El proceso revolucionario en Ucrania se transformó en uno de los más avanzados a nivel mundial. La lucha heroica del pueblo ucraniano, iniciada en noviembre pasado, se coronó el día 22 de febrero con una imponente victoria: la caída del gobierno asesino y oligárquico de Yanukóvich.




Sin embargo, lo más impactante es cómo se dio el derrocamiento del odiado gobernante y la situación política que se abrió a partir de este hecho.



Entre los días 18 y 22 de febrero, los manifestantes de la plaza Maidán y sus improvisadas autodefensas derrotaron todos los intentos de las Berkut (fuerzas especiales de la policía) para quebrar el espinazo al movimiento; provocaron la ruptura de la cadena de mando de las Fuerzas Armadas en torno a su involucramiento o no en el aplastamiento físico de la plaza y, el sábado 22, entre la huída despavorida de Yanukóvich y la “destitución” de este en la Rada Suprema (parlamento), tomaron y controlaron los edificios públicos más importantes, como la casa presidencial, el Banco Central y los principales ministerios en Kiev, abriendo una clásica situación de dualidad de poderes.


Uno de los motores principales de la revolución ucraniana, además de la crisis económica y las medidas bonapartistas del ex gobierno de Yanukóvich, es la lucha contra la histórica opresión nacional rusa, que tiene expresiones económicas, políticas y culturales. Esta opresión nacional está personificada actualmente en la política despótica de Putin para todos los países que la oligarquía rusa considera como parte de su “área de influencia” y, que en el caso ucraniano, las masas identificaron, con razón, a Yanukóvich como el principal agente del Kremlin. Por lo tanto, la caída del tirano de Kiev es una derrota directa de Putin.


Las lecciones de este nuevo proceso revolucionario de  para la izquierda mundial son inmensas. En este artículo pretendemos exponer un primer análisis del proceso revolucionario y apuntar con trazos gruesos algunas perspectivas.



Una semana sangrienta

 

La movilización en Kiev había conseguido dos conquistas importantes a finales de enero: la primera fue la dimisión del primer ministro Azarov y la segunda fue la derogación de las draconianas leyes anti protestas, haciendo que la Rada vuelva sobre sus pasos y, además, apruebe una nueva amnistía general para todos los presos políticos hasta entonces.



En el marco de esa amnistía y de un acuerdo entre Yanukóvich y la oposición parlamentaria (La Patria, UDAR y Libertad[1]), el gobierno liberó a centenas de presos y el 16 de febrero se desocuparon las sedes del Ayuntamiento de Kiev y otras sedes administrativas de la capital. También se puso fin a las ocupaciones de las sedes del gobierno central en Poltava (centro del país), y en las regiones de Ivano-Fránkovsk, Lvov y Ternópol, todas en el oeste de Ucrania. La oposición se comprometió, además, a liberar el acceso a la calle Grushevski, en el centro de Kiev.



Sin embargo, la plaza Maidán continuaría ocupada por los manifestantes, que exigían la dimisión de Yanukóvich y la derogación de la actual Constitución (reformada en 2010) para ser reemplaza por la de 2004, que recortaba varios poderes al presidente.



Cabe recalcar, como explicamos en un artículo anterior[2], que por lo menos desde la aprobación de las leyes anti protestas en enero, el eje de las protestas había dejado de ser la integración o no a la Unión Europea (UE) para centrarse en la caída del gobierno.

 

En este marco de “tensa calma”, el 18 de febrero, fecha en que comenzó la escalada represiva de Yanukóvich, se convocó a una sesión de la Rada que, en principio, debatiría sobre la vigencia de la Constitución de 2010 y, por ende, los poderes del presidente.



Sin embargo, el bloque parlamentario del oficialista Partido de las Regiones (PR) se opuso a tratar el asunto, argumentando que la propuesta de la oposición no había sido registrada con las firmas suficientes para darle curso en el Parlamento.



Esta maniobra del odiado partido gobernante desató la ira en la Maidán. Miles de personas armadas con palos y cócteles molotov y protegidas con escudos y cascos partieron de la plaza central para tomar la Rada. No lo consiguieron. Pero en el intento tomaron el Club de los Oficiales, una oficina militar ubicada frente al legislativo. Ese mismo día, otra multitud invadió e incendió el local del Partido de las Regiones.



La “tregua” había acabado.

 

El gobierno de Yanukóvich había cambiado de política, muy probablemente por orientación de sus amos en Moscú. El ex presidente dejó de lado su discurso basado en la “necesidad del diálogo”, abandonó la relativa “vacilación” entre negociar o reprimir, y partió para la represión total y el aplastamiento físico del movimiento de masas en lucha.



Yanukóvich anunció que “los extremistas de la oposición han pasado la frontera” y acusó a los manifestantes de “criminales” y “bandidos” que emprendían “la lucha armada” para “hacerse con el poder”. El Kremlin se pronunció en los mismos términos.



A las ocho de noche del martes 18 de febrero, las Berkut (“Águilas”) armadas con fusiles automáticos y reforzadas con carros blindados, iniciaron el cerco de la plaza Maidán y el gobierno inició el intento definitivo para sofocar la protesta. El saldo, aquella noche, fue de 26 muertos. Yanukóvich había emprendido una ofensiva que no tendría retorno.



Al día siguiente, ante las muertes y con el país al borde de la guerra civil, la UE y el imperialismo norteamericano “condenan la violencia” y anunciaron “posibles sanciones” al gobierno y el entorno de Yanukóvich. En cierta medida, estas amenazas ahondaron la crisis en los sectores de la oligarquía que sostenían al gobierno, pues temían ver sus fortunas congeladas en los bancos del exterior.



Por su parte, Rusia se ofrecía a mediar para “pacificar la situación”, al tiempo en que subía el tono de sus acusaciones, responsabilizando de la violencia a los “extremistas” de la Maidán, que según el Kremlin promovían “un golpe de Estado contra un gobierno legítimo”.



La Maidán, que no había sido desalojada a partir de una resistencia heroica que duró toda la noche, recibía más y más manifestantes, de todas las edades y provenientes de distintas regiones del país. Yanukóvich había declarado la guerra y el movimiento no se echaría atrás.



El pueblo movilizado, aplicando el derecho de legítima defensa, comenzó a buscar los medios para armarse. Así, en Kiev, Ternópol, Lvov y Ivano-Franko fueron ocupadas las sedes del Ministerio del Interior y de otros órganos de seguridad, como la Fiscalía.

 

Crisis en el Ejército y armamento de la población



Para el 20 de febrero, la cifra de muertos superaba los ochenta, decenas de ellos policías. El país, sumido en la más profunda crisis política, amanece con un mensaje del Ministerio de Defensa que anunciaba que el Ejército sería involucrado en la “pacificación” de Kiev sobre la forma de una “operación antiterrorista”.



Yanukóvich, dispuesto a todo para mantenerse en el poder, dio otro paso en su delirio represivo y convocó a las Fuerzas Armadas para reprimir y recuperar el control de la Maidán y de los edificios públicos de la capital. Era evidente, a esa altura, que las Berkut habían sido derrotadas en sus intentos de quebrar la resistencia popular en la plaza.



Esta medida evidenció una fractura en la cadena de mando, inexplicable si no se entiende la fuerza de los golpes que el proceso revolucionario asestaba a toda la estructura del poder burgués en su conjunto. El entonces jefe del Estado Mayor, general Vladimir Zamana, se negó a intervenir con tropas y sobre la marcha fue destituido por Yanukóvich. El reemplazante fue el almirante bielorruso Iuri Ilín, por ser considerado un “hombre que cumple las órdenes”.



Sin embargo, la crisis en la alta cúpula militar era más profunda y ya había mostrado sus primeros indicios en enero. El 17 de ese mes, el general Guennadi Vorobiov, comandante en jefe del Ejército de Tierra, también fue destituido tras haber protestado por las leyes represivas promovidas por Yanukóvich. Otros jefes de varias regiones militares también fueron cesados de sus funciones[3].



Pero la división en el alto mando del Ejército expresaba, a su vez, un quiebre más profundo. La cuestión radica en que el grueso del efectivo de las Fuerzas Armadas está formado por el servicio militar obligatorio de conscriptos. Los soldados en los cuarteles expresaron su rechazo a una eventual represión a la población. En algunos casos, reclutas llegaron a movilizar a sus madres y familiares para que se manifestasen frente a los cuarteles contra un involucramiento del Ejército en la represión[4].



Yanukóvich sólo logró movilizar a dos unidades de paracaidistas en Kiev, fundamentalmente con la misión de salvaguardar los depósitos de armas de la capital.



Pero aún así, los activistas ya habían conseguido hacerse con una buena cantidad de armas. Para tener una idea, el jefe del Servicio de Seguridad de Ucrania, Vladímir Borovko, informó que entre el 19 y el 20 de febrero, 267 pistolas, 2 carabinas, 3 ametralladoras, 92 granadas y 15.000 balas habían caído en manos de los manifestantes en Kiev[5].



El secretario de Prensa del Ministerio del Interior, Serguéi Burlakov, confirmó que en Ivano-Franko, Lvov, Rovno y Ternópol los manifestantes se hicieron con más mil armas. En esta última ciudad, los Berkut locales habían entregado las armas y se habían puesto del lado de los manifestantes[6].



Ante la parálisis del Ejército y con la policía superada, los manifestantes consolidaron sus posiciones y comenzaron a avanzar. Las autodefensas lanzaron una contraofensiva y ocuparon nuevos predios públicos, como el edificio de la Casa de Ucrania.



En los alrededores de la Maidán, convertida en parque de guerra, los francotiradores de Yanukóvich iban asesinando a los manifestantes. Pero eso tampoco mejoraba la posición militar del gobierno.

 

La resistencia de la Maidán era feroz. A esa altura, los organismos de autodefensa habían hecho “prisioneros” a más de setenta policías de élite y apaleado a centenas de provocadores infiltrados.



La situación de Yanukóvich empeoraba con el correr de las horas. El alcalde de Kiev, Vladímir Makeenko, del Partido de las Regiones, renunció al cargo y rompió con ese partido.



Al mismo tiempo, al menos una treintena de diputados del Partido de las Regiones rompieron con el gobierno, en clara demostración de que el gobierno se estaba hundiendo.



El pacto entre Yanukóvich y la oposición parlamentaria

 

Sin poder doblegar las protestas, que habían derrotado todos los embates de las Berkut, y con el Ejército dividido en torno de involucrarse en el baño de sangre, Yanukóvich intenta volver sobre sus pasos y cede a las presiones de Obama, la UE y el propio Putin, que exigían la concreción de un acuerdo que evitase un colapso total del régimen.



En este contexto, el viernes 21 de febrero, Yanukóvich y la oposición parlamentaria llegaron al siguiente acuerdo: 1) restauración de la Constitución de 2004 en 48 horas; 2) formación en 10 días de un gobierno de “unidad nacional”; 3) anticipación de las elecciones presidenciales en un plazo que no supere el mes de diciembre de 2014.



La oposición en pleno (La Patria, UDAR y Swoboda) avaló este pacto y se comprometió a abandonar los predios públicos y devolver las armas que habían sido tomadas por los manifestantes.



En acto solemne, los líderes de la oposición parlamentaria se trasladaron a la sede presidencial y allí firmaron el documento de acuerdo junto con Yanukóvich, ante la mirada complaciente de los representantes de la UE (que a esa altura había suspendido cualquier tipo de sanción) y de Vladímir Lukin, enviado especial de Putin.



El acto concluyó con un apretón de manos entre Yanukóvich y Vitaly Klitschko, líder del partido UDAR, lo cual fue presentado como una victoria del “diálogo”. Sin demora alguna, un total de 386 diputados (de los 450 de la Cámara) votaron a favor del plan en la Rada.



El Parlamento votó también una nueva amnistía para los implicados en la última oleada de violencia y a favor del cese en sus funciones del odiado ministro del Interior, Vitali Zajárchenko.



Las partes parecían, si no del todo satisfechas, al menos aliviadas. Para ellos, todo parecía encarrilarse a un apaciguamiento de la situación y Yanukóvich sentía aflojársele la cuerda en el cuello. Sólo les faltó ponerse de acuerdo con la Maidán.

 

La Plaza pasa por encima del acuerdo



La noticia del acuerdo, al contrario de las pretensiones de Yanukóvich, la oposición parlamentaria y los diplomáticos europeos y rusos, fue recibida en la Maidán con suma desconfianza.



En esos momentos, recorrió el campamento de los manifestantes un video del ministro de Exteriores de Polonia, Radoslav Sikorski, donde este planteaba que el dilema para los activistas era el de “apoyar o morir”: “Si no firman esto, tendrán un estado de excepción y el Ejército, y todos ustedes morirán”, amenazaba el funcionario extranjero.



En la plaza, los líderes de la oposición parlamentaria fueron a defender la aceptación del mismo y la desmovilización posterior.



Pero el veredicto de la Maidán fue otro. Y los líderes de la oposición, como Arseni Yatseniuk (La Patria) y Oleg Tiagnibok (Swoboda) fueron abucheados en la plaza y prácticamente expulsados al grito de ¡traidores! Vitali Klichkó (UDAR) tuvo que pedir perdón por haber estrechado la mano de Yanukóvich[7].

 

La cuestión es que después de tres meses de intensa lucha y más de cien muertos, el proceso revolucionario no tiene retorno. Miles de manifestantes decidieron permanecer en la plaza hasta que Yanukóvich fuera derrocado y arrestado por sus crímenes.



“¿Acaso quieren que la gente se disperse y luego vuelva? Nada de eso, el Maidán estará aquí hasta que Yanukóvich se vaya. El Maidán resistirá. Yanukóvich debería delegar todas sus competencias inmediatamente, porque este es el primer presidente que ha vertido sangre en la historia de Ucrania”, decía un miembro de las autodefensas a El País[8]. Al final de cuentas, según el acuerdo firmado, las elecciones presidenciales se celebrarían en diciembre como muy tarde. Esto significaría una concesión mínima respecto de las elecciones presidenciales regulares que deberían tener lugar a principios de 2015.



¿Por qué esperar? ¿Por qué confiar? ¡Fuera Yanukóvich YA! Tal fue el razonamiento predominante entre los manifestantes, que se sintieron fuertes tras derrotar a la represión.


La plaza había desarmado la trampa de la “negociación” que salvaría a Yanukóvich, pasando por encima no sólo del gobierno sino de toda la oposición parlamentaria, de los imperialismos norteamericano y europeo, y de Rusia.



El doble poder

 

Ante esta situación, tanto las Fuerzas Armadas como la policía abandonaron definitivamente a Yanukóvich, librándolo a su suerte. Los efectivos de las Berkut, que montaban guardia alrededor de la Rada, se retiraron de la capital. Estaban derrotados y humillados por la acción del pueblo. En su penosa retirada, al pasar por el pueblo de Brovarski, en las afueras de Kiev, un autobús cargado de Berkuts que salía de la capital fue tiroteado y saqueado por manifestantes.


El comando del Ejército, en el cual Yanukóvich depositaba sus últimas esperanzas de salvación, declaró que “las Fuerzas Armadas de Ucrania son leales a sus obligaciones constitucionales y no pueden ser arrastradas por un conflicto interno”[9].



Yanukóvich vio entonces como inminente el colapso de su gobierno y, temiendo incluso por su integridad física ante un avance decisivo de los manifestantes enfurecidos, huyó de Kiev.



Primeramente intentó salir del país, pero sin conseguirlo decidió ir a Járkov, en el este.



Yanukóvich había caído por la acción de las masas en las calles y, en ese momento, Kiev estaba controlada por los manifestantes y las autodefensas de la plaza Maidán.



No había presidente, ni policías ni militares ni instituciones, ni nada. Los manifestantes armados habían ocupado la casa presidencial, los principales ministerios y el Banco Central. Miles invadían la mansión suntuosa de Yanukóvich y la indignación ante la obscena ostentación del tirano sólo hacía crecer la furia popular.



El sábado 22 de febrero por la mañana se abrió una crisis revolucionaria, un vacío de poder, aunque el movimiento de masas no haya sido consciente de ello ni tuviera las condiciones de solucionar esa crisis en su favor, fundamentalmente por la ausencia de una dirección revolucionaria.



Ante esta situación, la oligarquía ucraniana, en estado de completa desesperación, se apresuró a ocupar el vacío de poder a través de la Rada. El parlamento, que fue cercado pero no ocupado por los manifestantes, se transformó en la única vía institucional que la oligarquía tenía para intentar cerrar la crisis revolucionaria.

 

Por eso, a ritmo de vértigo y sin más formalismo que la votación, 328 diputados “destituyeron” (en verdad ya había caído) a Yanukóvich y convocaron a “elecciones anticipadas” para el 25 de mayo. Posteriormente nombraron a Alexandr Turchínov, ligado a La Patria, el partido de Yulia Timoshenko, como jefe del Parlamento y de un fantasmagórico Ejecutivo “hasta conformar un gobierno de unidad nacional”.



Al hilo de los acontecimientos, los diputados fueron nombrando a los nuevos “ministros”. Como ministro de Defensa asumió el general Vladímir Zamanov, aquel que fuera destituido por Yanukóvich. Al frente de los servicios de Seguridad eligieron al almirante Valentín Naliváichenko, que ya desempeñó este cargo siendo presidente Víctor Yúshenko. Para encabezar la Fiscalía del Estado se eligió a Oleg Mojnitski, un abogado miembro del partido Swoboda. En la cartera del Interior fue nombrado Arsen Avakov, también del partido de Yulia Timoshenko.



Yanukóvich, desde algún lugar en el este, apareció en un video, calificó lo que estaba sucediendo como un “golpe de Estado” y lo comparó con “la toma del poder por los nazis en la Alemania de los años treinta”. Pero sus bravatas ya no asustaban a nadie. Su propio partido había roto con él y ahora está siendo buscado por “asesinato en masa de civiles”.

 

Apresuradamente, la oposición intentó usurpar la victoria de la Maidán, cerrar la crisis revolucionaria y hacerse con el poder. Yulia Timoshenko, ex primera ministra y conocida líder pro-occidental, fue liberada (estaba presa por “traición” tras haber acordado con Rusia precios de gas altamente desfavorables para Ucrania en 2009) e hizo un discurso en la plaza, donde se deshizo en elogios a los “héroes” de la Maidán y anunció su candidatura para las próximas elecciones, buscando capitalizar la victoria popular.  



Si bien Timoshenko despierta expectativas en un sector de masas, existe mucha desconfianza hacia su figura. La cuestión es que como Yanukóvich, Timoshenko y el resto de los personajes son parte de la oligarquía corrupta del país –un puñado de multimillonarios que oscilan y están dispuestos a venderse al mejor postor, sea en euros o rublos–.  



Al mismo tiempo, tanto la Casa Blanca como los líderes europeos ofrecieron apoyo político y financiero al nuevo gobierno. Catherine Ashton, jefa de la diplomacia europea, viajó a Ucrania para ofrecer ayuda económica al país.



La celeridad de EEUU y de la UE en dar créditos al nuevo gobierno ucraniano, cuando antes exigían una serie de condicionamientos, tiene que ver con la intención de este bloque imperialista de aprovechar la ocasión para incorporar a Ucrania a su esfera de influencia.



Al mismo tiempo, es fundamental para el imperialismo que la situación se estabilice, algo improbable a corto plazo debido a la ebullición política que persiste. Aún existen centenas de manifestantes en la plaza Maidán y muchas autodefensas continúan “montando guardia” en muchos edificios públicos y se niegan a desarmarse. “Ahora, los policías vienen a nosotros y nos dicen que se han pasado al pueblo y que les demos las armas, pero no vamos a ser tan ingenuos”, dice un activista[10].



Desmovilizar la plaza y desarmar a las autodefensas es lo que más preocupa a las autoproclamadas nuevas autoridades. “Controlar a los activistas del Maidán y quitarles las armas es nuestro principal quebradero de cabeza”, confiesa un funcionario del nuevo gobierno a El País[11].



La situación de colapso en que se encuentra el Estado es patente. Gente sacándose fotos en la mansión presidencial, en los carros blindados de la avenida Kreschatik, autodefensas armadas cercando la Rada y los edificios públicos. En Lvov, por ejemplo, las autodefensas hicieron un mitin en donde pusieron de rodillas a más de cien antidisturbios Berkut para pedir perdón por la represión y prometer que “estarán siempre junto al pueblo”[12].



Las perspectivas

 

En Ucrania, el pueblo movilizado no sólo derrotó al gobierno de Yanukóvich, pasando por encima de toda la oposición parlamentaria y los representantes de los imperialismos europeo y norteamericano, y del mismo Putin, sino que tuvo el poder a su alcance.



No lo tomó ni podía tomarlo, pues el derroche de heroísmo estuvo acompañado de la terrible ausencia de una dirección política revolucionaria, cuya construcción es la tarea más urgente que tiene el movimiento de masas por delante.



De esta forma, lo más probable es que la oligarquía europeísta y de ultraderecha consiga “ocupar” el vacío de poder y “cerrar” la crisis más inmediata.

 

Es probable también que, al menos por un tiempo, esas direcciones e incluso los grupos del “Sector de Derecha” salgan fortalecidos, en el marco de un movimiento poderoso y valeroso pero confuso política e ideológicamente.



La crisis de dirección revolucionaria, sin embargo, no anula la imponente victoria y la experiencia realizada por el pueblo movilizado y los defensores de la Maidán.



Se ha abierto en el país una nueva situación política. Esta situación, como explicamos, está marcada por un “doble poder” entre el ejercido por el autoproclamado “nuevo gobierno” y el poder de la plaza Maidán, con sus comisiones y sus autodefensas, independientemente de que en ellas actúen sectores de ultraderecha, los cuales pudieron haber cumplido un papel de vanguardia en los enfrentamientos con la policía pero continúan siendo sólo una parte de un movimiento popular muchísimo más amplio.



El “poder” de la plaza Maidán no está institucionalizado, pero existe, está latente y “expectante”. Puede tener falsas ilusiones pero no ha dado un “cheque en blanco” ni mucho menos a Timoshenko, Klitschko, Turchínov, Swoboda, ni a ninguno de los representantes de la oligarquía europeísta.



Los miles de activistas de la plaza saben que fueron estos personajes los que, aun estando fresca la sangre y tibios los cuerpos de los mártires de la Maidán, hicieron un acuerdo de último segundo con el asesino Yanukóvich, para salvarlo del descalabro. El pueblo tiene mucha desconfianza en la oposición parlamentaria, que es parte de la misma oligarquía mafiosa, corrupta y venal que Yanukóvich y el Partido de las Regiones. Si los “tolera” es porque no ve otra alternativa.



Los hechos se suceden a una velocidad propia de un proceso revolucionario. Sin embargo, es posible apuntar perspectivas marcadas por una profunda inestabilidad política.



El pueblo se siente victorioso. Midió sus fuerzas con las del poder oligárquico y venció. Sabe que fue su lucha la que echó al tirano, derrotó a la policía y la hizo literalmente arrodillarse para “pedir perdón” al pueblo por los luchadores y luchadoras que había asesinado. Sabe que fue su lucha la que obligó a los oligarcas nada menos que a disolver a las Berkut. Es el mismo pueblo que se tomó fotos en los tanques, se sentó en la silla presidencial, y dio un “paseo” por la lujosa mansión de Yanukóvich.



El “poder” de la Maidán se expresa incluso en la “necesidad” de las autoungidas “nuevas autoridades” de someter la conformación del nuevo gabinete a una “asamblea popular” en plena plaza.



Al momento de escribir estas líneas fue convocada una “veche” (asamblea) para que los manifestantes aprueben o no a los candidatos a ministros. El Kolo (círculo) de Maidán, que agrupa a varias organizaciones sociales, en una asamblea anterior definió algunos “requisitos” para los postulantes a ministros, a saber: no figurar entre las cien personas más ricas del país; no haber ocupado cargos en el Ejecutivo desde comienzos de 2010, cuando Yanukóvich asumió el poder; tener un mínimo de siete años de experiencia en sus respectivas áreas y no haber estado involucrados en violaciones a los derechos humanos ni en casos de corrupción[13].



Los criterios son eminentemente “democráticos”, sin ninguna perspectiva obrera y socialista, pero evidencian, de un lado, el poder de la plaza y, de otro, los intentos de cooptar al movimiento. Exactamente por eso, aceptaron la nominación de Arseni Yatseniuk, brazo derecho de la oligarca Timoshenko, en el cargo de primer ministro hasta las elecciones del 25 de mayo.

 

Por eso decimos que no será fácil a la oligarquía corrupta, al imperialismo y a Putin desmovilizar a ese pueblo que aprendió que “es posible vencer” y que aprendió a arriesgar y dar la vida por una causa que consideró justa. La experiencia de lucha y autorganización de estos tres meses (autodefensas, campamentos auto gestionados, “servicios de urgencias” y “puestos médicos” en la plaza, etc.) y la memoria por los más de cien muertos no podrán ser borradas fácilmente.



Sobre todo porque el “nuevo gobierno” no tiene condiciones de solucionar los graves problemas estructurales, económicos y políticos, que constituyen la base objetiva del proceso revolucionario. La crisis social en Ucrania, producto del saqueo combinado de la UE y de Rusia, agravada por la crisis económica mundial, se agudizó al máximo desde noviembre. Ni siquiera se mostrará capaz de garantizar las más plenas libertades democráticas ni de concretar el necesario castigo para Yanukóvich y los asesinos del pueblo.



El Estado “se precipita al abismo” como expresó sin ahorrar dramatismo el propio “presidente” interino. El ministro de Finanzas ucraniano, Yuri Kolobov, declaró que el país necesitaría casi 35 mil millones de dólares para reponer su economía, y la UE estaría dispuesta a “aportar” 20 mil millones; el FMI anuncia estar dispuesto a discutir un “plan de rescate”, al estilo de los aplicados en Grecia y en la hundida periferia europea. Pero esto sería sólo un paliativo para evitar la quiebra y la “cesación de pagos” de la deuda externa ucraniana. Por “abajo”, el desempleo y la miseria del pueblo continuarán.



La gran tarea para el movimiento ahora es comprender que la caída de Yanukóvich es sólo el comienzo, continuar movilizados forma independiente y en oposición frontal a todos los partidos parlamentarios y a los neonazis del “Sector de Derecha”, atraer para la lucha, a partir de incorporar sus reivindicaciones, a la clase obrera organizada de Ucrania, teniendo una visión de la lucha a nivel nacional que incluya a la población del este.

En este sentido, cualquier organización que se reivindique revolucionaria y los activistas más conscientes deben oponerse tajantemente a cualquier intento de separatismo por parte de los oligarcas de Crimea u otras regiones del este. El separatismo, en el caso de la revolución ucraniana, es sumamente reaccionario y no pasa de un intento de dividir al pueblo y de alejar al proletariado industrial (más numeroso y concentrado en el este) de las movilizaciones en Kiev y en el oeste. Una política consecuente de secesión no está descartada, aunque no parece ser esta la orientación de Putin en este momento, golpeado por la derrota que le infligieron las masas en Kiev. 



Es necesario centralizar los organismos democráticos de la clase, los movimientos populares, las comisiones y las asambleas de la plaza en un Congreso nacional que defina un programa de gobierno a favor de los intereses del pueblo explotado y que garantice el respeto a las minorías y, sobre todo, la independencia total de Ucrania. Para ello, se impone la expropiación de toda la oligarquía y la consecuente nacionalización de las riquezas del país al servicio del pueblo, rechazando cualquier pacto de sumisión tanto a la UE como a la opresora Rusia.



En suma, la tarea central del momento es enfrentar las medidas y el plan de desvío del llamado “nuevo gobierno” de la oligarquía europeísta y representantes de la ultraderecha, que cuenta con el apoyo de los bandidos imperialistas de la UE y los EEUU, y contraponer a ese plan reaccionario un programa que apunte una salida obrera y socialista para la crisis de Ucrania, concretado en la lucha por un gobierno de la clase trabajadora y el pueblo pobre.



[1] La Patria es el partido de la ex primera ministra Yulia Timoshenko y es dirigido por Arseni Yatseniuk; UDAR es un partido “europeísta” dirigido por el ex campeón de boxeo Vitali Klichkó, y Libertad (Swoboda) es un partido de orientación nazifascista, que tiene 10% del electorado y cuya principal figura pública es Oleg Tiagnibok.
[2] Ver: http://litci.org/artigos/53-ucrania/4239-ifuera-yanukovich-ini-ue-ni-sumision-a-putin
[6] Ver: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/02/20/actualidad/1392882946_706962.html
[10] Ver: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/02/24/actualidad/1393272361_679648.html
[11] Ver: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/02/24/actualidad/1393272361_679648.html
[12] Ver: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/02/25/actualidad/1393312784_250413.html