Un escarnio al pueblo palestino. Así debería titularse el artículo del humorista del programa “Porta dos Fundos” [Puerta de los Fondos], Gregório Duvivier, publicado en la Folha de S. Paulo el 13 de marzo, con el título “A Palestina é aquí – e ninguém se importa” [Palestina es aquí – y a nadie le importa]. Siguiendo los pasos del diputado federal Jean Wyllys (PSOL-RJ), él ignoró el llamado de la sociedad civil palestina por boicot, desinversión y sanciones (BDS) a Israel y aceptó la invitación en enero último para dar una palestra en la Universidad Hebraica de Jerusalén, en la Palestina ocupada, institución cómplice del apartheid israelí.

Por: Soraya Misleh

Coherente con el acto criminal de hacer coro a la “normalización” de la limpieza étnica y la colonización, Duvivier se tornó un joven-propaganda más contra la principal campaña de solidaridad internacional al pueblo palestino. Consiguió la proeza de escribir un artículo intocable desde el punto de vista de la ignorancia (o la mala fe) histórica y política, pleno de distorsiones en cuanto al BDS y a los palestinos. Entre las falsificaciones gigantescas, él escribe que boicot es cosa de fundamentalistas y que no encontró apoyo entre los palestinos. Dos de las tantas otras mentiras que harían sonrojar a Pinocho.

La propia imagen utilizada para ilustrar el texto es vergonzosa: una representación en el mejor estilo orientalista, de una mujer totalmente cubierta, solamente con los ojos al descubierto. Como si ese fuese el retrato de todas las palestinas y árabes, uniforme, inmutable; y, tan grave como esa homogeneización al servicio de deshumanizar al “otro”, vincula a la mujer musulmana, por su vestimenta, con una noción falsa de atraso, barbarie y violencia.

El humorista sin gracia y su artículo ignoran, por ejemplo, que la joven palestina Hadeel al-Hashlomon, de apenas 17 años, vestida con esos trajes, estaba intentando ejercer el derecho de estudiar cuando fue asesinada a sangre fría por israelíes en un puesto de control en Al Khalil (Hebron), Cisjordania, la Palestina ocupada.

¿Quién es el terrorista? Es la pregunta que no quiere callar. ¿Aquel que resiste legítimamente contra una ocupación deshumana –incluso al persistir en intentar ejercer el simple derecho de ir y venir– o el Estado que mata, expulsa y humilla a todo un pueblo desde hace casi 70 años?

La respuesta debería ser obvia para cualquier uno de la “izquierda”, pero desgraciadamente historias como la de esa joven están apagadas de los discursos inflamados de los nuevos portavoces de Israel contra el BDS. Así como omiten el hecho de que la propia Universidad Hebraica tiene su campus construido en área ocupada, cuyos habitantes nativos fueron expulsados y engrosan el amplio abanico de palestinos refugiados y desplazados internamente; son cinco millones en el mundo árabe y millares en la diáspora, impedidos de retornar a sus tierras. También ciegan para lo que ocurre frente al campus en Jerusalén, en aldeas palestinas, cuyas demoliciones de casas y expulsiones por parte de Israel son triste rutina y siguen a todo vapor.

Duvivier, Jean Wyllys y parte de la “izquierda” brasileña adhieren, así, a la táctica israelí de sumar represión y falsa información –dos de sus viejas conocidas grandes inversiones– para mantener la ocupación y el apartheid. Esos son los peores. Confunden a desavisados con la retórica del “diálogo”, a favor de la “democracia” y de los “derechos humanos”, términos que hasta el ex presidente de los Estados Unidos George Bush usó, para invadir Irak y Afganistán. Fortalecen, así, el proyecto político sionista, fundado en la limpieza étnica del pueblo palestino. Relegan a la “puerta de los fondos” de la historia la Nakba (catástrofe palestina que significó la creación del Estado de Israel el 15 de mayo de 1948) y sus consecuencias hasta los días actuales.

La criminalización del BDS por parte de Israel es la otra punta de esa ofensiva. En agosto de 2016 se formó un comité interministerial con la tarea de identificar y deportar a activistas de la campaña de boicot. El último 6 de marzo, la propuesta de deportación fue aprobada en el Knesset (Parlamento israelí). No es en vano: la campaña avanza en todo el mundo. Los números indican que la caída de inversiones extranjeras en Israel fue de 46% solamente entre 2013 y 2014.

Quién es la “izquierda” sionista

El 14 de enero de 2016, en respuesta a la distorsiones provocadas por el viaje del parlamentario del PSOL, escribí un artículo en este mismo espacio, titulado “Contra la solidaridad que precisamos, Jean Wyllys y la izquierda sionista”. Reproduzco aquí parte de lo que escribí hace más de un año.

La primera desconstrucción que precisa ser hecha es en cuanto a la idea de un diálogo posible, en contraposición con la campaña del BDS, [ya] que ignora la realidad en el terreno y la historia. Es preciso entender de qué interlocutor posible y de qué izquierda hablan Jean Wyllys y Duvivier. “en la jerga israelí local y en el discurso político utilizado por los medios de comunicación y por la comunidad académica, el ‘campo de la paz’ en Israel es la ‘izquierda’. En otras partes del mundo, tal significaría necesariamente una plataforma social-democrática o socialista, o por lo menos una preocupación acentuada con los grupos social y económicamente desfavorecidos en una dada sociedad. El campo de la paz en Israel se ha concentrado enteramente en las maniobras diplomáticas desde la guerra de 1973, un juego que tiene poca relevancia para un número creciente de grupos”, enseña el historiador israelí Ilan Pappe, en Historia de la Palestina moderna.

En reseña sobre la publicación “Falsos profetas de la paz”, de Tikva Honig-Parnass, el Ijan (Red Internacional de Judíos Antisionistas) demuestra que históricamente la “izquierda” sionista estuvo tan alineada con el proyecto de colonización de Palestina como la derecha. “Como muestra ese libro, desde antes de la fundación del Estado de Israel, la izquierda sionista habló demasiadas veces la lengua del universalismo, mientras ayudaba a crear y mantener sistemas jurídicos, gobiernos y el aparato militar que permitieron la colonización de tierras palestinas”.

La raíz de esa izquierda está en el llamado “sionismo laborista”, constituido a inicios de la colonización, hacia finales del siglo XIX e inicios del XX. Sus miembros revindicaban la aspiración de principios socialistas y cultivaron deliberadamente, como informa el texto del Ijan, esa falsa idea. Los diarios de los laboristas de la época demuestran su intención no declarada: asegurar la “transferencia” de los habitantes nativos (árabes no judíos en su mayoría) para afuera de sus tierras y la inmigración de judíos venidos de Europa para colonizar Palestina: un eufemismo para limpieza étnica.

“En uno de sus momentos más francos, David Ben-Gurion, principal dirigente de este grupo y jefe del movimiento obrero sionista (que se tornaría primer ministro de Israel en 1948), confesó en 1922 que ‘la única gran preocupación que domina nuestro pensamiento y actividad es la conquista de la tierra, a través de la inmigración en masa (aliá). Todo el resto es apenas una fraseología’.”

El artículo cita todavía otra observación de Honig-Parnass: “En el 20° Congreso Sionista, en 1937, Ben Gurion defendió la limpieza étnica de Palestina (…) para abrir camino a la creación de un estado judío”.

Independientemente de autodenominarse de “izquierda”, de “centro” o de “derecha”, el sionismo pretendía la conquista de la tierra y del trabajo, que sería exclusivo a judíos. Para eso, la central sindical israelí Histadrut –aún existente y base del estado colonial, propietaria de empresas que explotan a palestinos– tuvo un papel central, y su fortalecimiento es defendido por sionistas de “izquierda”. En otras palabras, la diferencia entre los laboristas y los revisionistas (como Netanyahu) es que los últimos eran –y continúan siendo– más francos.

Hoy, el único partido que se autodenomina sionista de izquierda es el Meretz, creado en los años de 1990. Como enseña Ilan Pappe en Historia de la Palestina moderna, el nuevo grupo de “‘palomas pragmáticas” surgió de la fusión del “movimiento de derechos civiles de Shulamit Aloni, un partido liberal de línea dura llamado Shinui (‘cambio’) y el partido socialista Mapam”.

El autor agrega: “Pragmatismo en este caso significa una veneración típicamente israelí de seguridad y disuasión, no un juicio de valor sobre la paz como concepto preferido, ni simpatía por el problema del otro lado en el conflicto, ni reconocimiento de su propio papel en la creación del problema”.

La “izquierda” sionista apoyó la invasión de Israel al Líbano en 2006 y ofensivas subsecuentes en Gaza, con la excepción de la operación terrestre en 2014. Su alegación es que no abren mano del derecho de “defensa” de Israel. Es lo que cuenta Honig-Parnass en artículo publicado en The Palestine Chronicle [La Crónica palestina]. Durante la masacre en Gaza hace un año y medio, informa la autora, el Meretz se recusó a participar de manifestación conjunta con árabes-palestinos contra la ofensiva y por el fin del cerco a Gaza, porque cuestionaba ese “derecho”.

En su artículo, Honig-Parnass cita declaración de una dirigente del Meretz, Haim Orom, al respecto: “Nuestra posición es esencialmente diferente del denominador común de aquellos grupos que organizaron la manifestación: Meretz apoya la operación en Gaza. Esos grupos no aceptan el derecho básico de autodefensa del Estado de Israel, lo que nosotros apoyamos. La masiva mayoría del partido votó por la operación y por una resolución en oposición al acto terrestre”.

Alardeando a favor de la paz, la “izquierda” sionista intenta apagar o justificar la Nakba. Racionaliza la afirmación de la naturaleza democrática de un Estado judío y defiende la lógica de “separados, pero iguales”.

Esa “solución”, de los dos Estados, se tornó inviable frente a la expansión continua de la colonización, cuya cara más agresiva son los asentamientos –los cuales no solo no cesaron durante los sucesivos gobiernos laboristas (en el poder en 1967, cuando Israel ocupó lo restante de Palestina), como fueron impulsados por ellos.

Parte de la izquierda mundial defiende esa solución, pero un número creciente ha percibido su imposibilidad y reconocido que es necesario luchar por un Estado único, laico y democrático, con derechos iguales a todos los que quieran vivir en paz con los palestinos.

Hoy, pensar en esa propuesta sería semejante a legitimar el régimen institucionalizado de apartheid, con un Estado dividido en bantustanes, sin ninguna autonomía, en menos de 20% del territorio histórico de Palestina. Si esa “solución” hoy está enterrada, como reconocen los especialistas en el tema, desde siempre es injusta, por no contemplar la totalidad del pueblo palestino, sino solamente a los que residen en Cisjordania y Gaza –la mayoría no vive allí sino fuera de sus tierras–, y hay todavía 1,5 millones en lo que hoy es Israel, considerados ciudadanos de segunda clase.

Defendidas e impulsadas por la “izquierda” sionista, las innumerables negociaciones fracasaron no por acaso: en ninguna, la pretensión era poner fin a la colonización de tierras y asegurar justicia a los palestinos. Los Acuerdos de Oslo firmados en 1993, mediante la rendición de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a Israel, profundizaron el apartheid y la ocupación. Según la periodista Naomi Klein denuncia en su libro La doctrina de choque – la ascensión del capitalismo de desastre, entre aquel año y 2000 el número de colonos israelíes se duplicó.

Frente a esto, la campaña por el BDS a Israel es tarea urgente y precisa ser elevada al tope de la lista de la solidaridad internacional por Palestina.

Al frente de su tiempo, a diferencia de Jean Wyllys y de Duvivier, el educador Paulo Freire recusó la invitación para participar de la conferencia en la Universidad israelí sobre “diálogo”, por entender que, frente a la ocupación, parte de los interlocutores no sería oída. La lección a ser aprendida es que hay propuestas de “diálogo” que intentan “la paz de los cementerios”.

Otra enseñanza que debería ser parte de la cartilla de cualquiera que se diga de izquierda es que posicionarse contra la opresión y la explotación apenas dentro de sus propias fronteras no es solamente una equivocación imperdonable sino hipocresía. La lección de Marx es más urgente que nunca: ningún trabajador será libre mientras haya un único en el mundo siendo oprimido.

Traducción: Natalia Estrada.