Con el fuerte desgaste provocado por su política genocida frente a la pandemia, Bolsonaro busca refugio en aquel sector más tradicionalmente identificado con la corrupción: el llamado “centrón”. Justamente el conjunto de los partidos que encarnan lo que él siempre llamó “vieja política”, aquella masa amorfa de diputados sin programa definido que se vende a quien le pague más.

Por: Diego Cruz

Con el tema del impeachment ganando fuerza en la sociedad e incluso dentro del Congreso Nacional, Bolsonaro quiere formar una base parlamentaria que le dé cierta seguridad. Para eso se reunió con los mayores símbolos de la corrupción en este país, puso el mapa de los cargos en la mesa y comenzó a dividirlos entre ellos, como en una gran feria.

Uno de los primeros que Bolsonaro buscó no podría ser más representativo: el ex diputado y ex presidiario Roberto Jefferson, del PTB. Antiguo aliado del gobierno Sarney, de Collor, y ex integrante del gobierno Lula, Jefferson fue el delator del esquema del mensalão[1] cuando fue flagrado distribuyendo coimas en la dirección de los Correos. Su partido habría sido comprado por el PT por la bagatela de R$ 4 millones. A pesar de haber sido condenado a diez años de cárcel, su pena fue reducida a siete, pero acabó pasando 14 meses tras las rejas. Al salir de la prisión llegó a esbozar algo de arrepentimiento, pero ahora muestra que viejos hábitos son difíciles de dejar.

Además de la cobijada Secretaría de Trabajo, el gran acuerdo de Bolsonaro con Roberto Jefferson incluiría también planes electorales para Rio de Janeiro, donde su hija, Cristiane Brasil (aquella que fue impedida por la Justicia para asumir el Ministerio de Trabajo en el gobierno Temer), es precandidata a la municipalidad.

Como es práctica, Jefferson no economiza en la oratoria para defender a su más nuevo jefe. “Para derribar a Bolsonaro, solo si fuera con bala”, llegó a decir.

Otro nombre muy conocido que va a integrar el gobierno es Valdemar da Costa Neto, dueño del PL, condenado y preso por corrupción y lavado de dinero en el mensalão. Al mensalero, Bolsonaro le entregó nada menos que el Banco del Nordeste, con los R$ 30.000 millones en sus cofres, además de la Secretaría Nacional de Vigilancia Sanitaria, organismo responsable por la política de combate al coronavirus. Solo eso.

Valdemar da Costa Neto.

Para Arthur Lira, reo de la Lava Jato[2] y líder del PP, Bolsonaro va a entregar el FNDE (Fondo Nacional de Desarrollo de la Educción), responsable por la ejecución de políticas de Educación y un presupuesto de R$ 50.000 millones Por su parte, el PSD de Gilberto Kassab ganará la Funasa (Fundación Nacional de Salud).

Los negociados incluyen además a los Republicanos, partido del alcalde de Rio de Janeiro, Marcelo Crivella, que mantiene una importante base evangélica. Incluso hasta Paulinho da Força (Solidariedade) confesó que le ofrecieron el Puerto de Santos. Por abajo, son innumerables cargos de segundo y tercer grado, autarquías, estatales, órganos federales de los más diversos tipos, que están en la mira y listos a ser cambiados por apoyo.

Consorcio de bandidos

Bolsonaro gesta, así, una especie de holding del bandidaje político en Brasilia, uniendo el sector en que creció, el de las milicias [parapoliciales], y el bajo clero en el parlamento, al mainstream criminal de la política nacional. Gente que trae en su bagaje el background de escándalos como el del mensalão y la Lava Jato. Pero, por lo que todo indica, difícilmente este será un casamiento exitoso.

Ese movimiento del gobierno no deja de ser una demostración de fragilidad y una tentativa de escapar del aislamiento, que crece en la medida en que la crisis económica, social, y ahora sanitaria, se profundiza. Así como ocurrió en el despido de Sérgio Moro, Bolsonaro abre mano de uno de sus principales discursos, el de la lucha contra la corrupción, para garantizar sostenibilidad política. En el caso de Moro y la Policía Federal, quiere impedir investigaciones contra su familia. En el caso del “centrón”, garantizar votos contra un eventual impeachment. Pero con eso revela que es tan corrupto como los nombres con los cuales ahora confraterniza.

El sector “lavajatista” de su base ya sufre una importante desbandada. ¿Cómo quedarán los militares? ¿Asistirán impasibles a Bolsonaro abrazado con Roberto Jefferson y Valdemar da Costa Neto? Hasta ahora sostienen este gobierno, corriendo el riesgo de salir chamuscados. ¿Continuarán apoyando a Bolsonaro frente a este estelionato electoral?

Si por un lado esa unión criminal entre bandidos de diferentes tipos puede garantizar por ahora una inestable base parlamentaria, eso en nada garantiza su mandato. Su base se viene dividiendo y los más de 5.000 muertos víctimas del coronavirus en el país van revelando el carácter de su discurso genocida. Las denuncias contra el concejal Carlos Bolsonaro en la CPI [Comisión Parlamentaria de Investigación] de las Fake News, y las investigaciones que envuelven al senador Flávio Bolsonaro, que utilizaría el dinero de las “rachadinhas”[3] para financiar inmuebles de las milicias, pueden complicar todavía más la vida de Bolsonaro.

Por su parte, la crisis social se profundiza en la misma proporción, tornando el país un verdadero barril de pólvora. Y sin base social, no hay acuerdo con bandido que salve el mandato, como bien probó Dilma en los últimos momentos del suyo.

Notas:

[1] Escándalo que estalló en 2005, durante el primer gobierno de Lula (PT), por pagos adicionales a diputados para que aprobaran las leyes presentadas por el gobierno, ndt.

[2] Proceso de investigación iniciado por la Policía Federal sobre la corrupción y las compras sobrefacturadas de la Petrobras, ndt.

[3] Sistema de desvío de los salarios pagos a los asesores del gobierno, que retorna a quien nombró al asesor, ndt.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 29/4/2020.-
Traducción: Natalia Estrada.