La reacción de la naturaleza a la explotación capitalista desenfrenada viene ocurriendo en las últimas décadas y principalmente en los últimos años. Han ocurrido varios alertas por medio de las consecuencias del calentamiento global, que ya estamos viendo y sufriendo, como las inundaciones, sequías, tempestades, huracanes, incendios forestales, etc.… Y aunque ya hubiese tenido reacciones a través de la diseminación de varias enfermedades zoonóticas, esa no era la mayor preocupación y no era la más discutida ni difundida. No obstante, ese fue el camino de la reacción que globalizó las consecuencias en corto espacio de tiempo y que forma parte de la misma y única crisis. Si no derrotamos el capitalismo es posible que la naturaleza lo haga, pero junto con eso también nos derrotará.

Por: Lena Souza

Existen varias explicaciones sobre el aparecimiento del Covid-19. Algunos consideran que el coronavirus es un castigo de Dios sobre una sociedad que no respeta sus enseñanzas y que tal situación ya estaba escrita en la Biblia. Otros creen que es un acontecimiento natural que no había como prever, que nadie tiene la culpa de su aparición. E incluso hay otros, que son los negacionistas, en general los mismos que niegan el calentamiento global, que frente a la cruda evidencia de las muertes, o dicen que la pandemia no existe, que es una manipulación de la opinión pública, o dicen que va a morir mucha gente, y ¿de ahí?… debemos enfrentar y mantener la normalidad del sistema.

Hay culpables por la aparición del Covid-19. Y son los mismos responsables por el calentamiento global

El coronavirus vino de la naturaleza; no obstante, no es una consecuencia natural que este haya alcanzado al ser humano. Llegar al ser humano y transformarse en una pandemia es consecuencia de la degradación de una de las bases de producción, de la fuente de recursos, o sea, de la naturaleza. El avance irresponsable sobre los recursos naturales ha sido el agente de las epidemias recientes que tuvimos. Y todas ellas son zoonosis, o sea, tiene origen animal. Eso ocurrió con el Ébola (1969), el Nipah (1999), el SARS (2002), el H1N1 (2009), el MERS (2012), y ahora el Covid-19 (2019). El Covid-19 ya había sido anticipado por cinco declaraciones de emergencia de salud desde 2009[1]:

25 de abril de 2009 – pandemia de H1N1.

5 de mayo de 2014 – diseminación internacional de Poliovirus.

8 de agosto de 2014 – brote de Ébola en el África Occidental.

1 de febrero de 2016 – virus Zika y aumento de casos de microcefalia y otras malformaciones congénitas.

18 de mayo de 2018 – brote de Ébola en la República Democrática del Congo.

Estudios comprueban que “contando con el causador de la actual pandemia de Covid-19, la ciencia ya identificó y asiló siete coronavirus circulando entre los humanos. Todos saltaron de animales para personas en poco más de un siglo, pero los más patógenos emergieron en los últimos veinte años. Aún hay millares de ellos en la naturaleza, la inmensa mayoría por describir”[2].

La relación de esas enfermedades con la destrucción y el uso indiscriminado de los recursos naturales

Considerando que enfermedades zoonóticas son responsables por 60% de las enfermedades infecciosas conocidas y 75% de las que están en evolución en las últimas décadas, podríamos pensar entonces que es natural que nos contaminemos. Pero no es bien así. Los patógenos de esos animales atraviesan la frontera entre animales y humanos y se extienden rápidamente en función de la devastación de las selvas y del aumento del calentamiento global.

Varios científicos, incluso del PNUMA –Programa para el Medio Ambiente de la ONU– afirman que la interferencia en la naturaleza, la pérdida de bosques, es responsable por el contacto del ser humano con la vida silvestre y la transmisión de virus de animales para humanos. Eso, junto con el tráfico de animales silvestres nos pone, cada vez más, en contacto con agentes infecciosos.

“Nunca hubo tantas oportunidades para que los patógenos pasen de animales salvajes y domésticos hacia las personas”, dice la directora ejecutiva del PNUMA, Inger Andersen. “Nuestra erosión continua de la naturaleza nos dejó poco confortablemente próximos de las especies portadoras, esto es, animales y plantas que abrigan dolencias que pueden ser transmitidas a los seres humanos”[3].

Y con la devastación de los bosques y también como consecuencia de ella, los cambios climáticos están provocando el derretimiento de las regiones polares, que, según científicos, cargan debajo de metros y metros de hielo microbios latentes y desconocidos, y que ahora están siendo liberados por el deshielo.

¿Es necesaria tamaña interferencia en la naturaleza?

El capitalismo trata la naturaleza y los recursos naturales como mercaderías potenciales. Los intereses volcados exclusivamente a la ganancia impiden que en este sistema podamos tener una relación amigable y sostenible con la naturaleza. La lógica de la maximización de las ganancias y el productivismo de ella resultante evidencian que la idea de un “capitalismo sostenible” es ilusoria, y como consecuencia no hay, en este sistema, ninguna posibilidad de equilibrio.

El capitalismo tiene como base la idea de que nuestra relación con la naturaleza es de DISPUTA. O sea, nosotros debemos siempre dominar, separarnos de la naturaleza y tratarla como una fuente inagotable de recursos que podemos utilizar para la producción de mercaderías sin considerar y analizar su capacidad de reproducción y de reacción. Engels ya planteaba esta cuestión en su texto de 1876, “El papel de trabajo en la transformación del mono en hombre”:

“No nos dejemos dominar por el entusiasmo frente a nuestras victorias sobre la naturaleza. Luego de cada una de esas victorias la naturaleza adopta su venganza. Es verdad que las primeras consecuencias de esas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo o tercer lugar aparecen las consecuencias muy diversas, totalmente imprevistas y que, con frecuencia, anulan las primeras. Los hombres que en la Mesopotamia, en Grecia, en el Asia Menor y otras regiones devastaban los bosques para obtener tierra de cultivo ni siquiera podían imaginar que, eliminando los bosques, los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. (…) Así, a cada paso, los hechos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada con el dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado por fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y aplicarlas de manera adecuada…”.

En los últimos años, la mayoría de la población pobre y trabajadora, ha presenciado y sido víctima de la irresponsabilidad de los gobiernos y de la burguesía del planeta, que sacan de la naturaleza una cantidad cada vez mayor de recursos naturales en un tiempo cada vez más corto, acabando con los recursos no renovables e impidiendo que los renovables puedan regenerarse.

Las consecuencias del calentamiento global y de las enfermedades zoonóticas han sido cada año más serias, afectando y matando a millones de trabajadores/as y población pobre del planeta. No obstante, como respuesta, aquellos que dominan y concentran la mayor parte de la renta del planeta y sus representantes en el gobierno no han hecho nada más allá de cúpulas ambientales que tienen como objetivo engañar a la mayoría de la población con propuestas vacías y que no son posibles de realizar en este sistema. Por ejemplo, la disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero.

La destrucción de los bosques y el contacto con millones de virus

La destrucción de los bosques acelera el calentamiento global trayendo muchas consecuencias, y también permite la aparición del virus que lleva a enfermedades que no teníamos antes, como el Covid-19. En la medida en que se destruyen los hábitats naturales, mayor es la posibilidad de que se hagan comunes los virus que pasan de animales para seres humanos.

Y esa destrucción viene acelerándose. Solo en 2018 los trópicos perdieron doce millones de hectáreas de cobertura forestal[4], y dentro de esa área desaparecieron 3,6 millones de hectáreas de selvas tropicales primarias, un área del tamaño de Bélgica. Esos bosques almacenan más carbono (responsable por el calentamiento global) que los demás y cuando son derribados no vuelven más a su estado original.

Y, como vimos, en 2019 no fue diferente. En el Brasil, por ejemplo, vimos la explosión del desmonte y las quemas en la selva amazónica como consecuencia de la política de Bolsonaro de liberar el área para la minería, la agricultura y la extracción de madera para los grandes empresarios industriales y del agronegocio. Vimos también en varios lugares del mundo, los incendios forestales como resultado de un largo periodo de sequía derivado de los cambios climáticos generados por el calentamiento global. Y en 2020 la devastación continúa. Solo en los tres primeros meses fueron desmatados 1.202 km2 de la selva de la Amazonía brasileña, según datos de satélite del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciales (INPE); eso representa un aumento de 55% en comparación con el mismo periodo de 2019. Y en abril de 2020, según informaciones del Sistema de Alerta de Desmonte (SAD), fueron derribados 529 km2 de selva, resultando en la mayor área de los últimos diez años, en el mismo mes. “Con esta cifra, la región tuvo, el mes pasado, un aumento de 171% en relación con abril de 2019”[5].

De acuerdo con el investigador David Lapola, la Amazonía es “un enorme pote de virus” y agrega que al devastarla ponemos a prueba nuestra propia suerte”[6].

¿Vamos a dejar que la burguesía del planeta, esos multimillonarios irresponsables continúen destruyendo la naturaleza y nuestras vidas?

¿La vida de quién está en juego?

Como ya vimos en varios estudios, las consecuencias del calentamiento global afectan directamente a los más pobres, y son los más pobres que ven sus vidas transformarse en una pesadilla o, directamente, pierden las propias o las de sus familiares con las inundaciones, los huracanes, los incendios, las sequías, etc.

Con el coronavirus no ha sido diferente. Aun cuando, así como con el calentamiento global, intenten convencernos de que las consecuencias no escogen clase social o raza, vemos en la práctica que eso es una gran mentira. Y que los pobres y trabajadores/as y, entre ellos/as los más vulnerables, como las mujeres, los negros/as, los inmigrantes del planeta son aquellos/as que más sufren y/o mueren.

Mientras aquellos que provocan tales calamidades tienen condiciones de vivir el paraíso en la Tierra, pudiendo en esta pandemia protegerse del virus pasando la cuarentena en sus mansiones en playas y estancias asiladas en las que ni siquiera tenemos condiciones de imaginar los privilegios, nosotros los pobres y trabajadores/as sufrimos las consecuencias de sus irresponsabilidades.

Nuestra única salida es transformar nuestro sufrimiento y luto en lucha y derrotar el sistema capitalista

Nuestra respuesta no pude ser resignación como quieren los ricos. No podemos resignarnos a las muertes provocadas por la pandemia como si estas fuesen inevitables. No podemos resignarnos a la falta de camas, a la falta de alimentos, a la falta de mínimas condiciones de higiene necesarias para protegernos de la actual pandemia. No podemos resignarnos a los cortes de salarios, a los despidos. No podemos resignarnos a que, nuevamente, los ricos hagan que paguemos por la crisis.

Además de eso, no podemos tener ninguna ilusión de que los actuales dueños del planeta, o sea, la burguesía multimillonaria, aprenderá con la pandemia a hacerse buena, a buscar una sociedad más igualitaria y con una relación más armoniosa con la naturaleza. Aunque ellos intenten hacer creer eso, sabemos que van a buscar recuperar el perjuicio sobre nuestras espaldas y degradar aún más la naturaleza.

Al contrario de resignarnos y creer en “palabras bonitas” y en “solidaridad S/A”, tenemos que organizarnos y prepararnos para asumir el control de la sociedad, sacar el control de las manos de esos irresponsables que con certeza nos van a llevar a la destrucción junto con la destrucción de la naturaleza.

La naturaleza ya no está solo dando señales, está reaccionando para destruir a su enemigo, pero ella no tiene conciencia de la clase a la que tiene que destruir y las consecuencias de esta reacción recaen sobre nuestra clase.

Quien puede y debe actuar con conciencia somos nosotros, trabajadores/as y pueblo pobre, que somos los únicos interesados en construir una sociedad igualitaria y que crezca y se desarrolle sin la explotación de un ser humano por el otro, y con una relación armoniosa con la naturaleza.

Notas:

[1] https://www.paho.org/bra/index.php?option=com_content&view=article&id=6101:covid19&Itemid=875

[2] https://brasil.elpais.com/ciencia/2020-04-20/os-outros-coronavirus-que-habitam-entre-os-humanos.html

[3] https://www.unenvironment.org/es/noticias-y-reportajes/reportajes/seis-datos-sobre-la-conexion-entre-la-naturaleza-y-el-coronavirus

[4] https://blog.globalforestwatch.org/data-and-research/mundo-perde-area-do-tamanho-da-belgica-em-florestas-tropicais-primarias-em-2018

[5]https://g1.globo.com/natureza/noticia/2020/05/18/desmatamento-da-amazonia-em-abril-foi-o-maior-em-10-anos-diz-instituto.ghtml

[6]https://www.uol.com.br/vivabem/noticias/afp/2020/05/13/amazonia-pode-ser-maior-repositorio-de-coronavirus-do-mundo-diz-cientista.htm

Traducción: Natalia Estrada.