La Unión Europea (UE) sufre la peor crisis desde su fundación. Lejos de ser algo coyuntural, son sus fundamentos los que tiemblan. En medio de la onda depresiva que se inició en 2007/08 y que se entrelaza con la emergencia climática, la UE está siendo zarandeada por el conflicto entre EEUU y China y desplazada en la división mundial del trabajo. Esto afecta en primer lugar a Alemania, pero tras ella, al conjunto de la economía europea.

Por: Felipe Alegria, para Correo Internacional, noviembre de 2019

La propaganda oficial nos presenta a la UE como el refugio de los “valores europeos”: paz, derechos humanos, democracia y Estado de bienestar. Sin embargo, todos estos años han mostrado a las claras la verdadera faz de la UE: una maquinaria de guerra social, rígidamente jerarquizada, con el capitalismo alemán en el puesto de mando, en alianza con el francés.

La UE ha sido la gran protagonista de los peores planes de ajuste y contrarreformas laborales y sociales desde la II Guerra Mundial. La devastación y el saqueo de Grecia es su hazaña más siniestra. La UE da su apoyo a la represión del Estado español contra el pueblo catalán por querer ejercer su legítimo derecho a la autodeterminación. La UE mantiene una política xenófoba y racista ante los refugiados e inmigrantes, subcontratando el trabajo sucio a los gobiernos de Turquía y Marruecos y a las mafias libias y convirtiendo el Mediterráneo en una enorme fosa común.

La UE es el instrumento de política exterior de las principales potencias europeas para concertar acuerdos comerciales, dar cobertura a la venta de armas a regímenes sanguinarios y corruptos como el saudí o legitimar intervenciones militares como las del imperialismo francés en África.

La UE en crisis

Los planes que Alemania y Francia lanzaron en 2015 para “refundar” la UE, reforzando sus atribuciones y sometiendo a un rígido control a los demás Estados (en particular a los periféricos) se quedaron en la nevera. Entretanto, el “euroescepticismo” se ha extendido por todo el continente. Gran Bretaña abandona el barco, con Trump jaleando el Brexit, el gobierno escocés pugnando por un nuevo referéndum de independencia y el problema irlandés reavivado.

El conjunto del sistema institucional europeo puesto en pie tras la II Guerra Mundial está resquebrajado y la inestabilidad política se ha instalado en Europa. Los grandes partidos de la derecha y la socialdemocracia, que durante decenios sostuvieron la dominación capitalista en el continente están en abierta decadencia. En algunos países aguantan a la baja y en otro, como Francia, se han convertido en fuerzas marginales. Entretanto, emergen recambios como Macron o los partidos verdes y surge la extrema derecha ,explotando la xenofobia y el racismo y apoyándose en el rechazo popular a la UE, con la que, al mismo tiempo, se niegan a romper.

Las potencias europeas sienten que el suelo se mueve bajo sus pies

Las potencias imperialistas europeas hace muchas décadas que dejaron de ser los amos del mundo. La II Guerra Mundial marcó su declive final y selló su dependencia hacia EEUU, la nueva gran potencia hegemónica. La reconstrucción europea fue llevada a cabo bajo el impulso y liderazgo del imperialismo norteamericano, que promovió la creación de las instituciones que más tarde darían lugar a la UE. La alianza EEUU-Europa Occidental fue durante décadas el eje de la división mundial del trabajo.

El pacto de EEUU con la renacida burguesía alemana era una pieza central en el equilibrio del sistema de estados. Este pacto se agrietó con la llegada de Donald Trump a la presidencia. Una de las primeras cosas que hizo Trump fue abortar el TTIP, el tratado de libre comercio e inversiones que había sido laboriosamente redactado por la UE y la Administración Obama. Trump favorece abiertamente la disgregación de la UE (empezando por el Brexit). Prefiere tratar país a país, haciendo valer con toda su fuerza el peso de la superioridad norteamericana, y no con un bloque dirigido por Alemania.

Pero el giro de Trump no es un simple capricho del personaje, sino que responde a los profundos trastornos provocados en el orden mundial por la crisis de la llamada “globalización”. La “globalización” despegó en los años 80, dando pie a una onda ascendente del capitalismo que se prolongó durante más de 20 años, hasta el estallido de la crisis financiera de 2007/08.

Tuvo como principal punto de apoyo la restauración del capitalismo en China, impulsada por el Partido Comunista. La asociación EEUU-China fue el eje de la “globalización” que incluyó la liberalización general del movimiento de capitales, la incorporación de Internet y las nuevas tecnologías (TIC) a la producción y distribución y una reconfiguración de las cadenas productivas mundiales pivotando sobre los millones de trabajadores chinos que se incorporaban, en condiciones de semi-esclavitud asalariada, al mercado mundial capitalista.

La “globalización” y la UE

Las grandes potencias europeas se incorporaron con entusiasmo a la “globalización”. En 1986 lanzaron el “Acta Única” para crear el Mercado Único Europeo estableciendo la plena libertad de movimiento de capitales y acompañándola de una primera acometida neoliberal contra las conquistas sociales logradas desde la posguerra. El paso siguiente, ya con el objetivo de la implantación de la moneda única europea, fue el Tratado de Maastrich (1991), que vino asociado a una fuerte ofensiva de recortes y contrarreformas, a cargo de gobiernos socialdemócratas.

La “globalización” en Europa estuvo ligada a la restauración del capitalismo que protagonizaron los partidos estalinistas en la URSS y el Este europeo. El gran beneficiario fue el capitalismo alemán, que culminó un proceso de semicolonización de los países del Este al servicio de sus multinacionales, en particular las automovilísticas.

Este proceso fue acompañado de la integración de Alemania del Este y la imposición de las reformas Hartz (2003-2005) por el socialdemócrata Schröeder, que llevaron a casi la cuarta parte de la clase trabajadora alemana a la precariedad extrema de los “minijobs”. Sobre esta base, la economía alemana, que ya era la principal potencia económica europea, afianzó su hegemonía en el continente alrededor de una poderosa máquina exportadora, convirtiendo en suministradores de ésta a buena parte de la industria de la UE [1].

En este proceso, la moneda única (con el BCE) fue un instrumento básico para consolidar el poder alemán. Cuando estalló la crisis financiera en 2007/08, las principales potencias europeas, apoyadas en la UE, evitaron el colapso rescatando sus bancos con dinero público, saqueando a la periferia (Grecia, Portugal, países del Este, Irlanda, Estado español) y arremetiendo de manera general contra los servicios públicos, los salarios y las pensiones, con especial intensidad en lugares como Gran Bretaña. En este curso, Alemania reforzó su hegemonía mientras Grecia y Portugal eran rebajadas a nivel de semicolonias en las que el Estado pasó a responder directamente al dictado exterior.

Mediante los planes de austeridad, han logrado someter a la clase trabajadora de buena parte de los países de la UE a un nuevo patrón de explotación cuyo sello es una precarización generalizada del empleo, los salarios y las condiciones de vida de la clase trabajadora y el empobrecimiento de amplios sectores de las clases medias.

Todo esto, por supuesto, no era un proceso inevitable. Si ha sido así es por la complicidad de la burocracia de los grandes sindicatos y por la traición de una pretendida izquierda que, como Syriza, se ganó el favor del pueblo griego como campeón de la lucha contra la austeridad para luego convertirse en el sucesor del PASOK y el nuevo sicario de la Troika.

Pero aún, así, a pesar de su ofensiva antisocial, el capitalismo europeo no ha logrado salir de la onda depresiva iniciada en 2007/08. No sólo no han remontado el vuelo, sino que solo han logrado aguantar apelando al Banco Central Europeo, que ha comprado masivamente deuda pública y privada y ha entregado fondos ilimitados a los bancos al 0% de interés. Un remedio que a estas alturas ellos mismos reconocen que ya no da para más. Entretanto, la industria alemana está actualmente en recesión, el estancamiento económico se instala en Europa y emerge la amenaza de una nueva recesión global .

La crisis del capitalismo europeo, parte de la crisis general de la” globalización”

Pero la crisis europea no es propiamente europea, sino parte integrante de la crisis general de la “globalización”. El capitalismo mundial entró en 2007/08 en un período de estancamiento sin que por el momento vislumbre una salida. No está a la orden del día ninguna ola general de inversiones, asociada al aumento de la tasa de ganancia, que pueda dar lugar a un nuevo período de auge. El rumbo económico general, por el contrario, está marcado por un parasitismo cada vez más monstruoso y por el curso de la batalla del imperialismo norteamericano para someter al capitalismo chino, que aspira a disputarle las superganancias en ramas económicas clave (5G…) y el control regional de Asia.

Esta pugna global altera la localización de las regiones y los países del mundo, provocando el desplazamiento de Alemania y la UE, emparedados entre dos capitalismos mucho más poderosos. El lugar de Alemania en la división mundial del trabajo está asociada a su potencia exportadora, ahora en declive (lo que podría agravarse seriamente si Trump cumple su amenaza de subir los aranceles a los coches alemanes).

La crisis de la gran banca alemana (Deutsche Bank) la relega de la primera línea del capital financiero mundial. Al mismo tiempo, Alemania (y la UE) ha quedado rezagada en la carrera de las grandes empresas tecnológicas globales que parasitan y acaparan las superganancias a escala mundial. Estas empresas globalizadas están concentradas en manos norteamericanas (seguidas por China).

El declive de la economía alemana viene acompañado del declive del capitalismo francés y arrastra al conjunto de los países de la UE. Este proceso mina el liderazgo alemán, golpea la alianza germano-francesa y cuestiona la “cohesión” de la UE.

Las consecuencias sociales y políticas de la decadencia del capitalismo europeo

Los capitalismos europeos y la UE han entrado en un período de decadencia que se va a prolongar en el tiempo. Una decadencia que trae consigo un nuevo impulso a la deslocalización industrial y a la generalización de trabajos-basura en el sector servicios pero también en la industria, con bajos o muy bajos salarios, ataques a las pensiones públicas y deterioro de los sistemas de salud y educación. La referencia de los capitalistas son las condiciones laborales y sociales en los países del Este, y mirando hacia Asia.

Esta ofensiva capitalista continuada afecta a la periferia europea, cada vez más dependiente, así como a los países centrales, como vemos en la degradación social británica o en la actual ofensiva de Macron contra el sistema público de pensiones.

La otra cara de la degradación social es el recurso creciente de los Estados de la UE a medidas cada vez más autoritarias y bonapartistas contra los derechos democráticos, incluido el derecho de los trabajadores a la negociación colectiva. Es el caso de los gobiernos “democráticos” de Macron, del PSOE o del nuevo gabinete italiano formado por el Partido Demócrata y el M5S.

La presidencia de Macron se ha distinguido por atacar los derechos laborales, por la brutal represión policial y judicial contra los Chalecos Amarillos y por la aprobación de nuevas leyes contra el derecho de manifestación y expresión. El nuevo gobierno italiano mantiene los “decretos Salvini” que castigan cruelmente a quien ayude a los refugiados y emigrantes y permiten condenar con largos años de cárcel y enormes multas a quien ocupe una casa vacía o bloquee una carretera durante una huelga. En el Estado español sufrimos la brutal condena a los dirigentes independentistas catalanes por promover un referéndum y la salvaje represión policial contra las movilizaciones de protesta contra dicha condena.

Ahora, si seguimos la doctrina del Tribunal Supremo español, quien impida la ejecución de un desahucio podría ser acusado de sedición. Del mismo modo, el delito de terrorismo puede servir para que los fiscales acusen indiscriminadamente a quienes se enfrentan al régimen monárquico.

Queremos subrayar que no estamos hablando simplemente de los gobiernos “liberales” reaccionarios de Kaczynski (Polonia) y Orbán (Hungría), denostados por la prensa “liberal”, sino de los tres estados más importantes de la zona euro después de Alemania.

Los defensores de la UE desde la izquierda

Las potencias capitalistas europeas, con Alemania al frente, necesitan sostener la maquinaria de la UE para intentar mantener su poder en la actual confrontación mundial así como para seguir contando con esta gran arma común contra la clase obrera y los pueblos de Europa.

Pero, al mismo tiempo, su decadencia debilita a la UE y refuerza las tendencias centrífugas, alimentadas por el Brexit y apoyadas en un creciente rechazo social que no sólo abarca a la clase trabajadora de los diversos países sino también a vastos sectores de la pequeña burguesía empobrecida y hasta sectores medios de la burguesía maltratados por el capital financiero. En cualquier caso, más allá de la senda concreta que tome el curso de la decadencia del capitalismo europeo, dos cosas están claras: la primera es que el coste, enorme, va a recaer sobre las espaldas de las masas trabajadoras y la segunda, que el papel de la UE va a ser central en la ofensiva del capital.

Sin embargo, la burocracia sindical británica y la izquierda sumisa al Labour, que son incapaces de enfrentar al Brexit tory con un Brexit socialista, quieren hacer creer a los trabajadores y jóvenes británicos que la UE protegerá sus derechos laborales y sociales. Se lo deberían preguntar a los trabajadores griegos, portugueses o españoles, a los chalecos amarillos o a los independentistas catalanes.

Aunque, en realidad, los argumentos de los partidarios de “Remain and Reform” (“Quedarse y Reformar”) son los mismos que los que utilizan Pablo Iglesias (Podemos), los dirigentes del Bloco portugués o Melénchon (la France Insoumise). Es decir, el coro de antiguos admiradores de Tsipras.

Hay en la extrema izquierda europea quien, como Lutte Ouvrière en Francia, defiende que luchar contra la UE no tienen sentido porque “la lucha es contra el capitalismo”. Con ello, en nombre de una abstracción, vacían de contenido la lucha concreta contra el capitalismo. Porque no existe un capitalismo francés separado de la UE. El capitalismo francés, necesita vitalmente de la UE para atacar a sus propios trabajadores y para seguir jugando un papel de potencia imperialista en Europa y en el mundo que le viene grande. No hay lucha contra el capitalismo francés que no sea también lucha contra la UE y por una Europa socialista de los trabajadores y los pueblos.

Hay también, dentro la llamada extrema izquierda europea, quienes se oponen a la lucha por la ruptura con la UE y el Euro alegando que es una salida “nacionalista”; que “hace el juego a la extrema derecha”. En realidad, es un falso argumento que amalgama el rechazo popular a la UE con el chovinismo y la xenofobia de la ultraderecha, tergiversando groseramente la realidad y dando cobertura de izquierda a los defensores de la UE y el Euro.

Hay finalmente un grupo, formado por dirigentes del Secretariado Unificado-Cuarta Internacional (SU-CI), que son la última trinchera, la más sofisticada, en la defensa de la UE. Seis años atrás (con la periferia europea en plena crisis de la deuda) defendían una “audaz refundación de Europa” y se oponían de forma vehemente a cualquier ruptura con el Euro y la UE. Defendían “gobiernos anti-austeridad” con “estrategia viable’, que negociaran la “reestructuración de la deuda’. Tsipras y su gobierno eran también, para ellos, el gran modelo. Por eso lo apoyaron hasta un segundo antes de que cometiera la infame traición del referéndum de julio de 2015.

Ahora, tras la experiencia griega, ya no pueden reclamarse de Tsipras y dicen que la UE no puede ser “reformada de manera radicalmente desde dentro”. Sin embargo, en un reciente manifiesto, continúan la búsqueda desesperada de una tercera vía para evitar llamar a la ruptura con la UE y el Euro [2]. El manifiesto, dedicado a explicar las medidas de un “gobierno de izquierda popular”; en su primer año, propone un “programa inmediato”;, keynesiano, de desobediencia de los Tratados pero manteniéndose en la UE y el Euro, y sin afectar a la propiedad de los grandes medios de producción y los bancos. Del mismo modo, en sus escenarios a medio plazo contempla la implantación de una nueva moneda que sería, sin embargo, complementaria al euro, en cuyo marco permanecerían. Un proyecto realmente rebuscado y estrambótico.

No hay salida sin una verdadera unificación europea, es decir, sin acabar con la UE y construir los Estados Unidos Socialistas de Europa

La UE refleja el altísimo grado de integración de la economía europea y, al mismo tiempo, es el principal obstáculo a su verdadera unificación. La integración económica no ha dado pie a la conformación de un estado europeo que promueva la convergencia entre los distintos países.

Por el contrario, las diferentes burguesías han mantenido y reforzado su propio estado para defender los intereses de su capital financiero y enfrentar a su clase trabajadora. Las fronteras formales han quedado en buena parte diluidas (aunque no esté tan claro para el movimiento de las personas), pero en cambio las fronteras económicas y sociales entre los países se han visto fuertemente reforzadas, ahondando la desigualdad económica y socia entre ellos. Esta tendencia, lejos de atenuarse, se ha profundizado durante la pasada crisis y se va a acentuar aún más en el futuro.

Bajo el capitalismo no es posible rescatar a Europa de la decadencia, ni a las masas trabajadoras de la regresión social, ni hacer frente a la emergencia climática. No es posible hacerlo sin unificar Europa bajo el poder de los trabajadores. La lucha para tomar el poder y expropiar el capital comienza por los países individuales pero solo puede culminar con éxito extendiéndola al resto de países y construyendo los Estados Unidos Socialistas de Europa, entendidos, a su vez, como parte de la lucha por una Federación socialista mundial.

La lucha del pueblo Cataluña por sus derechos nacionales se enfrenta no sólo al régimen monárquico sino a la UE, el gran apoyo del estado español. El movimiento contra el c mbio climático no solo choca con la hipocresía de los gobiernos sino con la de la UE, que promueve y legitima una política al servicio del “capitalismo verde” que ni quiere ni puede atajar el cambio climático ni la degradación ambiental. El movimiento de solidaridad con el pueblo kurdo choca con la política complaciente de la UE hacia el régimen turco, subcontratado para cerrar el paso hacia Europa de los desplazados sirios, a los que mantiene sin derechos y en la indigencia. Los Chalecos Amarillos franceses no sólo enfrentan a Macron, sino también a la UE. Los planes de Macron contra el sistema público de pensiones son no sólo una exigencia del capitalismo francés sino de la UE.

No hay salvación “nacional” individual sin unificar Europa bajo el poder de los trabajadores. Solo así podemos conseguir una verdadera unificación económica, poniendo todas las fuerzas al servicio del progreso humano; acabando con la división entre europeos de primera, segunda y tercera categoría; reconvirtiendo la industria y el comercio para hacer frente a la emergencia social y climática; convirtiendo el continente en un baluarte de la lucha por el socialismo mundial.

Esto significa, en primer lugar, acabar con la UE. No hay política revolucionaria en ningún país de la UE que no parta de ahí y de la lucha por una Europa Socialista de los trabajadores y los pueblos. Éste es el eje unificador de todo programa revolucionario en Europa.

Para acabar, vamos a citar unas palabras que pronunció León Trotsky en el IVº Congreso de la Internacional Comunista hace casi 100 años, que conservan plenamente su vigencia: “La consigna de los Estados Socialistas de Europa está en el mismo plano histórico que la de ‘gobierno obrero y campesino’; es una consigna transicional, indica una salida, una perspectiva de salvación y brinda, al mismo tiempo, un impulso revolucionario a las masas laboriosas”. Este es el camino.

[1] 1 La economía alemana representaba en 2018, el 28% del PIB de la UE y el 39% de su valor añadido industrial. Es el tercer país exportador del mundo y sus ventas al exterior representan el 40% de su PIB. EEUU y China son sus principales clientes fuera de la UE (8,71% y 7,13% del total).Sus principales exportaciones son vehículos de lujo y maquinaria avanzada.

[2] 2 El “Manifiesto por un nuevo internacionalismo de los pueblos en Europa” (marzo 2019) está encabezado por Eric Toussaint y suscrito por dirigentes del SU-CI (entre ellos la dirección histórica del NPA francés), junto a dirigentes de fuerzas reformistas (France Insoumise, Attac, Izquierda Unida española, PCF…) y algunos intelectuales prestigiosos.

Artículo publicado originalmente en la revista Correo Internacional n.° 22, publicación de la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional, de noviembre de 2019