Entre el 3 y el 6 de junio, una delegación de brasileños participó, en Egipto de la Conferencia de Solidaridad a la Revolución Árabe. Formaron parte de la delegación Dirceu Travesso, representando la CSP Conlutas, Clara Saraiva, por la ANEL (Asociación Nacional de Estudiantes – Libre), y Gloria Ferreira, del PSTU. Ese texto es un relato hecho por las compañeras Gloria y Clara sobre la situación en Egipto.


Los vientos de la revolución aún soplan en El Cairo

 

Las conversaciones con trabajadores y activistas dejaron claro que los vientos de la revolución aún soplan en Egipto. El proceso que se inició en 25 de enero sigue planteando en todo momento la disyuntiva revolución o contra-revolución.


La ciudad respira revolución. El Cairo tiene 7,9 millones de habitantes y 2 millones estaban en la plaza Tahir en el desenlace de los grandes acontecimientos de febrero. Viendo los números es fácil entender: la conciencia de que la revolución fue hecha por la fuerza de millones en las calles es ampliamente mayoritaria. El taxista, el portero, el obrero, el estudiante, la joven desempleada… todos estuvieron en la plaza, vieron el poder de las masas en movimiento, saben que después del 25 de enero el país no es el mismo. Al preguntarle qué cambió tras la caída de Mubarak, Ahmed, un joven taxista respondió categóricamente: “Todo”.



La juventud a la vanguardia

 

En esos días, se cumplió un año del día en que Khaled Said, un joven de clase media, fue detenido, torturado y asesinado por la policía de la dictadura de Mubarak. Toda la población se conmovió mucho con esta terrible injusticia, pensando que podrían haber sido ellos o su propio hijo. Se transformó en un gran símbolo de la lucha y, en 2010, miles fueron a las calles con su foto: “Somos todos Khaled Said”.



Conversamos con muchos jóvenes en ese viaje, los protagonistas de la Revolución. Casi todos ya fueron presos o tienen alguna historia para contar de la represión que sufrieron en la época de Mubarak. Muchos tienen, inclusive, algún amigo que fue muerto. Cuando entramos en la Universidad Americana de El Cairo, había una exposición con las fotos de los estudiantes que habían sido muertos durante la Revolución.



Logramos tener una reunión con representantes del Movimiento 6 de abril que, si bien no tiene un programa socialista ni una estrategia clara de poder, tuvo una actuación central en la Revolución. Son jóvenes que, en 2006, se organizaron a partir de una huelga de obreros de Mahallah, en el norte de Egipto, cuando los trabajadores tomaron las fábricas. Esos jóvenes, muchos de ellos estudiantes, se identificaron con la lucha de los trabajadores y percibieron su importancia para enfrentar la dictadura. Comenzaron a tener una mayor proyección en 2007, con una gran audiencia conquistada por internet.



La Revolución

 

Nos dieron el relato más bonito sobre la Revolución: “Tras el ascenso en Túnez que derribó Ben Alí, combinado con el enorme repudio (un verdadero odio) de la población a la policía de Mubarak, amaneció el día 25 de enero. A partir de esas dos condiciones, una reunión en el Sindicato de los Ingenieros convocó un acto para el día 25 de enero, tradicionalmente un día de conmemoración institucional de la policía egipcia. Cuando hicimos ese llamado, sin embargo, no teníamos idea de cómo ese fecha quedaría marcada en la historia”.

 

La manifestación fue un éxito y, en una serie de puntos de la ciudad, se reunieron miles y miles de trabajadores y jóvenes, que fueron juntándose de a poco. La marcha cantaba: ‘Vengan, vengan, juntad sus familias a nosotros’. Mientras tanto, la policía aumentaba su violencia contra los manifestantes y los que estaban asistiendo. Pero provocaba el efecto inverso: más personas en las calles”. Llegaban noticias de otras ciudades de Egipto: también estaban ocupando plazas y calles, y provocaban más confianza para resistir.



“’OK, ya tenemos una revolución. ¿Qué deberíamos hacer?’, pensábamos. Medio millón de personas ocupaban la Plaza, y no paraba de llegar más, como parte de un mismo movimiento nacional, cada vez más confiado que solo pararía cuando Mubarak cayera”. No había otra conclusión que sacar: estaban delante de una Revolución.



La represión se intensificó mucho. Detuvieron miles de manifestantes y mataron algunos. La profundidad de lo que eso significaba sólo produjo más abnegación y disposición para luchar hasta el fin. Junto con eso, el sentimiento de igualdad entre los presentes crecía. Hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, jóvenes y más viejos, todos juntos eran iguales y revolucionarios.



Comenzó la auto-organización de las masas. Se formaban comisiones para garantizar la seguridad, la alimentación y la limpieza. Eran millones que, en una armonía inexplicable, vivían en aquel momento lo que buscaban construir para el futuro de su país. “La plaza era el lugar más perfecto del mundo, en aquel momento”, nos dice un dirigente.



Mubarak intentaba desmoralizarlos, diciendo que era un movimiento aislado en la plaza Tahrir y que se reducía a los jóvenes. Lanza terribles amenazas, cancela internet en todo el país para evitar la comunicación por las redes sociales. Ellos nos dijeron que en este momento discutieron la necesidad de expandir a los trabajadores la revolución. Y que eso acabó por ser decisivo. Las tentativas de Mubarak de aislar la Revolución en la plaza Tahrir no dieron resultado: trabajadores de fábricas y empresas entraron en huelga, como quedó evidenciado en los 3 días de paralización del Canal de Suez, tan importante económicamente para el imperialismo. La Revolución solo se fortaleció, hasta que en 11 de febrero de 2011, Mubarak cayó.

 

Las nuevas tareas

 

Un joven activista pregunta sobre la experiencia brasileña. Presenta el problema: “Todos nosotros tenemos menos de 30 años, nadie nunca militó antes de la dictadura de Mubarak. No sabemos cómo es militar abiertamente.”

 

Un amplio proceso de reorganización política y sindical está en curso. Las huelgas se esparcieron por el país, en las universidades hay un amplio proceso de movilización contra las direcciones y administraciones locales, los activistas discuten la formación de sindicatos, asociaciones estudiantiles independientes y partidos políticos.



Sin embargo, incluso desde el punto de vista democrático aún hay muchas tareas inconclusas. El ejército comanda el país, la misma policía aún está en las calles, los funcionarios del antiguo régimen no fueron castigados, las nuevas reglas exigen que se junte 160.000 dólares para montar un partido, etc.



El desempleo, la miseria y la pobreza continúan

 

Al preguntarle sobre las condiciones de vida, aquel taxista afirmó: “¡Ah! Eso continúa todo igual”. Las condiciones estructurales que llevaron a la revolución continúan: la crisis económica, la inflación en los alimentos, el desempleo y la pobreza.



Un activista expresó bien la indignación de la gente: “¿Tú entiendes esto? Un kilo de carne aquí cuesta cerca de 15 dólares. Miles de egipcios no saben el gusto de la carne”.



El cambio en las condiciones de vida de la población, e incluso la profundización de las conquistas democráticas, dependen de la ruptura con el imperialismo y tropiezan en los límites del capitalismo en la región. Demostrando su total subordinación al imperialismo el gobierno militar firmó recientemente un acuerdo con el FMI, que prevé un préstamo de 3.000 millones de dólares. Supuestamente una “ayuda” para "garantizar la transición a la democracia y a la libertad". 



En realidad, está condicionado a que el nuevo gobierno mantenga a Egipto bajo las pautas neoliberales y en consonancia con la receta del FMI, con medidas como privatizaciones, apertura a la inversión extranjera y el libre tránsito de los capitales.  



La juventud continúa a luchar contra el autoritarismo del gobierno

 

Desde el 25 de enero, los viernes se transformaron en un día de protestas, en actos mayores o más pequeños, la plaza nunca más estuvo vacía. Son jóvenes trabajadores, desempleados, muchos recién egresados de las universidades, que no tenían ninguna perspectiva de futuro. El gobierno de la Junta militar trata de controlar y si necesario reprimir a su movimiento. Pero se enfrenta a toda una generación de activistas que se formó en esta Revolución. El gobierno reprimió a una marcha en apoyo a los palestinos que se dirigía a la frontera con Gaza en la fecha de la Nakba.



El ejército, la institución más fuerte del nuevo régimen, continúa cometiendo todo tipo de abusos y se ha visto envuelto en un escándalo reciente. Un oficial militar afirmó que hacían un “test de virginidad” a las mujeres activistas que eran detenidas en las protestas de la Plaza Tahrir, para garantizar que, luego, no los acusarían de violación. Una verdadera agresión a las mujeres, que generó conmoción entre la población.



Los jóvenes han avanzado mucho en su organización, incluso en los barrios y junto con los trabajadores. En las universidades, están realizando, por primera vez en la historia de Egipto, elecciones libres de los centros universitarios, sindicatos de profesores y de empleados. Para nosotros es perceptible que existe entre ellos una gran desconfianza con el actual régimen, gobernado por los militares.



Pocos días atrás, un periódico publicó un artículo expresando la posibilidad de liberar a Mubarak sin un juicio. Hubo una gran reacción de la población, indignada con eso, y luego el gobierno dio una declaración, diciendo que la culpa era exclusivamente del periódico y que, a partir de aquel momento, para la publicación de cada artículo, sería necesaria su aprobación. Aún le temen a la fuerza de las masas y, en especial, a la abnegación y radicalidad de la juventud egipcia.



La contradicción: las masas aún confían en el gobierno de la junta militar



La gran contradicción es que la mayoría de la población tiene ilusiones en el actual gobierno. El Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (HCAF) se dice parte de la revolución del 25 de enero, cuando, en realidad, son parte de la contra-revolución. Sostuvieron el régimen hasta el último instante y solo emigraron ante la intransigencia de las masas, cuando ya era inevitable cambiar para mantener el orden social. Pero eso no quedó claro para todos: las fuerzas armadas tienen mucho prestigio en el país. Incluso, por su propia crisis frente a la revolución, atravesaron el proceso sin dividirse, porque aunque fueron conniventes y dejaron entrar la policía para reprimir, sus tropas no reprimieron directamente las protestas.



Fue la policía la que atacó abiertamente y disparó contra los manifestantes; por eso, la policía quedó quemada, tuvo que abandonar la plaza y fue formalmente disuelta tras la caída de Mubarak, aunque sus cuadros hayan sido relocalizados en otras tareas y continúen formando parte del esquema represivo.



Por eso la situación del país es compleja: hay una enorme confusión en la conciencia de los trabajadores sobre el actual gobierno liderado por las fuerzas armadas, y una gran duda de cómo será el futuro. Pero según los jóvenes que charlamos, el pueblo tiene una noción clara que la revolución la hicieron los trabajadores y el pueblo y no los militares aunque esperan que el ejército haga la transición para una democracia y un cambio en el país.  



El reciente Referéndum que hubo sobre las reformas a la Constitución propuestas por el gobierno era una forma de canalizar la revolución hacia pequeños cambios constitucionales que dieran la ilusión de que hay un verdadero cambio en sus vidas. El Movimiento 6 de abril, defendió el voto por el NO. Nos dijeron que la gran mayoría de los jóvenes votó NO, especialmente en El Cairo. Las regiones del interior, que fueron menos alcanzadas por la Revolución, y reciben más la propaganda ideológica que hace el Ejército, acabaron llevando el resultado de 77% para el SÍ.  



“¿Revolución en Egipto: Sí o No?”



En la juventud que participó de las movilizaciones, la experiencia es más avanzada: por ejemplo, conocimos un joven que escribía en un muro frente a la Plaza Tahrir: “¿Revolución en Egipto: Sí o No?”.



Cuando lo preguntamos el significado habló de la indignación con las lacras sociales del país y con el gobierno militar. Estaba queriendo decir con eso que la Revolución en Egipto no había llegado a su fin, que no podíamos celebrar tanto, ya que las banderas levantadas en la Plaza Tahrir aún no habían sido conseguidas. Criticó mucho al actual gobierno, y dijo que las condiciones de vida de la población no habían cambiado. Lamentó el hecho de que las movilizaciones no se mantengan con la misma fuerza, pero demostró tener esperanza de que continúen reivindicando las demandas económicas y sociales, además de las democráticas. Era un arquitecto recién egresado, desempleado. Él era la cara de la Revolución. La crítica al gobierno fue un tema recurrente en las conversaciones con los jóvenes: es posible decir que la juventud mira con más desconfianzas el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas.



La vanguardia joven de la revolución no se siente representada en las figuras que dirigen el país. El viernes 27 de mayo, varias organizaciones juveniles, encabezadas por el Movimiento 6 de Abril, llamaron un día de movilizaciones. Se movilizaron cerca de 500.000 personas, en el mayor acto desde la revolución. La principal exigencia era el juicio de Mubarak y la instalación inmediata de un gobierno civil.



Fue una gran movilización, a pesar del boicot de la Hermandad Musulmana que, coherente con su rol de principal sostén político del gobierno y el Consejo de la Fuerzas Armadas, se posicionó contra las protestas,



El acto expresó que el proceso revolucionario sigue y que, a pesar de sus direcciones tradicionales, los trabajadores están buscando caminos y están construyendo sus propias organizaciones independientes. El gobierno de las fuerzas armadas trata de ver por dónde puede abortarlo. Los trabajadores y la juventud egipcia, mientras tanto, tienen conciencia del profundo cambio que provocaron: Mubarak cayó. Las masas entraron en escena y se impusieron con una fuerza impresionante. Cuando los trabajadores y la juventud se unen y se plantean la tarea de cambiar sus vidas no hay fuerza que los detenga.

 

“Gadafi y Assad son dictadores”



Entre los activistas egipcios, no hay dudas que la revolución iniciada el de 25 de enero en Egipto sólo fue posible gracias a la victoria conquistada en Túnez, con el derrocamiento de Ben Alí. La conciencia de que las movilizaciones en todos los países (Egipto, Siria, Libia, Yemen, etc.) son partes de un único proceso revolucionario en el conjunto del mundo árabe, es indiscutible.



Además de la conciencia de que las movilizaciones son parte de un mismo proceso, hay una evidente identificación entre el pueblo árabe y su cultura. Esa identificación tiene un aspecto político fundamental que se materializa en el repudio al Estado de Israel. Especialmente entre los activistas, e inclusive en un sector más masivo de la población, hay un enorme rechazo al Estado de Israel y al papel nefasto que cumple hacia los palestinos. Saben que es un Estado completamente controlado y financiado por el imperialismo y, por eso, las revoluciones, necesariamente, tienen un contenido contra Israel y el genocidio promovido contra los palestinos.



Por lo tanto, la cuestión de la Palestina combinada con la conciencia que todas las movilizaciones son parte de un mismo proceso, deja muy claro que el papel que cumplen Gadafi y Assad, en Libia y en Siria, es el mismo de los otros dictadores del mundo árabe. En todas las reuniones que hicimos en Egipto, los activistas dejaban muy claro que, para construir y fortalecer la revolución árabe, la lucha debe ser contra esos dictadores y también contra el imperialismo.



“Chávez no está de nuestro lado”



Como parte de la comprensión que Gadafi y Assad cumplen el mismo papel autoritario, que los otros dictadores, los activistas repudian mucho la posición de Chávez y Castro. Aunque posean una referencia en las revoluciones de América Latina, la impresión que tuvimos al conversar con ellos es que la posición de apoyo a Gadafi y Assad fue un verdadero divisor de aguas para que hoy no haya esperanzas o referencias en esos gobernantes.



En una reunión, estábamos explicando el proceso que vive actualmente América Latina y le preguntamos a un compañero la posición sobre Chávez. Nos dijo: “Está con Gadafi, no está de nuestro lado”. Creemos que esa es la posición mayoritaria entre los activistas de izquierda en Egipto.



Junto con el repudio a esos dictadores, tampoco aceptan la intervención militar imperialista, ya que no se engañan: los intereses son las riquezas naturales y la subyugación de aquel país. A partir de esa discusión, era muy simple explicar que esos gobernantes hoy no cumplen ningún papel en el sentido de mejorar la condición de vida de los trabajadores; por el contrario, también están del lado del imperialismo.



Una impresión que tuvimos es que un sector un poco más amplio que participó de la revolución tiene una tendencia a aceptar la intervención del imperialismo, diciendo: “Los libios son asesinados por las tropas de Gadafi, es preciso apoyarlos”. Sin embargo, este posicionamiento no viene acompañado de una confianza política en el imperialismo. Por el contrario, por la relación que existe con el Estado de Israel, conocen sus verdaderos intereses, pero tienden a apoyar la intervención militar porque tienen temor de qué puede suceder con el pueblo libio. Subestiman cuánto esa intervención imperialista puede ser prejudicial a los intereses de la revolución. Pero ni pasa por la cabeza de cualquier ciudadano común de Egipto el apoyar Gadafi. Por eso la posición de Chávez y Castro no posee ninguna audiencia en el país.