Lun Ene 30, 2023
30 enero, 2023

Copa del Mundo en Qatar: cuando el deporte es usado para encubrir la explotación y la opresión

El domingo 20, el Emir Tamim Bin Al Thani habló en la inauguración de la Copa del Mundo, saludando la diversidad. “Qué belleza juntar todas estas diferencias, toda esta diversidad para reunir a todos aquí”, dijo el máximo y, literalmente, “absoluto” líder de Qatar.

Por: Wilson Honorio da Silva

Sería una “belleza”, de hecho, si el discurso no fuera una expresión desvergonzada de la más pura hipocresía y parte de la cortina de humo que ha intentado utilizar el gobierno del país sede de la Copa y la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) para encubrir los muchos y graves problemas que rodean a esta edición del torneo.

Problemas que, en modo alguno, se reducen a la prohibición del consumo de cerveza en los alrededores de los estadios, anunciada en vísperas del evento, y mucho menos a que el Mundial se celebre en Oriente Medio, en un país musulmán, como intentan señalar los más osados, ya que también atraviesan, de punta a punta, los países de Occidente, como la corrupción, la explotación de los trabajadores, y, principalmente, en este caso, la opresión machista, LGTBIfóbica, xenófoba y racista.

Cuestiones que, sin embargo, han adquirido proporciones absurdas debido al carácter dictatorial, fundamentalista y absolutista del gobierno qatarí y, también, a la forma criminal e irresponsable en que la FIFA ha abordado todo ello, desde la elección del país, en 2010, para albergar los juegos.

Tan absurdas que no solo generaron protestas en los últimos diez años, sino que, en contra de lo planeado, invadieron las canchas al día siguiente de la inauguración, con demostraciones a favor de la comunidad LGBTI y la lucha de las mujeres (de Irán y de todo el mundo) que, por cierto, se hicieron aún más evidentes debido a la censura que les fueron impuestas.

Y precisamente porque los problemas son muchos, los abordaremos en dos artículos. En este, consideraremos algunos temas generales, como las denuncias de corrupción y soborno que involucraron la elección de Qatar y la sobreexplotación que causó la muerte de al menos 6.500 inmigrantes durante la construcción de la infraestructura para la Copa del Mundo. A continuación, nos centraremos en cuestiones relacionadas con el machismo y la LGTBIfobia.

¡Ah, si solo fuese la cerveza!!! Mucha suciedad barrida para abajo del césped

El viernes 18 de noviembre, agencias y portales de noticias, programas de televisión y estaciones de radio destacaron la repentina decisión del gobierno de Qatar de prohibir la venta de cerveza en los alrededores de los estadios, rompiendo un acuerdo previamente firmado con la FIFA y, en tablas, con la multinacional de bebidas AB Inbev (fabricante de la Budweiser).

Evidentemente, la “Ley Seca” no tardó en convertirse en uno de los temas candentes en los círculos de conversación y en las redes sociales. Una fanfarria que incluso podría tener sentido, considerando el clima de fiesta y distensión que suele caracterizar a un Mundial, ya restringido por prohibiciones de diversos tipos de vestimenta y muestras públicas de afecto.

Sin embargo, cualquier indignación ante lo que se denominó una medida “autoritaria” y “ajena al espíritu deportivo” sonó particularmente hipócrita frente el silencio cómplice o, como mucho, el tímido murmullo que ha rodeado temas realmente escandalosos e inaceptables en relación con el Mundial de Qatar, empezando por el carácter del régimen local y, en particular, el deplorable trato que reciben en el país las mujeres, las personas LGBTI y los inmigrantes.

Por cierto, el simple hecho de que la prohibición del consumo de cerveza haya ganado más espacio en los medios que las muchas barbaridades que campan a sus anchas en Qatar ya dice mucho del mundo en el que vivimos e, inevitablemente, se refleja en todo lo que rodea a un evento como la Copa.

Es evidente que la “Ley Seca” provocó mucho descontento entre los casi 1,2 millones de fans que viajaron a Qatar, una cifra impresionante, teniendo en cuenta que el país tiene poco más de 3 millones de habitantes. Pero ni siquiera fue eso lo que causó el alarido. La razón es la de siempre: ganancias comprometidas.

El fabricante de la Budweiser monopoliza la venta de bebidas en los eventos de la FIFA hace 36 años (en un acuerdo que rinde US$ 75 millones, por año) y contaba con altas ganancias, sobre todo sabiendo el precio estipulado por el gobierno (que controla la distribución): 50 reales (U$S 10, aprox.) por 500 mml. Ganancias que se multiplicarían por el patrocinio de las empresas de comunicación y otras acciones que, ahora, se han vuelto más complicadas.

Pero, como también es típico en este sistema, la “garganta seca” no será un problema para todos. Sabemos que seguir la Copa “in situ” no es para todo el mundo, principalmente en Qatar, pero, incluso entre los muy ricos, hay quienes son considerados VIP’s (acrónimo en inglés de “personas muy importantes”) y estos seguirán teniendo acceso a las bebidas alcohólicas en tiendas especiales e incluso en áreas dentro de las arenas de la Copa del Mundo.

Además, cualquier declaración de sorpresa ante la decisión unilateral y autoritaria del Comité Supremo formado para organizar la Copa del Mundo en el país de Medio Oriente es ridícula. Todo el mundo sabe muy bien con quién está lidiando. Y desde mucho antes de 2010.

Al fin y al cabo, Qatar vive bajo la dictadura de un emirato absolutista hereditario (bajo el gobierno de la misma familia, la dinastía Al Thani, desde 1825) y bajo un rígido régimen teocrático, es decir, en el que las leyes se basan en preceptos religiosos derivados de la interpretación extrema, intolerante y fundamentalista de la “sharia” islámica.

Un país donde las últimas elecciones tuvieron lugar en 1970 y donde los partidos políticos están pura y simplemente prohibidos. Y, por supuesto, donde la opulencia, la riqueza y la “modernidad” (que han sido blanco de sucesivos reportajes televisivos) solo reflejan la situación de la elite local, ya que la gran mayoría de la población (82% de la cual está formada por no árabes, como veremos más adelante) vive literalmente al margen de la sociedad.

Por estas y muchas otras razones, solo podemos estar de acuerdo con el columnista del portal de la UOL, Chico Alves, quien el día 18 destacó que, hasta ahora, “en nombre de la mayor fiesta del fútbol, ​​la Copa del Mundo, y los negocios multimillonarios motivados por ella, Qatar recibió una especie de salvoconducto planetario” .

Una posición adoptada incluso por los medios de comunicación, como también destacó el periodista, ya que, «desde hace meses, el espacio dedicado al país en las noticias internacionales se ha ocupado mayoritariamente de la construcción de estadios, preparación del evento y atracciones turísticas del territorio” , menospreciando por completo la multitud de bárbaras violaciones de derechos humanos que campan a sus anchas en el país y que han sido “tratadas solo de pasada, de manera protocolar, una especie de pie de página que acompaña las informaciones deportivas” .

“Sportwashing”: el césped usado para tapar muchas podredumbres

Una pasada de paño que, de hecho, se ha producido desde la nominación de Qatar. En la eepoca, hubo protestas generalizadas, principalmente después de que Amnistía Internacional revelara que, además de numerosos ejemplos de violencia y discriminación machistas, solo entre enero y diciembre de 2009, al menos 18 personas, la mayoría extranjeras, habían sido condenadas a entre 40 y 100 latigazos, principalmente por delitos relacionados con “relaciones sexuales ilícitas” o consumo de alcohol.

Las protestas acusaban, no sin razón, la insistencia de Qatar en albergar el evento como ejemplo de la práctica del “sportwashing”; es decir, el intento de utilizar el deporte como una forma de “relaciones públicas”, para, al mismo tiempo, encubrir altos niveles de explotación y opresión y mejorar la imagen internacional de un país.

Objetivos que ni siquiera fueron disfrazados por el emirato, que incluyó la Copa como parte de un megaproyecto de ‘modernización’, transformando el torneo en el eje de proyectos arquitectónicos, de infraestructura, de transporte y de servicios. Lo que, incluso, ayuda a explicar el porqué esta es la Copa más cara de la historia, con un costo de US$ 220.000 millones, casi 19 veces más que la de Rusia (2018), y 14 veces la del Brasil (2014).

Gastos que también apuntan a incrementar el turismo como alternativa para una economía en la que el petróleo y el gas representan más de 50% del Producto Interno Bruto (PIB), alrdedor de 85% de las exportaciones y 70% de los ingresos del gobierno, pero cuyas reservas, según estimaciones, podrán mantener los niveles actuales de producción por solo 40 años.

Y, como se sabe, hay fuertes indicios de que parte de los “esfuerzos” que hizo el gobierno para ganar la vacante incluyeron corrupción y soborno. Basta recordar que, en la época, una ex asesora de la propia Comisión pro Copa del propio Qatar denunció que al menos tres dirigentes africanos del Comité Ejecutivo de la FIFA habían vendido sus votos. Cada uno de ellos por US$ 1,5 millones.

Además, también hubo sospechas de venta de votos por parte de representantes del Brasil, Francia y la Confederación de Fútbol de Ameerica del Norte, Centroamérica y el Caribe. Maracutaias que, como siempre, “acabaron en pizza”.

Más allá de la Copa: la “modernización” cimentada con el sudor y la sangre de inmigrantes

Para entender algo sobre Qatar, es necesario conocer algunas características de la población local, cómo esta se vio afectada por el “proyecto Copa” y, también, cómo se relacionan la sobreexplotación y la opresión con todo esto.

El proyecto implicó no solo la construcción de siete nuevos estadios, sino también un nuevo aeropuerto, carreteras, sistemas de transporte, hoteles e incluso una ciudad entera para albergar la final del campeonato. Todo esto levantado exclusivamente por manos de trabajadores inmigrantes, algo que tiene que ver con la particularidad de la composición poblacional del país.

Para empezar, no es casualidad que la población haya aumentado desde 2010. En la época, Qatar tenía alrededor de 1,8 millones de habitantes. En 2020, eran 2,8 millones. Y, ahora, poco más de 3 millones. Sin embargo, lo que convierte a Qatar en un caso excepcional es la composición de esta población.

Según el último Censo (2020), el país tenía solo 12% (313.000) de ciudadanos qataríes y 82% (2,3 millones) de extranjeros migrantes de la India (la mayoría, con 545.000), Nepal (341.000), Filipinas (185.000), Bangadlesh (137.000), Sri Lanka (100.000) y Pakistán (90.000), entre muchas otras nacionalidades, varias de ellas africanas, como Kenia.

Evidentemente, estas cifras están directamente relacionadas con la Copa del Mundo y para entender su impacto sobre las opresiones, particularmente la xenofobia, el racismo y el machismo, es necesario saber que la gran mayoría de los migrantes no son árabes (aunque están sujetos a una legislación basada en la “sharia”) y, además, la rápida afluencia de trabajadores de sexo masculino significa que las mujeres representan actualmente menos de 25% de la población (concentradas en gran número entre los considerados “ciudadanos” locales).

El caso es que todo lo relacionado con la población migrante raya la barbarie, como quedó particularmente patente en un reportaje publicado por el diario británico The Guardian en febrero de 2021, que comprobaba que casi siete mil trabajadores migrantes habían muerto en Qatar entre 2010 y el año pasado, todos ellos en situaciones directamente relacionadas con las construcciones por la Copa y, como mínimo, irregulares y sospechosas.

Los datos recopilados en las embajadas locales y junto con  la Organización Internacional del Trabajo (OIT) encontraron 5.927 de estos casos en la India, Bangladesh, Nepal y Sri Lanka, y otros 824 solo en Pakistán. Lo que significa que cada semana una media de 12 trabajadores migrantes, de estos cinco países del sur de Asia, murió.

Cifras que podrían ser muy superiores, ya que no incluyen a países como Filipinas y Kenia, de donde salieron muchos migrantes, y tampoco cubren los últimos dos años, caracterizados por la aceleración de las construcciones, lo que, evidentemente, implicó mayores niveles de explotación y trabajos aún más extenuantes, bajo una temperatura media de 50 grados centígrados.

La oficialización de la esclavitud moderna

La falta de interés del gobierno ante esta situación comienza por el hecho de que, oficialmente, se reconocen solo 37 trabajadores muertos en estos 12 años. Lo cual dispensa comentarios (solo recuerde la cantidad de casos registrados en el Brasil). Además, el reportaje descubrió que en la mayoría de los muertos no se realizaron autopsias (como exige la legislación internacional).

E, incluso, según Amnistía Internacional, el gobierno emitió miles de certificados de defunción sin indicar la causa de la muerte o con informaciones vagas o literalmente fraudulentas, como «causa natural» o «falla cardíaca». Algo extranno, sobre todo teniendo en cuenta que la edad media de los trabajadores muertos era de 30 años.

Tan absurdo como el sistema de trabajo al que se somete a los inmigrantes. El nombre es “kafala” (que significa “patrocinador” en árabe), pero podría traducirse fácilmente como “análogo a la esclavitud”, ya que básicamente consiste en vincular el visado de un trabajador extranjero a su empleador, impidiendo, entre otras cosas, que él cambie de trabajo, quedando completamente dependiente del empleador.

Además, la mayoría tuvo que pagar una “tasa de reclutamiento”, por un monto de alrededor de US$ 2.000, lo que, como es común en la “esclavitud moderna”, genera una deuda que, en la práctica, nunca consigue pagarse;  sus pasaportes fueron retenidos por las empresas; y, aun así, terminaron cumpliendo funciones completamente diferentes de aquellas para las que fueron contratados, recibiendo salarios de hambre.

Y, por si fuera poco, en 2016, un informe publicado por Amnistía Internacional, basado en entrevistas a 132 trabajadores empleados en la construcción de estadios, reveló que absolutamente todos ellos “sufrieron abusos sistemáticos, en algunos casos con trabajos forzados”, además de algún tipo de amenaza.

Todos estos temas ya eran de conocimiento público incluso antes de la nominación de Qatar como sede de la Copa del Mundo. Pero ni siquiera las numerosas denuncias realizadas durante la última década hicieron que la FIFA realizara verdaderos esfuerzos para que hubiera cambios (en una actitud muy diferente de los poderes imperiales que asumió en anteriores Copas del Mundo, dicho sea de paso).

Así como también guardó silencio ante la postura igualmente criminal de Qatar hacia las mujeres y las personas LGBTI. De hecho, más que eso: ha sido más que un cómplice activo, como veremos en el próximo artículo.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 22/11/2022.-

Traducción: Natalia Estrada.

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