En los últimos años hemos visto multitud de alzamientos alrededor de todo el mundo: los chalecos amarillos en Francia, la lucha por la autodeterminación en Catalunya, la revolución chilena, el movimiento “Black Lives Matters” en EE.UU, contra la represión hacia Pablo Hasél en el Estado español, contra la Reforma Tributaria en Colombia, por una Palestina libre,… todos ellos son el resultado del fracaso del sistema capitalista, incapaz de garantizar los mínimos derechos democráticos y económicos.

Y se repite un factor común: el importantísimo papel de la juventud trabajadora en primera línea dispuesta a luchar hasta vencer. 

Una juventud sin derechos y sin futuro

Los y las jóvenes salimos sin miedo a luchar porque sabemos que no tenemos nada que perder. No se respetan nuestros derechos laborales, la represión se ensaña con los/las activistas jóvenes, nos roban el derecho a una educación de calidad y se nos niega la capacidad de decidir sobre nuestras propias vidas constantemente. Vivimos en una sociedad que oprime al joven por el hecho de serlo.

Ni siquiera podemos perder nuestro futuro, porque no existe perspectiva alguna. La generación millennial, la “más preparada”, no encuentra trabajo estable ni salarios dignos. Las generaciones que hoy empiezan a discutir sobre política han vivido toda su vida en crisis y saben de sobra que este sistema nos dirige hacia la destrucción de la humanidad y del planeta, hacia la barbarie.

¡Organicemos la rabia!

La frustración y la rabia de los y las jóvenes se expresan en movilizaciones sociales en todo el mundo a través de estallidos violentos y desorganizados que rebasan rápidamente el motivo inicial por el que empezaron y toman un carácter de denuncia mucho más amplio.

Los y las jóvenes de Corriente Roja y de la LIT-ci saltamos a las calles con nuestra gente, compartimos estos sentimientos, pero sabemos que para un cambio radical necesitamos una organización mucho más profunda. Debemos ser críticos, ver y entender todo lo que está mal en este sistema y, por ello, comprender que no podremos destruirlo sin construir una alternativa.

Organizarse significa construir espacios en nuestro día a día para solucionar nuestros propios problemas con nuestra gente. En vez de resignarse ante la mala calidad de los centros de estudio a los que acudimos o ante los problemas entre alumnos/as o con los/las profesores hay que organizar asambleas en cada instituto que respondan ante los problemas. En vez de asumir la falta de espacios de ocio, el problema estructural de la vivienda o el hambre en nuestros barrios, debemos ponernos al frente de asambleas barriales y asociaciones de vecinos. En vez de normalizar que nuestros jefes/as nos engañen o no nos paguen por nuestro primer trabajo hay que organizar espacios juveniles en los sindicatos para luchar contra la explotación.

Y lo volvemos a decir: hace falta organizarse y tener otra opción para poder deshacernos de este sistema. Por ello, tan solo podemos avanzar hacia el horizonte de construir un contrapoder. Sabemos que este horizonte puede parecer lejano si nos miramos el ombligo, pero se acerca cuando estudiamos la historia, o cuando miramos a Chile o Colombia, o cuando organizamos una red de alimentos en el barrio. Pertenecemos a la clase trabajadora, la única que tiene la capacidad de alimentar a la población, de construir escuelas, de organizar hospitales… de organizar la sociedad de forma distinta.

¡La lucha es el único camino!

Somos muy conscientes de que nadie va a regalarnos nada. Hace años que el sistema ha caído en una profunda crisis que intenta remediar atacando derechos históricos. Es por eso que organizaciones como Podemos nunca llegan a cumplir aquello que prometieron. De hecho, han llegado al Gobierno y ni siquiera han conseguido tumbar la Ley Mordaza o la Reforma Laboral. Incluso para conseguir la más mínima reforma hará falta arrancarla a base de movilización y lucha. 

La juventud debemos aprender de las lecciones del pasado y desconfiar de todos aquellos que prometen cambiar las cosas mediante la negociación con los Gobiernos y las instituciones burguesas. Debemos volcar nuestra confianza en nuestra clase y sus métodos de lucha. Porque la historia ha demostrado que sí se puede.

Unir la Teoría y la Práctica

Desde Corriente Roja tenemos claro que la alternativa a la barbarie no es otra que la revolución socialista. Construir un verdadero Gobierno de [email protected] [email protected] que reparta el trabajo y la riqueza en función de las necesidades sociales, teniendo en cuenta los recursos del planeta y combatiendo las bases materiales de la explotación y las opresiones.

La juventud tenemos la tarea de continuar la lucha por la revolución socialista. Debemos hacerlo de forma consciente. El estudio del marxismo fuera de la lucha revolucionaria puede convertirnos en ratas de biblioteca, pero no revolucionarios. La participación en la lucha revolucionaria sin el estudio del marxismo conlleva inevitablemente riesgo, incertidumbre y semiceguera que nos hace débiles ante el sistema. Estudiar el marxismo como marxista no es posible sino participando en la vida y en la lucha de la clase; la teoría revolucionaria es verificada por la práctica, y la práctica es verificada por la teoría

¡Obreras y estudiantes, unidas adelante!

Es importante comprender que la juventud no es una clase en sí. La mayoría de nosotras pertenecemos a familias trabajadoras. Nuestra lucha no puede quedar aislada. Desde Corriente Roja llamamos a [email protected] jóvenes estudiantes y [email protected] a avanzar junto a la clase obrera hasta la revolución socialista. 

Las reivindicaciones de la juventud que presentamos en este periódico se funden con las reivindicaciones del conjunto de la clase obrera y de los y las trabajadoras. La lucha por un puesto de trabajo en condiciones dignas está estrechamente ligada a la lucha contra el paro y la crisis capitalista, que recae sobre el conjunto de la clase trabajadora. Los derechos políticos que reclamamos para la juventud son inseparables de la lucha por conquistar las libertades democráticas de toda la sociedad. No accederemos masivamente a la cultura o a la salud mental sin una reorganización de los servicios sociales al servicio del pueblo pobre. Por todo ello, la juventud debe hacer suyo el programa del conjunto de la clase trabajadora y ser la chispa que encienda la llama revolucionaria.