En el portal de UOL hace unos días, se informa que un oficial superior de PM, un mayor, en una conferencia para oficiales de policía en São Paulo, profirió la siguiente perla: «La PM ha estado haciendo esto durante 188 años y siempre lo hará. Usted, policía, debe ser consciente porque siempre habrá alguien filmando” (lea aquí).

Por Zé Maria

El Mayor se estaba refiriendo a las chocantes escenas de violencia policial mostradas en las redes sociales e incluso en la televisión. Lo más paradójico es que la conferencia del funcionario hace parte del programa de «reentrenamiento» anunciado por el gobernador João Dória como una de las medidas para, precisamente, poner fin a la violencia policial. Esa misma, que el Mayor dijo que siempre existió y seguirá existiendo.

La frase del Mayor es la confirmación desnuda y cruda de que el genocidio contra la juventud pobre y negra y el pueblo pobre de la periferia, – así como la represión contra todos y cada uno que luchan contra la desigualdad y la injusticia en este país –, es una política de Estado. Quizás el error del Mayor haya retroceder apenas 188 años. La PM que tenemos hoy en el país es heredera de la misma doctrina de las milicias matones que defendieron los intereses de los latifundistas antes de la existencia de una fuerza pública, y de los capitanes de los campo de los dueños de esclavos, antes de eso.

La violencia policial en la periferia no tiene origen en el agente de policía individual que la ejecuta. Sino en una doctrina que proviene del Estado y los gobiernos al servicio de los grandes capitalistas. Se trata de una necesidad de gran capital.

La naturaleza del sistema capitalista genera una concentración cada vez mayor de la riqueza en manos de unos pocos e impone a la enorme mayoría de la población, una vida de penurias y necesidades cada vez mayores. Radica en esto la fuente de la desigualdad inherente al capitalismo, de la exclusión de la amplia mayoría de la población de los frutos de la riqueza producida por ella misma.

Nadie acepta como natural una situación de injusticia tan flagrante que, obviamente, genera insatisfacción y resistencia en los excluidos. Esta insatisfacción, en el capitalismo, solo puede ser contenida por la violencia, en la medida en que el sistema no permite atender las demandas de las personas para una vida mejor.

Las fuerzas policiales en nuestro país, principalmente las militarizadas, como los PMs (cuya forma actual es una herencia dejada por la dictadura militar que gobernó Brasil desde 1964 hasta 1984), están adoctrinadas, formadas para cumplir este papel. No son accidentes, o resultados de «errores», las escenas de violencia que se repiten diariamente en la periferia de los grandes centros urbanos, siempre contra pobres y negros. Es la policía cumpliendo el papel para el cual fue organizada y equipada por el Estado.

Es parte fundamental del funcionamiento del sistema. Por eso  la rutina de la violencia se repite en todas partes, ya sea en los gobiernos del antiguo PMDB o el actual MDB, del PSDB de João Dória, e incluso en los gobiernos del PT. Es importante señalar que los petistas gobernaron el país durante 14 años y no movieron una paja para cambiar esta situación.

El gobierno de Bolsonaro quiere empeorar aún más esta situación. Su proyecto político es implantar una dictadura en el país. Quiere legalizar los crímenes cometidos por policías (defensa de la llamada «exclusión de la ilegalidad») e recrudecer aún más la represión y la criminalización de la pobreza, las organizaciones y las luchas de los trabajadores. Ahora amenaza con crear un sector en la Policía Federal para monitorear y reprimir a los opositores (al estilo del SNI, de la Dictadura Militar), e incluso persigue a los propios policías que no concuerdan con este escenario grotesco y piden cambios (como los «Policías antifascistas»).

La doctrina de la «guerra contra las drogas» no pasa de una ideología para intentar justificar las escenas de barbarie que no paran de repetirse. Basta ver que la misma policía que invade las comunidades pobres con vehículos blindados y helicópteros, disparando a todos lados, nunca invade los barrios chics donde vive la burguesía, que de hecho es donde se encuentran los financistas y verdaderos jefes del narcotráfico.

En nombre de la guerra contra las drogas, se desencadena una espiral de violencia cada vez más intensa, que se alimenta a sí misma. Y que muchas veces se vuelve, incluso contra los propios policías. Brasil es uno de los países donde la policía más mata, pero también donde más mueren policías, negros también, la mayoría de ellos.

Es evidente que precisamos denunciar aún con más fuerza los asesinatos cometidos por policías, los casos de violencia y abuso contra la población, así como exigir el castigo de quien los comete. La lucha por la justicia, bandera hoy en manos de las madres que perdieron a sus hijos como las «Madres de mayo», por ejemplo, precisan ser una bandera de todos nosotros, de toda la clase trabajadora. Junto con eso, es necesario también pensar en la autodefensa de las comunidades, de las organizaciones y de las luchas de los trabajadores.

No obstante, es necesario llamar la atención sobre un aspecto de este problema. Vean, si de un solo golpe fuesen presos y retirados de las calles todos los PMs que cometieron delitos contra la población (agresión, abuso, asesinato), sería sólo una cuestión de tiempo (poco tiempo) hasta que toda la rutina de violencia volviese como antes, apenas con otros policías.

Es así, pues se trata de la institución Policía Militar, organizada y entrenada para ejercer precisamente esa violencia contra la población pobre, para defender los privilegios, la riqueza y la propiedad de quienes controlan el dinero en esta sociedad. El policía que comete uno de estos crímenes es un criminal. Pero detrás de las manos de este policía están los jefes, tan criminales como el. Peor aún, son ellos los responsables de crear toda esta situación.

Los jefes del policía son los oficiales al mando de la corporación; los gobernadores estatales y el presidente de la república, jefes de los oficiales al mando; y los banqueros y grandes empresarios, jefes de los gobernadores y del presidente de la república. De hecho, los banqueros y grandes empresarios también controlan el Congreso Nacional que aprueba las leyes que «legalizan» todo esto, y el Poder Judicial que garantiza la impunidad para todos ellos mientras mantienen en la cárcel a centenas de miles de jóvenes pobres y negros, muchas veces sin que hayan cometido crimen alguno. Es el sistema.

Es necesario fortalecer la lucha contra la violencia y los abusos practicados por policías contra la población. Es necesario exigir el castigo de todos aquellos que han cometido y cometen estos crímenes contra la población. Pero esta lucha no puede detenerse allí, bajo pena de quedarnos limpiando hielo. Sin destruir todo este sistema., –  que es la raíz del problema de la violencia de las fuerzas policiales contra los pobres y los trabajadores-, continuaremos atacando los síntomas, pero no la enfermedad, enfrentando las consecuencias y no la causa de los problemas. Esta es una verdad que necesitamos aprender y enseñar a todos. Incluso a los propios policías.

Sí, parte importante de nuestra lucha contra la violencia policial es tratar de destruir esta doctrina que gobierna la acción de la policía, que se materializa en la estructura militar de la principal fuerza de la llamada seguridad pública en nuestro país. Donde los soldados están entrenados no para defender la seguridad pública, es decir, la población, sino para obedecer la orden del comandante, como el Mayor de la conferencia que citamos anteriormente, por más absurda que sea. Y son transformados en verdugos de la población pobres y de los trabajadores que luchan por sus derechos (muchas veces sus propios hermanos, padres, hijos) para defender los intereses de un puñado de súper ricos que controlan nuestra sociedad.

Para eso, es necesario desmilitarizar al PM, con todo lo que eso significa. Ya sea con el fin de la subordinación de las PMs al Comando del Ejército local previsto en las leyes que son de la época de la Dictadura Militar. Sea con el fin de la jerarquía militar que somete al soldado a su comandante (que a su vez está subordinado a los gobernadores y sus dueños, los banqueros y grandes empresarios) sin que él tenga cualquier tipo de derecho a cuestionar incluso las órdenes más absurdas e ilegales.

Si el objetivo es la seguridad pública, es necesario otorgar a la población, a las comunidades, el derecho de controlar (escoger) a los jefes de la policía, así como a los soldados, de organizarse y ser ciudadanos y ciudadanas que tienen derechos como cualquier otro, que trabajan para garantizar la seguridad de la población, y no como matones del capitalista.

Este es un camino en el que podemos avanzar, no solo en la lucha para poner fin a la violencia que azotó a los trabajadores que luchan por sus derechos y a los pobres y los negros en nuestro país. Pero también para que la propia policía pueda tener dignidad en su trabajo, lo que incluye no solo condiciones adecuadas para el ejercicio de su función, el derecho a organizarse y luchar por sus derechos.

Este es un camino por donde podemos avanzar, no solo en la lucha para poner fin a la violencia que azota a los trabajadores que luchan por sus derechos y al pueblo pobre y negro de nuestro país. Pero también para que los propios policías puedan tener dignidad en su trabajo, lo que incluye no sólo condiciones adecuadas para el ejercicio de su función, derecho de organización y de luchar por sus derechos.

No quiero terminar estas «notas», sin retornar a lo que dijimos antes: que los jefes de los comandantes militares son los gobiernos, estatales y federales, que la violencia policial es una política estatal y que, controlando todo esto, están los banqueros y los grandes empresarios al servicio de quienes está montado todo este sistema. Es necesario para dar una justa perspectiva a la lucha contra la violencia policial.

Destacamos en estas «notas» dos dimensiones de esta lucha. En primer lugar, el necesario fortalecimiento de la denuncia de crímenes y abusos cometidos por los policías contra la población y la exigencia de castigo para todos los que lo hacen, lucha esta que no es sólo de las personas afectadas y sus familias, debe ser tomada por toda la clase trabajadora y sus organizaciones.

Que, acompañando esta lucha, es necesario que las comunidades, las organizaciones de trabajadores, los movimientos populares deben buscar avanzar en la organización de su autodefensa. Una comunidad organizada en este sentido, está en mejores condiciones para defenderse y defender a sus integrantes de los abusos y crímenes cometidos por policías. Es preciso creatividad para encontrar los mejores medios para esto.

En segundo lugar, la lucha para terminar con la estructura militarizada de la seguridad pública y la doctrina que la rige. Atacar el mal desde la raíz, a manera de librar a la población del flagelo de la violencia y también para liberar al propio policía de esa función, de secuaz de los ricos, reservado para él en este sistema. Para esta lucha, debemos tratar también de ganar a los propios policías, haciéndoles ver cuán absurdo es este círculo vicioso de la violencia del cual él es un instrumento (y muchas veces también una víctima).

Debemos mostrarle que el camino para que el policía pueda conquistar condiciones dignas de vida y trabajo es aliándose con los trabajadores en sus luchas contra las injusticias de la desigualdades en esta sociedad. No permitiendo que el sistema haga de el un verdugo contra sus hermanos, los trabajadores. Que es preciso paz entre nosotros, y que la guerra debe reservarse para los señores del dinero, la explotación y la opresión.

Pero es preciso tener consciencia de que esta lucha, si se lleva adelante como debería ser, terminará chocando con todo el sistema capitalista, que tiene en esa estructura de «seguridad pública» que existe hoy, uno de sus sustentos más importantes. No podemos tener ilusión de que, dentro del capitalismo, podremos alcanzar, de hecho, una seguridad pública volcada exclusivamente a la seguridad de la población.

Comprender esto es importante para que podamos enfrentar esta lucha con una perspectiva correcta. Ella precisa ser necesariamente parte de nuestra lucha para acabar con el capitalismo, para construir una sociedad socialista. Para eso, necesitamos colocar en el gobierno del país, en control del poder político a la clase trabajadora y al pueblo pobre. Y en esta lucha, deben unirse a la clase obrera, todos los trabajadores y sectores oprimidos de la sociedad. Es también en esta trinchera en la que deben estar los soldados y policías que quieran el bien de para su pueblo y su país.

 

Traducción: Leonardo Arantes