciones y números como los de arriba, evidentemente, el proceso de reorganización no es fácil. Como también, tenemos certeza, es difícil para la enorme mayoría de los activistas y movimientos negros del mundo poner “Mandela” y “traición” en una misma frase.

Pero, por más que se reconozca el papel que él cumplió, es imposible no ser categórico en la crítica. Las contradicciones entre pasado y presente están en todas partes, incluso en la casa del propio Mandela, localizada en el centro de Soweto: el lugar fue completamente desfigurado para tornarse un museo. Con todo, lo que es más desconcertante es el predio al lado de la casa: el “Restaurante de la Familia Mandela” (con este exacto nombre es rodeado de propaganda de la Coca-Cola, que patrocina la inversión).

En contraste con todo el resto de Soweto, donde Mandela tenía sus raíces, el restaurante es un palacete. Debidamente adornado por los “autazos” que lo rodean viniendo de rincones diversos, pues, sin duda alguna, sus habitantes no son los frecuentadores.

Estas contradicciones y el papel de Mandela y su partido en el presente, también deben ser puestos en perspectiva, tal como también destacó John Appolis sintetizándolo de forma bastante correcta: “No fue Mandela quien derrotó el apartheid, sino sí las masas en lucha constante, y son estos mismos luchadores que hoy precisan encontrar nuevas formas de organización para superar el neoliberalismo y a sus agentes entre nosotros”.

También es importante destacar que, cada vez más, los sudafricanos perciben que esas “nuevas formas” no pueden limitarse al terreno sindical. Hoy, como reflejo un tanto bizarro de la crisis política, existen nada menos que 180 partidos inscriptos para las alecciones de 2014. Con todo, como recordó el dirigente del Centro de Apoyo a los Trabajadores Casuales, Ighsaan Schroeder, es fundamental que se cree una alternativa política para que negros y negras sudafricanos retomen su lucha: “nosotros no sabemos aún cómo ese movimiento va a ser y esta es una de las principales tareas que tendremos en el próximo período; pero tenemos una certeza: lo viejo está muriendo y lo nuevo está naciendo”.

Y es esta certeza (y necesidad) la que hace que, cada vez más, negros y negras sudafricanos retomen las calles y las luchas al son de la misma consigna que marcó la lucha contra el apartheid: Amandla Awethu. El poder es nuestro.

* Wilson H. da Silva es miembros de la Secretaría de Negros y Negras del PSTU – San Pablo.

* Por convite del International Labour Research and Information Group (ILRIG, Grupo de Investigación e Información Internacional sobre el Trabajo), la CSP-Conlutas, representada por Wilson H. da Silva (Quilombo, Raza y Clase) y Rafael Ávila (Metabase, Inconfidentes), estuvo en África del Sur, en setiembre pasado.

Traducción: Natalia Estrada