El dibujo que habitualmente representa la relación entre el capital y sus políticos, un hombre gordo con smoking y sombrero de copa, que con sus manos mueve los hilos de los políticos es, eso, la representación gráfica del poder del capital; pero esto no puede llevarnos a la confusión: es sólo una representación, no un análisis.

Sin embargo, muchos sectores de la izquierda trasladan esta imagen a la caracterización de la realidad, con la consecuencia de su simplificación y caricatura de la verdadera relación entre lo capital y el Estado.

 

La política: «Economía concentrada»

Al igual que la guerra es la política por otros medios, es decir, que los objetivos políticos hay varias maneras de conseguirlos, pacíficos o militares,… que dependen, no de la voluntad individual, sino de las contradicciones sociales que le habían dado origen, la política «es economía concentrada», de tal manera que los objetivos económicos de los diferentes sectores de la sociedad hallan en las propuestas políticas su síntesis, sentando las bases para el desenvolvimiento de la economía en un sentido u otro. El títere es dueño de las llaves de la economía capitalista. Cuando un partido burgués defiende el neoliberalismo está defendiendo una manera de organizar la economía basado en el desregulamiento total de las relaciones financieras y laborales, y las propuestas políticas, legislativas e incluso institucionales van por ese camino. Por contra, si otro partido burgués defiende el keynesianismo, lo que esta a proponer es la existencia de organismos políticos e institucionales concretos que faciliten la injerencia del estado en los mercados.

 

La política de un partido o de otro responde a intereses concretos de cada sector del capital, sus contradicciones se expresan en partidos y políticos concretos, en propuestas programáticas y políticas. Las necesidades sociales y económicas de cada sector de la burguesía se sintetizan en esas propuestas, «la política es economía concentrada». Justo por ello, cuando un sector de la burguesía, en un momento concreto, hace una propuesta política que choca frontalmente con otro sector, limitando sus capacidades de desarrollo, «la economía concentrada» que es la política recurre a otros medios, a la guerra, para imponerse uno sobre otro.

 

La relación que existe entre la economía (el hombre gordo con smoking) y la política (el títere) es la relación entre lo objetivo, las fuerzas económicas que mueven la sociedad, y lo subjetivo, la voluntad de los ser humanos para enfrentarlas, moverlas o modificarlas. Lo subjetivo se convierte en objetivo cuando es capaz de mover las estructuras en el sentido que la sociedad precisa. Esto es posible porque a través de mil hilos uno y otro se interrelaciona, el estado y los políticos no son meros títeres en las manos de los capitalistas, sino que son capitalistas, o gestores suyos (abogados, economistas, sociólogos, etc.), que expresan, interpretan, analizan las necesidades de los capitalistas, y proponen salidas y tareas.

 

Que estas sean «neoliberales» o «keynesianos», por simplificar el ejemplo, depende de a qué sector de la sociedad burguesa responda. El capital especulativo, el que más depende del estado, es más neoliberal, esta más por el desregulamiento de las relaciones con el estado porque vive directamente de él, de su saqueo, de las subvenciones. Su riqueza no la extrae sólo de la explotación de los trabajadores/las, sino principalmente del control de los presupuestos estatales.

 

En la época actual, imperialista, con la tasa de ganancia por el suelo, hace que sea este sector el dominante en la política mundial, y dado que a través de la política es la síntesis de las necesidades actuales del capital, las subvenciones, las infraestructuras faraónicas, la especulación y el desregulamiento,… suplen la raquítica tasa de ganancia. Pero si por cualquier motivo -no es el objetivo de este texto analizar la casuística de cuales serian- el capital precisara de un proceso de concesiones al movimiento obrero y de masas, y la tasa de beneficios lo permitiera (la posguerra mundial en los «treinta gloriosos»), veríamos como los políticos dominantes no serían los neoliberales, sino «social liberales». La imagen del capital en abstracto cambiando el títere sería una simplificación de esta contradicción.

 

Cómo legitima la burguesía los conflictos intercapitalistas

Nadie puede negar que la burguesía tiene una doble contradicción, la fundamental para su futuro, la que le enfrenta a la clase obrera para tener una tasa de explotación superior, mas no lo hace por «maldad» personal sino porque existe otra contradicción subterránea: la de todos contra todos.

Hobbes dijo, el «hombre es un lobo para el hombre», y con esto sintetizaba la lógica del capital. Los capitalistas son enemigos mortales unos de otros, a medio plazo el mercado destruye los capitales menos rentables y hace crecer a su costa otros distintos. El capital esta en guerra comercial permanente por los mercados, divididos en sectores que se expresan en organizaciones políticas concretas, partidos, asociaciones, etc., y resuelve el capital estas contradicciones internas a través  de la democracia. En situación normal el sector «victorioso» de la burguesía legitima su dominación sobre la base de los juegos de las mayorías y las minorías, haciendo que la población vote.

 

Lo que la burguesía entiende por población con derechos cambió a lo largo del tiempo. El voto universal fue una conquista del movimiento obrero porque en las revoluciones el voto era censitario; sólo podían votar los hombres libres y propietarios. Ni las mujeres, ni los obreros/as, ni mucho menos los esclavos tenían ese derecho. Fue la lucha obrera y popular la que consiguió el voto universal. Era así, porque los «padres» de la revolución, sea la que sea, no tenían como objetivo favorecer la transformación social; una vez que ellos estaban en el poder, el voto les permitía dirimir «pacíficamente» los conflictos entre los hombres libres y propietarios, es decir, los burgueses.

 

Cuando las contradicciones se agudizan, por mor de una crisis, de un crecimiento exponencial de un sector burgués que amenaza los demás, etc., y la legitimación «pacifica» a través del voto no llega, los diferentes sectores de la burguesía comienzan el lenguaje de la guerra. Guerra comercial, diplomática,… hasta que, sino queda otro camino, la guerra «militar», valga a redundancia; los capitalistas son bien conscientes de que «fuera del poder todo es ilusión».

 

Volvemos a la política cómo «economía concentrada», a la guerra como la «política por otros medios». Los diferentes sectores burgueses hallan en políticos, partidos y militares quien mejor represente sus interés; estos no son títeres en sus manos, sino sus representantes, escogidos entre ellos para llevar adelante sus proyectos, contra los otros sectores del capital y contra la clase trabajadora.

 

Cuando un sector de la burguesía derrota en unas elecciones a otro sector, no vence físicamente a todos los enemigos, sino lo que se impone es la política de los primeros a costa de los derrotados. Al igual que cuando un ejército derrota a otro en una guerra, no destruye toda la población, sino que impone sus condiciones, sus objetivos políticos.

 

Momentos críticos, las dictaduras y la guerra

Cuando una crisis tensa la situación hasta un punto en el que las reglas del juego democrático no sirven, la burguesía recurre a los «grandes remedios». Si en un conflicto inter burgués ningún sector es capaz de imponer sus políticas, habitualmente recurren a un «bonaparte», una persona que concita consenso entre ellos bajo formas democráticas o bajo formas dictatoriales, en el que todos se ponen de acuerdo de que sus decisiones resuelven los conflictos diarios.

 

Desde que el capitalismo pasó a la fase imperialista la tendencia al bonapartismo -regímenes presidenciales- es más fuerte, porque más allá de sus reyertas por el poder económico, su enemigo mortal, la clase obrera llama a las puertas. Desde 1917, la burguesía mundial es consciente de que sus contradicciones pueden generar un proceso revolucionario, que pondría en peligro las raíces de su poder. Por eso, la tendencia el bonapartismo se agudiza; precisan incorporar a un sector de la clase trabajadora al pacto social entre las burguesías, para evitar lo inevitable, la revolución. Si esto no llega, entonces recurre a las herramientas más brutales, la dictadura militar o el fascismo.

 

De igual manera que los capitalistas recurren a los medios de guerra civil contra la clase trabajadora y los pueblos que suponen las dictaduras o el fascismo, entre ellos, cuando la competencia intercapitalista llega a un punto critico, es la guerra lo que se ponen a la orden del día.

 

Son históricos los ejemplos de la I y sobre todo la II Guerra Mundial, de cómo las potencias emergentes de aquella, Alemania y Japón, cuestionaron la hegemonía británica, en decadencia absoluta, como resolvieron el control del mercado mundial y sin embargo, que potencia dominaba en el mundo. Enviaron, entre las dos guerras mundiales, a más 70 millones de ser humanos a la muerte. Al final, ni unos ni otros ganaron, sino un tercero, los EE UU, que construyeron su poder sobre la destrucción física de Europa, Japón y parte de Asia.

 

Los Hitler y los Churchill, los De Gaulle y los Hiro Hito, los Rooswelt o los Truman, no eran títeres de nadie, sino que eran los representantes de los sectores dominantes de sus burguesías. La derrota y suicidio de Hitler fue la derrota de la burguesía alemana, la victoria de Truman fue la victoria de los USA. La derrota de los «títeres» es una derrota de la burguesía a la que representan, que abre las puertas para acabar con las relaciones sociales de producción que les dan vida.

 

Clase, Estado y políticos

En la imagen inicial del Sr. del smoking con los hilos moviendo a los políticos podemos ver dos sectores de la sociedad, la clase del sr del smoking, y al político colgado del hilo; pero falta el mecanismo que los une, que hace de ellos un todo orgánico. Siguiendo la imagen, esta serían los brazos del Sr. del capital, pero con esto no se resuelve el problema de las relaciones entre la clase y los políticos, lo que une la estructura económica con las superestructuras políticas.

 

El Estado -con el gobierno en algunos casos, y en otros el régimen- es la institución concreta en la que se manifiesta el poder de la burguesía. Este nace en la producción y distribución de mercancías, sin conexiones unos con otros, el estado, «agrupamiento de hombres armados» en definición de Engels, quien hace establecer esos enlaces, quien garantiza el funcionamiento de ese proceso, y básicamente, quien defiende las relaciones sociales en las que se basa (la explotación de los trabajadores/as).

 

En el siglo XIX, en el capitalismo del «laissez faire» no imperialista, era la principal tarea del estado, garantizar el poder del capital y su expansión. Pero con la aparición del imperialismo, de los oligopolios, las multinacionales, la agudización de las contradicciones interimperialistas, la decadencia del propio sistema y con la revolución socialista llamando a las puertas, el papel del estado crece. No se puede limitar a garantizar militarmente el poder frente la clase obrera; sin perder este objetivo central, asume otras tareas culturales, ideológicas y sobre todo de planificación económica; es decir, el estado, el gobierno, asume el papel del comité central de la burguesía.

 

Los gobiernos son aquellas personas en las que sea por la vía que sea -habitualmente electoral- la burguesía confía la dirección política de sus intereses; la adopción de las medidas que conduzcan a la mejora de las condiciones de la explotación de la clase trabajadora y de competencia con los demás capitales. Los políticos son los representantes de una clase social, de un sector de ella, que se manifiestan a través del control de los recursos de un estado hecho a la imagen y semejanza de la clase que domina. Cuando el movimiento de masas enfrenta a los políticos esta enfrentando a las instituciones que representan, comenzando por el gobierno.

 

Volvemos a la «política es economía concentrada». La derrota de la política económica de un político es la derrota de este político, y una victoria frente a la clase que esta tras él, situando la lucha de clases en un  nivel cualitativamente distinto. No entender esta dialéctica convierte toda la lucha de clases en mero sindicalismo que se agota con la conquista social concreta, o en un proyecto electoral limitado. Sin embargo, esta claro que la única garantía de que esas conquistas sociales se mantengan en el tiempo es cuando la política revolucionaria entra en juego.

 

Política y lucha por el poder

La política se puede resumir en la lucha por el poder. Fuera del poder todo es ilusión, afirmó Lenin; cuanta razón tenía. Rosa Luxemburgo, en su polémica de «reforma o revolución» defendía la misma idea, cuando afirmaba que la única garantía de que las reformas perduraran en el tiempo era haciendo la revolución, es decir, luchando por el poder. Engels, en el Prefacio a la versión italiana del Manifiesto Comunista, plantea que la Comuna de Paris demostró a la clase trabajadora que no se puede conformar con tomar el estado burgués y ponerlo su servicio, que era preciso «destruirlo» para construir uno nuevo.

 

Si la política es economía concentrada, la lucha por el poder es la quintaesencia de esa política. La lucha contra el poder económico de la burguesía se concentra en la lucha política contra el estado burgués, los diferentes regímenes y gobiernos en los que se concreta cada caso.

 

Para enfrentar esta relación, no se puede disolver lo general en el particular, ni lo abstracto en lo concreto, y al revés. Cuando se habla del poder del capital hablamos en general, en abstracto, de la relación social en la formula C/T (capital vs trabajo). Este es el Sr. del smoking de la imagen inicial. Pero a lo largo del tiempo, y en las condiciones concretas del desenvolvimiento histórico, cada formación social expresa de una manera particular y concreta esta relación. Sería una abstracción metafísica limitarse a decir que en los EE UU y en Somalia lo central es la contradicción Capital vs Trabajo, sin acto seguido expresar cuáles son las diferencias que existe entre uno y otro.

 

Puede que se vea que esta comparación es exagerada, mas las diferencias en las relaciones también las vemos entre estados imperialistas y sus expresiones institucionales. Sigamos con los EE UU, porque de alguna manera son el laboratorio perfecto de un estado burgués que sigue las normas de Montesquieu, de la división de poder, y la inexistencia de un aparato institucional intermedio entre la clase social y el gobierno: el régimen.

 

El estado es la manera histórica de la burguesía para organizar sus instituciones, su expresión delante de la población es el gobierno, es su comité ejecutivo; en casi todo el mundo, por las condiciones concretas del desarrollo social y político, se hace preciso una intermediación que de una estabilidad de la que la burguesía careció: es el régimen político. La forma concreta en cada estado en la que la burguesía organiza su dominación.

 

Todo estado burgués tiene tres instituciones básicas, el gobierno, el ejército y el poder judicial, no el parlamento, que hace parte de la democracia burguesa, no de las dictaduras militares y mucho menos de las fascistas. La forma en la que se combinan y toman preeminencia cada una de estas instituciones, incluido el parlamento en su caso, constituyen el régimen concreto de cada Estado, la forma de dominación en un momento histórico dado de la burguesía frente el trabajo.

 

Por su conformación histórica -nacieron como burgueses sin tener que destruir o pactar con las estructuras sociales feudales, con el genocidio de los nativos americanos «le llegó»-, los EE UU no precisan del reaseguro del régimen político (monarquía, dictadura, república) interpuesto entre estado y gobierno, sino que estado y régimen se confunde; por eso son la forma más pura y estable de democracia burguesa. En contra, en los estados europeos conviven el Jefe del Estado (presidente, rey) con el Primer Ministro, solapando instituciones ejecutivas para garantizar una estabilidad que a lo largo del siglo XX rompió en demasiadas ocasiones: Francia va por la Vª república, Alemania pasó de la república de Weimar al fascismo, después la República Federal y ahora a la reunificación, Italia pasó de la monarquía al fascismo, para llegar al Pentapartito y ahora este régimen «inclasificable» que genera un Berlusconi; el Estado Español fue de la restauración monárquica a la dictadura, después la república que le siguió una dictadura y remató con una otra restauración monárquica. Y todo trufado por ascensos revolucionarios de la clase trabajadora.

 

Esto hace que en cada estado el régimen concreto exprese una forma particular de organizar las instituciones que garantizan la relación capital/trabajo; de esto se deduce que las políticas y los programas cambian, adecuándose a cada situación en particular. La lucha política tiene que resumir y sintetizar la lucha social, de la clase trabajadora y los oprimidos, en un momento preciso. Esto es lo que significa, ni más ni menos, la exigencia leninista de «análisis concreto de la realidad concreta».

 

La derrota de la clase social burguesa, y lucha por el poder, no se da en abstracto, no es un hecho intelectual, sino en la lucha concreta del día a día. Eso pone en el deber de precisar cuáles son las líneas de fuerza de cada organización estatal que permita a la clase trabajadora y a los oprimidos avanzar en el camino de la destrucción de las instituciones políticas de la burguesía, el estado/régimen y los gobiernos, y construir sus instituciones revolucionarias.