… tu denodada lucha llegó a su fin. Tu partida inevitable me deja con el corazón vacío, lágrimas en los ojos y pocas palabras en los labios. ¿Qué decir? Es tan hondo el dolor, son tantos los recuerdos que tengo de ti, que no es nada fácil decir.

Por: Natalia Estrada

A pesar de eso, querría decir cosas, que no me salen… Las palabras y los recuerdos se agolpan queriendo expresarse pero solo las lágrimas son capaces de fluir, como si nada de lo que hago tuviera sentido. Estoy subiendo los saludos de todos a nuestro site y cada uno de ellos me trae más recuerdos, me agiganta tu figura, no me deja parar de llorar tu pérdida.

Fuimos amigas, grandes amigas a pesar de nuestras peleas cotidianas. Nadie que quiera tener una amistad verdadera y profunda puede dejar de pelear, porque es necesario decir lo que se piensa para lograr una gran amistad.

Y también en esto, vos hacías diferencia… eras capaz de discutir fuerte pero también de pedir disculpas sinceramente. De abrazarme y hacerme reír, y reírnos juntas de las cosas por las que acabábamos de pelear. De olvidar y perdonar, como hacen los grandes amigos, como solo ellos pueden hacerlo, para volver a empezar otra pelea al minuto siguiente y encontrar una excusa para la nueva confraternización, las risas y los brindis.

Y por esta amistad que cultivamos a lo largo de los años, por este pedacito de vida que compartimos y en la que llegamos a querernos y entendernos y justificarnos y perdonarnos es que se me hace tan difícil decirte adiós.

Pienso en tu lucha contra el cáncer y me da rabia. Pienso en nuestra charla de la semana pasada, cuando uno de los tumores había desaparecido según tu médico, Marcelo, y creímos tener una chiquita esperanza, y me da más rabia e impotencia todavía. Pienso en los sueños que tejimos juntas y la tristeza se hace insoportable.

¡Tú eras vida! Siempre fuiste vida… alegre, fuerte, osada en la lucha, en las batallas cotidianas, en la construcción de esta herramienta para la clase que nos unió por encima de todo. Y en el arte que te vio actuar, dirigir, escribir piezas de ese teatro brechtiano que tanto amabas, y que muchas veces yo, devenida simple actriz de esas obras complejas, no terminaba de entender para poder interpretar en toda su magnitud. Lo que generaba una nueva discusión, claro. Y un debate interminable sobre cómo actuar y por qué Brecht, y cómo lograr formar el grupo que queríamos, y más… y más.

Tu casa era el teatro de operaciones, tu hospitalidad incondicional era el palco donde pasábamos horas y días trabajando, conversando, discutiendo, ensayando… Tu heladera, la panacea universal a la que accedíamos a cada momento, igual que tu cocina, nuestros almuerzos, y nuestros brindis! Hasta hicimos por tu iniciativa un brechó para juntar algunos reales, hacíamos presupuestos para poder montar las piezas que escribías, siempre pensando en las mujeres, defendiendo la lucha de las mujeres en su horrible opresión, usando para eso el arte de tu querido Brecht y la consigna y los preceptos de Toda libertad en arte, del manifiesto de la FIARI de Trotsky y Breton.

Tu lucha se daba en todos los frentes. En la cuestión de la mujer, en la convicción de la necesidad de un arte revolucionario e independiente, en la importancia de la participación de las mujeres en la política, y también en el arte, para cambiar esta sociedad. Y en lo personal, contra tu enfermedad, contra los dolores, contra el tiempo…

Amiga, no te fuiste… ¡No para mí! Siempre te quedarás incondicionalmente a mi lado para secar mis lágrimas, para viajar por el mundo, para cantar, bailar y reír juntas como solíamos hacer, para entender mis angustias, para apoyar o discutir mis propuestas y mis decisiones, para acompañarme en cada batalla grande o pequeña que tenga que enfrentar desde ahora.

Mi compromiso contigo, si puedo hacer alguno, es seguir luchando… y en esa lucha recordarte alegre y animada, es pensarte cuando no encuentre salidas, para agarrarme fuerte de las que me ofrecías en cada momento de estos años que compartimos. Mi compromiso, que más que un compromiso es una necesidad y un homenaje simple por todo el inmenso amor y la solidaridad que supiste regalarme es llevarte siempre en el corazón, no olvidarte nunca, y sobre todo, seguir adelante en la lucha por construir una sociedad socialista, libre, de seres humanos libres, como imaginamos y por la que luchamos juntas.

¡Amiga, gracias! Por tu lucha, por tus convicciones, por tu amistad, tu solidaridad, tu cariño… por el tiempo que vivimos juntas. Estarás siempre presente, siempre en mí… Hasta el socialismo, amiga entrañable y querida!